27 Chana #2
Ruth comió un bocado de patata.
—Estoy viendo fantasmas. —Se sirvió más vino y les hizo un gesto a Chana y a Aron—. Vosotros dos me recordáis mucho a mi hermana y a mí. —Dejó la botella sobre la mesa y miró a su hermano—. Dime, Aron, ¿qué te gustaba hacer antes de la guerra?
Él reflexionó antes de responder.
—Ya sabes que siempre me ha gustado leer. Sobre todo libros de fútbol. Papá y yo seguíamos a algunos equipos. El Tottenham y el Chelsea de Inglaterra y la Juventus de Italia.
—¿Jugaste alguna vez?
—No. Aunque me habría gustado.
Meyer bebió más vino.
—¿Y qué te ha parecido la cena de esta noche?
—Es lo mejor que he probado nunca —dijo Aron—. Pero ninguna comida está completa sin postre, ¿verdad?
El comentario imitaba lo que su padre decía a menudo. Chana le apretó la mano, sorprendida de que, con solo quince años, se pareciera tanto a él.
Meyer dio una palmada en la mesa y se rio.
—¡Por supuesto! —Llamó al camarero—. ¿Qué postres ofrece Herr Grimmell?
La sonrisa complacida del camarero reveló un amplio espacio entre sus dientes frontales.
—Esta noche, nuestro chef ha preparado cremeschnitte y tarta Esterházy.
—Tráiganos una porción de cada —pidió Meyer.
—Sí, señor.
El camarero retiró los platos de la cena, que, a pesar de todo lo que habían pedido, habían dejado limpios.
Meyer se sacó un paquete de Chesterfield de la chaqueta y les ofreció un cigarrillo a las mujeres.
Chana aceptó, aunque su madre frunció los labios con desaprobación.
Meyer le encendió el cigarrillo y le rozó ligeramente la mano, lo que le provocó una descarga en los dedos.
Se le aceleró el pulso. Buscó en su rostro si él había sentido lo mismo, pero estaba mirando la llama. Se apartó, inhaló y exhaló.
Cuando el camarero les trajo los postres, Aron extendió la mano hacia unos de los platos, pero Ruth lo detuvo.
—Yo te sirvo. ¿Cuál quieres?
—Mamá, sé cortarme un trozo de tarta —protestó el chico.
Meyer sonrió con aire burlón.
—Deja que tu madre haga los honores.
Aron dudó y luego se recostó en la silla.
La conversación hizo que Chana se diera cuenta de que su hermano admiraba a Meyer, lo escuchaba, y no sabía muy bien cómo sentirse al respecto.
Su madre repartió platos de tarta para todos. Cuando terminó, Meyer apagó el cigarrillo.
—Después de cenar, quiero que Chana me acompañe al Empress. Tengo una reunión con unos soldados y van a llevar a sus novias.
Chana había planeado cocinar con Elias más tarde.
—No puedo. Mañana trabajo por la mañana.
No quería faltar a la cita, no después de lo que había ocurrido el día anterior al reponer los ingredientes.
Elias regresaba al hotel desde Karlsplatz cuando tres hombres le exigieron que les entregara la ropa, incluso los zapatos.
Al principio, se resistió; le hicieron un corte en el labio y lo dejaron sangrando por la nariz antes de que cediera.
Ella estaba en la cocina cociendo huevos cuando el aprendiz regresó, ensangrentado y vestido solo con ropa interior.
Quiso ayudarlo, pero Trolfe llegó primero junto al chico.
El gruñón del pastelero lo envolvió con su propio abrigo y se lo llevó a las habitaciones de los aprendices.
Elias faltó al trabajo todo el día.
Durante su descanso, Chana se escabulló al sótano y llamó a la puerta.
—Chana —dijo cuando le abrió, vestido con una bata—. ¿Qué haces aquí?
—Quería ver cómo estabas.
Le sonrió, pero hizo una mueca de dolor y se tocó el labio.
—Intenté resistirme, pero me hicieron esto por defenderme.
—¿Puedo hacer algo?
—Quedemos mañana por la noche en la cocina.
—¿Seguro que todavía quieres?
Elias sonrió con cautela.
—Cocinar contigo será la mejor medicina.
De vuelta en el restaurante, Meyer levantó el tenedor.
—Seguro que Herr Heiss lo entenderá si llegas un poco tarde mañana por la mañana.
—No quiero llegar tarde. —Apagó el cigarrillo en el cenicero, esperando que la entendiera.
Su madre comió un bocado de tarta y dijo:
—Chana irá, pero quiero que después la acompañes a casa. Que no sea muy tarde. Llegará al trabajo a su hora.
Fue como si no hubiera dicho nada.
Meyer se levantó, agarró una botella de oporto y les llenó las copas. Algunas gotas de vino tinto se derramaron y se filtraron en el mantel blanco.
—Admiro tu dedicación para con Herr Heiss. —Meyer le acercó los labios al oído y su aliento le acarició la piel. Chana inhaló un aroma terroso, ligeramente dulce y claramente suyo—. Pero tienes que venir. Te prometo que no te retendré hasta tarde. Sé que tu trabajo es importante para ti.
Sintió una punzada de atracción y afecto. Agradecía el intento de Meyer de tener en cuenta sus deseos.
—De acuerdo, iré.
Se imaginó a Elias dando vueltas por la cocina mientras la esperaba y se odió a sí misma por decepcionarlo. Pero Meyer era su prometido y tenía que seguir con su plan.
La sonrisa de Meyer le transformó el rostro, como si le hubiera hecho un regalo especial al aceptar. Chana comió un bocado de tarta Esterházy y sonrió también, porque estaba sublime, pero también por la posibilidad de que la cena familiar los hubiera acercado un poco más.