26 Chana #3
Un vestido de mujer fue a parar al saco.
—A mi madre y a mi hermana les encantaba comprar ropa. Mi madre siempre compraba vestidos para el Rosh Hashaná. Mi hermana le decía a mi padre que sería impensable recibir el año nuevo con vestidos viejos. —Apenas distinguía su ceño fruncido en la oscuridad—. Ahora me parece una tontería.
—No, no es ninguna tontería.
—Mi hermana era una fuerza de la naturaleza.
—Me habría encantado conocerla.
—Os habríais llevado de maravilla. Estoy seguro. —La miró—. Me resulta fácil hablar contigo.
Sintió que las estrellas brillaban con más intensidad.
—Me alegro.
Cuando Meyer hablaba de su familia, se convertía en una versión más suave y reflexiva de sí mismo. Quizás en el hombre que había sido antes de la guerra. Pensó en lo mucho que le gustaría conocer a aquel hombre.
Arrancó algunas prendas más.
—Estar aquí me recuerda al tiempo que pasé con la resistencia en el bosque.
Vivíamos de lo que podíamos cazar o matar, sobre todo ciervos y conejos.
Peces y algunos jabalíes, si teníamos suerte.
Me dedicaba a construir refugios temporales en el bosque, un trabajo que me ayudó a mantenerme fuerte.
—Dejó el saco abultado en el suelo y se secó la frente—.
No me lo merecía. ¿Por qué yo sigo aquí, cuando a mi madre y a mi hermana las mataron a tiros?
—No es culpa tuya. Culparte es una trampa terrible. ¡Has sobrevivido! No me cabe duda de que tu familia se alegraría.
—¿Seguro que sobreviví? Porque cuando ellos murieron… —Se le quebró la voz—. Una parte de mí también murió.
Meyer había levantado una gruesa coraza alrededor de su corazón. Chana se preguntó si alguna vez lograría penetrarla.
—El primer día, en la estación de tren, dijiste que reconstruir nuestras vidas sería la mejor forma de vengarnos.
—No para mí. —La miró con cansancio—. ¿Crees que tu sueño de ser repostera te devolverá a tu padre? —preguntó con tristeza.
La pregunta al principio la sorprendió y después le dolió como si echara sal en una herida abierta. Pero no se enfadó. Entendía que estaba sufriendo.
—Tal vez no —dijo—. Pero es una forma de honrar su memoria.
—Quizá tengas razón —dijo Meyer.
Dirigió su atención a la ropa infantil que había en el tendedero: pantalones cortos, camisetas pequeñas y vestidos de niña.
Chana estaba en parte de acuerdo con aquel castigo.
Sin embargo, otra parte de ella no lo estaba.
Sí, odiaba al granjero. Pero ¿odiaba también a sus hijos?
¿Aprenderían a odiarla a ella y a los de su clase?
Pensó en el soldado que había disparado a su padre y sintió furia.
¿Debía odiar también a los hijos del soldado?
¿A sus nietos? De hacerlo, el mundo nunca encontraría paz.
Sería un lugar donde los horrores de los últimos seis años podrían repetirse.
—Ya es suficiente —dijo cuando Meyer descolgó el último de los vestiditos.
Él se detuvo. Una brisa levantó los extremos de una manta, que ondeó de una manera que le recordó a las alas de un ángel.
—Tienes razón —dijo y se colgó el saco al hombro—. No hay necesidad de que sus hijos vayan desnudos. —Se miró el reloj—. Vámonos.
Se alejaron de la cuerda y, a lo lejos, los otros hombres se acercaban con bolsas llenas en las manos. Hershel tiraba de dos cabras con una cuerda.
—Mantén a los animales tranquilos —dijo Meyer mientras caminaban.
Repitieron la rutina en otra granja, cuyo propietario también se había beneficiado del Anschluss .
¿Era todo cierto? ¿O era una historia que le contaba para apaciguar el sentido de la justicia de Chana?
Sabía más que suficiente sobre cómo los nazis habían robado las propiedades y los negocios de los judíos, así que lo más seguro era que fuera cierto.
De regreso a Viena, se detuvieron a mitad de camino en un convento. Con los muros de piedra, bien podía confundirse con una fortaleza. Meyer salió del coche y llevó varios sacos y una caja hasta la puerta. Habló unos segundos con una monja y le entregó la mercancía.
—¿Qué está haciendo? —preguntó a Vlad.
—El convento acogió a niños judíos durante la guerra. Los escondieron entre los alumnos católicos. Algunos siguen aquí, ya que a sus padres los mataron en los campos de concentración. Cada mes, Meyer les trae ropa y comida para los niños.
—Ah. —Recordó lo que le había dicho en el búnker: ¿Me creerías si te dijera que a veces regalo una gran parte?
Meyer se deslizó a su lado y se sentó en el asiento junto a Vlad.
—Es muy generoso de tu parte —dijo Chana, deseando darle la mano. Él se encogió de hombros, pero no dijo nada.
El camión se alejó del convento. Chana sintió una sacudida de culpa. En cierto modo, se había equivocado con Meyer. Era mejor persona de lo que había creído inicialmente. Tal vez su corazón pudiera volver a abrirse.
Con el tiempo, ¿quién sabe lo que florecerá? Eso le había dicho su madre.
¡Sí! Ese sería su plan a partir de entonces. Era posible que el amor surgiera a partir de la amistad. Si era sincera, para ella, el amor ya había echado raíces.