El panadero de Viena 27 Chana
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27 Chana

CHANA

C hana entró en el Café Bruner con Meyer y los suyos.

Había pasado una semana desde su incursión nocturna a las granjas y estaba deseando que llegara aquella velada.

Se había alegrado mucho cuando Meyer se lo propuso, ansiando que significara que empezaba a albergar un mayor afecto por ella y el deseo de formar parte de verdad de su vida y de su familia.

Su madre, Aron y ella llevaban ropa más elegante que la que habían tenido antes de la guerra; eran regalos de Meyer.

El vestido azul de Chana era de lunares blancos y le quedaba muy bien, con un escote de gasa que le cubría el pecho.

Pasó la mano por la delicada tela, apreciando el tacto sedoso.

Meyer le había dicho que la prenda procedía de un sastre de Viena, un judío alemán que en su día había sido propietario de una fábrica de vestidos en Berlín.

—No es de un tendedero —había dicho con orgullo.

Su madre llevaba un vestido gris con botones de perlas en la parte delantera y Aron parecía todo un hombre con los pantalones nuevos y la camisa de vestir de color marfil.

El maître los condujo a los cuatro a una acogedora mesa en un rincón. Era evidente que Meyer disfrutaba de las miradas de admiración de los demás comensales; caminaba con la cabeza alta y la espalda erguida con su elegante traje azul marino a rayas.

Chana había oído al chef Heiss quejarse del Café Bruner. Era propiedad de un tal Grimmell, un chef muy admirado por su jefe.

Cuando su madre presumió de que irían a cenar allí, Heiss apartó a Chana a un lado. Cuéntame todo lo que comas y todo lo que veas. Quiero una descripción detallada .

Un camarero les trajo una botella de Château de Eisel, que describió como un vino blanco elaborado con uvas semillón, aunque Chana no sabía distinguir una uva de otra. Les sirvió una copa a cada uno y se marchó. Meyer levantó la suya.

—Mi padre siempre comenzaba las cenas fuera de casa con el mismo brindis. Seguiré sus pasos. Por la familia y l’chaim .

Todos se hicieron eco del sentimiento. A Chana se le humedecieron los ojos al pensar en lo mucho que habría disfrutado su padre de una noche como aquella. La mirada de Meyer brillaba como si él también estuviera pensando en aquellos a quienes había perdido.

—¿Salías a cenar con tu familia a menudo? —le preguntó Ruth.

—De vez en cuando —respondió Meyer después de beber—. Mi padre tenía una óptica. Íbamos a cenar a los restaurantes de sus clientes.

—¿Planeabas sucederlo en su negocio?

Meyer le dio vueltas a la copa y frunció el ceño.

—Él quería que lo hiciera, pero yo estaba empeñado en ser médico. Ahora estamos aquí y nadie es nada. —Bebió—. ¿A vuestra familia le gustaba salir a cenar antes de la guerra?

Ruth bufó.

—Apenas. Mi marido invertía hasta el último centavo que ganaba en su panadería.

Chana abrió la servilleta de un tirón e intervino:

—Era más que una panadería. Mi padre tenía muchas ideas. Estaba ahorrando para comprar una furgoneta. Quería repartir pan y postres a los restaurantes de toda Vilna. Decía que era el futuro.

—Sí —respondió su madre con pesadez—. Pero es una lástima que no hayamos vivido un poco. Nuestro futuro resultó muy diferente, ¿verdad?

Aron le puso una mano reconfortante en el brazo.

—Dime, Chana, ¿qué era lo que más le gustaba preparar a tu padre? —preguntó Meyer.

La intensidad de su mirada la puso nerviosa.

— Challah .

—Ay, sí —dijo Aron y se inclinó hacia ella.

—Una receta sencilla, pero le encantaba todo lo relacionado con ella.

—Chana sonrió, contenta por el cambio a un tema más ligero—.

Desde la forma de mezclar la masa hasta dejarla reposar y trenzarla.

Usaba seis tiras y cantaba mientras las entrelazaba.

Le quedaba perfecta. Siempre esperaba impaciente a que saliera del horno.

—En su mente, visualizó los panes relucientes liberando vapor al aire.

—Se me hace la boca agua —dijo Meyer.

—Cuando lleguemos a Estados Unidos, Chana te lo preparará —dijo su madre.

La buscó con la mirada, como diciéndole: Lo ves, harás repostería .

La comida se sirvió en varios platos. Meyer hacía negocios con el chef del café y el personal los trataba como si fueran de la realeza.

Primero comieron un guiso Pichelsteiner , un plato que Heiss preparaba con cordero, restos de ternera y verduras.

Aquella noche lo acompañaron con una hogaza de pan recién horneado.

El camarero lo partió en trozos en la mesa y el aroma a levadura se impuso sobre todos los demás.

A continuación, les sirvió Tafelspitz , ternera hervida en salsa de eneldo, Käsespätzle , fideos de huevo, queso, cebolla y goulash de patatas.

La carne estaba tan tierna que se deshacía en la boca.

Dos botellas de vino tinto contribuyeron al ambiente festivo.

La abundancia del café era extraordinaria, teniendo en cuenta el hambre que aún imperaba en la ciudad.

Al terminar, Chana se echó hacia atrás en la silla, con el estómago a punto de reventar, mientras Meyer contaba una historia sobre un cocinero con malas pulgas llamado Mikhail, propietario de un restaurante en el segundo distrito.

—Un cliente devolvió un filete a la cocina, quejándose de que estaba demasiado duro.

Pero cuando el camarero se lo llevó a Mikhail, él montó en cólera.

Tiró la carne al suelo y la pisoteó con la bota.

—Para ilustrarlo, dio un golpe en la mesa, haciendo que los platos y los cubiertos tintinearan—.

Luego volvió a poner el filete en el plato y obligó al camarero a servirlo.

—¿Qué hizo el cliente? —preguntó Aron.

Meyer sonrió.

—Se lo comió todo. Mojó hasta la última gota de salsa con un shtikle de pan y le pidió al camarero que le dijera al chef que era la carne más tierna que había comido en su vida.

Chana se rio, como todos los demás, y Meyer la miró a los ojos. Era una noche maravillosa, tal y como había esperado, y le sonrió, con la esperanza de transmitírselo.

Un hombre se acercó con timidez a la mesa.

—¿Meyer Suconick? —preguntó.

El aludido alzó la vista y su rostro se iluminó al reconocerlo.

—¡Levi! —Se levantó y los dos se abrazaron—. ¿Cuándo has llegado a Viena?

—La semana pasada.

Meyer presentó a su amigo y se refirió a Chana como su prometida, lo que le agradó.

Levi sonrió con ganas y le estrechó la mano con vigor.

Después, los dos se alejaron para mantener una conversación en voz baja que ella se esforzó por escuchar, pero no lo consiguió.

Se despidieron con un cordial apretón de manos, antes de que Levi se sentara con una mujer en la otra punta del comedor.

Cuando Meyer regresó, Chana le preguntó:

—¿Es un viejo amigo de Riga?

—Es un amigo, pero no de Riga —Meyer volvió a mirar al hombre—. No lo he visto desde que terminó la guerra. Lo ayudé a escapar del gueto de Bialystok. Se unió a nosotros en el bosque. Es un buen hombre.

El tenedor de su madre rozó el plato.

—Dime, Meyer, ¿a cuántas personas salvaste en Bialystok?

Él cortó un trozo de carne.

—No llevé la cuenta.

—Chana me salvó a mí —dijo Aron.

—¿De verdad? —Meyer la miró.

—Fue cuando estábamos en Vilna.

—Sí, es cierto —dijo Chana.

—¿Qué pasó? —preguntó Meyer.

Aron se inclinó sobre la mesa.

—Todo el mundo hablaba de que iba a llegar otra orden. La Gestapo iba a venir a buscar a los niños y llevárselos.

Ruth pinchó una zanahoria con el tenedor.

—Habrían tenido que matarme primero.

Aron le sonrió con cariño a su madre y continuó.

—Yo tenía doce años. Los contactos de Chana en la resistencia nos avisaron. Estábamos preparados cuando llegaron. —Hizo una pausa—. Los soldados vinieron y empezaron a llamar a las puertas de todas las viviendas de la planta de debajo. Luego, sus botas subieron corriendo las escaleras.

El martilleo entrecortado de los talones por los peldaños de la escalera la perseguiría en sueños para siempre. Retorció la servilleta mientras el miedo le revolvía las tripas y amenazaba con hacerla vomitar la deliciosa comida que acababa de disfrutar.

—Conozco bien ese sonido. —Meyer dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa—.

En Bialystok, las botas de los nazis resonaban en las aceras por las noches.

Nos escondíamos en los callejones y entre las sombras de los edificios hasta que el sonido se desvanecía.

Muchos hombres y mujeres del campo murieron; ese sonido era una de las últimas cosas que oían.

Chana dejó que el bullicio de las conversaciones del café la envolviera, cualquier cosa con tal de ahogar el recuerdo de aquellas botas.

—¿Debería parar? —preguntó Aron con preocupación.

Meyer salió de su ensimismamiento y agarró el tenedor.

—No, continúa.

Así lo hizo.

—Llegaron a nuestra casa. Papá estaba desesperado. Pero Chana fue brillante. Abrió el barril de encurtidos de mamá y me ayudó a meterme dentro. —Arrugó la nariz como si aún pudiera oler el vinagre.

—Encurtía todas las verduras que conseguíamos —dijo su madre—. Era de lo que sobrevivíamos.

—¿Descubrieron el escondite? —preguntó Meyer.

—No y el vinagre me llegaba hasta aquí. —Aron se llevó la mano al cuello—. Tenía el espacio justo para respirar.

—La noche anterior, le hice unos agujeros a la tapa —explicó Chana.

—Papá se sentó encima del barril mientras los nazis registraban la casa —dijo Aron.

—¿Y tú, Chana? —preguntó Meyer—. También podrían haberte llevado.

Le ardieron las mejillas.

—Tenía casi dieciséis años, pero ya parecía una mujer.

Su madre bebió un sorbo de vino y contuvo un eructo.

—Mi marido les dijo a los soldados que era nuestra única hija y que tenía dieciocho. Uno se quedó mirándola un buen rato. —Frunció el ceño—. Nos preguntó si de verdad era nuestra con una mueca de asco. Le tiró de un mechón de pelo, sorprendido al ver que era tan claro como el suyo.

Chana nunca olvidaría la brusquedad con la que le había enganchado el cabello con los dedos y el doloroso tirón.

—Se marcharon y no volvieron. —Aron le apretó la mano—. Estuve oliendo a vinagre una semana entera.

La sonrisa de su hermano la tranquilizó.

—Meyer, te has quedado muy callado.