El panadero de Viena 23 Chana #3
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23 Chana #3

En Vilna, los judíos que habían escondido joyas las intercambiaban fuera del gueto por cualquier alimento. Su madre había vendido un broche de oro y perlas que había pertenecido a su abuela a cambio de tres patatas.

—La compré por un pollo, dos barras de pan y un cartón de Lucky Strikes. Pero ¿qué importa? —Su voz era áspera—. Solo quiero lo mejor para ti y para tu familia.

Bien . Quería provocarle alguna emoción.

—¿Por qué? ¿Porque necesitas una esposa para un acuerdo comercial? ¿Quieres utilizarme?

Se estremeció como si lo hubiera abofeteado y Chana temió haberse pasado cuando se le acercó. Se enfrentaron en silencio, separados por apenas un suspiro. Debería haberse sentido repelida. En cambio, su corazón se aceleró ante el desafío de sus ojos oscuros y su proximidad.

—Te ayudo porque me preocupo por ti.

Abrió la boca, pero no le salieron las palabras.

—¿No me digas que Chana la sincera no tiene nada que decir?

Se le vinieron a la mente los labios de Elias en la mejilla.

—Estoy… sorprendida. —La intensidad en el rostro de Meyer la dejó sin aliento. La confusión la sacudió y, de inmediato, preguntó—: ¿Me amas?

—He dicho que me importas.

—¿Te importo, pero no me amas?

—No puedo amar a nadie.

La declaración la conmocionó.

—No es suficiente para mí. Cuando bailamos, me preguntaste qué quería.

—Contempló la habitación como si su futuro estuviera dibujado en las paredes—.

Quiero ir a Estados Unidos, pero, si me caso, quiero hacerlo con un hombre como mi padre.

—En su mente lo vio saludando alegremente a los clientes, bailando mientras cocinaba e incluso haciendo malabares con los panecillos para hacerla sonreír—.

Quiero a alguien que me ame con todo su ser. Alguien con pasión.

Meyer ladeó la cabeza.

—Seré un buen marido, pero no soy el hombre que describes.

—¿Por qué? —preguntó con tono suplicante.

—Mi hermana y mis padres murieron en la masacre del bosque de Rumbula, junto con miles de personas más —respondió con amargura—. Yo estaba luchando con el ejército soviético, salvando a otros, cuando debería haber salvado a mi familia. —La miró—. Mi corazón no volverá a estar completo.

—Meyer, lo siento mucho.

La emoción le cerró la garganta. La pérdida también la había dejado vacía durante un tiempo. Quiso acercarse para consolarlo, quiso abrazarlo y ser abrazada a su vez, porque sin duda podrían esforzarse por amarse. Pero él levantó una mano y la severidad de su mirada la detuvo en seco.

—Tengo la forma de salir de Europa. Llevará tiempo, pero lo conseguiremos. ¿Quieres sacar a tu familia de aquí?

—Sí. —No había nada que deseara más. Pero no así.

—Entonces estamos de acuerdo.

Chana cuadró los hombros.

—No quiero casarme así —dijo.

La atravesó con la mirada, como si quisiera escrutar su alma.

—Eres la mujer más testaruda que he conocido.

Retrocedió y se marchó.

Su madre volvió a entrar.

—¿Cómo ha ido?

—Tiene que haber otra opción, mamá —dijo Chana—. Meyer nunca me amará.

Su madre la miró con los ojos llenos de lágrimas. Temblaba y su sufrimiento era palpable. Hacía varias noches, la había oído llorar en el baño. Había estado a punto de entrar cuando la oyó decir:

—Dime qué hacer, Jacob.

Jacob. Su padre. Chana había pegado la oreja a la puerta.

Dentro del baño, su madre continuó:

—Estamos atrapados aquí. Intenté concertar un shidduch para Chana. Para ayudarnos. —Ruth sollozaba—. Dios, perdóname. No sé qué más hacer. Te he perdido y estoy tratando de salvar a nuestros hijos. De darles una buena vida.

Si llegó a decir algo más, los sollozos lo ahogaron. La confesión destrozó a Chana. Se marchó y le dejó privacidad. Cuando su madre volvió a la habitación, la única prueba de su dolor había sido un ligero enrojecimiento alrededor de los ojos.

—Si hubiera otra manera, la habría encontrado —dijo entonces—. ¿Quieres quedarte aquí y que un soldado o un hombre de la calle te mancille?

Por supuesto que no. Ya había sobrevivido una vez en Stutthof. No soportaría que volviera a pasar.

Ruth tomó sus manos entre las suyas.

—Ha visto tus quemaduras. No le importan. —Bajó la voz—. Nos llevará con la familia de tu padre y construiremos una nueva vida.

—No nos amamos. —Admitirlo la hizo sentirse vacía, aunque solo era parcialmente cierto. Chana sentía algo muy fuerte por Meyer. No iba a negárselo a sí misma. De cara al futuro, tendría que reprimir aquellos sentimientos para sobrevivir.

—¿Quieres saber qué es el amor? —preguntó su madre—.

Aron y yo te queremos, Chana, y tendrás hijos que también te querrán.

Será suficiente. No todos los hombres son como tu padre.

—Le besó los nudillos—. Por favor, tienes que hacerlo.

Si no es por ti o por mí, hazlo por Aron. Podrían haberlo matado la otra noche.

Le vino a la mente una imagen fugaz de su hermano siendo arrastrado por aquellos hombres horribles. Grigory golpeándolo. Se apartó de su madre y se abrazó el pecho. Quería a su hermano más que a nada en el mundo. No soportaría perder a Aron.

Chana gimió como si de repente se hubiera puesto enferma.

Su madre le frotó la espalda, con la intención de calmarla.

Sin embargo, la desesperación de Ruth se filtró a través de su mano y le llegó a la piel.

Su madre creía firmemente que aquella era su mejor opción.

Creía estar haciendo lo correcto para su familia.

Chana no quería volver a oírla llorando sola por las noches.

Ya estaba hecho. Su madre había concertado el matrimonio.

Cumpliría la promesa que le había hecho a su padre de cuidarlos. Pero ¿a qué precio?