36 Chana
Chana
U n martes, dos días después de haber hablado con el chef Heiss, Chana esperaba en la oficina del agente de viajes, cruzando y descruzando los brazos, mientras el empleado detrás del mostrador revisaba la lista de barcos que salían desde Bremerhaven, en Alemania.
El dinero para el viaje ya había llegado a través de Western Union, cortesía de su tío.
Una hora después, se reuniría con su madre y el rabino para hablar de la boda, que estaba prevista para el viernes por la tarde, antes del sabbat .
Si algo salía mal con los billetes, la huida de Chana se vendría abajo.
Si alguien sospechaba, ya fuera su madre o Meyer, todo habría sido en vano.
Volvió a cruzar los brazos.
—Todo parece estar en orden. —El agente de viajes hojeó los papeles de una carpeta—.
Viajarán a Alemania en tren y, una vez allí, tendrán que pasar un examen físico y una desinfección antes de embarcar.
—La miró con los ojos inyectados en sangre, a juego con la nariz y las mejillas sonrosadas—. Así que manténganse sanos.
Chana asintió, como si fuera decisión suya.
—Les puedo conseguir cuatro billetes que salen de Südbahnhof el próximo viernes. Pasarán tres semanas en Bremerhaven antes de embarcar en el Wayfarer .
—¿Hay algo antes?
Volvió a consultar el portapapeles.
—Hay un tren que sale el sábado desde Linz. Llegarían a Bremerhaven el domingo y podrían embarcar… el jueves. Si llamo con bastante antelación, habría tiempo para los reconocimientos médicos y las desinfecciones.
Tenía ganas de saltar de la silla.
—Excelente —dijo con calma—. Pero necesito que reserve los billetes anteriores para mi madre, mi hermano y para mí. Mi futuro marido tiene asuntos que terminar y nos seguirá más tarde. Resérvele un billete para el tren del próximo viernes y el barco posterior.
Qué fácil le estaba resultando mentir.
El hombre ni pestañeó.
—De acuerdo. Ni descanso ni luna de miel.
Chana sonrió educadamente y el agente ejecutó sus instrucciones con presteza.
Odiaba malgastar el dinero de sus billetes y se prometió devolverle el favor a su tío algún día.
Rezó, no por primera vez, para que el plan saliera bien.
Heiss le había jurado que acompañaría a su madre y a su hermano al tren, incluso que los llevaría en coche de ser necesario. Linz estaba a solo dos horas de Viena.
Cuando Chana se reunió con su madre en la sinagoga, en la parte de atrás de la zapatería, estaba muy nerviosa.
—¿Te has encargado de los preparativos del viaje? —Fue lo primero que le preguntó.
—Sí.
Su madre sonrió más de lo que lo había hecho en años.
Para sorpresa de Chana, el rabino entró con Meyer.
—¿Has venido? —exclamó al verlo.
—¿Te sorprende?
—Creía que estarías ocupado, con la partida y todo.
—Ha sido una semana larga, pero esta también es mi boda. —Se sentó a su lado—. ¿Fue todo bien con el agente de viajes?
—Sí.
—Bien. Gracias por ocuparte.
Le dio una palmadita en la mano.
—De nada.
Chana se sacudió el pelo y separó los mechones húmedos que se le pegaban a la nuca.
El rabino se sentó con ellos y les habló de la ceremonia nupcial, lo que diría él, lo que ellos responderían y cómo Chana, siendo la novia, daría siete vueltas alrededor de Meyer, un ritual judío destinado a crear un muro de protección que envolviese al novio.
—La ceremonia durará menos de una hora —terminó.
Su madre irradiaba orgullo y Chana se hundió más en la silla.
Ojalá pudiera rogarle que fuera con ella a Suiza, pero nunca aceptaría.
No cuando Estados Unidos estaba al alcance de la mano.
Con el tiempo , se repitió. Con el tiempo, se reencontrarían.
En cuanto a Meyer… ojalá el ritual de la boda pudiera construir un verdadero muro de protección.
—¿Chana? —dijo el rabino.
Se había perdido en sus pensamientos y tres pares de ojos la miraban fijamente.
—Lo siento. ¿Qué ha dicho?
—¿Tu hermano participará en la ceremonia?
Se sentó más erguida.
—Aron entrará conmigo y con mi madre.
El rabino sonrió con aprobación.
—Ah, bien. En la posición del padre.
La reunión duró solo unos minutos más, pero Chana no prestó atención a nada de lo que se dijo. La consumía la preocupación de cómo iba a explicarle sus planes a su hermano.
A la noche siguiente, el miércoles, Chana y Aron regresaban solos a la pensión después del trabajo.
Su madre se había marchado pronto del hotel para quedar con una costurera antes de la boda, que se celebraría en dos días.
Chana había recogido los billetes, los documentos de viaje y los visados y los había escondido en un cajón de la habitación.
Aron charlaba sobre el viaje, mientras Chana esperaba el momento perfecto para contarle sus planes.
Sería su hermano quien tendría que llevar a su madre a la casa de Heiss.
No se arriesgaría a que Ruth se enterase de la fuga hasta que fuera demasiado tarde y que no pudiera hacer nada más que aceptarlo.
—¿Crees que viviremos con los padres de papá o con la familia de su hermano? —preguntó Aron.
—No lo sé.
Cuando llegaron a la habitación de la pensión, Aron se puso a lanzar el balón de fútbol arriba y abajo.
—Me lo voy a llevar. Con suerte, encontraré compañeros con los que jugar en Estados Unidos.
Su optimismo la hizo dudar antes de confesarle su plan. La destrozaba tener que dejarlo.
Elias había cumplido su palabra y, gracias a su amistad con el conserje del hotel, todo estaba listo para que se marcharan al día siguiente por la noche.
Desde su tiempo en el campo de refugiados, todavía le sorprendía la cantidad de gente que vendía documentos falsos.
Los papeles que Elias había conseguido tenían nombres nuevos y fotos borrosas que se les parecían un poco.
No eran perfectos, pero tendrían que servir.
El plan era encontrarse la noche siguiente en la cocina, como si fueran a trabajar.
Chana llevaba meses escapándose y contaban con que le funcionaría una vez más.
Le preocupaba la ubicación, sobre todo desde el altercado de Aron con el sargento McManus, porque el soldado a veces dejaba mercancías ilegales en el callejón para Meyer.
Sin embargo, Elias había oído al conserje comentar que, desde que las autoridades habían tomado medidas drásticas contra el mercado negro, los acuerdos habían desaparecido.
Elias también temía que Trolfe sospechara de su marcha, por lo que quería que todo pareciera normal.
Su huida implicaría que el aprendiz tendría que renunciar a las recomendaciones del chef repostero.
Empezaría de cero, pero calmó los sentimientos de culpa de Chana con sus palabras: Mis habilidades me harán destacar rápidamente.
No me preocupa y a ti tampoco debería . Johan Bohm los recogería con una camioneta en el callejón y, desde allí, los llevaría a la frontera suiza, donde un amigo había accedido a acogerlos.
Ninguno de los dos quería arriesgarse a que nadie relacionado con Meyer los viera en una estación de tren.
Aron agarró un libro.
—Tengo algo para ti.
Sacó un sobre de entre las páginas. Dentro había una foto y una nota. Era la foto que Peggy les había sacado a Aron, a Meyer y a ella.
Chana leyó la nota:
Querida Chana:
Ha sido un honor conocerte. Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar, ya sea en Nueva Jersey o dondequiera que nos lleven nuestros viajes. Sigue tu pasión como yo sigo la mía y quién sabe dónde acabaremos.
Tu amiga,
Peggy York-Black
Fue muy amable por parte de Peggy dejársela. Se alegró de haber conocido a la mujer, que le había demostrado que era posible perseguir sus sueños.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó.
—Me la dio Meyer. Se la envió la fotógrafa.
—¿Cuándo lo has visto?
Aron se encogió de hombros, como si la pregunta fuera tonta.
—Hoy, en su casa. Tenía que hacer un recado cerca para el gerente del hotel y Meyer me dijo que, si alguna vez pasaba por allí, fuera a verlo. Había algunos hombres con los que trabaja. Le va a dejar el negocio a Hershel. Es un tipo divertido.
Chana recordó cuando Elias y ella se vieron con Hershel y lo mucho que le gustaba bromear.
También recordó la tensión entre Vlad y el hombre la noche que asaltaron las granjas.
Si Meyer iba a pasárselo todo a Hershel, dudaba que el soviético estuviera feliz de recibir órdenes suyas. Aron dio un toquecito a la foto.
—Parecemos hermanos, ¿no crees? Quizá cuando nos hayamos instalado, pueda trabajar para Meyer.
Chana lo agarró y, a pesar de que ya era más grande que ella, lo sacudió con fuerza.
—¡No! ¡Nunca! No trabajarás con él.
Aron se apartó.
—¿Qué te pasa?
—Escúchame. Meyer Suconick no es tu hermano.
—Ya basta, Chana. —Puso los ojos en blanco.
Había llegado el momento de contárselo todo.
—Aron, sé que no culpas a Meyer por lo que Kirill te hizo, pero yo sí.
Y si me caso con él y nos vamos juntos a Estados Unidos, el peligro nos seguirá.
—Apretó las manos de su hermano—. Pero tengo un plan.
He dispuesto que mamá y tú os marchéis unos días antes.
El chef Heiss os llevará a Linz, donde os subiréis a un tren con destino a Bremerhaven y, una vez allí, partiréis en el primer barco que salga.
El tren de Meyer saldrá una semana más tarde, por lo que llegará a Alemania después de que os hayáis ido. Nadie sabe que he hecho esto.
—¿Mamá y yo? —Aron se apartó de ella—. ¿Qué pasa contigo?
Se mordió el labio.
—Me marcho con Elias mañana por la noche. Nos vamos a Suiza. Le oíste comentarlo cuando estuvimos en el campo. Johan tiene un amigo que nos acogerá. Con el tiempo, iremos a París para cocinar. Cuando me vaya, tendrás que decírselo a mamá y llevarla a casa de Heiss. Te dejaré la dirección.
—Sé la dirección. También le he hecho recados. —El tono de su hermano era amargo y no la miraba.
—Tiene que ser así.
—No puedes dejamos.
Las mejillas de Aron se sonrojaron.
—Tengo que hacerlo. —El sargento McManus tenía atrapado a Meyer, pero no enredaría a su hermano—.
No solo por mí, sino por ti. Los hombres con los que trabaja Meyer son peligrosos.
No permitiré que nuestras vidas se vean envueltas en sus asuntos.
Si yo desaparezco, mamá y tú seréis libres.
La familia de papá os está esperando. Tengo todos vuestros papeles y vuestros billetes. No hay nada que os lo impida.
—Pero dijiste que seguiríamos juntos. Mamá y yo iremos contigo y con Elias.
La súplica le partió el corazón.
—No. Si Meyer envía a sus hombres a por mí, sería peligroso para vosotros. Vlad es muy vengativo. No quiero que vuelvan a haceros daño. Cuando sea seguro, os buscaré en Estados Unidos. Lo prometo.
Aron lo pensó durante un buen rato.
—¿Y si mamá se niega a ir a casa del chef?
—Mamá verá el peligro e irá. La obligarás si es necesario. —Le alisó el pelo—. Hay dos sobres en el cajón de abajo. Uno contiene nuestros papeles y billetes. El otro es para Meyer. Deja el suyo sobre la mesa. Seguro que Nachmann se lo dará.
Aron asintió y supo que lo haría. Levantó la foto.
—¿La quieres?
La quería, pero dejaría que su hermano se la quedara, con la esperanza de que suavizara el golpe de la separación.
—Quédatela por ahora. —Lo abrazó, deseando que las cosas fueran diferentes—. No se lo puedes contar a nadie, Aron.
—Lo sé —dijo con la voz rota.
Chana lo soltó y lo miró; memorizó hasta el último detalle de su querido hermano.
Sus ojos marrones, amables y curiosos, que se oscurecían cuando se concentraba mucho.
Cómo hasta la más leve sonrisa le iluminaba el rostro.
La pequeña cicatriz que tenía en la mejilla izquierda, de cuando se había caído en la calle cuando eran pequeños.
Los tranquilizadores arrullos de Chana habían hecho que dejara de llorar incluso antes de que su madre lo aupara en brazos.
Aunque se marchaba para proteger a Aron, hacerlo requería toda su fuerza. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras se tocaba el pecho con dos dedos y Aron imitó el gesto en respuesta. No dijeron ni una palabra más.
Cuando su madre regresó, los dos estaban callados.
Pero Ruth no se dio cuenta. Parloteó sin parar sobre la costurera, los vestidos para la boda y cuántos miembros de la comunidad judía local tenían previsto asistir.
Chana imaginó el momento en que Meyer descubriría que se había ido y se dejó caer en una silla, incapaz de mantenerse en pie ni un segundo más. La despreciaría.
Su única esperanza era que, con el tiempo, lo entendiera.