32 Zoe #2
—Rolf Simon, te presento a mi amiga Zoe Rosenzweig. Es escritora gastronómica. Rolf es el propietario y chef del restaurante. La finca vinícola ha pertenecido a su familia desde hace generaciones.
Rolf tenía las sienes canosas y vestía de forma informal, con unos vaqueros oscuros y una camisa negra por fuera.
—Encantado de conocerte —dijo con acento alemán. Para sorpresa de Zoe, le dio dos besos al aire en ambas mejillas.
—Un segundo. ¿Has dicho Simon? —Era el mismo apellido que el del repostero suizo.
—Así es. —Rolf sonrió—. Por aquí.
Henri evitó mirarla mientras Rolf los conducía al comedor, donde cuatro personas, incluido Liam, estaban sentadas en una mesa preparada para seis. El resto del local estaba vacío y a Zoe no le habría sorprendido que el restaurante hubiera cerrado para celebrar aquel encuentro privado.
El comedor era tan acogedor como el vestíbulo. La gran mesa redonda estaba cubierta con un mantel blanco inmaculado y las sillas estaban tapizadas con una etérea tela blanca. Velas titilantes de diferentes alturas formaban el centro de mesa.
Liam le acercó una silla, la que estaba entre Henri y él.
Mientras se sentaba y colgaba el bolso en el respaldo, le dijo:
—Me alegro de que volvamos a vernos.
Buscó la ironía en su rostro, pero no la encontró.
—Yo también.
Casi esperaba que apartara la silla de un golpe para que cayera al suelo.
Henri le fue presentando a todos los comensales.
Los primeros eran una pareja de mediana edad, Rose y Jack Martin-Eastman.
Rose Martin-Eastman era la hija de Henri y la directora de operaciones de la Martin Baking.
Zoe consideró que emanaba una belleza clásica, con una nariz aristocrática, pómulos pronunciados y labios carnosos, pero el parecido entre los dos era evidente en el cabello oscuro y ondulado y en las formas angulosas de su rostro.
La mujer la saludó con calidez y un brillo maternal en la mirada que le cortó la respiración.
Jack Eastman dirigía la división de ventas internacionales de la empresa.
Tenía el pelo rubio oscuro y una complexión atlética y no cabía duda alguna de que era el padre de Liam.
Al otro lado del nieto de Henri, estaba su prometido, Oliver.
No costaba darse cuenta de que los dos hombres eran como el yin y el yang: el pelo negro azabache y revuelto y la piel de porcelana de Oliver eran todo lo contrario al aspecto bronceado y playero de Liam.
Pronto descubrió que Oliver era un escultor de metal cada vez más apreciado, en comparación con la vida de Liam en el mundo de los negocios.
A pesar de sus diferencias, estaba claro que estaban enamorados; se reían con facilidad y terminaban las frases el uno del otro.
Le gustó bastante aquella versión de Liam.
Rolf rodeó la mesa, sirviendo embutidos y llenando copas de vino.
Todos se sirvieron patés, embutidos, quesos, fruta y rebanadas de pan caliente.
El dueño del restaurante parecía conocer las preferencias gastronómicas de toda la familia, pues no les trajo ninguna carta y la experiencia se acercaba más a cenar en casa de alguien que en un restaurante.
—Es la primera vez que vengo a Austria —dijo Oliver—. Es precioso. Y este pueblo es encantador. Tengo que comprar un recuerdo antes de volver a casa.
—A mí me gustan los globos de nieve —dijo Zoe.
—Qué cursi —dijo Liam con aprobación.
—Me encantan las granjas que hay por todas partes —comentó Oliver—. Es como estar en una película.
Henri se unió a la conversación.
—La agricultura ha formado parte de la vida aquí desde hace mucho tiempo. Hace siglos, gran parte de la tierra era propiedad de monasterios que elaboraban su propio vino. En años más recientes, ha pasado a las manos de familias y la gente que trabajaba en sus granjas. Así lo conocí yo.
Zoe untó un trozo de pan con paté.
—¿Conoce a Rolf desde hace mucho?
—Cuando uno llega a mi edad, la definición de «mucho» se vuelve más flexible.
Los demás rieron, mientras Zoe admiraba con qué destreza Henri había eludido la pregunta.
Le sonó el teléfono y se lo sacó del bolso. Era un número desconocido de Nueva York y envió la llamada al buzón de voz. A continuación, recibió una alerta de un mensaje directo por Instagram. Iba a ignorarlo cuando reconoció el nombre.
—Perdón —dijo en voz baja a Henri—. Tengo que leer un mensaje.
—Por supuesto —respondió él.
Zoe salió al vestíbulo y abrió el mensaje.
Hola, Zoe:
He estado siguiendo tu situación en Viena y tu relación con Henri Martin.
¿Son ciertos los rumores? ¿Está buscando un escritor fantasma?
¿O más bien una coautoría o un biógrafo?
Sea como fuere, me encantaría ayudarte a negociar un contrato para escribir un libro.
¿Ya tienes representante? Si no es así, ponte en contacto conmigo.
También te he dejado un mensaje en el buzón de voz.
A continuación te adjunto mi información de contacto.
Un saludo,
Trudy Tuffin
Presidenta de Tuffin and Keller Literary
¿Perdón? Zoe no había aterrizado en Austria aquella semana, había viajado a otro planeta.