El panadero de Viena 28 Chana
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28 Chana

CHANA

D espués de dejar a su madre y a Aron en la pensión, Meyer y Chana se dirigieron al Hotel Empress. Él aparcó a unos metros de la entrada y jugueteó con las llaves. Chana se quedó sentada con las manos entrelazadas en el regazo, sin saber si debía salir o esperar.

—¿Todavía llevas el cuchillo? —preguntó Meyer.

—Por supuesto.

—Te meterá en problemas. Un hombre te desarmaría en segundos. —Un coche que pasaba le iluminó el rostro y reveló su preocupación—. Voy a ser tu marido. Yo te protegeré.

Se volvió para encararlo, animada por lo que percibía como un afecto cada vez más profundo por su parte.

—Te lo agradezco —dijo con delicadeza—. Pero, si la guerra me ha enseñado algo, es que si el peligro quiere encontrarte, lo hará.

Hice todo lo posible por proteger a mi familia y mi padre hizo todo lo posible por protegernos a todos.

Sé que crees lo que dices. Pero, como ya te he dicho en otras ocasiones, sé cuidar de mí misma.

—Anhelaba oír lo que Meyer sentía realmente por ella—.

Dijiste que no podías amarme, pero no creo que te cases conmigo solo para ir a Estados Unidos.

Se acercó más y, a pesar de la oscuridad, vio cómo fruncía el ceño.

—Es cierto que los hombres que quieren que trabaje con ellos buscan a alguien casado.

Quieren que tenga una debilidad. Tú serías mi debilidad, porque me importa lo que te pase.

Te dije que no soy capaz de amar a nadie.

Ni siquiera a ti. Pero eso no significa que no vaya a ser bueno contigo.

—Hizo una pausa—. Como has dicho, somos amigos. No es algo malo.

Había perdido casi tanto como él. Pero el corazón aún le latía en el pecho y se sentía agradecida por ello.

Incluso entonces, su cercanía le aceleraba el pulso.

¿Significaba eso que estaba enamorada de Meyer?

De ser así, ¿en qué situación la dejaba?

Él le había expresado claramente sus sentimientos.

La noche en que fueron a las granjas, Chana había creído que conseguiría abrirse paso hasta su corazón. Esa esperanza se había hecho añicos.

La miró y ella le devolvió la mirada. La trataba con amabilidad, igual que a su madre y a Aron. Aron. Meyer escuchaba a su hermano y se había ganado su confianza. Durante la cena, Aron había disfrutado de cada brizna de atención de Meyer y había absorbido cada una de sus palabras.

—Has sido bueno con Aron y él te admira.

Meyer captó el tono de su voz.

—¿No lo apruebas?

Todos los hombres de Meyer hacían lo que les ordenaba. La idea de que Aron terminara siendo uno de ellos se le hacía impensable. No lo permitiría.

Jugueteó con los botones del jersey.

—Eres intrépido y Aron necesita a un hombre fuerte que lo guíe. Mi padre lo habría sido si hubiera vivido. —Se le quebró la voz, pero, por el bien de su hermano, continuó—: No quiero que mi hermano entre en tu peligroso mundo. No volverá a trabajar contigo. Lo prohíbo.

Meyer no dijo nada. Salió del coche, le abrió la puerta y le ofreció la mano. Ella colocó la palma en la de él y un zumbido le recorrió todo el cuerpo. La transportó de vuelta al Café Zweite, bailando en sus brazos, y la dejó sin aliento.

—Aron también será mi hermano —dijo cuando Chana salió a la acera—. No prohibirás nada.

Le soltó la mano. Si Meyer esperaba que se quedara callara y le permitiera hacer lo que quisiera con Aron, se llevaría una gran decepción.

Durante la siguiente hora, Meyer bebió y conversó con los soldados en el salón contiguo al comedor del hotel; uno de ellos era el sargento McManus.

Desde un banco cercano, donde estaba sentada con las otras novias, Chana escuchó que los hombres hablaban sobre un periodista y una fotógrafa estadounidenses.

También hablaron del mercado negro y le dio la impresión de que el sargento planeaba aumentar la cantidad de mercancías que Meyer vendía para él.

Las otras mujeres de la mesa, todas austriacas, bebían y parloteaban, mientras Chana no dejaba de mirar el gran reloj de pared que tenían cerca. Hacía veinte minutos que había quedado con Elias en la cocina y tamborileaba con los dedos en la pierna, ansiosa por inventarse una excusa para marcharse.

Las mujeres de la mesa se rieron de un chiste que Chana no había entendido. Gracias a Meyer, iba tan bien vestida como las demás y algunas incluso le dedicaron miradas de admiración, si no de envidia, a la peineta enjoyada que llevaba en el pelo.

—Ahí está, mi fotógrafa favorita —exclamó el sargento McManus cuando una mujer entró en la sala.

Vestida con una falda acampanada de color burdeos y una chaqueta corta a juego, el cabello castaño rojizo le caía en cascada sobre los hombros y rebotó mientras se apresuró para reunirse con el sargento y los demás hombres—.

Caballeros, os presento a Peggy York-Black. Hace fotos para la revista Life .

—Hola, muchachos —dijo Peggy con una sonrisa segura y sin ningún indicio de coqueteo.

En pocas palabras, la mujer les contó que estaba en Austria para hacer fotos de los esfuerzos de los Aliados por ayudar a la recuperación de Europa. Tenía una voz fuerte y un carácter audaz y se mantenía firme ante los hombres.

—Quiero explorar la ciudad desde la perspectiva de un refugiado —dijo—. Particularmente, uno familiarizado con el mercado negro.

—Este es tu hombre. —El sargento le dio una palmada en la espalda a Meyer.

Él apartó la mirada, con expresión tensa.

A pesar de la reputación del traficante en Viena, el sargento McManus era el que mandaba.

El que tenía las pruebas y el poder para meterlo en la cárcel y tirar la llave.

Chana se dio cuenta de que a Meyer no le gustaba que McManus lo tratara como a un subordinado.

El sargento dedicó una sonrisa de satisfacción al grupo y continuó:

—Si alguna vez decide ir a Estados Unidos, tengo amigos esperando para darle la bienvenida.

McManus debía de ser el soldado que Meyer le había mencionado a su madre. La idea de que fuera a depender de aquel hombre y estuviera en deuda con él cuando llegaran a Estados Unidos la puso de los nervios.

Se excusó de la mesa y le dio una palmada en el hombro a Meyer.

—Quiero salir a fumar.

—No hace falta que salgas para eso —dijo Meyer.

—Necesito tomar el aire.

Le entregó un paquete de cigarrillos y el mechero.

—Nos iremos pronto, no tardes mucho. —Cuando la vio dirigirse hacia el comedor, gritó—: Te equivocas de camino.

—Prefiero fumar en la azotea.

Sintió su mirada en la espalda mientras se alejaba.

El cigarrillo de Chana era un punto brillante entre las luces irregulares de la ciudad. Se acercó al borde del tejado y se asomó. El viento soplaba con fuerza. Se abrazó a sí misma con un brazo.

—Chana, ¿qué haces aquí arriba? —La voz de Elias llegó desde detrás, tan suave al principio que pensó que el viento le estaba jugando una mala pasada.

Se giró para asegurarse. Allí estaba. Parecía preocupado.

—Estaba en el salón y he subido a fumar. —Miró hacia la ciudad—. Siento haberme perdido nuestra sesión de repostería esta noche. ¿Qué has preparado?

—Aún no he empezado. Tenía pensado hacer una tarta de albaricoque, marillenkuchen .

El ruido de un camión y unos gritos procedentes de la calle rompieron el silencio de la noche. A continuación, resonó un claxon y Chana se tambaleó. Elias la agarró por el brazo y la apartó del borde.

—Me daba miedo que te cayeras.

Contempló la mano de él en su brazo, esperando sentir la misma electricidad que había sentido cuando Meyer la había tocado. No la sintió, pero tampoco quería que Elias la soltara. Sin duda, eso pesaba más que unos pocos segundos fugaces de lo que fuera que había sentido con Meyer.

Elias bajó la mano.

—Lo siento.

—No pasa nada. —El cigarrillo le temblaba. Chana se alejó más del borde del tejado—. ¿Qué haces aquí arriba? —preguntó.

—Te vi en el salón… y te seguí.

Entonces lo miró y, en la penumbra, se fijó en el ojo hinchado y el labio partido.

—¿Todavía te duele?

—Un poco. —Se tocó el labio—. ¿Vas a venir a cocinar conmigo esta noche?

Ansiaba hacerlo desesperadamente. La música de un violín llegaba desde algún punto mucho más abajo, un sonido lento y triste.

—No puedo. —Le preocupaba que Meyer la estuviera buscando y empezara una pelea. El chico la miró con tristeza y se odió por decepcionarlo—. Pero te he visto hacer marillenkuchen con Trolfe. Tengo algunas ideas para la receta.

Elias sonrió, se encogió por el dolor, y luego sacó un bolígrafo y un papel del bolsillo.

—Cuéntame.

Chana se relajó ante la facilidad que compartían.

—A Trolfe le gusta meter los albaricoques cortados en la masa.

No lo hagas. En vez de eso, colócalos encima y deja que la tarta suba a su alrededor, para que no queden cubiertos.

Ponlos con la parte cortada hacia arriba para que el jugo se quede dentro de la fruta.

Así no se secarán. Y añade media cucharadita más de ralladura de limón para realzar el sabor.

Pensar en la receta la ayudó a calmar las turbulentas emociones que la asolaban.

—¿Cómo sabes todo eso desde el otro extremo de la cocina?

Su padre le decía que aprendía rápido. Lo había demostrado con la repostería y también con los idiomas.

Eres especial , le decía. Combinas lo que hay aquí , se tocó el corazón, con lo que hay aquí arriba . Se dio un golpecito en la cabeza.

—Me interesa la mecánica de las cosas —dijo Chana—. La única forma de describirlo es que veo cómo encajan.

—¿Qué quieres decir?

Pensó en el cine y en cómo la película de la semana pasada se había ralentizado un momento, haciendo que cada fotograma resultara visible en la pantalla.

—Como un espectáculo de imágenes. Antes de empezar una receta, visualizo los ingredientes. En rápida sucesión, se unen en diversas proporciones, hasta que tengo clara la fórmula exacta antes de empezar, aquí dentro. —Se tocó el esternón.

Elias se rascó la cabeza.

—¿Siempre tienes razón?

—Casi siempre. —No sabía cómo. Su padre tampoco, aunque ambos habían aprendido a confiar en su instinto.

—Es increíble.

La miró con asombro y sintió que se sonrojaba.

—Una cosa más. Espolvorea un poco de azúcar glas después de que se enfríe. Solo un poco.

Lo anotó.

—Haré una a tu manera y otra siguiendo la receta de Trolfe.

—Desvió la mirada hacia la peineta que llevaba en el pelo.

Tensó los hombros—. No seré aprendiz para siempre.

Tengo pensado mudarme a Suiza durante un tiempo y luego a París.

Herr Trolfe me ha enseñado mucho, pero hay otras personas de las que quiero aprender.

—Debe de ser agradable ser hombre.

—¿Por qué dices eso? —La preocupación se reflejó en sus ojos.

—Puedes hacer lo que quieras.

—¿Y tú no?

—Se espera que me case.

Una ráfaga de viento barrió el tejado y le echó algunos mechones de pelo sobre la cara. Se los apartó.

—Con Meyer, ¿verdad? —La voz de Elias sonó ronca.

Así que lo sabía.

—Sí —respondió. Chana dio una última calada al cigarrillo—. Está ayudando a mi familia a irse a Estados Unidos.

Tiró el cigarrillo y lo apagó con el talón.

—¿Es eso lo que quieres?

No sabía cómo explicar sus complicados sentimientos. Las palabras de su madre resonaban en su mente: Somos mujeres. No siempre conseguimos lo que queremos, «maidel» .

—Tengo que hacer lo mejor para mi familia.

Inhaló y el aire le supo amargo. Se sentía como un pájaro en una jaula. Un pez arrojado al muelle. Por mucho que chillara o se debatiera, seguía atrapada.

Elias le puso una mano en la muñeca.

—Pero ¿qué es lo mejor para ti?

No se apartó.

—Mi madre llegó a un acuerdo con Meyer.

—¿Y tú aceptaste?

—Ayudará a mi familia. —Lo miró—. Pero soy como tú; quiero vivir mi vida a mi manera. Quiero dedicarme a la repostería.

Un nuevo futuro brotó en sus pensamientos, uno en el que se iba a Suiza y a París con Elias.

Encontrarían trabajo en una panadería y juntos perfeccionarían sus recetas.

Siendo una mujer sola y judía, hacerse repostera sería difícil, pero con Elias como compañero, podría ser posible.

Podrían ser socios y ayudarse el uno a otro, tal y como había planeado hacer con su padre. Incluso podrían ser más que socios.

—La guerra ha terminado. —La intensidad acentuó los rasgos del chico—. Puedes hacer lo que quieras.

—Ojalá fuera cierto.

—Chana, el domingo voy a ir a Dürnstein a visitar a los Bohm. He visto que tú también tienes el día libre… —Pareció contener la respiración antes de hablar—: ¿Quieres acompañarme?

La invitación la agradó.

—¿Cómo iríamos hasta allí?

—Hay un autobús no oficial que va y vuelve. Saldríamos por la mañana y volveríamos por la tarde.

Lo pensó. Meyer le había dicho que se iría a Bélgica el domingo. Nunca lo sabría.

—Sí. Iré contigo.

Elias se metió las manos en los bolsillos.

—Excelente. El domingo, entonces.

Chana sonrió.

—Tengo que volver al salón.

Bajó a toda prisa las escaleras y, cuando llegó al arco que separaba el comedor del salón, se encontró de frente con Meyer.

—¿Dónde estabas? —preguntó, sin enfado, pero con la preocupación reflejada en el profundo surco entre sus cejas.

—Subí a la azotea a fumar, como te dije.

Miró detrás de ella y se quedó muy quieta, rezando porque Elias no apareciera de repente por la escalera.

Meyer le tomó la mano y, a pesar de sus recelos, se inclinó hacia él. La miró directamente a los ojos.

—Siento lo que te dije cuando hablábamos de Aron. —Sus palabras fueron muy meditadas; no era un hombre al que le resultara fácil pedir perdón—. Querías proteger a tu hermano. La familia es muy importante; ahora lo sé más que nunca. Jamás permitiría que os hicieran daño a ti ni a ellos.

La sinceridad la conmovió y sintió una punzada de culpa por haberle mentido sobre lo que había pasado en la azotea. Meyer era duro y terco, pero también había bondad en él.

—Agradezco la disculpa —dijo Chana, rebosando ternura y preguntándose de nuevo si, a pesar de sus negativas, sentía más por ella de lo que reconocía.

Meyer le agarró la mano y la colocó en el hueco de su brazo.

—Debemos irnos. Tienes que trabajar por la mañana.

—Sí, así es.

La mano de Chana descansó sobre el musculoso antebrazo de Meyer, lo que le dio una sensación de paz.

Se situó a su lado. Entonces le preocupó que Elias los estuviera mirando.

Los sentimientos encontrados le daban dolor de cabeza.

Se apoyó en Meyer, agradecida por su solidez, porque estaba agotada.

No había nada que deseara más que desplomarse en su colchón en el suelo en la pensión de Nachmann.