23 Chana #2
—Ah. —Recordó la terrible historia que le había contado sobre cómo su padre había perdido la tienda y luego se había quitado la vida. Le puso una mano en la espalda—. Si necesitas volver al hotel, estaré bien. Solo quedan dos manzanas hasta la pensión.
Elias respiró hondo.
—No. Te acompañaré el resto del camino.
—¿Quieres hablar de tus padres? —preguntó mientras cruzaban la calle.
El chico se quedó callado. El único sonido que los acompañaba era el de sus pasos en el pavimento. Al cabo de un rato, dijo:
—A Rivka, mi madre, le gustaba hacer challah los viernes. Tenía el pelo… los rizos húmedos siempre se le metían en los ojos cuando cocinaba. Hacía calor en nuestro piso, incluso en invierno.
La miró con expectación.
—A veces pasa —dijo Chana, con el corazón encogido por la angustia que percibía en su voz.
—Los viernes por la noche, cuando mi padre llegaba a casa, colgaba el sombrero en el vestíbulo y respiraba hondo.
Le gustaba decir que olía el challah de mi madre desde la acera.
Luego la besaba. —Elias sonrió—. Yo me probaba el sombrero cuando no me veía.
Tenía una larga pluma gris, suave como el terciopelo.
—Es un recuerdo precioso. Debes de echarlos de menos.
Bajó la vista al suelo.
—Intento no pensar en ellos.
Chana se preguntó cuándo Elias podría volver a hablar de sus padres, si acaso eso sucedía alguna vez. Para algunos era así. No podían afrontar el dolor de la pérdida, así que reprimían la pena. Ella era diferente. No podía evitar pensar en su padre ni hablar de él.
Unos pasos más adelante, llegaron a la pensión. Chana jugueteó con el pañuelo.
—Debería entrar.
Si su madre la veía con Elias, la regañaría eternamente.
—Gracias por dejarme acompañarte. —Le acarició la mejilla con la mano y ella se apoyó en su palma—. Eres brillante en todos los sentidos.
El cumplido le levantó el ánimo. Cruzaron las miradas y las sostuvieron, hasta que el chico de repente bajó la mano, la besó en la mejilla y le dio las buenas noches.
El beso había sido tan rápido que bien podría haber sido un sueño. Se llevó los dedos a la cara y sintió la ligera humedad de sus labios. No, no lo había soñado. La felicidad la invadió y se le escapó una risita. Era su primer beso de un chico. Y se lo había dado Elias.
Chana subió las escaleras de la pensión y frunció la nariz al percibir el olor a azufre de la col hervida que emanaba de la cocina comunitaria. Cuando llegó al tercer piso y se acercó a su puerta, oyó una voz grave que provenía del interior.
—Ahora creo que es una buena idea —dijo la voz. Era Meyer. Chana se acercó para escuchar.
—¿Por qué lo ha reconsiderado? —preguntó su madre.
—¿Es que ha recibido una oferta mejor?
—No. Piense lo que quiera, pero amo a mi hija. Quiero que nos reunamos con nuestra familia, pero también quiero encontrarle un buen partido.
Hablaban de su matrimonio con Meyer. Chana sabía que debería irrumpir en la habitación, pero se quedó clavada frente a la puerta.
—Aron y ella estuvieron a punto de salir heridos la otra noche —dijo Meyer.
—Lo sé. Lo envié a vigilarla. —El tono de su madre era sombrío—. Tenemos que salir de aquí.
—Las cosas también se han puesto más peligrosas para mí. La redada de la semana pasada en el mercado no será la última. Es hora de que me vaya y Estados Unidos es un lugar tan bueno como cualquier otro.
—¿Y los puertos?
—No son una opción. No he sabido nada de nadie en la Brihah desde el arresto de Schumacher.
—¡Nos mintieron!
Chana oyó un golpe seco e imaginó a su madre dando un manotazo en la mesa.
—No es conmigo con quien debe enfadarse. Solo soy un intermediario. Si hablo con mi contacto en el consulado, ¿su familia me patrocinará?
—Sí, si se casa con mi hija.
—Bien. —Se oyeron pasos pesados en el interior, como si Meyer se paseara por la habitación—.
Hay un soldado estadounidense… —Hizo una pausa—.
Quiere ayudar, pero estaría en deuda con él.
Si interviene, tendré que trabajar para sus socios civiles en Estados Unidos.
Me han dicho que prefieren a un hombre casado.
—Se hizo el silencio unos momentos antes de que continuara—: No quiero que les pase nada.
Trataré bien a Chana y seré un buen marido.
Estoy seguro de que aprenderemos a respetarnos el uno al otro.
¿Y el amor? Chana había esperado que, cuando llegara el momento de casarse, también sería por amor.
—Hay matrimonios que se han forjado con menos —dijo su madre.
¡No! Chana irrumpió en la habitación. Su madre y Meyer estaban junto a la mesa, como si acabaran de terminar de compartir una inocente comida en lugar de estar planeando todo su futuro. Un ramo fresco de seis rosas amarillas florecía en un gran jarrón. Supuso que serían un regalo de Meyer.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, sudando, con la camisa pegada a la espalda.
Su madre dio un paso adelante.
—Herr Suconick…
—Meyer, por favor.
—Claro… Meyer ha accedido a usar sus contactos para ayudarnos a ir a Estados Unidos.
Chana enfrentó la mirada suplicante de su madre.
Había sido una hija obediente, había cumplido la promesa que le había hecho a su padre de cuidar de su madre y de su hermano.
Había pasado innumerables horas en las oficinas de emigración, rellenando un formulario tras otro. ¿Así era como terminaba todo?
—¿Qué quiere a cambio?
Meyer le dijo a Ruth:
—Por favor, déjenos un momento a solas.
Ruth hizo lo que le pidió, pero no sin antes susurrarle a Chana:
—Es nuestra oportunidad.
Una vez que se quedaron solos, Meyer le dijo:
—Vamos a casarnos. —Se sacó una bolsa de terciopelo del bolsillo—. Nos conoceremos mejor y verás que… Te trataré bien. —Su tono era de lo más natural mientras le entregaba el paquete—. Para ti.
Tenía cierto peso. Los dedos le temblaban al desatar el cordón y sacar una peineta adornada con un pájaro enjoyado.
—Aron mencionó que tu nombre en clave con la resistencia era Reyezuelo. Cuando lo vi, pensé en ti.
La luz del techo hacía que las gemas ámbar, verde y topacio de la peineta brillaran como si estuvieran vivas y fueran a salir volando por la ventana. En busca de libertad. Chana soñaba con seguir su ejemplo.
—¿Qué hacías para la resistencia? —preguntó Meyer.
—Pasaba mensajes.
—¿Por qué Reyezuelo?
Lo miró y descubrió que la observaba con intensidad.
—Mi contacto decía que era por su increíble capacidad de supervivencia y su canto esperanzador, pero a mí me gustaba la idea de tener alas.
—Muy apropiado. También son símbolo de determinación y alegría. —Se le acercó—. Son pájaros pequeños, pero hermosos, con una voz poderosa.
Su espíritu se elevó por la comparación, a pesar del esfuerzo que estaba haciendo por comprender de verdad lo que estaba sucediendo allí, entre ellos.
—¿Tenías miedo? —preguntó Meyer.
—Siempre.
Sus pensamientos se remontaron a su última misión, cuando ya quedaba poca gente en el gueto de Vilna y era inminente una última Aktion en la que expulsarían a los judíos que seguían allí.
Era el verano de 1943 y el terror atormentaba a los pocos que quedaban.
Los partisanos pronto se trasladarían al bosque de Rudnicki, tras determinar que una batalla con los alemanes desde dentro del gueto acabaría sin duda en la masacre de la población restante.
Sus padres, junto con otras tres familias, habían construido una malina , un escondite en el ático de un edificio abandonado.
Cuando llegara la Aktion final, irían allí.
Durante meses, los adultos habían estado almacenando comida: trigo, patatas, aceite y cualquier otra cosa que no se estropeara.
El último mensaje que Chana tuvo que entregar la llevó hasta la parte gentil de la ciudad.
Fue la única vez que recorrió las alcantarillas de Vilna, encorvada para atravesar los estrechos túneles y guiándose por el haz de una linterna poco fiable.
A su regreso, avanzaba por el lodo que le llegaba hasta las rodillas, conteniendo las náuseas, cuando de repente iluminó con la linterna algo que sobresalía entre las piedras de la pared.
No debería haberse detenido, pero no pudo evitarlo. Era una nota que decía:
A quien encuentre este mensaje, me llamo Ivan y escapé del bosque de Ponary. Mi familia no lo consiguió. En el transporte, los nazis nos torturaron de formas indescriptibles. No les basta con matarnos. Dejo esto con la esperanza de difundir su crueldad al mundo. Estos son los nombres de mi familia.
Había cinco nombres en la lista.
Los memorizó todos y dejó el mensaje donde estaba para que otros lo encontraran. En su penoso avance, entre la creciente suciedad que amenazaba con ahogarla, lloró y susurró el kadish del doliente por la familia de Ivan.
Meyer le estudió el rostro.
—Te he alterado.
—Los recuerdos me alteran. Trabajé con la resistencia porque necesitaba hacer algo, lo que fuera, para ayudar. ¿Tenías miedo cuando rescatabas a judíos en Bialystok?
—Siempre. —Su tono era sombrío.
Quizás aquel acuerdo pudiera funcionar. La observó durante un largo rato, y luego dio un paso atrás, con el rostro inexpresivo.
—Espero que te guste la peineta. Creo que estabas destinada a tenerla —dijo con voz tranquila.
—Es preciosa.
Se sintió conmovida por el detalle del regalo, pero molesta por su frialdad.
Como si todo el asunto no fuera más que una transacción comercial.
Pasó los dedos por las joyas y sintió cómo la ira bullía en su interior.
Imaginó la cabeza de otra mujer, morena o pelirroja, llevando la peineta.
Quizás alguna con la que había tomado el té, una que se lo habría cambiado por un pintalabios o unos cigarrillos.
No sabía a quién había pertenecido y temía que su propietaria original la persiguiera para siempre.
Antes de contenerse, dijo:
—Estaba destinada a quien fuera que la haya tenido antes que yo. No tengo que adivinar cómo la conseguiste. Alguien necesitaba huevos, una botella de leche o un par de zapatos. Ahora es mía.