El panadero de Viena 23 Chana
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23 Chana

CHANA

C hana se abrió paso entre los bailarines del Café Zweite, ansiosa por llegar a la mesa, donde Sophie coqueteaba con otro hombre. Necesitaba proteger su corazón y alejarse lo antes posible de Meyer. Recogió su abrigo.

—Me marcho.

—Espera —dijo Sophie.

Meyer las observaba desde la pista de baile.

—No, me voy ahora mismo. Si no quieres venir, iré sola.

Su amiga frunció el ceño.

—Le prometí a tu madre que estaríamos juntas todo el tiempo. —Besó al hombre en la mejilla—. Tengo que irme —dijo con voz alegre—. Nos vemos otra noche.

—¿Dónde está Gita? —preguntó Chana mientras buscaba entre la multitud.

—Se ha ido con Jeb.

Fuera, se pusieron los abrigos. Chana se alegró de sentir el viento refrescante, que le borró de la memoria el cálido aliento de Meyer en la mejilla.

Sophie se tropezó.

—No entiendo por qué tenemos que irnos. La noche se estaba poniendo interesante.

Chana la estabilizó.

—Razón de más para irse.

Tenían que caminar ocho manzanas hasta la pensión de Nachmann. Chana rozó el cuchillo que llevaba en el bolsillo. Cuando llegaran a la pensión, Aron y ella acompañarían a Sophie una manzana más hasta la lavandería.

Caminaron por las calles sin incidentes, hasta que estuvieron a solo una manzana de la pensión. Varios hombres salieron tambaleándose de un callejón y, cuando Chana intentó pasar a su lado, las rodearon.

—Déjennos pasar —pidió en alemán. Echó un vistazo rápido, pero la calle estaba desierta. Se enfrentaban a tres hombres, todos vestidos con ropa oscura. Los dos más altos flanqueaban a uno más bajo.

Grigory.

—Volvemos a encontrarnos —dijo y dio un paso adelante.

Se le erizaron los pelos de la nuca.

Sophie hipó y los hombres se rieron de forma amenazadora.

Chana agarró a su amiga del brazo y alguien gritó:

—¡Dejad a mi hermana en paz!

Alguien a la carrera atravesó la noche. Entonces Aron embistió al hombre a la derecha de Grigory, que perdió el equilibrio, aunque no por mucho tiempo. Con la ayuda del otro, tiraron a Aron al suelo.

—¡Basta! —gritó Chana. Si le hacían daño a su hermano, nunca se lo perdonaría.

—¿Por qué? ¿Quién es este cachorrito para ti? —La luz de la luna se reflejaba en la brillante coronilla de Grigory. Los otros dos levantaron a Aron del suelo—. Dime, ¿qué harías para salvarlo?

Presa del pánico, Chana se quedó paralizada. Haría cualquier cosa para mantener a Aron a salvo. Tenía el cuchillo en el bolsillo, pero ¿podría enfrentarse a los tres?

—No hará nada —espetó Aron—. No la toquéis.

Grigory refunfuñó y le dio un puñetazo en la cara. Aunque su hermano era tan alto como el soviético, era mucho más delgado y el golpe le lanzó la cabeza hacia atrás. Se le doblaron las rodillas y, si los otros dos no lo hubieran estado sujetando, habría caído al suelo.

—¡No! —gritó Chana y blandió el cuchillo.

—¿Qué tienes ahí? —se burló Grigory.

De repente, un coche se detuvo con un chirrido junto a la acera. Cuatro hombres saltaron del vehículo. Uno era Meyer. Otro, Hershel, el comerciante con el que se había visto para comprar azúcar y harina con Elias.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Meyer.

—Solo nos estamos divirtiendo —respondió Grigory.

Meyer se acercó, vio el cuchillo en la mano de Chana y volvió a centrar su atención en el soviético.

—No con estas mujeres ni con este muchacho.

—Ah, ¿no? ¿Quién lo dice?

Vlad apuntó con una escopeta a Grigory. Chana apretó con fuerza el cuchillo.

—Soltadlo —dijo Meyer.

Grigory se pasó la mano por la calva.

—No tengo por qué escucharte.

—¿Por Kirill? —siseó Meyer—. Me importa una mierda si tu hermano es Joseph Stalin. Suéltalo.

Vlad amartilló el arma.

Grigory maldijo en ruso, pero les hizo un gesto a los otros, que soltaron a Aron. El chico se acercó a Chana y ella lo rodeó con el brazo. Tenía la camisa empapada de sudor. Se apoyó en su hermana y permitió que lo sostuviera.

—Vamos. —Grigory se enfrentó a Meyer—. ¿Qué te importan un par de putas?

Meyer le dio un puñetazo en el estómago y el soviético se dobló con un gemido. Uno de sus compinches sacó una pistola y apuntó a Meyer.

Chana apretó con fuerza a Aron. Sophie gimió. Vlad chasqueó la lengua.

—Baja el arma.

—Tú primero —dijo el otro hombre.

Vlad sonrió.

—Más te vale ser un excelente tirador, amigo, porque si no lo eres, te volaré la oreja antes de que puedas apretar el gatillo. Luego te mataré. —Su voz era sedosa. Parecía estar disfrutando—. Después, colgaré tu oreja en mi pared.

Grigory ladró:

—Guárdala.

Su amigo bajó el arma.

—Ahora marchaos —dijo Meyer.

El soviético hizo un gesto hacia el callejón y echaron a correr.

Chana sintió una oleada de alivio y apretó con fuerza a Aron. Estaba muy agradecida de que Meyer hubiera aparecido. ¿La habría seguido? Tal vez le importara, después de todo.

—Gracias. No sé qué habría pasado si no hubieras…

Los ojos de Meyer echaban chispas.

—Sé exactamente lo que habría pasado. ¿Siempre actúas de forma tan imprudente?

—¡No! —La voz le tembló al ver cómo respondía a su gratitud.

—Sin mí… —Meyer se interrumpió y apartó la vista. Cuando volvió a mirarla, lo único que ella pudo leer en su rostro fue desprecio—. ¿Qué pensabas hacer con ese mondadientes? Ese hombre te habría disparado.

Los amigos de Meyer rieron entre dientes.

—No antes de que lo apuñalara —dijo Chana. Lo habría hecho, antes de que el soviético hubiera rozado su arma. Habría luchado como una loca para salvar a su hermano—. Te he dado las gracias y lo decía en serio —dijo con los dientes apretados.

Meyer la señaló.

—Chana Rosenzweig, eres un problema andante.

La furia la atravesó y apretó con fuerza a Aron entre sus brazos.

—Vamos.

Su hermano se tambaleaba a su lado y Sophie los siguió de cerca.

Tras ellos, Hershel dijo:

—Meyer, nunca enfades a una dama que lleva un cuchillo. Por suerte para ti, no te ha circuncidado por segunda vez.

Otro hombre se rio entre dientes.

—Callaos —dijo Meyer—. Podéis iros. Seguidlos con el coche y aseguraos de que lleguen a la pensión de Nachmann.

—Meyer no es mala persona —susurró Aron—. En el fondo.

—Calla, no pienses en él —dijo Chana—. Vamos a casa.

Sospechaba que el rescate de Meyer aquella noche significaba que, en realidad, se preocupaba por ella más de lo que dejaba entrever.

La idea la emocionaba y la asustaba hasta el punto de hacer que le temblaran las piernas.

Después de acompañar a Sophie a la lavandería, Chana y su hermano regresaron cojeando a la pensión.

Mientras subían las escaleras, no estaba segura de si ella sostenía a Aron o si era al revés.

Unos días más tarde, los soldados hicieron una redada en Karlsplatz y detuvieron a decenas de comerciantes del mercado negro.

Dado que el lugar se encontraba en la zona interaliada, soldados estadounidenses, franceses, británicos y soviéticos colaboraron en la operación.

Las fuerzas aliadas creían que el mercado negro socavaba su autoridad.

La mayoría de los hombres no estuvieron detenidos mucho tiempo.

A personas como Meyer y Kirill los liberaron rápidamente, y se rumoreaba que se había debido a la intervención de algunos oficiales, tanto estadounidenses como soviéticos.

Al menos eso fue lo que les contó Heiss, agradecido por poder seguir teniendo acceso a vinos excelentes y carne de primera calidad.

Chana consideraba que la campaña tenía aspectos positivos y negativos. Por un lado, quería que las calles fueran más seguras, libres de la amenaza de robos y cosas peores. Sin embargo, la seguridad tendría un precio. Muchos pasarían hambre sin los alimentos de los traficantes.

Una semana después del altercado con Grigory en la calle, Meyer le hizo una entrega a Heiss.

Le dirigió un breve gesto con la cabeza, pero no se detuvo a hablar con ella.

La entristeció, aunque no lo demostró. En cambio, agrió por completo el humor de su madre.

Cuando Meyer terminó lo que había ido a hacer en la cocina, se reunió con el sargento McManus en el comedor.

Los dos hombres bebieron brandi de ciruela y hablaron en susurros mientras Chana limpiaba las mesas, sin apenas mirarlos.

La había llamado «problemática». ¡Qué ironía!

Tenía la certeza de que había malinterpretado que él sintiera algo más que amistad por ella. Si es que la consideraba siquiera una amiga.

Después del turno, estaba en el callejón atándose el pañuelo cuando Elias salió a buscarla.

—Si te vas a casa, ¿me dejas que te acompañe? —preguntó.

Chana sonrió.

—Me encantaría.

Aron seguiría trabajando hasta tarde y estaba deseando irse a casa. Había pensado en armarse de valor y volver sola con su cuchillo en el bolsillo.

Una vez de camino, Elias dijo:

—Quería hablar contigo.

—¿Sobre qué? —Por un momento, temió que fuera a decirle que ya no volverían a cocinar juntos.

—Quería asegurarme de que estuvieras bien.

—¿Por qué lo dices?

—Te busqué después en el Café Zweite, pero ya te habías ido. —Dio una patada a una piedra, que salió disparada hacia un montón de basura—. Bebí demasiado y me enteré de lo que os pasó… a tu hermano y a ti.

Odiaba cómo se propagaban los rumores por la cocina.

—Ojalá hubiera podido acompañarte a casa.

—Podrías haber resultado herido.

—Me arriesgaría por ti. —Entrecerró los ojos y escudriñó la calle—. Puedes confiar en mí, Chana.

—Lo sé. —Lo decía en serio. Se le ocurrió que Elias también debía de haberse enterado de la intervención de Meyer o los habría visto bailando en la cafetería. Antes de que pudiera preguntar, el chico se puso rígido.

—No sabía que vivías por aquí. —Su voz sonaba grave.

—¿Por dónde?

Señaló al otro lado de la calle, hacia una calle perpendicular con varias tiendas abandonadas.

—¿Podemos darnos prisa?

—Claro.

Recorrieron varias manzanas a toda velocidad hasta que Chana lo agarró del brazo para detenerlo.

—¿Qué pasa? —preguntó. El chico se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas—. ¿Te encuentras mal?

Cuando levantó la vista, tenía el pelo sudado pegado a la frente.

—En esa calle estaba la tienda de violines de mi padre. Desde que volví, la he estado evitando.