29 Chana
CHANA
U nos días después, Chana salió de la pensión con la esperanza de provocar un milagro al visitar con determinación las diferentes oficinas de emigración.
Esa vez llevaba consigo las cartas que había escrito a múltiples organizaciones judías y sinagogas de Nueva Jersey, decidida a contactar con cualquiera que pudiera conocer a los familiares de su padre.
A pesar de la cercanía con Elias, decidió que lo mejor sería cumplir la promesa que le había hecho a su madre y seguir adelante con el matrimonio con Meyer.
Pero con una salvedad: lo arrancaría de las garras del sargento McManus.
Si lograba encontrar a su familia, su madre, Aron, Meyer y ella podrían marcharse por sus propios medios.
La última parada fue la oficina de la Conjunta, donde entregó media docena de cartas a Herr Krauss, el amable empleado de cabello gris y barba, quien se encargaría de poner las direcciones y enviarlas por correo.
Se disponía a marcharse cuando el hombre la llamó:
—Antes de irte, déjame revisar la correspondencia.
Chana le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
—Se lo agradezco.
Revisó varias carpetas antes de volver a hablar:
—Lo siento. No hay nada relacionado con tu familia. —Se alisó la barba con la mano—. Chana, si soy sincero, cabe la posibilidad de que las autoridades estadounidenses no os concedan la entrada aunque encontremos a vuestros familiares.
—¿Por qué no?
La ansiedad le revolvió las tripas.
—Hay un número limitado de visados. Tenemos más de mil personas que ya han conseguido quien las apadrine, pero no hay visados para todos.
Es una situación difícil para los refugiados de toda Europa.
—Chana parpadeó varias veces mientras asimilaba la noticia—.
Ahora bien, si tenéis a alguien que os garantice la entrada y los documentos…
digamos, un funcionario del gobierno… Eso es un tesoro.
Meyer tenía buenos contactos por toda la ciudad, pero supuso que la garantía a la que se refería era la conexión con el sargento McManus.
—¿Sabe usted de mi compromiso?
—Sí. —Le dedicó una amplia sonrisa—. Enhorabuena, querida. Meyer es un joven estupendo.
Apretó el bolso.
—Gracias por la franqueza, Herr Krauss. Volveré la semana que viene.
Chana salió de la oficina con dolor de cabeza.
Al día siguiente, nubes de tormenta cubrían la ciudad. El cielo nublado mantenía una temperatura moderada, pero húmeda, lo que encajaba perfectamente con el estado de ánimo de Chana con respecto a Meyer y su emigración.
Iba con Aron a verse con el traficante en la sastrería de Pejsach, una zapatería abandonada que en aquel entonces hacía las veces de taller de costura y sinagoga improvisada para el sabbat .
Era sábado y los servicios religiosos terminarían pronto.
Meyer decía tener una sorpresa para su hermano.
Mientras paseaban, Chana agradeció el rato a solas con Aron.
Era poco habitual, ya que normalmente estaban rodeados de gente en el hotel o acompañados por su madre.
El chico se sacó un paquete pequeño del bolsillo y desenvolvió un trozo cuadrado de marillenkuchen . Chana reconoció al instante la tarta que Elias había preparado siguiendo el método de Trolfe. La masa cubría la mayor parte de la fruta de hueso naranja, tal y como había previsto.
Dásela al personal, o a las palomas, me da lo mismo.
La fruta está seca y el sabor es insípido , había dicho Trolfe cuando Elias le preguntó qué debía hacer con esa tarta.
La segunda marillenkuchen parecía un tablero de ajedrez de albaricoques brillantes y masa.
Dulce y perfecto, tal y como Chana sabía que quedaría.
Elias había seguido bien sus instrucciones.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó a su hermano.
—Me lo guardé de la comida del otro día. —Le dio un mordisco y masticó pensativo antes de decir—: Apuesto a que a papá le saldría mejor.
—Pues claro que sí.
La forma en que Trolfe había adulado a Elias y la segunda marillenkuchen habían reforzado la confianza de Chana. El chef repostero había elogiado sus ideas.
—¿Recuerdas algo de la panadería de papá? —preguntó a Aron, que solo tenía diez años cuando el negocio cerró.
—No mucho. Me acuerdo de las caracolas con pasas.
—Te las comías muy despacio.
—Me comía la masa y guardaba las pasas. Quería que el último bocado fuera siempre dulce.
—Aron se terminó la tarta y se chupó las migas de los dedos.
Parecía que cuanto más comía, más hambre tenía.
Había crecido mucho; ya era más alto que ella—.
Está muy buena, pero apuesto a que la otra estaba aún mejor. La que no nos dejaron probar.
Deseaba contarle la verdad.
—Papá estaría orgulloso de la otra tarta y de ti.
Se quedó mirándolo.
—Aron…
—No duermo tan profundamente como mamá. —Le sonrió y le dio un golpecito en el hombro—. Te he oído salir de la habitación por la noche. Después, en cuestión de semanas, las habilidades culinarias del aprendiz mejoran de repente.
Por supuesto que su hermano lo sabía.
—No se lo puedes contar a nadie.
—Nunca lo haría. Pero ¿qué está pasando?
—Elias y yo nos ayudamos. Yo también he aprendido de él. —Pensó en su destreza mejorada con los cruasanes y en su cremeschnitte con crema pastelera que se derretía en la lengua, gracias a las enseñanzas de su amigo—. Estoy cocinando. Es lo que hago. Lo que papá quería.
—¿Estás a solas con Elias? ¿Qué hay de Meyer?
No supo qué decirle. Se tragó la dura bola de incertidumbre que tenía en la garganta, pero no respondió.
Chana y Aron entraron en la sastrería cuando terminaron los servicios del sabbat . Era la primera vez que veía a Meyer con una kipá y la imagen la conmovió. Le vino a la mente un recuerdo de su padre, con kipá y envuelto en un talit; ella le trenzaba los flecos del chal mientras él rezaba.
Aprovecha esa habilidad para trenzar el «challah» , le había dicho.
Meyer se separó de un grupo de hombres y le sonrió. Le presentó al rabino, un anciano barbudo de Alemania que había sobrevivido al campo de concentración de Treblinka.
—Ardo en deseos de celebrar vuestra boda —dijo el hombre—. En estos tiempos, no hay mayor mitzvá que unir a dos personas enamoradas.
—Sí, supongo que sí —dijo Meyer.
Chana lo miró y se encontró con su mirada de ojos cálidos, del color de un siena profundo y aterciopelado. ¿Estaba fingiendo para el rabino? Quería creer que era real.
Una vez en la calle, Meyer se quitó la kipá y se la guardó en el bolsillo.
—¿A dónde nos llevas? —preguntó Aron.
—Es una sorpresa.
Meyer le ofreció el brazo a Chana. Ella lo aceptó y sintió un agradable calor en el cuerpo al notar la firmeza de su musculoso bíceps.
Imaginó que, para cualquiera que pasara por allí, parecerían una pareja feliz.
Caminaron varias manzanas hasta que Meyer los condujo a un solar vacío donde antes había habido un edificio, cerca de la pensión. Miró hacia la calle.
—Ahí está —dijo y señaló.
Peggy York-Black, la fotógrafa que había estado en el salón del hotel, se les acercó en un jeep conducido por un soldado.
Saltó del vehículo y saludó con la mano.
Llevaba unos pantalones de color verde militar y una blusa a juego abotonada, la cámara colgada al cuello y una gran bolsa marrón bajo el brazo.
El conductor se relajó, pero no salió del vehículo.
Chana sabía que Meyer había quedado con aquella mujer y un periodista varias veces a lo largo de la última semana.
Habían recorrido Viena en coche y él los había llevado a Karlsplatz y a varios mercadillos al aire libre.
Le había contado a Chana que los dos se habían quedado muy asombrados al ver las listas pegadas en los escaparates abandonados, llenas de productos que la gente buscaba.
Había tantas que Chana ya casi ni se fijaba en ellas.
Meyer le explicó que Peggy y el periodista estaban muy interesados en el mercado negro de Viena, después de haber pasado varias semanas en Berlín, donde también abundaban los negocios clandestinos.
Presentó a Chana y a Aron a Peggy.
—Tenías razón, Meyer, es una belleza —dijo Peggy en alemán.
— Danke —respondió Chana.
—¿Hablas alemán?
—Sí. También yidis, inglés y polaco. Aunque tengo que mejorar el inglés.
—A veces yo también —dijo la mujer con una sonrisa radiante.
Chana nunca había conocido a una mujer que viajara sola y se ganara la vida haciendo fotos. Era una maravilla.
—Aquí tienes.
La fotógrafa le entregó a Meyer la bolsa. Él sacó un balón de fútbol blanco desgastado y se lo dio a Aron.
—Qué pasada —dijo el chico—. Pero me temo que no soy muy bueno.
—Ven, te enseñaré algunos trucos —dijo Meyer.
Chana se quedó maravillada porque hubiera recordado aquel detalle sobre su hermano. Meyer le guiñó un ojo y no pudo contener una sonrisa ni ignorar las mariposas en el estómago.
—Deja caer el balón —indicó Meyer.
Aron obedeció y, a pesar de que Meyer llevaba traje y zapatos buenos, hizo rodar la pelota hasta la mitad del solar empujándola con la parte interna de los pies.
—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó Chana a Peggy cuando el hombre se detuvo, con las mejillas sonrosadas y la frente perlada de sudor.
—Meyer me lo pidió y le dije que lo conseguiría aunque tuviera que pedirle a mi editor que me lo enviara desde Estados Unidos. Es lo menos que podía hacer para agradecerle que nos enseñara la ciudad. He sacado unas fotos estupendas.
Peggy acarició su cámara con cariño.
—Prueba tú. —Meyer le pasó el balón a Aron. Pasó rozando a su hermano y rebotó contra la pared del edificio contiguo.
El chico se acercó al balón como si fuera una rata de alcantarilla a punto de morder.
—Usa la parte interior del pie y no le tengas miedo —lo alentó Meyer.
Les había contado que antes de la guerra había jugado al fútbol en un equipo de Riga.
Aron imitó los movimientos que le enseñó y su primer chute envió el balón contra la pared.
—Ven, hagámoslo juntos —dijo Chana.
Patearon el balón varias veces mientras Peggy y Meyer los miraban.
Meyer se unió al juego y Chana se acercó a Peggy al borde del terreno, secándose el sudor de la frente.
—Le agradezco a Meyer que nos enseñase la zona —dijo la fotógrafa—. Estamos montando una historia increíble. Es el periodista con el que trabajo en este viaje.
—¿A dónde iréis después? —preguntó Chana.
—A Italia. Y luego volveremos a casa. —Se colocó el pelo detrás de las orejas—. ¿Qué planes tenéis vosotros?
Chana no supo cómo responder.
—Trabajo en la cocina de un hotel.
—Me refería al futuro. —La miró con sincero interés.
—Quiero ser repostera, como mi padre.
No mencionó la idea de tener su propia panadería, aunque estaba segura de que Peggy lo entendería.
—¡Maravilloso! —exclamó—. Meyer me dijo que tenéis familia en Estados Unidos y que planeáis ir allí.
—Mi madre y yo hemos estado trabajando con las autoridades, el consulado y la Conjunta, pero no recordamos exactamente dónde viven. Eran la familia de mi padre. Sin su patrocinio, no nos dejarán ir.
—Malditas cuotas —dijo Peggy con desdén—. Deberían abriros las puertas y desplegar una alfombra roja después de todo lo que ha pasado tu gente. —Sacó un bloc y un lápiz—. ¿Cómo se apellida tu familia?
—Rosenzweig. Viven en un sitio llamado Nueva Jersey.
Peggy lo anotó todo.
—Ahí es donde nací, aunque ahora vivo en Nueva York.
—La fotógrafa se pasó la mano por el brillante cabello castaño rojizo—.
Quizá pueda hacer algo. Cuando una revista se involucra, a veces allana el camino.
Las mujeres trabajadoras tenemos que apoyarnos unas a otras.
—Puso una mano sobre su cámara—. ¿Os parece bien si os saco una foto a los tres?
—Supongo.
—Meyer —llamó Peggy—. Déjame hacer una foto.
Chana, Aron y Meyer se juntaron, con el adolescente entre los dos, como si ya fueran una familia. El pensamiento fugaz la sorprendió y miró a Meyer, que le devolvió la sonrisa.
—Mirad a la cámara —dijo Peggy.
Chana se concentró en la fotógrafa mientras les sacaba varias fotos.
—Ya está. Las revelaré pronto. Si me sobra alguna, os la enviaré. ¿Trato hecho? —dijo.
—Sí, perfecto —respondió Meyer.
— Arrivederci . Es «adiós» en italiano.
Chana contempló cómo se alejaba el jeep e imaginó cómo sería su vida si fuera como Peggy.
Encontraría trabajo en una panadería y sus habilidades le pavimentarían el camino hacia el éxito.
Ojalá pudiera dar con una vía fácil para alcanzar esa vida.
Aunque dudaba que la fotógrafa lo hubiera tenido fácil.
Seguramente habría tenido que luchar con uñas y dientes por todo lo que había conseguido.
El resto de la tarde transcurrió tranquila, jugando al fútbol en el solar, riendo y contando historias. Fue el día más feliz que había tenido en años.
Al caer la tarde, Meyer miró el reloj.
—Aron, recoge el balón y vete a casa. Quiero hablar con tu hermana antes de que anochezca.
El chico agarró la pelota, pero se quedó.
—¿Qué pasa? —preguntó Meyer.
—Mi madre dice que no debo dejar a Chana sola contigo demasiado tiempo.
Ella se rio.
—No te preocupes, Aron. Estoy bien.
Meyer levantó una mano.
—¿Me dejas hablar con él? —Miró al chico.
—Claro.
Se llevó a su hermano a un rincón del aparcamiento y Chana no tenía ni idea de lo que estaban hablando, pero le llamó la atención cómo el porte de Aron le recordaba al de su padre.
—¿Qué estáis susurrando? —gritó.
—Ten paciencia —respondió Meyer.
Se cruzó de brazos. Parecían muy amiguitos. Se le cortó la respiración. Meyer era tan amable con Aron que siempre conseguía ablandarla.
Se dieron la mano.
¿Qué demonios?
Su hermano se despidió:
—Nos vemos en un rato.
Aron se marchó con el balón hacia la pensión y a ella el corazón se le hinchó de alegría; habían pasado una tarde maravillosa los tres juntos. Chana le sonrió a Meyer. Estaba ansiosa por saber qué quería decirle. También estaba un poco nerviosa.