31 Chana #2
—¿Quieres saber quién soy? —Se agarró el cuello del jersey. Elias se preocupaba por ella y a ella le importaba él. Era hora de descubrir si sería capaz de aceptar todo lo que había soportado. Lo miró a los ojos y se bajó el cuello del jersey. El aire fresco le rozó las clavículas.
Elias abrió mucho los ojos.
—¿Quién te hizo eso?
—Un soldado nazi en el campo. Podría haber sido mucho peor. De hecho, lo fue.
El chico apartó la mirada con lástima. Al menos era mejor que el asco que había expresado Zvi. Se recolocó el jersey y se le cortó la respiración. Solo un hombre había visto sus cicatrices y no había apartado la mirada: Meyer.
El solitario y melancólico trino de un pájaro cercano rompió el silencio.
¿Se estaba enamorando de Elias? No estaba segura, pero si la respuesta era «sí», por supuesto que el amor le permitiría pasar por alto aquello. Al fin y al cabo, Elias los había protegido del sargento McManus. De no haber sido por él, no habría tocado un horno en los últimos meses.
—Me has preguntado quién soy. Soy una mujer judía que sigue viva. —Se llevó el puño al pecho—. Soy como tú. Soy repostera.
—Entonces ven conmigo a Suiza. —Cuadró los hombros—. Sé mi esposa.
—Me ofreces lo mismo que Meyer.
Elias echó la cabeza hacia atrás.
—¿Por qué?
Chana caminó siguiendo el río.
—Elias, quiero ser tu igual.
Había visto demasiados matrimonios en los que las esposas se veían obligadas a limitar sus vidas y sus ambiciones después de pasar por la jupá.
Una vez casadas, debían ocuparse del hogar y cuidar de los hijos.
Necesitaba saber cuál era la visión de Elias sobre su futuro, porque eso no era lo que ella quería.
—¿No somos ya iguales cuando cocinamos? —preguntó él.
—No. Tú reivindicas mi trabajo como si fuera tuyo.
—¡No tengo otra opción! El chef Trolfe nos despediría a los dos si se enterara. —Hizo una pausa—. La realidad es que queda mucho para que haya una mujer en el puesto de chef repostera en una panadería grande o en un hotel. Pero algún día, abriremos nuestro propio negocio.
—¿Como socios? —Se mantuvo firme, con los pies separados.
—Por supuesto. Somos perfectos juntos. Es mi sueño. —Se le acercó—. Chana, el corazón me late desbocado porque te amo. Quiero casarme contigo y quiero que vengas conmigo.
Socios en una panadería. Sería un sueño hecho realidad, pero había otros factores a considerar.
—No lo sé. Mi madre jamás aceptará quedarse en Europa y no los abandonaré a Aron ni a ella.
—Entiendo tu preocupación, pero, si los dejas en Viena, tu madre cuidará de tu hermano. Dime que sí y encontraré una solución.
—Tengo que pensarlo.
Dio la vuelta hacia la granja, indecisa.
Creía que Elias cumpliría su palabra en cuanto a ser socios.
Pero ¿qué pasaría con su familia? Comprendió entonces que romper su compromiso no bastaba para que su familia y ella estuvieran fuera de peligro.
La mirada amenazante de Vlad por la mañana se lo había dejado claro.
Sin la protección de Meyer, Kirill y Grigory también eran una amenaza.
Las piezas del plan fueron encajando: si lograban contactar con la familia de su padre en Estados Unidos y les concedían los visados, Chana podría huir con Elias.
Antes tendría que asegurar el viaje para su madre y para Aron, sin Meyer.
Tendrían que esconderse hasta que llegara el momento de partir.
Jamás permitiría que os hicieran daño a ti ni a ellos , le había dicho Meyer.
Sin embargo, cualquiera de sus hombres podría ir a por ella, a por su madre o a por Aron, y tomar cartas en el asunto por su cuenta.
Si alguien se mete con Meyer o conmigo, se lo ha buscado , esas habían sido las palabras de Vlad.
Ya no podía contar con la protección de Meyer.
Se le ocurrió una nueva idea y pensó en la única persona a la que tal vez podría pedir ayuda.
Heiss. El chef era severo, pero amable. Y le gustaba Chana.
¿Aceptaría esconder a su madre y a Aron hasta que se marcharan a Estados Unidos?
Si el plan funcionaba, podría liberarse a sí misma y a su familia de los peligros diarios a los que se enfrentaban en Viena y de los que preveía en un futuro con Meyer.
La separación no tendría por qué ser para siempre.
Con el tiempo, Elias y ella los seguirían a Estados Unidos, tal vez.
Era la única convicción que impedía que le fallaran las piernas.
Aunque había roto el compromiso con Meyer, su ánimo se apagó al imaginarse desapareciendo de su memoria.
Salieron del camino desde donde se avistaba el granero de los Bohm. Elias le tomó las manos y se las llevó al pecho.
—Lo que dije era en serio, Chana. Seremos socios. Encontraré la manera de que escapemos. Dime que vendrás conmigo. Es lo único que quiero.
La vida con Elias era la que tenía sentido. Era consistente, atento y bueno. Sería un marido maravilloso y cariñoso. Ya compartían muchas cosas. Cocinarían juntos, tal y como había planeado con su padre.
Le apretó fuerte las manos, deseando despertar el deseo.
El chico se acercó y Chana levantó el rostro hacia él, preparada para besarlo.
Ansiaba saber si lo que sentía por Elias igualaba su amor por Meyer.
Lo besó y a él se le escapó un jadeo, sorprendido por su audacia, pero después se dejó llevar.
Sus labios eran suaves y tenía un sabor dulce; Chana suplicó que aquel beso borrara a Meyer de su mente y de su corazón.
Que desterrara el anhelo que le desgarraba el alma.
Elias la atrajo hacia sí y le rodeó la espalda con los brazos.
Ella le abrazó el cuello con los suyos. Los pájaros trinaban mientras esperaba a que algo se encendiera en su interior.
Besar a Elias era agradable, pero nada más.
Aflojó el abrazo. No lo deseaba como deseaba a Meyer.
Se retiró. Elias era su amigo, pero no estaba enamorada de él.
Le dolía el corazón como si un futuro oscuro le hubiera dejado caer un yunque sobre el pecho.
Elias la amaba, pero ella no le correspondía.
Amaba a Meyer. Era su beshert . Comprenderlo la hizo vibrar.
Pero había roto su compromiso porque no podía estar a su lado, no después de lo que le había pasado a Aron.
¿Qué les harían los hombres de Estados Unidos para mantenerlo a raya? Las lágrimas le mojaban el rostro.
Malinterpretando sus emociones, Elias la abrazó.
—No llores, mi amor. Encontraré la manera de que estemos juntos.
Antes de que le diera tiempo a decir nada, la besó de nuevo.
—Chana —dijo una voz a unos metros de distancia.
Se apartó.
Aron estaba en el campo.
—¿Qué haces aquí? —Se secó las mejillas.
—He venido a buscarte. —La miró con reproche.
—Me has encontrado.
Su hermano miró a Elias con dureza. Chana lo tomó del brazo.
—No le cuentes a nadie lo que has visto. ¿Entendido?
Aron miró por encima del hombro.
—Lo entiendo. —Su tono sombrío dejaba claro que no le gustaba.
—Bien. —Le dio un beso en la mejilla. Después se volvió hacia Elias—: Estoy de acuerdo con lo que hemos hablado. —Con el estómago revuelto, hizo una pausa, hasta que vio que la comprendía. Aceptaba irse con él a Suiza—. Deberíamos volver andando al pueblo y esperar el autobús. No queremos perderlo.
—No, mejor que no —dijo Elias con energías renovadas.
Chana se tragó el sentimiento de culpa mientras los tres regresaban a la casa de los Bohm para despedirse de Ursula y de Johan, y después se marcharon al pueblo.
No quería engañar a Elias. Era un buen amigo, pero nada más.
Sin embargo, creía que, como reposteros, formarían un equipo formidable.
Tendría que dejarle claros sus sentimientos si quería cumplir su plan.
Cuando llegaron a Viena, Elias los acompañó de vuelta a la pensión. Mientras Aron subía los escalones de la entrada, Chana se quedó atrás.
—¿No vienes? —preguntó su hermano con ademán protector.
—En un minuto —respondió y se dio dos golpecitos en el pecho con dos dedos.
Aron dudó, pero luego imitó el gesto y entró.
Chana miró a ambos lados. La calle estaba vacía.
—¿Ibas en serio al pedirme que te acompañara? —preguntó, mirando a Elias.
Él la tomó de las manos.
—Con todo mi corazón.
Ella le apretó las manos y lo miró a los ojos.
—Elias, no voy a pasar de un hombre a otro. Te tengo mucho cariño, pero ten una cosa clara: iré por mi cuenta. No voy a casarme contigo. ¿Lo entiendes?
—Por supuesto. Necesitas más tiempo.
Lo soltó. Ojalá tuviera razón.
—No lo creo.
El chico se mordió el labio.
—Ya veremos qué pasa —dijo con demasiado optimismo.
Chana no quería engañarlo, pero el brillo en sus ojos le hizo comprender que no podría convencerlo de lo contrario. Al menos no aquella noche. Aun así, abrió la boca para protestar.
—Elias, no debí haberte besado. Por favor, debes comprender…
—Quiero que vengas conmigo —la interrumpió con decisión—. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.
Por el momento, lo dejó correr.
—Tengo que asegurarme de que mi madre y mi hermano estén a salvo.
—¿Quieres que vengan con nosotros?
—Más que nada, pero mi madre nunca aceptaría.
—Pensó en Zvi y sus planes para ir a Bélgica—.
Si alguno de los hombres de Meyer viene a por mí, mi madre o Aron podrían salir heridos.
—Pronunciar su nombre le revolvió las tripas—.
Tengo que entrar, pero cuando tengamos los visados y me marche, espero que esos hombres se olviden de nosotros y todos estemos fuera de peligro.
Con el tiempo, Meyer también se olvidará de mí . El pensamiento la dejó vacía mientras se alejaba de Elias en la acera.