El panadero de Viena 35 Chana
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35 Chana

Chana

—¿ H as venido corriendo? —preguntó Elias al abrir la puerta de la cocina del callejón.

Chana imaginó el aspecto que debía de tener, sudorosa y despeinada.

—He caminado todo lo rápido que he podido.

Se apretó el costado con la mano para contener un calambre. Después de separarse de Meyer, esperó a que su madre y Aron se durmieran antes de salir a hurtadillas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Elias.

Detrás de él, la masa de cruasán descansaba sobre la encimera. Ojalá hubiera ido solo para evadirse con la actividad nocturna.

—Debemos irnos pronto. —Volvió a mirar la masa. El tiempo no estaba de su parte—. Pongámonos con los cruasanes. Tengo que contarte muchas cosas y tengo poco tiempo. Debo hacer una parada más esta noche.

—De acuerdo.

Trabajaron la masa mientras Chana le contaba que el pogromo en Polonia había aterrorizado tanto a su madre que le había dado a Meyer un ultimátum para que encontrara a la familia de su padre. En cuestión de días, lo había conseguido y se irían a Estados Unidos en solo una semana.

—En dos días tendremos nuestros documentos y los visados.

Seré yo la que vaya a la agencia de viajes.

Tengo que asegurarme de que mi madre y Aron salgan en un tren y un barco diferentes a los de Meyer.

—Le dio la vuelta a un montón de masa—. Si quieres que me vaya contigo a Suiza, tenemos que partir pronto.

Asimiló la información en silencio, mientras hacía rodar el rodillo sobre la masa. Chana no sabía qué se le pasaba por la cabeza, hasta que por fin habló:

—Nos iremos dentro de tres días.

—Tendrás que organizado; Meyer no puede enterarse.

Necesitaremos documentos de viaje con nombres nuevos.

Tiene contactos por toda Europa. —Elias apretó la encimera con las manos, pero ella insistió—: He ahorrado algo de dinero y Aron me dijo que el conserje del hotel le consiguió una vez documentos a un amigo. Tiene contactos.

Elias asintió como si no fuera algo nuevo.

—Yo también tengo dinero ahorrado y el conserje es amigo mío. —Se irguió y tomó las manos de Chana entre las suyas, cubiertas de harina—. Yo me encargaré de todo… de los documentos y todo lo que necesitemos.

—Está bien. —Parpadeó varias veces.

—¿Qué ocurre?

—Mi madre y Aron. —Y Meyer , pensó con añoranza.

—Tu madre te prometió a un salvaje.

Chana se estremeció. Meyer no era así. En cuanto a su madre, le dijo a Elias:

—Mi madre intenta salvar a su familia. No entiende que mi idea de libertad difiere de la suya y que su forma de actuar no es la más segura.

—Dicen que incluso un perro maltratado lame la mano de su dueño de vez en cuando.

La descripción le sentó como un puñetazo en el estómago.

Tenía que admitir que a veces era cierto.

Pero no siempre. Elias no sabía que, tras el ataque del soldado nazi, Chana había regresado al barracón y su madre se había arrastrado a su lado para abrazarla durante toda la noche mientras le susurraba una nana de cuando era pequeña.

Hizo lo mismo noche tras noche, hasta que el pecho de Chana empezó a cicatrizar.

Volvió a concentrarse en la masa.

—Tengo un plan para esconder a mi familia durante unos días, hasta que el tren los saque de Austria. —Parpadeó varias veces—. Algún día, contactaré con ellos en Estados Unidos y les diré dónde estoy.

—Lo harás —asintió Elias.

Lo miró y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Presionó el rodillo sobre la masa y optó por confiar en que el tiempo que pasaría lejos de su madre y de su hermano no sería mucho. Era la única forma de soportarlo.

Chana nunca había estado en casa del chef Heiss, aunque sabía que vivía en una casita adosada de ladrillo a varias manzanas del hotel. Se separó de Elias y corrió hasta allí. Después de llamar a la puerta, Heiss la hizo pasar rápidamente.

Se sentó en un taburete en una ordenada cocina con una relajante taza de té, mientras el chef, vestido con pijama y una bata, esperaba a escuchar la razón por la que había llamado a su puerta a altas horas de la noche.

—Habla —ordenó con su habitual franqueza.

Chana se enfrentó a su mirada penetrante.

—Me voy de Viena.

—Sí, he oído que tu familia se marcha a Estados Unidos. Echaré de menos tu atención al detalle en mi cocina.

—Yo también echaré de menos trabajar para usted. Ha sido muy amable con nosotros.

—Bueno… —Se rascó la cabeza—. Haces que parezca un blando. No lo soy. —Se sentó en otro taburete—. No has venido a estas horas para darme las gracias.

En su desesperación, Chana no se había dado cuenta de lo arriesgado que era presentarse allí. Dejó la taza en la mesa y rezó para que su intuición sobre Heiss fuera correcta.

—No voy a irme de Viena como cree. —Le contó su plan con Elias para evitar casarse con Meyer, omitiendo los detalles relacionados con el sargento McManus, pero dando a entender que el peligro los seguiría hasta Estados Unidos si no actuaba—.

No puedo llevarme a Aron y a mi madre conmigo.

Si Meyer envía a alguno de sus hombres tras de mí, podrían hacer daño a mi familia.

¿Estaría dispuesto a esconderlos aquí? Vendrían a verlo después de que yo me hubiera ido y solo se quedarían unos días.

Tendrán documentos de viaje y billetes de tren y no serán una molestia. ¿Los mantendrá a salvo por mí?

Heiss no respondió.

¡No! El pánico le corrió por las venas. Podría contárselo todo a Meyer o a su madre. Desmantelar su huida antes de que comenzara. Se apartó de la mesa.

—No debería haber venido.

—Siéntate —dijo el chef.

Lo hizo.

Se pasó una mano por la barbilla sin afeitar.

—Es una petición muy osada, pero desde el principio noté que eras una chica audaz. Me gustó. ¿Sabes por qué?

Chana negó con la cabeza y rezó para que fuera a decirle que sí.

—Durante la guerra, vi cómo los nazis arrestaban a amigos míos. Judíos y algunos no judíos. Muchos murieron. —Miró al suelo—. Ojalá hubiera sido valiente como tú. Como ellos. —El tono del chef se fue suavizando—. Mantuve la cabeza gacha y ahora solo me queda la culpa.

Cuando Heiss levantó la mirada, estaba pálido y parecía haber envejecido diez años.

Chana se quedó quieta, sin saber qué decir.

El hombre se limpió la nariz bulbosa con el dorso de la mano.

—Sí, Chana —dijo con voz ronca—. Te ayudaré. Me aseguraré de que tu madre y tu hermano estén a salvo. Pueden esconderse aquí y yo mismo me aseguraré de que suban al tren.

Se levantó de un salto y lo abrazó.

—Es un buen hombre.

—Que eso también sea nuestro secreto —dijo.