El panadero de Viena 31 Chana
74%

31 Chana

CHANA

A la mañana siguiente, temprano, mientras su hermano estaba en el baño, Chana le contó a su madre todo lo que había sucedido con Meyer. Aunque Ruth ya sabía lo del secuestro de Aron, Chana había estado demasiado afligida y agotada para hablar del resto.

—He roto el compromiso con Meyer —dijo entonces.

Su madre se horrorizó.

—¡Pues claro que no!

—Kirill Volkov secuestró a mi hermano; tenía que hacerlo. Encontraremos otra forma de llegar a Estados Unidos.

—No fue culpa de Meyer.

—Suenas igual que Aron.

Su madre le tomó las manos.

—¿No ves que es una razón más para irnos lo antes posible? Meyer es nuestra salida. —La besó en la mejilla—. Hablaré con él y lo arreglaré.

—Pero, mamá…

—Ni una palabra más.

Su madre se puso el abrigo y se marchó a trabajar.

Pero en la mente de Chana el compromiso había terminado. No había otra opción. Se preparó para el viaje a Dürnstein con Elias, a pesar de que la advertencia de Meyer seguía en su mente.

Recuerda ponerte un pañuelo en la cabeza. El repostero no te protegerá .

Elias era más valiente y fuerte de lo que Meyer pensaba.

Aun así, optó por un suéter, pantalones y botas, y un pañuelo negro que le ocultara el cabello suelto.

Poco después, Chana y Aron salieron para encontrarse con el aprendiz.

Ante la insistencia de su madre, su hermano la acompañaría a Dürnstein.

El cielo soleado y la presencia del chico a su lado la ayudaron a olvidar la terrible advertencia de Meyer.

Cuando doblaron la esquina donde iban a subirse al autobús, Elias la saludó con la mano, aliviando el último nudo de ansiedad que le quedaba en el pecho.

—Ya estás aquí —dijo con una amplia sonrisa.

—Sí. —Se alegraba mucho de verlo.

—Hola, Aron —dijo Elias.

El chico levantó la mano a modo de saludo y luego miró hacia la calle.

—¿Dónde está el autobús?

—Llegará pronto. Las llegadas son imprevisibles, aunque este, el de los domingos a las ocho, lleva varios meses funcionando con regularidad.

—Teníamos muchas ganas de que llegara este momento —dijo Chana.

—¿Los dos?

—Nuestra madre insistió en que viniera —dijo Aron con firmeza, desafiando al joven a protestar.

—Nuestra carabina —dijo Elias, divertido.

El uso de la palabra «carabina» insinuaba cierta intimidad entre ellos. Chana sonrió, genuinamente complacida, aunque los recuerdos de Meyer y el beso en el parque seguían muy presentes en su mente.

Otros aparecieron cuando un autobús gris destartalado se detuvo con una sacudida frente a ellos. Le faltaban la puerta y todas las ventanas y un hombre desgarbado y barbudo iba al volante.

—La única parada es Dürnstein —anunció—. Diez groschen de ida y diez de vuelta. La recogida es a las cinco en punto. Paguen ahora los dos tramos.

Chana miró el autobús y luego el extremo más alejado de la manzana, donde vio a Vlad apoyado en un edificio.

El soviético no se movió a pesar de que lo había visto; su comportamiento era el de un gato jugando con un ratón.

¿Lo habría enviado Meyer para espiarla? ¿O habría ido por su cuenta?

Sentía su desprecio en su mirada pensativa, incluso en la distancia.

Meyer tenía contactos por toda Europa y Vlad tendría mucho que perder si su jefe se marchaba a Estados Unidos con ella.

Miró a Aron y luego a Elias.

—Busquemos asientos.

Se acomodaron en la última fila.

Después de dos horas por carreteras rurales repletas de baches, el autobús se detuvo a las afueras de Dürnstein. Cuando se bajaron, los soldados soviéticos se abalanzaron sobre ellos y les pidieron a todos sus tarjetas de identidad interaliadas.

Chana contuvo la respiración mientras un soldado examinaba sus documentos y se los devolvía con un gesto hacia una calle empedrada llena de tiendas. Aron y Elias la siguieron.

Tras unos pasos enérgicos, se relajó y escuchó a Elias señalar las cosas que más echaba de menos del pueblo. Desvió la mirada hacia la cima de una colina y un castillo medieval.

—Lleva aquí siglos. Dicen que el rey Ricardo fue la primera persona encarcelada allí por un duque austriaco.

Aron señaló los huecos en las paredes de piedra y habló de los libros que había leído sobre batallas entre reyes y caballeros. Sin duda, estaban destinados a estar allí con Elias. Contagiados de su optimista perspectiva. Fuera de peligro.

Los condujo por una senda rural y caminaron hasta que apareció ante ellos una pulcra casa de madera con un bosque en pendiente detrás. Elias echó a correr y atravesó la puerta principal mientras un hombre alto metía un puñado de leña a la casa.

—¡Elias! —exclamó el hombre con los ojos muy abiertos. Tenía el pelo blanco, lo que contrastaba con su rostro juvenil.

—Papá —dijo él.

Papá Johan, como el chico lo llamaba, dejó caer la leña y lo abrazó con fuerza.

El ruido hizo que una mujer saliera de la casa. Llevaba un vestido marrón con un delantal sobre su figura redondeada y el cabello oscuro recogido en una larga trenza. Abrazó a los dos hombres nada más verlos. Por supuesto, se trataba de mamá Ursula.

Cuando se separaron, Elias acercó a Chana y a Aron, sonriendo con ganas mientras los presentaba en alemán. Los Bohm eran tan cálidos y acogedores como el joven los había descrito.

Una vez dentro, Ursula se puso a preparar la comida.

—Comeréis con nosotros —dijo.

El salón estaba amueblado con un sofá y varias sillas de madera. Un fuego de azulejos verdes dominaba la cocina, junto a una nevera y una mesa con sillas de madera. Un estrecho pasillo salía de la sala principal y parecía conducir a las habitaciones.

Poco después, Ursula los reunió alrededor de la mesa y les sirvió estofado de conejo con pan de romero que había preparado esa misma mañana.

Elias arrancó un trozo del pan y lo masticó con aire pensativo.

Chana veía cómo le daba vueltas a la cabeza, juzgando el pan como lo haría Trolfe. Probó un trozo y lo encontró crujiente por fuera y suave, herbáceo y ligeramente dulce por dentro.

Chana y su hermano comieron mientras Elias parloteaba sobre el hotel, la cocina y el chef Trolfe.

Miró a Johan cuando el hombre le preguntó al aprendiz si seguía decidido a marcharse a Suiza al final del verano.

Elias respondió con un encogimiento de hombros.

Chana sabía que Suiza y después París eran sus objetivos, pero no que tenía intención de marcharse en cuestión de meses.

Era un plan sensato. En las noticias explicaban cómo la neutralidad de Suiza durante la guerra había ayudado al país a permanecer prácticamente intacto.

Sus recursos no habían quedado tan devastados como los del resto de Europa.

Francia volvía a tener su propio gobierno y también creía que sería menos peligrosa que Alemania y Austria.

Por supuesto, para cuando Elias se marchara, ella probablemente estaría de camino a Estados Unidos.

Le pesó el cuerpo al pensar en lo mucho que lo echaría de menos.

Johan se dirigió a Aron:

—Cuando terminemos, ¿te gustaría ayudarme con los animales? Hay que dar de comer a las cabras y ya toca recoger los huevos de las gallinas.

Aron sonrió.

—Claro. No sé mucho de granjas, pero algo podré hacer.

—¿Tenéis todo lo que necesitáis? —preguntó Elias a Johan.

—Nos las arreglamos. —Le dio una palmada en el hombro—. Hemos perdido algunas gallinas, pero los robos no son tan graves aquí.

Cuando terminaron de comer, Chana ayudó a Ursula a recoger la mesa. Johan se volvió hacia Aron.

—¿Vamos al granero, amigo?

—Detrás de ti.

Aron siguió a Johan y Chana secó los platos que le iba pasando Ursula.

Los tres siguieron charlando un rato, hasta que Elias preguntó:

—Mamá, ¿te importa si me llevo a Chana para enseñarle la granja?

—Claro, puedo ocuparme yo sola de estos platos.

Sonrió a Chana con calidez y le guiñó un ojo al chico.

Era la madre sustituta más amable que podría haber encontrado .

Una vez fuera, Elias dijo:

—Vamos al bosque. —Echó a andar hacia el granero—. Pasearemos junto al río. Es muy bonito en esta época del año.

Lo siguió por un camino de tierra que atravesaba el bosque hasta la orilla del Danubio. La luz del sol se reflejaba en la superficie verde del agua, intensificando los colores del río y del bosque que bordeaba la orilla opuesta.

—No sabía que te irías a Suiza tan pronto. —Adaptó el paso al de él y una brisa le arrancó el pañuelo hasta que le quedó colgando del cuello.

—He estado ahorrando para hacerlo. El chef Trolfe tiene contactos en una panadería donde fue aprendiz. Me ha prometido que les hablará bien de mí. ¿Acaso importa? Supongo que te habrás ido a Estados Unidos… con Meyer.

Chana eligió cuidadosamente las palabras.

—Le dije que vendría aquí contigo.

Elias se metió las manos en los bolsillos.

—¿Le molestó?

—Sí.

—A mí también me molestaría si estuviera en su lugar.

Chana reflexionó sobre el comentario.

—¿Por qué?

—No querría que nadie te hiciera cambiar de opinión. —Le tomó la mano—. O que cambiaran tus sentimientos.

Le zumbaron los oídos cuando la sangre le subió a la cabeza.

—¿Quieres casarte con Meyer?

Le costó responder. Tras pensarlo mucho, dijo:

—Ayer rompí el compromiso, aunque mi madre no lo ha aceptado. —Se preguntó si Meyer respetaría su decisión. Se soltó de la mano de Elias—. ¿Qué importa? Te vas a marchar.

Siguió caminando.

Él la alcanzó.

—Ven conmigo a Suiza.

La idea ya había estado tomando forma en su interior desde la primera vez que Elias le mencionó su plan.

—¿Qué pasa con mi madre y mi hermano? —preguntó, tanto a él como a sí misma.

—Tu madre quiere obligarte a casarte con un criminal.

—Meyer no es tan malo. A veces es increíblemente generoso. —Y otras cosas que no dijo, como «amable» y «cariñoso».

—¿Lo defiendes? —espetó Elias—. Les roba a granjeros como Ursula y Johan.

—Tú también has comprado mercancías —replicó ella—. A Kirill. No eres inocente.

—No, no lo soy, pero no soy el que roba. Meyer Suconick roba, lo vende todo y vuelve a robar. ¿Es esa la vida que quieres? ¿Es lo que eres?