24 Zoe
ZOE
Viena (Austria)
Z oe no había comido casi nada de la tarta, pues su apetito había quedado mermado a medida que avanzaba el relato sobre su familia. Seguían en el comedor del hotel, aunque el otro lado de la sala se había vaciado.
—Quiero que sepa que le agradezco mucho que haya querido hablar conmigo —dijo Zoe. ¿Su abuelo le había ocultado aquellas historias para protegerla de los horrores o para protegerse a sí mismo de revivirlos?
Henri la miró irnos segundos antes de hablar.
—Son cosas que mereces saber. —Se levantó—. He quedado con Liam. Volvamos a vernos mañana. En el Steirereck a mediodía. Está en el Stadtpark.
—Lo conozco.
El elegante local figuraba en todas las listas de los cincuenta mejores restaurantes del mundo y había querido comer allí desde que leyó sobre él por primera vez hacía dos años.
—Hasta mañana, entonces —dijo Henri.
Se marchó y la dejó pensando en sus historias, cada vez más nerviosa a causa de las cuatro tazas de expreso que se había tomado durante el desayuno.
Las siguientes veinticuatro horas se le hicieron eternas.
Zoe asistió a varias conferencias, contando los minutos que faltaban para la comida con Henri y consciente de que debía ponerse en contacto con Wes y contarle lo del acuerdo de confidencialidad.
No se atrevía a hacer la llamada; aún tenía la esperanza de encontrar la manera de convencer a Henri para que la dejara publicar el artículo.
Así su jefe no tendría que enterarse. Pocos minutos antes del mediodía, estaba en el Stadtpark, frente al Steirereck.
Los modernos edificios conectados, construidos con vidrio espejado, eran una auténtica delicia arquitectónica.
Recibió un mensaje de texto en el móvil.
WES : ¿Cómo fue la reunión con Henri Martin ayer?
ZOE : Bien. Hemos quedado para comer.
WES : Estupendo. Deberías echarle un vistazo a Savouries antes.
Mientras tecleaba la dirección de la web de la revista, alguien le habló:
—Ya está aquí.
Miró por encima del hombro y vio a Liam acercándose. Solo.
—¿Va a comer con Henri y conmigo?
—No. Vengo en su lugar. Mi abuelo tenía un asunto urgente.
Señaló hacia el restaurante y Zoe se guardó el teléfono en el bolso, prometiéndose que consultaría la web de la revista en cuanto terminase la comida.
Liam la guio al interior, donde los esperaba una acogedora decoración con madera color miel, manteles blancos y flores recién cortadas. Zoe inhaló el aroma a levadura del pan recién horneado mezclado con notas florales e intentó disimular su decepción por la ausencia de Henri.
—Reserva a nombre de Henri Martin —dijo Liam a una maître guapísima, vestida con un traje monocromo de color crema y el pelo negro azabache recogido en un elegante moño en la nuca.
Una vez sentados, Zoe dijo:
—Llevo años queriendo comer aquí.
—Ajá. —Liam echó un vistazo a la carta de vinos.
Examinaron la carta y, después de pedir cada uno el menú de cinco platos, Zoe dijo:
—He dado un paseo encantador por el parque para venir.
—¿De verdad? Yo he venido en coche.
—Debe de haber pasado por algunos de los mismos lugares.
Liam suspiró.
—¿Como cuáles?
Henri debía de haber obligado a su nieto a quedar con ella. La única otra explicación para su actitud, que rayaba en la grosería, sería que le había caído mal desde que se habían conocido.
Zoe le habló de las estatuas y los jardines que había visto de camino al restaurante, lo que la llevó a describir su viaje por Europa cuando era adolescente.
Entre sus nerviosas divagaciones, llegaron los platos, artísticamente presentados, cada uno con un vino maridado que degustó con prudencia.
Necesitaba mantener la cabeza fría con Liam.
La comida era espectacular, sobre todo la trucha alpina.
El delicado pescado fileteado se preparaba en la mesa con cera de abeja caliente, lo que convertía la preparación de la comida en un espectáculo artístico.
Sin embargo, cada vez que levantaba la vista hacia su impasible compañero, le costaba tragar.
—¿Tuvo una conversación agradable con mi abuelo ayer? —preguntó Liam al cabo de un rato, después de que Zoe terminara de comer el último bocado de pescado. Era la frase más larga que había pronunciado en toda la comida.
—Sí. Me está hablando de mi familia.
—Ya. —Jugó con el tallo de la copa de vino—. ¿Su abuelo?
—Y mi tía abuela. ¿Sabe mucho sobre la estancia de Henri en Viena después de la guerra?
—Veo que quiere indagar todo lo que pueda.
—No pretendo… —Sacudió la cabeza—. Solo intento tener una conversación.
—¿De verdad? —Apretó los labios en una fina línea y le entregó su teléfono. La pantalla mostraba un artículo publicado en la web de Savouries antes de la comida.
El nombre del autor le llamó la atención:
Por Wes Donnelly, con la colaboración de Zoe Rosenzweig.
El artículo comenzaba con el párrafo que Zoe había enviado tras el discurso de Henri. Pero no terminaba ahí. Siguió leyendo.
Ha surgido una nueva intriga en torno a Henri Martin.
En las redes sociales y varias páginas web gastronómicas corren los rumores sobre una mujer con la que se lo ha visto en la conferencia.
Savouries quiere confirmar que se trata de Zoe Rosenzweig, redactora de nuestra revista.
Rosenzweig se puso en contacto con Martin antes del evento en relación con un vinculo familiar que se remonta a la Segunda Guerra Mundial.
Martin le confirmó que en su día conoció a la familia de Rosenzweig y accedió a reunirse con ella en Viena para hablar de su historia en común, que incluye a una bella mujer, traficantes del mercado negro de la posguerra, un aprendiz de repostero y una organización que se dedicaba a sacar clandestinamente a refugiados judíos de Europa.
Cómo esto se relaciona con el pasado de Henri Martin sigue siendo un misterio, pero no lo será por mucho tiempo.
Parece que Rosenzweig ha logrado penetrar la coraza del corazón de Martin.
¿Se está fraguando una futura biografía?
Tras perder a su esposa a principios de año, ¿Henri Martin ha empezado a preocuparse por su legado y cómo se contará?
Los mundos culinario y literario tendrán que esperar para verlo.
Solo le había hablado a Wes de la llamada con Henri para que la mandase a Viena. ¡No para que le tendiera una emboscada! ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así sin consultarla? ¿Y qué era eso de una biografía? Ella no había dicho nada parecido.
Sentía el peso de la mirada de Liam. Según la ley, estaba libre de culpa.
Su primera conversación con Henri no había sido extraoficial.
Ojalá hubiera confesado que había compartido con Wes algunos fragmentos de su primer relato.
El tono sombrío de Henri durante el desayuno al hablar de la foto le revolvió las tripas.
Zoe deslizó el dedo hasta la sección de comentarios. Se detuvo en uno con una foto suya del día anterior en el comedor con Henri sirviéndole el trozo de tarta.
Sintió pánico. Tenía hablar con Henri.
—¿Por eso Henri no ha venido hoy?
Le devolvió el teléfono a Liam.
—Le dije que yo me encargaría.
¿Encargarse? Tenía que conseguir que Liam entendiera que no había algo sido intencionado por su parte.
—Wes Donnelly es mi jefe y ha publicado esto sin mi consentimiento.
—Decidió contarle toda la verdad, rezando para que se lo explicara a Henri—.
Se lo había contado antes de venir a Viena.
—El hombre frunció el ceño, pero Zoe siguió con la explicación—.
Le conté algunas partes de la historia que Henri me reveló, solo a grandes rasgos.
Sin detalles. Fue antes de firmar el acuerdo de confidencialidad.
Antes de conocerlo. Sí, claro que me encantaría escribir un artículo sobre su abuelo.
Mi jefe me prometió una bonificación y un ascenso y me vendría bien el dinero.
Pero no lo he hecho. —Señaló el teléfono—.
Es puro clickbait . Es director de comunicaciones, sabe cómo son estas cosas.
Wes buscar atraer visitas para la revista.
En cuanto a los comentarios… No sé por qué alguien nos sacaría una foto a Henri y a mí.
—La foto en el comedor la saqué y la filtré yo —dijo Liam con brusquedad y le hizo una señal al camarero para que trajera la cuenta.
Zoe se quedó mirándolo, incrédula.
—¿Por qué?
—Desde el principio, tuve la corazonada de que no era más que una oportunista y el artículo demuestra que tenía razón.
Se confirmó que Liam había sentido aversión por ella a primera vista.
—No es cierto.
Liam volvió a colocarse la servilleta en el regazo.
—Los rumores sobre una biografía sobre su vida nunca se harán realidad. No permitiré que se aproveche de él para avanzar en su carrera.
Zoe abrió la boca para protestar, pero luego la cerró. Liam no estaba del todo equivocado. Un posible artículo había motivado en parte el viaje a Viena.
—Vine para conocer a mi familia. Henri es el único que puede contarme esas historias.
—Claro. —El camarero trajo la cuenta y Liam le echó un vistazo rápido antes de entregarle la tarjeta de crédito. Cuando volvieron a estar solos, dijo—: Olvidaba que Zoe Rosenzweig es solo una pobre huerfanita.
—¿Cómo? —La palabra le salió como un graznido.
—Sus padres fallecieron cuando era pequeña y la compadezco, pero no piense ni por un segundo que voy a permitir que estafe a mi abuelo.
—No meta a mis padres en esto.
—De acuerdo. Pero ahora sus abuelos también han fallecido y sobrevive con un sueldo de periodista.
—Me va bien.
Aunque no era del todo cierto, no se lo iba a admitir.
—¿Sabe que me he pasado todo el trayecto hasta aquí atendiendo llamadas de agentes literarios y periodistas de todo el mundo?
—Echó un vistazo al teléfono—. He recibido veinte llamadas desde que estamos en el restaurante.
Entienda una cosa: si mi abuelo estuviera considerando la idea de escribir una biografía, que no es el caso, no la escribiría alguien como usted.
Las hirientes palabras le trajeron a la mente las de Wes, que le había dicho que no quería arrepentirse de enviarla en representación de Savouries . Como si no tuviera lo que hay que tener para jugar en las ligas mayores.
Parpadeó. Demostraría que Wes se equivocaba.
—¿Eso lo dice usted o Henri?
El camarero trajo la cuenta pagada y se retiró. Liam la firmó con un gesto agresivo.
—Yo me encargo de las comunicaciones de la empresa y de las suyas. Mi abuelo confía en mí. No tiene ninguna posibilidad.
Henri era su abuelo y, a pesar de su breve bravuconería, tenía la desagradable sensación de que Liam tenía razón. Había metido la pata. Hasta el fondo. Dudaba que Henri volviera a dejar que se le acercara.
—Gracias por la comida —dijo y salió a toda prisa del restaurante antes de que las lágrimas empezaran a correrle por las mejillas. Una vez fuera, se adentró en el parque y se alejó de la que había sido la comida más deliciosa de su vida, pero en la peor compañía posible.