34 Chana
Chana
Viena (Austria)
A finales de la primera semana de julio y unos días después del viaje a Dürnstein, Chana fue a la lavandería a buscar a Sophie. Estaba tensa después de la salida al campo, en parte porque, tan pronto como Aron y ella regresaron a la pensión, su madre la abrazó.
—Todo está bien —dijo—. He hablado con Meyer. Aún quiere casarse contigo.
—Mamá, te pedí que no lo hicieras.
Le acarició la mejilla.
—Tenemos que irnos de aquí. Es la única manera.
Era inútil discutir; su madre ya había tomado una decisión. Una parte de ella se alegró de saber que Meyer todavía la quería, porque ella sentía lo mismo. Aunque nada de eso importaba, porque tenía pensado irse con Elias.
Bajó con prisa las escaleras hacia el sótano de la lavandería, decidida a hablar con Sophie sobre la acusación de Vlad. Solo que su amiga no estaba allí. Una mujer le dijo que había dimitido hacía semanas y había encontrado otro alojamiento. Nadie sabía dónde.
El miedo la paralizaba al marcharse. Chana se secó los ojos y recorrió la calle con la mirada, deseando que Sophie apareciera de repente.
De camino al hotel, se cruzó con infinidad de personas que salían en tropel de la estación de tren.
La muchedumbre arrastraba maletas y bolsos con aire angustiado.
Algunos tenían la cara magullada y las extremidades vendadas.
Pasó junto a un grupo apiñado que hablaba una mezcla de yidis y polaco.
Una palabra destacó entre todas las demás.
Pogromo .
Fue como un puñetazo en el estómago.
En el trabajo, Chana se enteró de más información.
Mientras servía y recogía platos en el comedor, escuchó a los oficiales estadounidenses hablar de un pogromo el cuatro de julio en Kielce, Polonia.
Los detalles eran vagos. Los soldados y la policía polaca habían estado investigando el posible secuestro de un niño por parte de un hombre que algunos afirmaron falsamente que era judío.
Sin embargo, durante la búsqueda policial, acabaron disparando a varios residentes judíos inocentes en un edificio residencial.
Muchos murieron. Muchos más resultaron heridos.
Los refugiados judíos, que habían regresado a Polonia después de la guerra, huían a otras partes de Europa.
Poco después de la matanza, se determinó que todo el secuestro había sido falso.
Los platos traqueteaban mientras los apilaba en una bandeja.
Un pogromo. Más de una vez había oído historias de acoso mientras esperaba en las colas de emigración.
Un hombre judío había mencionado que, al volver a su casa en Polonia, sus vecinos hostiles le habían dicho que nunca debería haber vuelto y lo echaron a golpes con palos.
¿Volvería a recrudecer el odio? ¿Se extendería?
El sargento McManus entró en el comedor y se sentó a una mesa con otros oficiales.
Chana les oyó discutir planes para aumentar las patrullas en los barrios judíos de Viena con el fin de evitar que se repitiera un suceso similar.
Varios soldados protestaron disgustados al oír los violentos detalles del reciente pogromo.
—¿Cómo ha podido ocurrir después de lo que encontramos en los campos? —dijo uno y se presionó los ojos con los dedos. Muchos de los que habían luchado para derrotar a Alemania habían quedado marcados para siempre, en cuerpo y alma, por lo que habían presenciado.
Aquellas reacciones aliviaron un poco la ansiedad de Chana, pero no del todo. Una turba odiosa y asesina podía causar grandes estragos y daños antes incluso de que la policía o el ejército, con las mejores intenciones, pudieran detenerlos.
Durante los dos días siguientes, cuando no estaban trabajando, Chana, su madre y su hermano no salieron de la pensión. Su madre pasaba las tardes dando vueltas por la pequeña habitación. Ni siquiera bordar conseguía calmarle los nervios. A mitad de semana, Meyer pasó a visitarlos.
—No tengo mucho tiempo. —Tenía unas profundas ojeras y el cabello, normalmente peinado con esmero, revuelto—. Quería comprobar que los tres estuvierais bien.
—¿Cómo vamos a estarlo? —preguntó Ruth y entrelazó las manos—. Ha habido un pogromo en Polonia. ¿Qué vamos a hacer? Tenemos que irnos.
—Nos iremos —dijo Meyer. Se pasó los dedos por el pelo y se volvió hacia Chana—. Tu madre dice que no era tu intención romper nuestro compromiso. —Su voz era suave—. Quiero creerlo.
Ruth contuvo la respiración. El rostro de Meyer se tensó mientras el silencio se extendía por la habitación y todos esperaban la respuesta de Chana. No se atrevió a empeorar la angustia de su madre, así que asintió para indicar que tenía razón.
Meyer le dedicó una sonrisa aliviada y, aunque sintió un cosquilleo en el pecho, agachó la mirada debido a la culpa al pensar en sus planes con Elias.
—Aron, ¿cómo estás? —preguntó Meyer, cambiando la atención hacia el chico.
—Estoy bien. Ya te dije que Kirill no me hizo daño.
—Me alegro. —Se quedó en silencio unos segundos—.
Hay una reunión dentro de dos noches. En el sótano de un edificio abandonado en Anagasse.
Buscad un par de aldabas con forma de cabeza de león.
Varios de los supervivientes de Kielce hablarán de lo que pasó.
Venid si podéis. —Hizo una pausa—. Tengo que irme.
El rabino me ha pedido que ayudase a la gente a instalarse. Tened cuidado los tres.
La puerta se abrió y se cerró. Meyer se marchó sin decir nada más.
Dos noches después, Chana y su madre entraron en el sótano del edificio abandonado.
Decenas de personas se habían reunido en aquel espacio que olía a agrio, lo que le recordó a las reuniones clandestinas similares en Vilna, cuando los partisanos se colaban en el gueto para advertir a los judíos de lo que estaba sucediendo en el exterior.
Vio al rabino y a Meyer de pie junto a una pareja, un hombre con una venda en la cabeza y una mujer con la cara muy magullada y el brazo en cabestrillo.
El rabino y la pareja escuchaban con mucha atención todo lo que les contaba el traficante.
Meyer se mostraba firme y seguro de sí mismo. Lo echaba de menos.
El rabino levantó las manos.
—Silencio —dijo—. Escuchad lo que ha pasado.
La gente siguió hablando. Chana vio a Sophie entre la concurrencia; tenía los ojos enrojecidos y se llevaba un pañuelo a la nariz. ¡Gracias a Dios! Sintió un profundo alivio. Estaba a punto de correr junto a su amiga cuando la voz del rabino se alzó por encima de la multitud.
—¡Tranquilidad, por favor!
Todos callaron.
El hombre de la venda le dio la mano a la mujer herida y habló en voz alta:
—La policía y los soldados polacos entraron en nuestro edificio en la calle Planty. Alguien denunció que un judío que vivía allí había secuestrado a un niño. Era una mentira, un invento, y creímos que habían venido a protegernos.
Se llevó el puño a la boca y no pudo continuar.
La mujer dio un paso adelante y tomó el relevo:
—Los oficiales entraron en el edificio. Alguien disparó.
Nos atacaron. Aunque éramos muchos, no teníamos armas.
Nuestros vecinos polacos se les unieron, nos golpearon y nos tiraron piedras.
Alguien me golpeó en la cabeza, pero no vi quién.
Una mujer me pisoteó el brazo. —Bajó la mirada a su extremidad herida, como si aún no terminara de creerse lo sucedido—.
Como si no hubiéramos sufrido ya suficiente.
Los polacos vieron lo que nos pasó durante la guerra.
Aun así, nos hicieron esto. Vi cómo mataban a una mujer con una bayoneta.
A otra, embarazada, la golpearon hasta matarla con un palo.
Y a un bebé… —Se atragantó y no pudo continuar.
Chana imaginó el horrible destino que habría sufrido aquel niño inocente.
La ira la invadió.
El hombre abrazó a la mujer y ambos lloraron mientras el rabino contaba cómo, durante los dos días siguientes, una turba se había formado y se había sumado a la matanza. Los atacantes robaron, apalearon, asesinaron y arrojaron a los judíos al río.
—Murieron entre treinta y cuarenta personas —dijo el rabino—. Muchas más resultaron heridas.
Chana sintió una tristeza abrumadora. A su alrededor, la gente lloraba.
Cuando el rabino terminó, la reunión se fue dispersando poco a poco y todos se marcharon con la cabeza gacha.
Sophie se les acercó.
—Tenía razón, Frau Rosenzweig. Abandonar Europa es una idea inteligente.
—Tengo que hablar con Meyer —dijo Ruth y se dirigió hacia donde el hombre hablaba con el rabino y la pareja.
Chana se volvió hacia su amiga.
—Fui a buscarte a la lavandería. Me dijeron que habías renunciado.
—Encontré algo mejor.
—¿Estás trabajando con Kirill Volkov?
Sophie levantó la barbilla.
—¿Y qué si es así?
Tenía que saber en qué se estaba metiendo.
—Secuestró a mi hermano. Es despreciable. Ya sabes a qué se dedica.
—Es un hombre.
—¿Te estás escuchando? —Sophie no respondió—. Eres mejor que esto.
—¿Tú te estás escuchando? —replicó—. Es fácil juzgarme desde la seguridad del brazo de Meyer. Yo he tenido que dejarme la piel por migajas.
Chana sintió la ira de Sophie y reconoció el miedo que se escondía detrás. Debería haberla apoyado más; debería haber insistido para que el chef Heiss la contratara.
—Lo siento, Sophie. De verdad. Déjame ayudarte. Me iré pronto, así que quizá puedas quedarte con mi puesto en la cocina. O tal vez Meyer conozca a alguien que te contrate en un sitio mejor.
—No pasaré de un trabajo precario a otro. —Recorrió a Chana con la mirada—. Mírate. Un vestido bonito. Zapatos nuevos. Has encontrado un buen proveedor. Ahora yo también.
Chana negó con la cabeza.
—Kirill y Meyer no son lo mismo.
—Lo sé. —Sophie se tapó la boca con la mano un momento—.
Pero ¿no has oído lo que nos han contado esta noche?
Ha habido un pogromo en Polonia. Necesito protección.
Kirill me la ofrece. —La atravesó con la mirada—.
Le gusta hablar en la cama. Sé mucho de lo que pasa en la ciudad.
—Bajó la voz—. Tu prometido debería andarse con cuidado. Y tú también.