El panadero de Viena 33 Zoe
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33 Zoe

ZOE

D espués de la noche en Dürnstein, Zoe apenas pegó ojo, atormentada por el inminente encuentro con Wes. Se planteó no acudir, pero al final decidió que ir a la reunión le daría tiempo para planear una estrategia definitiva.

No tuvo oportunidad de contarle a Henri que Jacques había accedido a hablar con su jefe.

Cuando se marcharon de La Monastery, el anciano le indicó que volviera con Liam y Oliver, aunque le prometió que se pondría en contacto con ella al día siguiente.

Quizá fuera mejor que no le hubiera contado que su amigo había hablado con Wes y retrasar así el dolor de semejante traición.

Pensarlo la hacía sentirse culpable por asociación.

A las seis y media de la mañana, Zoe se sentó frente a su jefe en una mesa con taburetes en la Bäckerei Lyra, donde el ambiente interior era más parecido al de un bar clandestino que al de una panadería.

Una larga barra exhibía productos de repostería bajo campanas de cristal y en la pared opuesta había un largo banco de terciopelo rosa.

Zoe ignoró su café americano, mientras Wes se deleitaba con un expreso y un pain au chocolat .

—Es el mejor cruasán de toda Viena —dijo.

Zoe rodeó la taza con las manos, agradecida por tener algo a lo que aferrarse. La Bäckerei Lyra estaba casi vacía y el simple hecho de estar allí la hacía sentirse como si traicionara a Henri. No había jabón suficiente en toda Austria para limpiar la suciedad que sentía.

Wes se limpió las migas de los labios.

—¿Me repites cómo te devolvió el contrato?

—Liam me lo entregó en la cena.

Solo se lo había contado a Wes por miedo a que la revista la demandara.

—Fantástico, sobre todo porque lo de Jacques Simon fue un absoluto fracaso.

El corazón se le aceleró.

—Ah, ¿sí?

—El tipo desvió todas las preguntas con historias sobre su negocio, su mujer o sus hijos. Su hijo tiene una bodega a las afueras de Viena.

¡Bingo! Rolf debía de ser el hijo de Jacques.

Wes apartó el plato a un lado.

—Enséñame tus notas y vamos a plantear algunas teorías. Especularemos sobre quién podría haber sido Henri Martin basándonos en su conocimiento sobre tu familia. A partir de ahí, seguro que encontraremos otras fuentes. Convertiré esta historia en algo especial.

Se quedó mirándolo cuando su auténtica motivación quedó al descubierto. Había sido muy ingenua.

—Nunca tuviste intención de dejarme firmar el artículo, ¿verdad?

Le sonrió con aire burlón.

—Como habíamos acordado, estarás en segundo plano. Míralo de esta forma: si es bueno para mí, es bueno para ti. Serás editora antes de cumplir los treinta. No importa quién firme el artículo. Manos a la obra.

Zoe se colocó el bolso en el regazo. Dentro estaban sus notas. Eran escasas, solo unas pocas hojas mecanografiadas, porque, tras las amenazas de Wes, había evitado deliberadamente desarrollarlas más. Sabía que su siguiente movimiento sería interrogarla para sacarle los detalles.

Wes devoró el último bocado del cruasán y Zoe solo veía a un animal salvaje destrozando a su presa. ¿Pensaba entregarle a Henri a aquel hombre? Se le paralizaron los dedos en la cremallera del bolso.

—No lo haré.

—No seas ridícula.

Se colgó el bolso al hombro y se levantó.

—Prefiero sufrir las consecuencias.

—Siéntate —siseó Wes—. Hablaba en serio. Te despediré y buena suerte para que te contraten en otro sitio. La revista te demandará para conseguir esas notas.

Imaginó la vida de Chana, burlando a los nazis con la resistencia, plantando cara a los traficantes del mercado negro y enfrentándose a sus agresores. Cuadró los hombros.

—No tendrás que demandarme. —Rebuscó en el bolso y dejó caer una carpeta sobre la mesa; dentro estaban los papeles que había mecanografiado sobre las conversaciones con Henri—. Toma.

Wes hojeó las páginas.

—Aquí apenas hay nada.

—Ya te lo dije; Henri no me dejó tomar notas. —Dio un toquecito a la carpeta—. Esto es lo que recuerdo. Todo trata sobre mi familia.

—Una mierda.

—No, la mierda es que me amenaces con despedirme.

—Hizo una pausa—. Dimito. —Se colgó el bolso y sintió que no pensaba nada—.

Cuidado con lo de intentar vetarme. Tengo nuestros mensajes; presionarme para romper un acuerdo de confidencialidad firmado y una entrevista extraoficial no te dejaría en buen lugar.

Y si alguna vez descubro que le haces lo mismo a otra persona, lo haré público.

—Se inclinó sobre la mesa—. Oficialmente, cuando me mire al espejo, respetaré a la persona que me devuelva la mirada.

Se marchó y Wes la llamó, pero no se detuvo.

Cuando llegó a la calle, la única persona con la que quería hablar era Henri. Estaba deseando saber de él.

Sin embargo, cuando dieron las cinco, ya le había dejado varios mensajes, sin respuesta.

Empezó a entrar en pánico. ¿La estaba ignorando de repente?

Si era así, ¿por qué? Desesperada, llamó a Liam, quien le dijo que Henri había estado muy ocupado con reuniones y que pronto la llamaría. Su tono era de disculpa.

Al día siguiente, el sábado y penúltimo día de la conferencia, asistió a las mesas redondas con la esperanza de encontrarse con Henri y hablar con él. No lo vio por ninguna parte.

El tiempo se le escapaba y se sentía cada vez más ansiosa. Había descubierto muchas cosas sobre su familia, pero necesitaba saber el resto. ¿Chana se habría quedado con Meyer? ¿O se habría fugado con Elias? ¿Cómo habría acabado pereciendo en el incendio?

El sábado por la noche, dos días después de la visita a Dürnstein, Zoe estaba a punto de perder la cabeza.

Le habría venido bien dormir, pero estaba demasiado nerviosa.

El domingo era el último día de la conferencia de la Fundación Boucher.

La cena de la entrega de premios tendría lugar aquella misma noche en el gran salón.

Era el momento en que los restaurantes de todo el mundo conocerían su posición en la clasificación Boucher del año y los Martin recibirían el Premio a la Trayectoria Profesional.

El lunes, todos se subirían a un avión, Henri volvería a Australia y saldría de su vida para siempre.

Miró la hora. Eran más de las once de la noche. De todos modos, le envió un mensaje.

Lo siento, sé que es tarde, pero ¿sería posible que habláramos ahora?

Aparecieron tres puntos en un globo. Desaparecieron.

Zoe esperó.

No hubo respuesta.

Dar vueltas por la habitación no la tranquilizaba; era demasiado pequeña para liberar energía. Se puso una camiseta y unos pantalones de chándal, cambió de canal en la tele y luego la apagó. Sin más opciones, volvió a llamar a Liam.

—Hola —dijo Oliver, contestando el móvil de su pareja.

—Oliver, hola, soy Zoe. ¿Está Liam?

—Espera un segundo. —Se hizo el silencio. Debía de haber silenciado la llamada. Esperó al menos un minuto entero antes de que Liam se pusiera.

—Es tarde, Zoe —dijo con voz tranquila.

—Lo siento. Lo sé. —Hizo una pausa—. Creo que Henri me está evitando.

Cuando no respondió, supo que tenía razón.

Al final, Liam dijo:

—Mi abuelo hace las cosas a su ritmo.

—Pero la conferencia está a punto de terminar. —Apoyó la frente en el frío cristal de la ventana y su aliento empañó el vidrio. Solo había una manera de salir de aquel callejón sin salida y era a través de Liam. Respiró hondo y dijo—: He dejado el trabajo.

—¿Por qué lo has hecho?

Zoe contuvo las lágrimas y, con calma, le contó las exigencias de Wes, la reunión del viernes por la mañana y cómo todo la había empujado a dimitir.

—Wes amenazó con vetarme y ahora Henri me está ignorando.

—Es mucho con lo que lidiar —dijo con sincera compasión.

—Tengo que saber lo que le pasó a mi familia.

Se hizo el silencio.

—No puedo decirte dónde está. —A Zoe se le formó un nudo en la garganta. Liam añadió—: Pero estoy bastante seguro de que estará donde siempre va cuando el pasado lo atormenta.

Zoe jadeó.

—Por supuesto. —Sabía exactamente dónde buscar—. Gracias.

—No he hecho nada.

Zoe sonrió.

—Creo que lo que has hecho podría denominarse «una negación plausible».

Se rio entre dientes.

—Suerte, Zoe.

Se llevó la llave de la habitación y corrió hacia el bar del hotel; pasó de largo junto a las pocas personas que había tomando algo.

El comedor estaba a oscuras cuando entró, pero, a la izquierda, estaban las puertas de la cocina y la luz se filtraba por los ventanucos redondos y a través del umbral.

Cruzó la estancia y oyó música de jazz. Entreabrió la puerta y vio a Henri solo en una de las encimeras, aplastando con las palmas un montón de masa.

—Entras o sales —dijo sin levantar la vista—. Es lo que me decía mi padre cuando yo dudaba en la puerta de su despacho.

La puerta se cerró detrás de Zoe con un susurro.

—¿Por qué me has estado evitando?

Golpeó la masa contra la encimera. Con fuerza. Zoe dio un respingo.

—Maldito sea el pasado —dijo Henri.

—Quiero que sepas que tus historias están a salvo conmigo. —Giró la cabeza con brusquedad para mirarla—. He dejado mi trabajo.

Se encogió como si le hubieran dado un puñetazo, sin mostrar ningún atisbo de alivio por lo que acababa de decirle.

—Eres fuerte, Zoe Rosenzweig. Aunque no me sorprende. Lo llevas en la sangre.

Una sensación de malestar creció en lo más profundo de su ser. Había algo más.

—¿Cómo conocías a mi familia? ¿Quién eres en esas historias, Henri?

El anciano se acercó a su teléfono y detuvo la música.

—Algunas partes son más difíciles de contar. —La miró y una miríada de emociones se reflejaron en su rostro: disgusto, ira, tristeza—. ¿Estás segura de que quieres oír el resto?

—Cuéntamelo.

—Ven. —Le hizo un gesto para que se acercara y, con paso vacilante, Zoe se situó a su lado frente a la encimera—. ¿Alguna vez has hecho cruasanes?

—He escrito sobre ellos, pero no, nunca los he preparado.

Le pasó un gran cuadrado de masa.

—Imita lo que hago. —Rápidamente, con la palma de la mano aplanó un segundo cuadrado grande, antes de emplear un rodillo para darle forma de rectángulo—. Inténtalo.

La masa estaba fría y firme cuando la presionó y después movió el rodillo muy despacio en comparación con él.

—No hay prisa —dijo Henri—. Lo estás haciendo muy bien.

—Gracias.

Se quedaron uno al lado del otro y, cuando el anciano dobló la masa, Zoe lo imitó. Cuando empujó el montículo con las palmas, ella hizo lo mismo. Mientras trabajaban, Henri le contó su historia.