32 Zoe #3
Trudy Tuffin era una de las agentes literarias más importantes del mundo editorial.
Representaba a expresidentes, superestrellas de Hollywood y leyendas de la industria musical.
¿Quería ayudar a Zoe a negociar un contrato para escribir un libro?
Reprodujo el mensaje de voz de la agente, que repetía la misma información.
Ojalá Henri hubiera aceptado lo del libro. El anticipo sería enorme, muy posiblemente suficiente para pagar la hipoteca de su abuelo. Pero tenía las manos atadas. Incluso el hecho de plantearse un contrato editorial le parecía una traición.
Zoe cerró el mensaje de la agente sin responder, aunque con una profunda decepción.
De vuelta a la mesa, Rolf estaba sirviendo el plato principal: pasta al ajillo, pollo en salsa de hierbas y pescado entero a la brasa.
A medida que avanzaba la noche, los Martin empezaron a tratarla como si fuera una más del grupo, incluso Liam.
Era una familia inconmensurablemente rica, pero no eran desagradables ni ostentosos.
Se rio más de lo que lo había hecho en meses.
Cuando servían el postre, le llegó un mensaje al móvil y lo sacó del bolso otra vez.
WES : Voy a hablar con Jacques Simon dentro de una hora. Quedamos mañana a las 6:30 en la Bäckerei Lyra, lejos del hotel y de miradas y oídos indiscretos.
Zoe ladeó la pantalla de modo que ni Liam ni Henri la vieran. ¡Mierda! Jacques Simon había aceptado hablar con Wes, a pesar de que Henri había confiado plenamente en su amigo.
Respondió:
Nos vemos mañana por la mañana.
No quería amargarse la maravillosa cena, así que decidió que hablaría con Henri en el trayecto en coche de vuelta a Viena.
—Zoe, ¿alguna vez has estado en Australia? —preguntó Oliver.
—No. —Guardó el teléfono—. Creo que no podría soportar un vuelto tan largo.
—No es para tanto. Si ves alguna película y duermes un rato, en nada ya estás allí.
Le gustaba el acento de Oliver, más pronunciado que el de Liam. La forma en que terminaba las frases hacía que sonasen como si fueran preguntas.
Liam probó la tarta.
—Si alguna vez vienes a Australia, Oliver y yo te haremos de guías. Te llevaremos a todos los sitios de interés. Algunos yo tampoco los he visto. Aunque he vivido toda la vida en Sídney, nunca he cruzado el puente de la bahía.
Era una invitación inusual en una noche de lo más extraña.
Henri se excusó de la mesa y se reunió con Rolf en la puerta de la cocina. Zoe se acercó un poco a Liam.
—No es que me queje, pero ¿por qué has decidido ser amable conmigo?
—Mi abuelo y yo hemos hablado largo y tendido esta mañana.
Me ha hecho comprender que has demostrado ser de confianza.
Desde el desafortunado artículo, has guardado silencio.
Bravo. —Habló en voz baja—. Tenemos mucho cuidado con las personas con las que nos relacionamos.
Sobre todo él. —Desvió la mirada hacia Henri.
Oliver se había dado la vuelta y estaba charlando con Jack a su otro lado—.
Quisiera… —Se removió incómodo en la silla—.
Te pido perdón por lo que te dije el otro día. —Se sonrojó—. Lo de tus padres.
Supo que lo decía en serio.
—Te lo agradezco.
—Tienes que saber que te has ganado la confianza de mi abuelo.
Zoe se dio cuenta de algo. Durante los últimos días, el ritmo de las historias de Henri, los días y las horas que separaban sus encuentros, habían tenido un motivo. Le habían permitido sentirse cómodo en su compañía.
Liam se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.
—También te has ganado la mía.
Le puso un sobre blanco en la mano. Dentro, Zoe encontró un documento roto.
—No lo entiendo.
—Es el acuerdo de confidencialidad. Era la única copia. Mi abuelo lo rompió él mismo antes de ir a recogerte esta tarde.
Henri regresó a la mesa.
Era la respuesta a las plegarias de Zoe.
¿O no? Liam le había entregado el cuchillo que podría usar para apuñalar a su abuelo por la espalda.
Henri confiaba en que no lo haría. Al día siguiente por la mañana tenía que reunirse con Wes y ya no tenía el acuerdo de confidencialidad para protegerla.
¿Se lo iba a contar? Junto con lo que ya sabía y cualquier información que su jefe le sacara a Jacques Simon, podría lanzar su carrera.
Henri aún tenía que revelarle qué lo conectaba con su familia, pero Zoe intuía que no tardaría mucho.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó a Liam—. ¿Puedo escribir sobre él si quiero?
Liam la observó y luego se rio entre dientes.
—Muy buena. Buena cara de póquer.
No tenía ni idea de cuánto. Apostaría a que en ese momento podría ganar un Oscar.
En el fondo, no quería traicionar a Henri ni a ninguno de los Martin.
Pero ¿una bonificación de cinco mil dólares, un ascenso y la posibilidad de conservar la casa de sus abuelos en un futuro próximo pesaban más que sus sentimientos?
De una forma extraña, se sentía como una Cenicienta moderna y la visita al viñedo era su baile encantado; no le proporcionaba un príncipe, sino algo que deseaba mucho más.
Una familia.
Pero aquella no era su familia y la mágica noche terminaría. En cuanto lo hiciera, volvería a ser lo que Liam la había llamado: una pobre huerfanita .
Se guardó el sobre en el bolso y se tragó un bocado de tarta.