22 Chana
CHANA
—¡ S orpresa! —gritó Shifra mientras entraba corriendo por el callejón del hotel.
Chana había salido de la cocina y se marchaba a casa después de un turno de cena agotador. Habían pasado varios días desde la salida a Karlsplatz y el intento de su madre de casarla con Meyer.
Shifra se atusó el pelo.
—¿Te gusta?
Tenía el cabello rojo, un tono antinatural entre la remolacha y la zanahoria. A Chana no le gustaba nada, pero los ojos de su amiga brillaban más que nunca. Esbozó una sonrisa forzada.
—Es precioso.
—¿Qué te pasa? —preguntó Shifra.
—Ha sido un día muy largo.
En realidad, habían sido varios días largos, durante los cuales Chana apenas había hablado con su madre. La cocina había estado más ajetreada que nunca y, cuando Ruth le preguntó por su silencio, había alegado cansancio.
Chana sabía que su madre la quería y que solo deseaba llevarlos a Estados Unidos, cosa que ella también quería.
Sus motivaciones eran buenas: la familia de su padre era sinónimo de seguridad.
Sin embargo, que le hubiera propuesto el compromiso a Meyer sin consultarla… Incluso días después, aún le dolía.
Shifra le dio un codazo.
—Despierta, amiga. Te voy a acompañar a casa para que te cambies. Esta noche vamos al Café Zweite.
Chana se ató el pañuelo en la cabeza.
—Shifra, mi único plan para esta noche es descansar.
Se atusó el pelo.
—Ahora me llamo Sophie.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta semana. Me pega. —Le tiró del brazo—. Ven esta noche, por favor.
Su madre salió y Chana vio a Elias merodeando cerca de la puerta. Habían hablado poco desde la mañana en que Trolfe había puesto por las nubes el talento del joven aprendiz. Ella lo había estado evitando, aunque echaba de menos pasar tiempo juntos. Lo echaba de menos a él.
—Aron estará listo en un minuto —dijo su madre mientras se abrochaba el abrigo—. Shifra, ¿en qué lío piensas meter a mi hija?
—Ahora me llamo Sophie, Frau Rosenzweig. Me hace parecer sofisticada.
—Te hace parecer una meshuga . ¿Y qué te has hecho en el pelo? Tenías un pelo castaño precioso.
—Una chica de la lavandería me lo tiñó. No estoy loca. El castaño no me iba a conseguir un marido. —Se echó el pelo hacia atrás—. Quiero que Chana venga conmigo al Café Zweite esta noche.
—No —dijo su madre, para alivio de Chana.
—Ya está, Shifra, está decidido.
—Es Sophie. —Su amiga la miró con desafío—. No es tan difícil de recordar.
—Lo siento. Es que…
—¿Qué?
—No lo entiendo.
Miró a Chana y le tembló el mentón.
—A Shifra le pasaron cosas terribles. Perdió a sus padres, a sus hermanas. —Se le quebró la voz—. Shifra no tiene nada. Es demasiado duro. Ahora soy Sophie. Quiero una nueva vida. Farshteyn?
Chana le apretó la mano y se arrepintió de haberla interrogado.
—Lo entiendo.
Sophie sorbió por la nariz. Después se puso seria para mirar a su madre.
—Frau Rosenzweig, los soldados estadounidenses irán al café esta noche. Muchos. Habrá una banda y baile. —Una vez más, el entusiasmo le envolvió la voz—. Gita también irá; ha quedado con su novio soldado.
Chana observó cómo su madre se lo pensaba y, antes de que le diera tiempo a objetar, dijo:
—De acuerdo, irá.
—Estoy cansada —protestó Chana—. Iba a practicar inglés con Aron.
—Puedes practicar con los soldados. Te vendrá bien.
—¿Lo ves? —dijo Sophie—. Incluso tu madre quiere que vengas. Será divertido.
Chana miró los rostros ansiosos de las dos y su irritación se aplacó.
—De acuerdo. Iré, pero solo para evitar que te metas en problemas.
La música la recibió cuando Chana entró en el Café Zweite.
Jóvenes de ambos géneros llenaban la sala y las conversaciones creaban un murmullo por debajo de los instrumentos mientras seguía a Sophie y a Gita.
Las tres muchachas se abrieron paso entre varios grupos y parejas hasta ocupar una mesa cerca de la pista de baile, donde los músicos tocaban en un escenario hecho de tablones de madera.
Levantó la vista hacia donde debería haber estado el techo, pero había sido bombardeado hasta quedar medio destruido y la luna bañaba la pista de baile con una luz fría.
Shifra… Sophie , se corrigió mentalmente, se alisó el pelo rojo. Las dos se habían arreglado juntas en la pensión de Nachmann; su amiga le había hecho ondas y le había puesto una crema con aroma a lavanda. Esta noche eres como una chica de Hollywood , le había dicho.
Cuando Chana vio su reflejo en el espejo roto del baño, efectivamente se sintió como si tuviera delante a una de esas estrellas de cine que salían en las revistas que los soldados se dejaban olvidadas en el comedor del hotel.
Su amiga también le había prestado un vestido de color azul marino con cuello redondo, sencillo en comparación con el que llevaba Sophie, que lucía un buen escote de un intenso tono morado.
Incluso después de presionarla, se negó a decirle cómo había conseguido aquella prenda o la suya.
Ninguno de los vestidos era nuevo, pero estaban en bastante buen estado.
Las parejas abarrotaban la pista de baile y había muchos soldados estadounidenses, tal como Sophie había dicho.
Chana reconoció a algunos del hotel. El que pedía que le sirvieran el té a temperatura ambiente y con todo el azúcar que la cocina pudiera proporcionarle.
El soldado corpulento que, después de una comida copiosa, devoraba las sobras de sus amigos.
El que se entretenía comiendo, masticando a paso de tortuga, y que siempre era el último en irse del comedor.
Chana echó un vistazo a la multitud y vio a Elias en una mesa al otro lado de la sala. Estaba con dos hombres que también trabajaban en el hotel, un manitas y el conserje. Bebían sin parar, y ella apartó la mirada.
—Vuelvo en un minuto —dijo Sophie.
Estaba claro que su amiga no era ajena a la vida nocturna del café, pues se abrió paso entre la gente con confianza, coqueteando descaradamente con cualquier hombre que la mirara. Incluso con Kirill Volkov. Le acarició la solapa al pasar y le dedicó una sonrisa descarada.
Chana hizo una mueca. ¿Por qué no se quedaba en la zona de Viena que controlaban los soviéticos?
Sophie se dirigió al fondo de la sala, donde Meyer estaba sentado a una mesa con el sargento McManus. Le tocó el hombro al traficante y él le susurró algo al oído. Su amiga soltó una carcajada y echó la cabeza hacia atrás. Chana apartó la mirada y se removió incómoda en la dura silla de madera.
Gita le pasó una petaca.
—Bebe.
Chana solo había probado unos sorbos de vino en las cenas del sabbat . Aun así, bebió y el líquido le quemó al bajarle por la garganta. Tosió. Gita se rio y le dio una palmadita en el brazo.
—Te acostumbrarás al sabor. —Con las mejillas tan sonrojadas como su nuevo pelo rojo, Sophie regresó a la mesa y le quitó la petaca—. El sargento estaba haciendo muchas preguntas sobre nuestra Chana. Mamá Rosenzweig estará encantada.
Chana tendría que comprometer su futuro para llegar a Estados Unidos, pero no sería del brazo del sargento McManus.
—No me interesa.
Sophie sacó unos cigarrillos y le dio uno, aunque ella no se lo había pedido.
—Ahí viene.
Chana levantó la vista para mirar al sargento.
—Sois las mujeres más guapas del local —dijo en alemán.
Las demás rieron y Chana miró el cigarrillo. Nunca había fumado. El hombre le ofreció un mechero.
— Danke —dijo y acercó el cigarrillo a la llama como había visto hacer a las mujeres en las películas.
—Ah, austriaca.
La miró con aire evaluador.
Chana dio una calada al cigarrillo y casi se atraganta. Meyer los observaba desde su mesa, con una expresión indescifrable.
—Me resultas familiar —dijo el sargento.
—Trabajo en la cocina del Empress —respondió Chana y dio otra calada. La segunda no le sentó tan mal.
McManus chasqueó los dedos.
—La rubia. Estás muy guapa. —Se humedeció los labios con la lengua.
Como un lobo.
—Ahora vuelvo —susurró a sus amigas y se excusó para alejarse de la mirada del sargento.
En la pista de baile, las mujeres se contoneaban y coqueteaban; Chana intentaba discernir alguna emoción genuina detrás de sus acciones. La alegría forzada del café le pesaba y se apoyó en la pared para sentir los ladrillos fríos a través del vestido.
Los músicos dejaron los instrumentos y se tomaron un descanso.
Al otro lado de la sala, una mujer de cabello castaño rojizo se deslizó en el asiento frente a Meyer, le tomó la mano y le dedicó una sonrisa radiante, con los labios pintados de un rojo intenso.
Tantas mujeres compitiendo por su atención.
Chana se preguntó cómo aquella podía permitirse tanto el pintalabios como el atrevimiento.
Meyer le dedicó una amplia sonrisa y estaba tan guapo, como una estrella de cine, que se le cortó la respiración.
—Me alegro de verte —dijo una voz a su derecha.
Chana se giró y vio a Elias.
—Oí a tu amiga invitarte —continuó el chico y apoyó un hombro en la pared. Por sus párpados caídos, se dio cuenta de que había bebido mucho—. Es la única razón por la que he venido. Apenas te he visto. ¿Has notado lo impresionado que está Trolfe? Me ha llamado «genio».
—Es difícil no darse cuenta.
Elias sonrió de oreja a oreja, ajeno a cómo la había herido el comentario.
Se enderezó por un segundo, antes de apoyarse de nuevo en la pared.
—Nuestro plan está funcionando.
—¿Ese era el plan? —preguntó, confundida.
—Pues claro. Te ofreciste a ayudarme.
Tenía razón. Chana le había hecho esa oferta la primera noche.
Estaban en el callejón y él la había acusado de espiarlo.
Se concentró en el trompetista, que había vuelto al escenario.
Acariciaba con los dedos las brillantes válvulas del instrumento para arrancarle una melodía.
Le picaban los ojos. Había aceptado el acuerdo para que Elias y ella pudieran aprender el uno del otro.
No había pensado en la posibilidad de obtener reconocimiento hasta que Trolfe empezó a colmarlo de elogios.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó el chico—. Chana, probar recetas contigo es lo mejor de mis días. Tienes un talento increíble.
El cumplido la conmovió.