El panadero de Viena 32 Zoe
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32 Zoe

ZOE

Viena (Austria)

Z oe se despertó el jueves por la mañana, el cuarto día de la conferencia, con un poco de resaca.

Había paseado por el centro de la ciudad con Henri durante dos horas, admirando edificios emblemáticos como el Palacio de Hofburg y la Ópera Estatal de Viena.

A solo unos minutos de la ópera, se detuvieron en Albertinaplatz, frente al monumento contra la guerra y el fascismo.

La exposición la había conmovido, especialmente la estatua de bronce de un hombre arrodillado limpiando la calle con un cepillo.

Llevaba cadenas atadas a la espalda y una kipá.

Pensó en el padre de Elias y en cómo había sufrido la misma humillación.

La pesadez ralentizó sus pasos mientras se alejaban.

Al atardecer, llegaron al Karlotta, un restaurante tradicional austriaco ubicado en una zona residencial de la ciudad.

Estaba hambrienta y pidió el mejor escalope vienés de su vida. Charlaron amigablemente mientras se bebían dos botellas de riesling . En algún momento, su mente divagó hacia escenarios sombríos por culpa de las amenazas de Wes.

Si no hacía nada, la despediría.

Si le pedía a Henri que le dejara escribir el artículo, lo más seguro era que se negara.

Si la notó distraída, el anciano no dijo nada. Mantuvo una conversación fluida, como si percibiera su angustia y quisiera dejarle espacio. Como habría hecho el abuelo Aron. Zoe rechazó la comparación. No era posible que Henri fuera tan intuitivo; apenas se conocían.

El chófer de Henri la llevó de vuelta al hotel en su sedán poco después de las diez y quedaron en verse la tarde siguiente para seguir hablando e ir a cenar.

Una vez en la habitación, abrió las persianas y contempló durante un largo minuto un grafiti de un colibrí. La mañana estaba nublada, pero no le importaba. Encajaba con su estado de ánimo angustiado.

Como si lo hubiera convocado, recibió un mensaje de Wes:

¿Te ha contado Henri de qué conoce a tu familia?

Pensó detenidamente la respuesta.

ZOE : No. Solo hablamos de mi familia y de Viena.

WES : Oculta algo. El acuerdo de confidencialidad no va a detenerme.

ZOE : Esto está mal. Debemos respetar el acuerdo.

WES : Tú recopila tus notas y deja que sea yo quien lo juzgue.

¿Sería juez o verdugo? Zoe se desplomó en la cama, sintiéndose acorralada.

ZOE : Hoy no me da tiempo a enviar nada.

WEST : ¿Por qué?

ZOE : He quedado con Henri a las 15:00.

WES : Genial. Nos vemos en el bar de hotel a las 14:15 para acordar un plan.

El corazón le dio tan vuelco cuando vio que seguía escribiendo, como indicaban los puntos suspensivos dentro del globo de texto.

WES : Aterrizo a las 13:00.

Marcó el mensaje con un pulgar hacia arriba.

Por la tarde, Zoe se sentó frente a Wes en una mesa de cóctel escondida en un rincón apartado del bar del hotel. No dejaba de mirar hacia la entrada, temiendo que Liam o Henri aparecieran.

—Resolveré esto contigo o sin ti —dijo su jefe—. Si lo hago sin ti, ya puedes decirle adiós a Savouries y a tu carrera como escritora. —Dio un sorbo a su café doble—. Cuando hay una historia en juego, no hago amigos. Tú tampoco deberías.

—Henri me dijo que todo era extraoficial. Intento hacer lo correcto y respetar la ética profesional.

Wes ni se inmutó.

—Si encontramos otra fuente, entonces solo confirmarías la información. Hablé con una trabajadora de la panadería de Jacques Simon y me confirmó que sigue en Viena.

—No lo he visto.

Le dedicó una media sonrisa irónica.

—¿Cuánto lo has buscado?

Zoe agachó la mirada y se centró en un remolino gris acero en la mesa de mármol para no responder.

—Eso pensaba. —Se bebió el resto del café—.

Tal vez venir aquí haya sido tirar el dinero, pero no lo será si esta historia le da a la revista el empujón que necesita en cuanto a suscripciones.

La primicia de la foto de Martin ayudó, igual que mi artículo.

El tráfico en la web se ha disparado. Ahora Savouries es donde los lectores quieren seguir esta historia.

Todo aquello le parecía mal.

—Tengo que irme. Son casi las tres. —Recogió su bolso.

Wes dejó unos euros sobre la mesa.

—Te sigo.

—¿Qué?

—¿Has quedado con Henri Martin? Quiero que me lo presentes.

Zoe parpadeó varias veces, pero no le vio sentido a discutir, así que cruzó el vestíbulo con pesadez. Fuera, Henri la esperaba junto a un sedán negro.

Wes se le adelantó.

—Señor Martin —dijo y le tendió la mano—. Soy Wes Donnelly. Es un placer conocerlo.

Henri dudó antes de aceptar el saludo y le estrechó la mano brevemente.

—Gracias.

Le dedicó a Zoe una mirada interrogativa.

Sabía que debía decir algo, pero Wes esbozó una amplia sonrisa y continuó.

—Trabajo con Zoe. Sabe cuánto los admiro a su empresa y a usted y tuvo la amabilidad de ofrecerse a presentarnos.

—Ah —respondió Henri.

—Ha llegado hoy en avión —añadió ella.

—Sí, lamento haberme perdido su discurso. —Wes soltó una risita falsa y señaló el sedán—. ¿A dónde irán esta tarde?

Henri miró a Wes y, tras una larga pausa, dijo:

—A ningún sitio en especial. Si nos disculpa, Zoe y yo tenemos temas que tratar.

La sonrisa de Wes se desvaneció. No estaba acostumbrado a que lo rechazaran, pero estaba en el mundo de Henri Martin y a Zoe le encantó.

—Por supuesto. Disculpe la intromisión. —Se volvió hacia Zoe—. Hablaremos más tarde.

Cuando desapareció por la puerta giratoria del hotel, Henri le preguntó:

—¿Tu jefe?

—Así es.

—No es un hombre de fiar, ¿verdad? Tiene ojos de serpiente.

Se le calentaron las orejas.

—No sé a qué se refiere.

Aunque sería comprensible, rezó para que Henri no sospechara de ella.

—Cuando alguien ha vivido tanto como yo, aprende a leer a las personas.

El chófer de Henri les abrió la puerta de atrás del sedán. Henri se sentó a su lado y subió el cristal que los separaba del conductor.

—¿Te está presionando? —preguntó.

—Sigue queriendo que escriba el artículo.

—¿Aunque te demande? —La miró con severidad.

—No le importa. No lo haré. Cumpliré mi promesa. —Esperaba poder mantenerla—. Pero hay algo más.

—Adelante.

—Wes quiere mis notas. Anoté algunas cosas después de nuestras primeras conversaciones, llene intención de ponerse en contacto con Jacques Simon. Si Jacques tiene información que no quiere que se divulgue, debería hablar con él lo antes posible.

Henri bufó.

—No le sacará nada a Jacques. —Se recostó en el asiento—. ¿Las notas son detalladas?

—Son imprecisas, en el mejor de los casos —aseguró y se alegró de que fuera la verdad.

Henri esbozó una sonrisa astuta. Ya había previsto que se encontraría en esa situación.

—Entonces… ¿a dónde vamos? —preguntó Zoe.

—A Dürnstein. Vamos a cenar a una bodega.

—Dürnstein es adonde Elias llevó a Chana.

—Así es. Creí que te gustaría verlo.

—Me encantaría.

Henri se había puesto un traje gris claro, combinado con una camisa azul claro. Zoe se alegró de haber elegido la prenda más bonita que había metido en la maleta, un mono negro sin mangas combinado con unos zapatos negros de tacón bajo.

Cuando salieron a la autopista a las afueras de la ciudad, el paisaje cambió al que cabría esperar de la campiña austriaca. Bosques de abedules plateados salpicaban el terreno, entremezclados con grupos de casas que parecían hechas de jengibre. Henri señaló unas hileras de albaricoqueros en flor.

Zoe se acomodó en el asiento de cuero del coche, agradecida por el breve respiro de sus problemas.

Una hora más tarde, el sedán avanzaba despacio por una carretera de gravilla junto a un largo sendero que ascendía hasta el pueblo de Dürnstein.

Zoe miró por la ventanilla, hipnotizada por los edificios de colores pálidos llenos de tiendas y restaurantes.

Se fijó en el castillo que se alzaba sobre el pueblo y en el telón de fondo de exuberantes montañas verdes que acariciaban las nubes blancas y esponjosas del cielo azul.

Imaginó el lugar que habría recibido a Chana, a Elias y a su abuelo.

Tiendas tapiadas. Soldados soviéticos armados con rifles patrullando.

Apretó las manos con fuerza sobre el regazo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Henri.

—Este lugar… es como si el pasado rezumase a través de los adoquines. —Zoe se volvió hacia el anciano, incapaz de contenerse, y le preguntó—: ¿De qué conoces a mi familia, Henri?

Se tiró del puño de la camisa.

—Pronto llegaremos. —Evadía la pregunta, pero antes de que pudiera insistir, añadió—: ¿Qué esperas obtener de estas historias?

Le vinieron a la mente años de curiosidad reprimida sobre la vida de su abuelo.

—Supongo que es una forma de conocer a mi familia y mantenerlos presentes. Los he perdido a todos y los echo de menos.

Se concentró en el paisaje y parpadeó para aliviar el escozor de los ojos. Curiosamente, pensó en Meyer y sus pérdidas.

—El duelo siempre es duro —dijo Henri—. Más aún para alguien tan joven. ¿Cómo lo has superado?

La sonrisa del abuelo Aron se materializó en su mente.

—Mi abuelo me ayudó.

—Claro —dijo Henri, como si lo que sabía sobre Aron hiciera la respuesta fácil de creer.

Quince minutos más tarde, llegaron a una bodega rodeada de hileras de viñedos esculpidos en el paisaje montañoso.

El sol poniente pintaba el viñedo de una paleta de colores verdes, naranjas y amarillos.

En primer plano se alzaba una casa de piedra blanca con un tejado inclinado marrón y molduras de madera festoneadas.

Las flores desbordaban las jardineras azules de las ventanas.

—Es como aterrizar en un cuento de hadas —dijo Zoe al salir del coche.

Se dio la vuelta y vio que Henri ya había llegado a la puerta principal. El letrero anunciaba:

Viñedo y restaurante La Monastery

Lo siguió dentro y atravesaron un vestíbulo con paredes color crema y una larga barra de madera blanqueada que era la combinación perfecta entre espaciosa y acogedora.

—Henri —llamó un hombre de mediana edad, que salió corriendo del comedor del fondo. Lo abrazó—. ¡Bienvenido! Los demás ya han llegado.

¿Los demás? Zoe miró a Henri. No le dio ninguna explicación, sino que dijo: