El panadero de Viena 30 Chana #2
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30 Chana #2

—Dijiste que Vlad a veces se pasaba de la raya. Podría haber atacado a Elias por propia decisión, ¡pero aun así fue culpa tuya! —Se quitó la peineta enjoyada del pelo y se la tendió—. ¿Es suficiente para recomprar su ropa?

Meyer se quitó los zapatos, los envolvió con su chaqueta y se los tiró.

—Si tanto te importa, dale esto. La peineta fue un regalo.

—No seas ridículo. —Le señaló los pies enfundados en calcetines—. Hay escombros por todas partes.

—Me las arreglaré.

¿Habría exagerado? ¿Meyer estaría diciendo la verdad? Su gesto era conmovedoramente infantil y absurdo. Le entraron ganas de reírse y que él riera con ella.

Entonces Meyer dijo:

—Disfruta del día en Dürnstein. —Añadió con amargura—: Recuerda ponerte un pañuelo en la cabeza. El repostero no te protegerá.

—Me las arreglaré —espetó, repitiendo sus palabras e incapaz de admitir que tal vez hubiera juzgado mal la situación. Se guardó la peineta en el bolsillo y se alejó, aunque lo que deseaba era volver a su lado y poner fin a la discusión.

—No te vayas así —gritó Meyer.

Chana abrazó la chaqueta y los zapatos y se volvió para escuchar lo que tenía que decirle. Sin embargo, justo cuando Meyer estaba abriendo la boca, una furgoneta se subió a la acera, acelerando el motor, y cuatro hombres saltaron del vehículo.

Uno era Kirill Volkov.

Buscó el cuchillo en el bolsillo, pero Meyer la agarró del brazo y la colocó detrás de él.

—Deja que yo me encargue.

Al verle la pistola metida en la cinturilla de los pantalones, susurró:

—De acuerdo.

Kirill dio un paso adelante.

—Meyer, amigo mío, me han dicho que has tenido otro encontronazo con Grigory.

Le miró los pies descalzos y soltó una risita burlona.

—No te creas todo lo que oyes —dijo Meyer. Le soltó el brazo a Chana y acercó la mano a la pistola muy despacio.

—Las manos donde pueda verlas —espetó Kirill y se abrió el abrigo para enseñar un arma enfundada en el costado.

Meyer se tensó y situó los brazos delante del cuerpo.

—Bien. —Kirill se acercó—. ¿Es cierto que has vendido varios relojes a nuestro komdiv ? ¿Y tienes más?

Meyer le había dicho que dejara que él se encargara. Pero tenía la pistola justo delante. Chana mantuvo el cuerpo inmóvil mientras estiraba la mano poco a poco desde debajo de la bola de la chaqueta y los zapatos y tendía los dedos hacia el arma. El sudor le empapaba la espalda.

—¿Y qué? —dijo Meyer—. Tú le vendiste carne al chef Heiss. ¿No es cierto?

—Dejarás de hacer negocios con nuestros soldados soviéticos.

—¿Todo porque tu hermano es un animal? —preguntó Meyer.

Kirill miró a Chana con desdén.

—Ella lo empezó todo.

El pulso le retumbaba en los oídos. No soportaba quedarse de brazos cruzados. Rodeó con la palma de la mano la empuñadura del arma. Meyer se tensó. El metal helado le provocó un escalofrío.

—Déjala fuera de esto —dijo Meyer, manteniendo los brazos delante.

Dos de los hombres se acercaron y Chana reaccionó; apuntó por encima del hombro de Meyer.

—No creo que quieras hacer eso —dijo Kirill.

—Déjanos en paz —espetó ella.

En todos los años de guerra, nunca había empuñado un arma. Pesaba más de lo que había imaginado. No sabía si sería capaz de disparar a alguno si se veía obligada a apretar el gatillo. Le tranquilizaba que Meyer la cubriera; al menos así no podían ver cómo le temblaban las piernas.

Kirill calculó su siguiente movimiento.

—¡Eh! —Se oyó un grito desde el final de la calle. Vlad corrió en su dirección pistola en mano y se colocó delante del soviético—. ¿Qué está pasando aquí?

Meyer le quitó la pistola a Chana.

Kirill tenía la mano sobre la suya.

—Una conversación amistosa entre dos hombres de negocios, nada más.

—Lo dudo —dijo Vlad.

—Te entregaré los relojes, pero me pagarás lo que gasté.

Kirill lo meditó antes de responder:

—Trato hecho.

Ordenó a sus hombres que volvieran a la furgoneta y se alejaron corriendo como hormigas hacia su hormiguero.

—Que haga este la entrega. —Kirill señaló a Vlad y aceleró el motor.

—Enviaré a quien pueda —dijo Meyer.

El soviético no apartó la mirada de Vlad.

—Trabajas para el rey equivocado.

Vlad escupió al suelo.

—Por si te negabas, me había buscado una garantía. —Kirill hizo una señal a sus hombres, que estaban detrás—. Supongo que querrás esto.

Dos hombres sacaron a una persona de la parte de atrás de la furgoneta, que cayó al suelo con un gemido.

¡Aron!

Su hermano rodó hasta quedar de lado. Lo habían amordazado y le habían atado las manos y los pies con una cuerda. A continuación, le tiraron el balón.

Chana corrió junto a su hermano mientras el vehículo se alejaba a toda velocidad. Le temblaban las manos mientras le quitaba la mordaza.

—¿Estás herido?

—No —respondió él con un jadeo—. Creo que no.

Le quitó las cuerdas y lo ayudó a levantarse, dejando los zapatos y la chaqueta de Meyer olvidados en el suelo.

Meyer se les acercó.

—Aron, lo siento mucho. Kirill pagará por esto.

Chana se sintió desbordada por la desesperación. La vida de Meyer era más peligrosa de lo que había imaginado. No estaba hecha para ella y su familia.

—No —dijo con severidad—. No queremos formar parte de esto. —Le dolía todo el cuerpo, como si de repente le hubiera subido la fiebre. Se dirigió a Aron—: Ven, te llevaré a casa.

Echaron a andar hacia la pensión de Nachmann.

—Chana, ¿a dónde vas? —gritó Meyer.

No se volvió y no respondió.

Tras ella, oyó a Vlad decirle:

—Te hace vulnerable y no vale la pena. Esa amiga suya, Sophie, está ayudando a Kirill a encontrar mujeres dispuestas a vender sus cuerpos a los soldados. Esta será una puta, como las demás.

Chana vaciló y miró hacia atrás cuando Meyer agarraba a Vlad por la camisa.

—No vuelvas a llamarla así.

—Suéltame —dijo el soviético con frialdad.

Meyer lo hizo.

—¿Chana? —llamó Aron.

Ella se llevó a su hermano.

—Vamos.

La cabeza le daba vueltas mientras recorrían las calles que los separaban de la pensión.

No dejaba de repetirse la información sobre Sophie.

Habían pasado unas semanas desde la última vez que había visto a su amiga.

¿Cómo ha podido? Aunque estaba decepcionada, sabía que no tenía derecho a juzgarla.

La desesperación de Sophie la había llevado a cambiarse el pelo y el nombre y a lanzarse a los brazos de Kirill para sobrevivir.

Si Chana se hubiera quedado sin su madre y sin Aron, sin la protección de Meyer, ¿quién sabe si habría hecho su propio pacto con el diablo?

Miró atrás y vio que Meyer los seguía, pero no se detuvo.

Cuando llegaron a la pensión, Meyer gritó:

—Chana, háblame. Por favor.

Llevaba los zapatos y la chaqueta en brazos. Tenía el rostro pálido tras la discusión con Vlad, su protector de mayor confianza.

—No lo culpo —dijo Aron.

—Entra —dijo Chana.

—Pero…

—¡He dicho que entrases!

Su hermano la miró enfadado, pero subió los escalones poco a poco. Cuando la puerta se cerró tras él, Chana tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantenerse firme.

—Meyer, ¿qué vas a hacer en Estados Unidos?

—¿A qué te refieres?

—¿Será así? Estos hombres. Esta vida. —Hizo una pausa—.

Sé que estás trabajando con el sargento McManus.

En el salón, te dijo que tendría a gente esperando para darte la bienvenida.

¿Serán así? —No respondió, así que añadió—: Tienes que ser consciente de que nos pones en peligro. Podrían haber matado a Aron.

—Pero no lo han hecho. Y tu hermano tiene razón… no es culpa mía.

Un trueno retumbó en la distancia.

—Quiero que dejes atrás esta vida. ¿Serías capaz?

—Tienes que entender que mi capacidad para vengarme de Kirill es lo que ha protegido a Aron hoy.

Lo tomó como un «no». No se trataba de protección. Se trataba de poder.

—Si de verdad lo crees, eres un tonto. —Retrocedió.

—Te amo.

Ella también lo amaba, una revelación que la había llenado de alegría, pero después de una profunda tristeza, porque había más en juego que su corazón.

Meyer dio un paso adelante.

—No —dijo Chana y levantó una mano—. No quiero la vida que me ofreces.

El viento sopló más fuerte y las gotas golpearon la acera.

—Es demasiado tarde. ¿Quieres ir a Estados Unidos? Tu madre está desesperada. Será lo mejor para todos.

—Así que me convertirás en tu prisionera.

—No —susurró Meyer—. Serás mi esposa.

—Es lo mismo. —Chana negó con la cabeza—. No me casaré contigo. Hemos terminado —dijo y entró corriendo en la pensión, con el corazón destrozado mientras la lluvia caía con fuerza.