El panadero de Viena 22 Chana #2
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22 Chana #2

—¿De verdad lo crees?

—¡Por supuesto! Me haces ser mejor repostero. Formamos un gran equipo.

Elias los veía como un equipo. Como lo habían sido su padre y ella.

Su desesperación se alivió un poco.

—No estoy enfadada. —Dio una calada al cigarrillo.

—Trolfe me ha dicho que la próxima vez que prepare algo, me cubrirá el coste de los ingredientes. Volverás a cocinar conmigo, ¿verdad?

—Por supuesto —dijo Chana y el chico se tambaleó un poco, como si le costase mantenerse en pie—. ¿Cuánto has bebido?

—Un poco. —Juntó los dedos—. ¿Te cuento un secreto?

—Adelante.

Acercó los labios a su oído. Chana percibió un ligero aroma a alcohol, pero también algo dulce, muy propio de él. Tras inhalar hondo, se le aceleró el pulso.

—Eres mi mejor amiga —susurró Elias.

Chana se relajó, porque con él siempre era fácil. Giró la cabeza y pensó que tal vez fuera a besarla. Se inclinó, sintiéndose preparada, pero a la vez insegura. El chico se tambaleó y lo agarró del codo para estabilizarlo.

—Creo que necesito sentarme —dijo.

El momento íntimo se desvaneció. Decepcionada, dijo:

—Te ayudaré a volver con tus amigos.

Lo guio hasta su mesa, sin saber muy bien qué había significado aquel momento entre los dos. Se había inclinado hacia él. ¿Había querido que la besara?

Elias se dejó caer en la silla. Por el momento, Chana ocultó la confusión que sentía. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se volvió hacia los otros dos hombres, uno de los cuales llenó la copa del aprendiz con un líquido transparente.

—Aseguraos de que regrese al hotel —dijo a los otros, y luego le susurró a Elias—: Ten cuidado.

El chico levantó la cabeza y el cabello castaño húmedo le cayó sobre los expresivos ojos.

Comenzó una canción alegre y Chana se dispuso a volver a su mesa para decirles a las chicas que quería marcharse, pero entonces alguien la agarró por la muñeca. Se dio la vuelta.

Meyer.

El calor de su mano le resultó agradable en la piel y no se apartó.

—¿Ya no llevas cabestrillo? —preguntó. Meyer la miró confundido—. Tenías uno cuando nos vimos en Karlsplatz.

—Ya estoy mejor. —Movió el brazo para demostrárselo—. ¿Bailas conmigo?

La pista estaba llena. Chana se dijo que debería rechazar la invitación. Aun así, respondió:

—De acuerdo.

La agarró por la muñeca y la condujo hasta la pista, igual que un niño aferrándose a la cuerda de un globo, temeroso de que se escapase si se atrevía a soltarlo.

Se preguntó si Elias la estaría observando y sintió una punzada de preocupación por si bailar con Meyer hería sus sentimientos.

Las parejas se balanceaban por la pista abarrotada. Sintió un cosquilleo de nervios en el estómago. Había bailado con su padre y con su familia hacía mucho, pero no sabía seguir los pasos que veía a su alrededor.

—Me temo que no conozco este baile.

Meyer abrió los brazos.

—Te enseñaré.

Chana dio un paso adelante. Meyer le agarró la mano y le puso la otra en la espalda. Ella miró a las otras parejas y le puso la mano libre en el hombro, donde sintió sus músculos debajo de la camisa.

—Imagina que hay una caja entre los dos —indicó Meyer.

Chana bajó la vista a los pies y en efecto se movían como si los separase un cuadrado pequeño. Le pisó los dedos.

—Perdón. —Se mordió el labio.

—No pasa nada —dijo Meyer con amabilidad.

Lo pisó otra vez, pero a él no pareció importarle.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —preguntó Chana por encima de la música.

—Tenía una amiga en el colegio que había pasado una temporada en Inglaterra. Ella me enseñó.

—¿Una amiga? —Levantó la vista para mirarlo a los ojos.

—Fuimos juntos a clase antes de la guerra. Su padre era profesor universitario y durante un tiempo vivieron en Londres. Deberían haberse quedado allí.

La amargura en su voz le hizo comprender lo que le había sucedido a su amiga.

—Ojalá hubiera podido hacer algo por ellos.

Se movieron en silencio y la fue acercando poco a poco, reduciendo la distancia que los separaba hasta que sus cuerpos casi se tocaban. Chana sentía su calor y descubrió que no le importaba.

—¿Cómo está tu familia? —preguntó Meyer—. ¿Tenéis suficiente comida?

—Sí. —Chana sonrió, pensando en la cesta de huevos y la caja de chocolatinas que les había dejado en la pensión el otro día.

Meyer le puso la mano en la espalda. Un cosquilleo la recorrió y, de repente, la invadió el deseo de saber más sobre Meyer Suconick, más que los rumores que circulaban sobre él.

—Eres más bondadoso de lo que aparentas —dijo.

El hombre se sonrojó.

—No lo digas por ahí —bromeó.

La música aceleró el ritmo y se sintió tan ligera como para volar y tocar el cielo iluminado por la luna.

—Lo digo en serio. Lo eres. Ahora me siento mal.

—¿Por qué?

—Quería darte las gracias por el cañamazo. —Recordó el abrazo de Ruth tras abrir el regalo—. A mi madre le encantó. Fue un detalle muy bonito.

—Me alegro de que le gustara. —Se inclinó hacia ella—. Aron me ha contado lo del malentendido con el sargento McManus. Créeme, no volverá a pasar.

Chana tenía que hacerle entender que su hermano no tenía cabida en el mercado negro. No había sobrevivido a dos guetos y un campo de concentración para terminar herido, o algo peor, en Viena.

—Meyer, mi hermano no puede trabajar para ti. Si Elias no hubiera salido…

—Elias… —Entrecerró los ojos—. Nunca permitiría que le pasara nada a Aron.

—¿De verdad? —Lo miró intensamente—. Hace unos días llevabas cabestrillo. ¿Qué te pasó?

—Tuve un encontronazo con Kirill.

Recordó la cita con Meyer y cómo, después de que amenazara a Grigory, el soviético le había lanzado una advertencia.

—¿Por mi culpa?

—Fue por negocios. —Sin embargo, la miró a los ojos.

Se siente atraído por ella , había dicho su madre.

Se balanceaban en círculos lentos.

—Dime, Chana, ¿qué quieres hacer cuando llegues a Estados Unidos?

Sonrió, complacida. Nadie, desde que su padre había fallecido, le había preguntado qué quería.

—Quiero ser libre.

Meyer esbozó una sonrisa torcida.

—Si le hiciera esa pregunta a cualquier otra mujer del café, sé perfectamente lo que dirían.

—¿El qué?

—Me dirían que quieren conocer a un hombre como yo, que quieren casarse, tener hijos y cuidar de su familia.

—Sí, supongo que tienes razón.

Meyer sonrió como si le divirtiera, pero la frialdad le oscureció los ojos.

—¿No ves un marido e hijos en tu futuro?

—Quizás algún día.

—Entonces, ¿qué quieres hacer con esa libertad?

—Mi padre quería que cocináramos juntos. Es lo que quiero. Quiero ser repostera.

Se le hundieron las mejillas, como cuando se contenía para no responder.

Meyer admiraba que su hermana quisiera ser profesora, pero la respuesta de Chana claramente le había molestado.

¿Qué esperaba? A pesar de su creciente afecto, no estaba preparada para caer en sus brazos y gritarle: ¿Quieres casarte conmigo?

Él mismo había rechazado a su madre porque su hermana quería lo mismo que Chana: ser algo más que una esposa.

—Chana la sincera —dijo con voz grave.

—Una vez dijiste que admirabas mi chutzpah .

—¿Lo dije?

El saxofonista tocó una nota larga y estridente que la hizo estremecerse.

—Te he visto hablando con Elias. —Meyer pronunció el nombre despacio, separando cada sílaba—. ¿Qué relación tenéis exactamente?

—Ya te he dicho que es mi amigo.

—¿Y cocináis juntos? —Hizo que sonara mal.

—Sí. —Mantuvo la cabeza alta.

—Quizá prefieras bailar con el chico repostero. O con el sargento. Estaba en tu mesa y he oído que se te dan bien los soldados.

—Has estado hablando con mi madre. Os vi a los dos en Karlsplatz.

Ya no le importaba que él supiera que había estado espiando.

—Tu madre quiere mi ayuda. Cree que puedo entregaros al seno de vuestra familia.

—Lo sé. —Para su sorpresa, y a pesar de todo lo que había dicho sobre la libertad, su anterior negativa a casarse con ella hizo que se le saltaran las lágrimas—. Meyer, ¿por qué me has pedido que bailásemos? No te faltan parejas entre las que elegir.

—¿Acaso los amigos no pueden bailar juntos?

Amigos .

—Debería irme.

Chana se apartó y chocó con la pareja que bailaba detrás de ella.

Al instante, echó de menos los brazos de Meyer.

Ella había sido la que había declarado su relación como platónica.

Ahora se le había vuelto en contra, ya que él se había mantenido firme en esa definición, mientras que sus sentimientos habían cambiado.

Se preguntó si haber descrito a Elias del mismo modo, como un amigo, había sido injusto para él. ¡Qué complicado era todo!

La canción terminó y Chana dio un paso atrás.

—Agradezco la ayuda que le has prestado a mi familia —dijo con tono tranquilo—. Pero, a menos que sepas algo de la Brihah, no creo que tengamos mucho más que decirnos. —Hizo una pausa—. Y, por favor, deja en paz a Aron.