34 Chana #2
Se alejó a toda prisa, como si no quisiera que nadie las viera juntas.
Chana se quedó sin palabras y sin saber qué pensar del último comentario de Sophie. ¿Era una advertencia? ¿O una amenaza?
Su madre regresó a su lado, negando con la cabeza.
—Dicen que tengo que esperar mi tumo para hablar con mi futuro yerno.
Cuando Meyer se les acercó al cabo de un rato, tenía el rostro pálido.
—Tenemos que salir de aquí —exigió Ruth.
—Estoy en ello —dijo Meyer sin levantar la voz.
—Date prisa. ¿Y si hay un pogromo aquí? No voy a esperar a que me arrastren a la calle otra vez.
Chana comprendía el miedo de su madre. Recordó la imagen de su padre tendido en la carretera con un charco de sangre bajo la cabeza.
Le tembló el cuerpo. Otra vez no . Pensó en su plan de quedarse en Europa e irse a Suiza.
Todo lo que había leído en los últimos meses, en periódicos y revistas, sugería que Suiza no era como Polonia. Allí estaría a salvo.
Su madre agitó el dedo delante de la nariz de Meyer.
—Si eres un hombre de verdad, llévanos a Estados Unidos de inmediato.
—Lo haré. —La preocupación le enturbió la mirada.
—Bien. —Ruth tiró de Chana para alejarla.
La decisión de irse con Elias en lugar de con Meyer la estaba destrozando por dentro. Pero pronto Aron, su madre y ella estarían en un lugar más seguro, aunque no de la forma que su madre pretendía.
Dos días después, al salir del trabajo, Meyer fue a verlos a la pensión. Aron lo recibió con una cálida sonrisa y un apretón de manos.
Chana se obligó a quedarse sentada. A pesar de todo, la apremiaba la necesidad de abrazarlo.
Meyer sonrió.
—Tienes buen aspecto, Aron. ¿Has estado jugando al fútbol?
—Sí, jugué con los chicos de los que me hablaste. No soy muy bueno, pero mejoraré.
Meyer le dio una palmada en la espalda.
—Claro que lo harás.
Miró primero a su madre, que retorcía las manos junto a la mesa, y luego a Chana.
Ruth se interpuso entre ellos.
—¿Qué noticias traes?
—Te he concertado una reunión para mañana por la mañana con el señor Rumson en la oficina de la Cruz Roja.
Te estará esperando. Han encontrado al hermano de tu marido.
—Miró a Chana—. El sargento McManus utilizó su influencia después de que le dijera que, si no actuaba ya, no volvería a ayudarlo.
—Dejó que asimilaran la información durante un momento—.
El hermano de Jacob nos va a patrocinar a todos para que podamos ir y enviará dinero para pagarnos el pasaje a la agencia de viajes cerca de St. Stephen’s, la única que sigue abierta.
También ha dejado cartas en la oficina de visados de Nueva York y ha asumido la responsabilidad por nosotros.
Estados Unidos concede pocos visados, pero el sargento se está asegurando de que los nuestros salgan adelante.
Después de la cita con Rumson, Abernathy tramitará los certificados de identidad y los visados en el consulado.
—Miró a Chana—. Tendremos que casamos pronto y organizar el viaje.
Chana contuvo el aliento.
—¿Cuándo nos vamos?
—En una semana.
—Bien. —La voz de su madre se quebró. Después se derrumbó y los hombros le temblaron—.
Gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios.
—Era un canto a las plegarias respondidas de su madre.
Abrazó a Chana con fuerza—. Lo has hecho por nosotros, maideleh .
Pronto estaremos con la familia de tu padre.
Las lágrimas de su madre se mezclaron con las suyas. La soltó y abrazó a Aron. Chana se secó los ojos y rezó para que su plan funcionara.
Cuando se calmó la emoción del momento, Meyer le preguntó:
—¿Damos un paseo?
—Claro —respondió. Se colgó el bolso y se marcharon.
Fuera, la tarde de verano aún era lo bastante clara como para ver bien. La calle estaba vacía mientras caminaban uno al lado del otro; la cercanía despertaba en ella un profundo anhelo.
—No he tenido oportunidad de preguntarte si disfrutaste de la excursión con el pastelero —dijo Meyer.
—Fue un día agradable. Aron nos acompañó.
—Me alegro de que volvieras sana y salva. —Se detuvo y le tomó las manos—. Chana…
Parecía como si hubiera dejado de respirar. Lo miró a los ojos con seriedad.
—¿Qué pasa?
Le acarició el dorso de la mano con el pulgar, lo que le provocó un cosquilleo bajo la piel.
—Chana, te amo. Quiero irme a Estados Unidos contigo.
Ella también lo amaba. Cada parte de su ser cobraba vida en su presencia. Veía su naturaleza amable y cariñosa, a pesar de que intentara ocultarla. Pero eso no bastaba para borrar las partes oscuras de su vida que no podía aceptar.
—Se lo compré a un amigo en Bélgica. —Se sacó un anillo del bolsillo. Una esmeralda engastada en una sencilla banda de oro que brilló a la luz del atardecer.
Chana se llevó la mano a la boca. Era la joya más bonita que había visto en la vida.
—El color de la piedra me recordó a las motas de tus ojos cuando algo te gusta.
—Su voz se llenó de ternura—. Sé que no empezamos con buen pie.
Tu madre quería a alguien bueno para ti y creo que soy ese hombre.
Nos iremos a Estados Unidos y haré todo lo que esté en mi mano para que no eches nada en falta… ni siquiera la repostería.
La declaración de Meyer era todo lo que una mujer querría oír, todo lo que Chana quería. Pero, si planeaba trabajar para los amigos del sargento McManus, el peligro los seguiría acechando en América. Se inclinó hacia ella.
—Quiero casarme contigo. Quiero… —Estaba a punto de decir algo más, pero se detuvo al ver la consternación en su rostro—. ¿Qué ocurre?
—Vas a trabajar para los socios de McManus en Estados Unidos, ¿verdad? —Necesitaba que se lo confirmase.
—Sí. Era la condición para que me ayudara. Chana, con estos hombres, renunciar no es una opción.
Se miraron a los ojos y Meyer apretó la mandíbula, esperando a que protestara. No lo hizo.
Le había dicho que los estadounidenses con los que trabajaría querían a un hombre casado con una debilidad, es decir, alguien a quien pudieran controlar.
En su mente se sucedieron escenarios aterradores.
Si Meyer hacía algo que no les gustara, su madre o Aron podrían acabar en la línea de fuego.
Podrían secuestrar a su hermano, igual que había hecho Kirill.
O algo peor. Pero si Meyer y ella nunca se casaban, los amigos del sargento no tendrían ningún interés en su familia.
Si había albergado alguna duda sobre escapar con Elias, ya no existía.
—Iré a la agencia de viajes y organizaré el trayecto mientras terminas tus asuntos —ofreció con voz firme—. Si eso ayuda.
La observó durante un largo rato.
—Ayudaría.
Chana se sintió aliviada. La única manera de que su idea funcionara sería reservando un tren y un barco anteriores a los de Meyer para su madre y Aron.
Con la familia de su padre como patrocinadores, los gastos de viaje cubiertos y los visados emitidos de forma legal, nada impediría que se marcharan a Estados Unidos.
Tampoco estarían en deuda con Meyer ni con el sargento.
Si sus hombres cancelaban el acuerdo con Meyer por no estar casado, tal vez así su plan tendría la ventaja inesperada de liberarlo a él también.
Meyer levantó el anillo.
—Chana, ¿quieres casarte conmigo e irnos a Estados Unidos? —Extendió la mano y le deslizó el anillo en el dedo—. Te queda bien.
Su rostro brillaba con esperanza.
—Sí. —Tenía la voz ronca. Ojalá el universo los hubiera unido en otro momento y lugar. Le dolía mirarlo. Sin embargo, no se resistió a acariciarle la cara ni a acercar sus labios una última vez y vaciar en un beso cada pedacito de su corazón.
Cuando se apartó, él le preguntó:
—¿Ha sido por el anillo?
—No, ha sido por todo. Buenas noches, Meyer.
Se marchó sin confesarle que aquel beso tendría que bastarle para toda la vida.