El panadero de Viena 25 Zoe
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25 Zoe

ZOE

T ras alejarse casi un kilómetro del restaurante, Zoe se derrumbó en un banco del parque.

Sus lágrimas convirtieron las jardineras y los columpios cercanos en un remolino verde y marrón sin sentido.

¿Cómo se atrevía Liam a mencionar a sus padres?

Por no hablar de la forma en que la había llamado huerfanita , como si ella lo luciera como una medalla al mérito, como si hubiera tenido alguna elección en el asunto.

Su crueldad la enfureció y la oleada de emoción la transportó a los días que habían rodeado la muerte de sus padres.

Era junio, el verano antes de sexto, y los padres de Zoe se habían ido a las montañas de Blue Ridge en Carolina del Norte para pasar un fin de semana largo y celebrar su aniversario de bodas. Ella se había quedado con sus abuelos.

Era un fin de semana normal para Zoe. El sábado por la mañana, el abuelo Aron la llevó al entrenamiento de fútbol y, por la tarde, asistió a una sesión del Young Scribes Camp, un campamento para niños a los que les gustaba escribir.

A la mañana siguiente, salió con un cuaderno a recorrer el barrio de sus abuelos en Westfield, Nueva Jersev.

Tenía pensado escribir sobre cómo el entorno había influido en su fin de semana; era la tarea del campamento para la semana siguiente.

Cuando regresó, era última hora de la tarde, hacía sol y calor y tenía la piel pegajosa por el sudor.

Fue a la cocina a por un refresco, pero, al acercarse, vio el teléfono en el suelo.

Después vio a sus abuelos. También estaban en el suelo.

De rodillas. Su abuela lloraba aferrada a la camisa de su abuelo.

Él también tenía los ojos húmedos. Levantaron la vista cuando se dieron cuenta de que había vuelto.

Zoe nunca fue capaz de recordar las palabras exactas que el abuelo Aron usó para explicarle cómo el coche de alquiler de sus padres se había estrellado en una carretera de montaña mientras se dirigían a hacer una excursión para visitar unas cascadas.

Sí recordaba haber caído en los brazos de sus abuelos, llorando.

Se fijó en una mancha pegajosa en uno de los cajones de la cocina, donde había derramado zumo de naranja y lo había limpiado de forma descuidada.

En un momento dado, salió por la puerta de atrás.

El calor del sol al atardecer le pesaba sobre los hombros.

En las semanas posteriores al accidente Zoe se sentía triste, enfadada y cansada todo el tiempo. Durante los últimos días de agosto, su abuelo decidió que se mudarían a Carolina del Norte. Había encontrado un trabajo mejor en una empresa de distribución de alimentos más grande.

—En vez de ser vendedor, seré gerente —dijo—. Viajaré menos y estaré más en casa; será un nuevo comienzo que nos ayudará a todos.

Se mudaron dos semanas después. Con el tiempo, las palabras del abuelo Aron se hicieron realidad y vivir en la acogedora casa de una planta en un nuevo lugar los ayudó.

Ahora, sentada en el banco del parque, Zoe se secó los ojos y respiró hondo varias veces. Después sacó el teléfono. Tenía un mensaje de la agente inmobiliaria.

LINDA HICKS : ¿Has leído el folleto? ¿Te has decidido? Tengo un comprador interesado.

Zoe no había hecho ninguna de las dos cosas, así que no respondió. En vez de eso, llamó a Wes.

—Ya era hora —dijo al contestar—. ¿Repasamos tus notas?

—Cómo se te ocurre publicar información sobre mi conversación con Henri. —Aunque fuera su jefe, había cruzado una línea—. Era algo personal.

—Nunca dijiste que fuera extraoficial. Tú misma lo usaste para proponerme asistir a la conferencia.

Abrió la boca para discutir, pero no pudo. Tenía razón. Era hora de contarle a Wes la verdad.

—He firmado un acuerdo de confidencialidad.

—¿Que has hecho qué?

—Si no hubiera firmado, Henri me habría echado. Me ha estado contando la historia de mi familia y quiero conocerla.

—Te mandé a Viena porque me prometiste un artículo sobre él.

—En ese momento, la promesa era sincera.

—Hizo una pausa, pensando en la bonificación y en el ascenso, en su sueño de quedarse con la casa de su abuelo.

Entonces Henri se coló en sus pensamientos, junto con las historias que le había contado.

Zoe no quería traicionar la confianza que habían logrado forjar—.

Pero ahora… No podría escribir una historia aunque quisiera.

Y nunca mencioné nada de una biografía. ¿Te lo has inventado?

—Quería meterle la idea en la cabeza a Martin.

Hasta donde Zoe sabía, nadie podría meterle nada en la cabeza a ese hombre contra su voluntad.

—Mira, estoy pasando mucho tiempo con Henri Martin y es inalcanzable.

Savouries no va a perderlo frente a otra publicación.

También he asistido a varias mesas redondas, ¿qué te parece un reportaje sobre la conferencia?

—Estaba lanzando ideas al aire—. ¿Algo sobre el Premio a la Trayectoria Profesional?

Sé que la bonificación y el ascenso quedarán descartados, pero te prometo que redactaré un artículo estupendo.

Por favor, que Wes aceptara y le cubriera los gastos del viaje.

Su jefe se quedó un tiempo en silencio antes de hablar.

—Sabía que te verías superada por la situación.

Zoe hizo una mueca.

—Déjame que te lo explique. Si no cumples con el artículo, no volverás a escribir para Savouries . De hecho, dudo que vuelvas a escribir para nadie.

—¿Vas a despedirme? ¿Por qué motivo?

—Estás en Viena a costa de la revista. Deberías haberme consultado antes de firmar.

Zoe no lo había llamado porque estaba pensando en su familia.

—Y te recuerdo que eres parte del personal y que tus notas pertenecen a la revista —añadió Wes.

—Henri no me dejó grabar ni tomar notas.

—Seguro que escribiste alguna cosa después. —Se oyó un golpeteo en su extremo de la llamada—. Martin es astuto, pero hay formas de sortear un acuerdo de confidencialidad.

Zoe se pellizcó el puente de la nariz.

—¿Como cuáles?

—Encontraremos a otras personas que verifiquen la información que te ha dado y tú harás de fuente confidencial.

Zoe había estudiado las fuentes confidenciales en la facultad de periodismo. Eran fuentes que permanecían en la sombra de una investigación, guiando de forma anónima al periodista hacia la información.

—Mis notas son incompletas. Y Henri no me ha dicho aún cómo conoce a mi familia. Dudo que haya nadie más que tenga ese tipo de información.

—¿Qué hay del tipo que lo presentó antes del discurso?

—¿Jacques Simon? —Jacques había desaparecido después de la intervención de Henri—. No lo he visto.

—Ponte en contacto con su panadería en Suiza.

Un amigo de la familia .

—Henri se enterará —dijo Zoe. Las risas estridentes de los niños resonaban por los columpios, en contraste con su situación.

—Está bien. Yo contactaré con él. Pero vamos a escribir un artículo sobre Henri Martin. No fue razonable por su parte pedirle a una periodista que firmara un acuerdo de confidencialidad.

—Me demandará. ¿Desde cuándo sacas artículos sin el permiso del entrevistado?

—Henri Martin es una figura pública; no necesitamos permiso. Vamos a contar la verdad. No lo difamaremos. —Hizo una pausa—. Me pediste un encargo serio; aquí lo tienes. Además, recibirás la bonificación y el ascenso. Te estoy haciendo un favor.

Wes colgó.

Cuando Zoe regresó al hotel, ya eran más de las cinco. Fue directamente al ascensor, desesperada por meterse en la habitación y decidir qué hacer. Le llegó un mensaje al móvil.

HENRI : Te espero en la galería del segundo piso.

Subió los grandes escalones de mármol del vestíbulo de dos en dos y llegó a una galería de arte, la primera vez que veía algo así en un hotel.

La gran sala rectangular estaba flanqueada a ambos lados por vitrinas y cuadros y unos cuantos sofás sin respaldo y con capitoné ocupaban el centro.

Henri estaba sentado en uno y se le acercó.

—Lamento haber tenido que cancelar hoy —dijo cuando llegó a su lado—. También te pido disculpas por mi nieto.

Así que ya sabía lo mal que había ido la comida con Liam.

—Creía que no volvería a tener noticias suyas.

—¿Es eso lo que quieres?

—En absoluto.

La miró.

—Quiero que me cuentes cómo surgió el artículo.

Zoe respiró hondo para tranquilizarse.

—Wes Donnelly es mi jefe en Savouries . Le conté que conocía a mi abuelo y a mi tía abuela, pero fue antes de venir a Viena. Tenía que darle algo para convencerlo de que me enviara a la conferencia.

—¿Porqué…?

—Porque quería saber más sobre mi familia. —Jugueteó nerviosamente con los eslabones de su pulsera—. También le prometí que escribiría un artículo.

—¿Sigues trabajando para él?

—Sí.

Henri apretó la mandíbula.

—¿Aún piensas escribir sobre mí?

—Cumpliré nuestro acuerdo. —Lo decía en serio. A pesar de todo lo que se jugaba, no quería traicionar a Henri. Le agradecía lo que le había contado hasta el momento y, en cierto modo, le caía bien—. Así que la respuesta es «no».

Si alguna vez se le ocurría escribir sobre Henri Martin o su empresa, solo lo haría con su colaboración.

Temía darle la noticia a Wes. Sus notas posteriores, aunque la obligara a entregárselas, no bastarían para un artículo.

Ninguna otra revista iba a entrevistar a Henri, así que Wes tendría que entenderlo y mantenerla en el equipo.

Al fin y al cabo, había sido la primera en publicar una foto de Henri. Tenía que contar para algo.

El anciano permaneció completamente inmóvil, mirando un retrato real en la pared más cercana. ¿Había aceptado su explicación? No tenía forma de saberlo.

—Supongo que lo ocurrido no es imperdonable —dijo al cabo de un rato.

Zoe contempló el cuadro y su ansiedad se redujo.

—Gracias, señor.

La miró.

—¿Sabes por qué hablo contigo?

—La verdad es que no.

—Porque ha llegado el momento. —Se quedó pensativo—. No creo que me traiciones. Ya no.

—No lo haré —dijo Zoe.

Entre ellos se produjo un acuerdo tácito.

Le indicó que lo siguiera hasta una vitrina cercana.

Allí, bajo el cristal, descansaba una peineta enjoyada sobre un paño de terciopelo, el tipo de adorno que las mujeres se ponían en el pelo.

Un pájaro hecho de ámbar, esmeralda y topacio adornaba la parte superior.

Zoe dio un grito ahogado y miró a Henri.

—¿Es…?

—La peineta de Chana, sí. —El tono reverente del anciano y sus ojos marrones, brumosos y suaves, le recordaron a la descripción de Elias Bohm, el aprendiz de repostero. ¿Era esa su identidad? ¿Había seguido los consejos de su tía abuela y había construido un imperio?

Las gemas parecían guiñarle el ojo. O tal vez fuera un efecto óptico.

—Es aún más bonito de lo que imaginaba. Pero ¿cómo ha llegado aquí?

—Ya llegaremos a ello —dijo Henri—. Demos un paseo. La tarde en Viena es un momento idóneo para escuchar una historia.