El panadero de Viena 30 Chana
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30 Chana

CHANA

D espués de que Aron se marchara, Meyer condujo a Chana a un pequeño parque a unas calles de distancia. El día se había calentado y el aire de la tarde olía a hierba y era dulce como la miel.

Meyer se quitó la chaqueta y se arremangó, dejando al descubierto los fuertes antebrazos. Lo imaginó envolviéndola con esos brazos y la idea la hizo sonrojarse.

—¿Nos sentamos? —Se detuvo junto a un banco.

—De acuerdo. —Una vez acomodados, Chana no aguantó más—: Tengo curiosidad, ¿de qué hablabas con Aron en susurros?

La miró a los ojos.

—Le dije que podía confiar en mí. Que nunca me aprovecharía de ti. —Le apartó un mechón de pelo de los ojos y ella se embriagó con el afecto que veía en su rostro—. Dime, ¿has disfrutado del día?

—Mucho —respondió sin dudar.

—¿Y qué te ha parecido Peggy?

—Me ha encantado conocerla.

—Sabía que te gustaría. Os parecéis. —Se frotó la mandíbula y notó que le costaba decidir qué decir a continuación—. La repostería es importante para ti, ¿verdad?

Se echó hacia atrás, sorprendida.

—Sí, nunca lo he ocultado.

—Una vez le dije a tu madre que enseñar lo era todo para mi hermana.

—Chana sabía que se refería a la conversación que había escuchado en Karlsplatz.

Meyer se quedó mirando la torre antiaérea en la distancia, una estructura de cemento construida por los nazis para disparar a los aviones enemigos.

No era necesario buscar muy lejos para encontrar recuerdos de la guerra y sus consecuencias.

Meyer entrecerró los ojos como si sintiera dolor—.

Pasar tiempo con Peggy estos últimos días me ha permitido imaginar en quién se habría convertido mi hermana si hubiera vivido.

Sonaba muy triste. Chana esperó a que dijera algo más, pero no lo hizo. Ella se le acercó. Cuanto más le revelaba aquel lado reflexivo, más quería saber ella y más cerca quería estar. Sin embargo, algo le preocupaba.

—Meyer, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto.

—Examinas artículos en el mercado y los separas en función de lo que pueden aportarte. Yo no soy diferente; soy una caja de cigarrillos aplastada o un reloj que no funciona. —Se tocó el pecho—. ¿Cómo puedes mirar esto y no apartar la vista? Otros hombres lo han hecho.

—No eres nada de eso —dijo y la miró a los ojos con intensidad—. ¿No ves lo especial que eres?

Chana estudió su rostro y solo vio ternura. Hablaba en serio.

Meyer le tomó las manos y el contacto le provocó un calor que le recorrió todo el cuerpo. Recordó cuando habían bailado. Su mano en la espalda. Su aliento en la mejilla. La hacía sentir eléctrica.

—Quiero saber qué te pasó en el campo.

—No me gusta hablar de ello.

—Por favor, Chana. —Le acarició el dorso de las manos con los pulgares—. No te juzgaré. Te lo prometo.

Le creyó. Pasaron unos segundos antes de que empezara a hablar. Era la misma historia que su madre le había contado, pero entonces le revelaría el resto. Repitió cómo, cuando el soldado nazi había golpeado a su madre, ella le había confesado el lazo que las unía al capitán.

Se le erizaron los pelos de la nuca.

—Ocurrió unos días después… por la noche… me encontró en los barracones y me arrastró fuera.

—¿El capitán? —preguntó Meyer en voz baja.

—No. —Necesitaba sacarlo—. El otro, el que había pegado a mi madre.

Contó cómo la había sacado a rastras, cómo la había violado y, después, había encendido un cigarrillo, la había desnudado y le había marcado la piel, sin dejar de insultarla todo el tiempo.

—Si no fuera porque el capitán me favorecía, me habría marcado la cara. En cambio, me dejó cicatrices donde su superior no las vería. Si se lo contaba a alguien, prometió que nos mataría a mi madre y a mí.

Las náuseas le subieron por la garganta y corrió hacia los arbustos, donde se inclinó y vomitó.

Meyer se acercó, le sujetó el pelo y le frotó la espalda.

Se quedó encorvada, abrazándose el vientre.

—Trabajé igual de duro al día siguiente y al siguiente y al siguiente. —Volvió a tener arcadas—. Cualquier otra cosa habría supuesto una muerte segura, aunque hubo momentos en los que lo deseé.

—Mi querida Chana. Mi amor. —Mientras le susurraba palabras cariñosas, con la mano le dibujaba círculos relajantes en la espalda—. Cuánto agradezco que no murieses.

Cuando se enderezó, le limpió la boca con el pañuelo y luego le pasó la petaca. Chana bebió y agradeció la quemazón en la garganta.

Meyer la tomó entre sus brazos. La cabeza le repetía que no la amaba, pero la forma en que sentía los latidos de su corazón contra el pecho la hacía pensar que sí. Dejó que su cuerpo se fundiera con el de él.

—Mi hermana… Dora —susurró Meyer—. La mataron a tiros en el bosque de Rumbula, junto a miles de personas más.

Como a mis padres. —Se le quebró la voz—.

A todos los vecinos a los que conocíamos.

Después de la guerra, encontré a alguien que había presenciado los fusilamientos.

Me contó que los soldados torturaron a mi hermana antes de matarla.

Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Lo siento mucho, Meyer. De verdad.

Chana le secó las lágrimas. La guerra les había arrebatado a los dos a la persona a la que más querían.

Pero su dolor compartido no era lo único que tenían en común.

Ambos eran obstinados. Orgullosos. La diferencia era que Meyer vestía su dolor como una armadura y lo usaba para alejar a cualquiera que intentara hacerlo sentir de nuevo.

Sin embargo, ahí estaban, dos personas heridas que se habían encontrado a pesar de todo.

Envueltos en los brazos del otro, los años se desvanecieron y los transportaron a una época en la que aún estaba completa. Así se siente el amor .

Su boca estaba a solo unos centímetros de distancia. Meyer se inclinó hacia ella. Chana deseaba besarlo más que nada, se puso de puntillas y permitió que sus labios se rozaran. Sabía ligeramente dulce, pero también salado, una combinación embriagadora. Le susurró al oído:

—Te amo, Chana. He intentado no hacerlo. He luchado contra ello, día tras día, con todas mis fuerzas. Pero ya no puedo negarlo.

La besó con más ahínco y ella correspondió su deseo. La abrazó con más fuerza y ella hizo lo mismo, sintiendo cómo su cuerpo se incendiaba, una sensación que nunca antes había experimentado.

—Yo también te amo —susurró mientras sus labios se deslizaban hacia su cuello.

Sus bocas se encontraron de nuevo, y a Chana nada le importaba salvo la urgencia de sus labios contra los de ella. El deseo recorría cada centímetro de su cuerpo.

Meyer se apartó despacio. Chana sonrió, conmovida por su propio deseo. Él le tomó la mano y la llevó de vuelta al banco.

Permanecieron callados, aunque no era un silencio incómodo.

Meyer le rozó el dorso de la mano con los labios.

—Desde la guerra, he considerado que la felicidad era una empresa inútil, como perseguir el viento. —Extendió la palma—. Ahora siento como si el viento descansara en mi mano.

Chana pensó en todos sus encuentros desde que había llegado a Viena.

Cómo intervino cuando Kirill la abordó en la estación.

Cómo ayudó a su familia a conseguir un buen trabajo y una habitación en la pensión.

Cómo la acompañó a casa desde el café para garantizar su seguridad.

Lo amable que era con Aron. Las flores, la peineta del reyezuelo y el cañamazo para su madre.

Meyer había hecho todas esas cosas no porque quisiera jugar con ella ni por sus intenciones en el mercado negro con respecto a su hermano, como Chana había supuesto con cinismo, sino por su creciente afecto por ella. Y por su familia.

Después de la guerra, Chana había visto en periódicos y revistas fotografías de alegres celebraciones tomadas en los países aliados.

La gente llenaba las calles, lloraba y se abrazaba.

El sentimiento más parecido a la alegría que Chana había experimentado había sido cuando se reencontraron con Aron.

Toda felicidad que experimentaba se veía opacada por la pérdida.

Pero eso había sido antes de aquel momento con Meyer.

—Me voy mañana por la tarde y estaré fuera una semana. Detesto tener que dejarte.

—Estaré bien. —Por primera vez, sintió que era cierto.

—¿Qué planes tienes mientras estoy fuera?

—Sobre todo, trabajar en el hotel, pero Elias se va mañana a Dürnstein. Yo también tengo el día libre y me ha invitado a acompañarlo.

Meyer estudió su rostro.

—Elias —dijo—. Sí, sé que sigues escapándote para verlo a altas horas de la noche.

Chana se puso tensa.

—No me escapo.

—Llámalo como quieras. —Su expresión se suavizó—. ¿De verdad creías que podías andar sola por la calle sin correr ningún peligro? Te quiero, Chana, y no dejaré que te pase nada. He pedido que te cuiden, también a tu madre y a tu hermano. —Le tocó la peineta—. Pronto seremos una familia.

—¿Me has estado siguiendo?

—Te he estado protegiendo, como te dije que haría. Ya sabes lo que les pasa a las personas que salen solas por la noche. No te he prohibido salir, ¿verdad?

Se apartó de golpe.

—¿Prohibírmelo? ¡Como si pudieras detenerme!

Meyer negó con la cabeza.

—Eres la mujer más…

—Testaruda —interrumpió—. Lo sé.

—Está bien. Pero dime exactamente qué es lo que haces con él.

Meyer estaba celoso y Chana se mordió el interior de las mejillas, recordando las veces que Elias le había apretado la mano o le había tocado el brazo. Cómo la había besado en la mejilla.

—Ya te lo he dicho, hacemos repostería.

—De acuerdo. —Resopló—. Yo me seguiré asegurando de que estés a salvo cuando lo hagas. A diferencia de tu amigo el aprendiz, que perdió la ropa el otro día.

En su mente, recordó la nariz ensangrentada y el labio partido de Elias. ¿Y si…?

—¡Fuiste tú!

Se levantó de un salto.

—Yo no tuve nada que ver. Unos hombres le robaron la ropa.

—Tus hombres. ¡Lo golpearon! Devuélvele sus cosas.

—No las tengo, porque no eran mis hombres.

—No te creo. ¿Quién me estaba siguiendo? ¿Vlad?

Meyer apretó la mandíbula.

La ira la invadió.