El panadero de Viena 26 Chana #2
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26 Chana #2

Era inesperado, pero no se echó atrás. En lugar de sentirse aprensiva, sintió curiosidad.

El agotamiento se desvaneció y sus sentidos se agudizaron, como cuando llevaba mensajes en Vilna.

El ruido de un coro de ranas croando se intensificó y los contornos de la casa, el camión y los árboles se volvieron más nítidos a pesar de la luz menguante.

Sin embargo, era tarde y su madre estaría preocupada.

—Mi madre me espera en casa.

—Pasaremos por allí y uno de mis hombres le entregará un mensaje para avisarle de que estás conmigo. Mamá Rosenzweig estará bien —dijo Meyer.

Poco después, Chana se sentó en la parte de delante del camión, con Meyer entre Vlad y ella. Los demás iban en la parte de atrás. Era muy consciente del musculoso muslo de Meyer junto al suyo, muy cerca, pero sin tocarse.

En la luz moribunda del atardecer, atravesaron la zona soviética de la ciudad, un lugar que Chana procuraba evitar.

Soldados de rostros impasibles y altos gorros de piel patrullaban las calles.

Más adelante, en un edificio de aspecto oficial, colgaban pancartas de colores vivos con imágenes de Lenin y Stalin.

La paleta de colores vivos no lograba suavizar las expresiones pétreas de los líderes.

Cuando el camión se desvió por una carretera rural, le preguntó a Meyer:

—¿Cuánto tiempo lleváis trabajando juntos?

—Depende. Conocí a Isaac hace unos meses en Karlsplatz.

A Hershel y a Oscar los conocí el año pasado en la carretera entre los campos de refugiados.

Estaban buscando a sus familiares, igual que yo.

—La carretera se volvió accidentada y los sacudió.

Chana se aferró a la manilla de la puerta—.

En cuanto a este. —Meyer señaló con la cabeza a Vlad—.

Nos conocimos en el bosque de Bia ł owie ż a.

— Da —dijo el hombre—. Meyer me salvó la vida.

—Yo ya estaba con los partisanos, patrullando el perímetro del campamento, cuando lo encontré con un disparo en la pierna.

—En la penumbra de la cabina, observó a Meyer mientras le contaba que Vlad había sido soldado soviético y no judío, por lo que el líder de los partisanos había sospechado al principio.

Meyer le dio una palmada en el brazo a su compañero—.

Él también me ha salvado la vida muchas veces.

—Miró a Chana—. Me cubre las espaldas. —Hizo una pausa—.

Aunque a veces se pasa de la raya —dijo con cierto reproche.

—Si alguien se mete con Meyer o conmigo, se lo ha buscado —dijo Vlad.

El tono amenazador los dejó a todos sin aliento dentro del camión. Chana se clavó las uñas en las palmas.

Siguieron el resto el camino en silencio hasta que Meyer señaló por la ventanilla.

—Vamos a las granjas al este de la ciudad. Pararemos en dos o tres antes del amanecer.

—¿Y qué vais a hacer ahí? —preguntó Chana.

Fue Vlad quien respondió:

—Vamos a llevarnos pollos, cabras, conejos y todos los huevos y verduras que podamos. Varios establecimientos cuentan con nosotros, incluido el chef Heiss. Meyer le ha prometido una cabra gorda.

Pensó en Elias. Los Bohm lo habían escondido en el campo. En Dürnstein. ¿Estaría en peligro la granja de esa familia?

—¿Y qué pasa con los propietarios de las granjas? ¿Qué les ocurre si les roban los animales y saquean sus huertos?

Meyer se quedó mirando a la oscuridad.

—Lo entenderás cuando hayamos terminado.

Chana era consciente de que miles de personas se morían de hambre en Viena y en toda Austria y que el mercado negro permitía que muchos comieran un poco más. Sin embargo, algunos comerciantes sacaban grandes beneficios, lo que la molestaba, y, al fin y al cabo, robar estaba mal.

El camión se comió un bache que la lanzó contra la puerta. Un puño golpeó la mampara de la cabina.

—Por favor, Vlad —gritó Hershel—. Ya vale. Después del trayecto de la semana pasada, tardé varios días en poder sentarme.

El aludido sonrió con ironía.

—Ya basta —dijo Meyer—. No me sirven de nada si están heridos.

Vlad no respondió, pero el resto del viaje transcurrió sin incidentes hasta que el vehículo se detuvo bruscamente detrás de un árbol. Hacía frío cuando todos se bajaron, más que en la ciudad, y Chana agradeció llevar el abrigo.

—Vlad, mi difunta madre, bendito sea su recuerdo, conducía mejor que tú —dijo Hershel.

Meyer se acercó a Chana.

—La próxima vez te tiro en marcha —dijo Vlad mientras echaba a andar en dirección al árbol con una cojera que no había notado antes.

—Era una broma —dijo Hershel—. ¿Por qué nunca te ríes?

—No eres gracioso —respondió Vlad.

—¿Todos listos? —preguntó Meyer.

—Sí —respondieron al unísono.

Chana echó un vistazo a las estrellas que salpicaban el cielo y a la media lima.

A su padre le gustaba compararla con la forma de sus bollos kifli , aunque estos tenían una forma ligeramente creciente.

Chana los imaginó a la perfección. Brillantes, gracias a una generosa capa de huevo batido, y salpicados de semillas de amapola.

La noche es dulce , habría dicho su padre.

Se echó a temblar y se subió el cuello del abrigo.

Meyer repartió linternas y sacos a todos los hombres excepto a Vlad, que se quedaría junto al camión.

Hershel le dio un codazo a Isaac.

—Este de aquí come demasiado repollo. Ha apestado toda la parte de atrás.

Isaac se abrochó el abrigo.

—A mi hermana le gusta cocinarlo.

—Pero ¿tenemos que olerlo todos? —replicó Hershel y se pellizcó la nariz.

Todos se rieron, excepto Vlad.

Era agradable ver a aquellos hombres bromear sobre algo tan tonto como tirarse pedos.

Aunque no conocía mucho a los socios de Meyer, sabía que habían perdido a seres queridos y habían sufrido injusticias.

Sin embargo, ante el peligro de la noche, actuaban como niños en el patio del colegio.

Lo apreciaba, aunque no lograba entenderlo del todo.

Ella se mantenía alerta cada segundo que pasaba fuera de su habitación de la pensión.

Meyer bebió un trago de licor de una petaca y se la pasó a los demás; todos bebieron hasta que Hershel se la entregó a Chana. Interpretó la sonrisa descarada de Meyer como un desafío y bebió. El líquido ardiente le supo ahumado y amargo y se la devolvió.

—Vamos —dijo Meyer—. Quédate a mi lado.

Era una orden y no discutió. El peligro acechaba en las sombras, aunque en aquel momento no era a él a quien temía. Temía a los granjeros armados con palos y horcas. Y seguramente habría soldados de patrulla. Mantuvo la mano en el bolsillo y apretó el cuchillo.

—Usad las linternas solo si es absolutamente necesario —indicó Meyer—. Tenemos treinta minutos.

Se adentraron en un campo en dirección a una granja en la distancia. Oscar y Hershel fueron hacia el granero e Isaac se desvió hacia un campo de cultivo. Meyer y ella se acercaron solos a la casa. El corazón le latía con fuerza.

Se aproximaron con sigilo por detrás y Meyer le susurró:

—Esta familia compró la granja durante el Anschluss .

—Prácticamente escupió la última palabra—.

Era propiedad de un hombre llamado Volf Chesler, judío.

La vendió por una miseria. Pero eso no fue suficiente.

El hombre que la compró lo golpeó con una pala, delante de su mujer y sus hijos. Le rompió las dos piernas.

Chana se estremeció y el odio se apoderó de ella.

Meyer se alejó de la casa y se dirigió hacia un tendedero lleno de ropa.

—Mira esto. La esposa idiota del granjero ha empezado a dejar la ropa tendida durante la noche. —Meyer desplegó un saco—. Se lo ha buscado.

Destendió dos vestidos y un par de petos.

—Chesler murió en Mauthausen. Su mujer y sus hijos también. No me siento culpable por robarles las gallinas, las cabras y las verduras a hombres como este.

Chana miró por encima del hombro, nerviosa por si alguien los oía. Estaban a una distancia prudencial de la casa y claramente a Meyer le parecía seguro mantener una conversación en voz baja.

Arrancó las colchas y las sábanas y Chana recordó las mantas que le había dado. Probablemente procederían de un tendedero similar.