El panadero de Viena 21 Chana
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21 Chana

CHANA

A la tarde siguiente, Chana entró en Karlsplatz con una cesta en el brazo y acompañada de su madre, dispuesta a reponer los ingredientes del chef. Heiss nunca enviaba a las mujeres a hacer recados solas, y ella agradecía que se preocupara por su seguridad.

Se alegró de escapar de la cocina y de los halagos constantes de Trolfe hacia Elias. Le dolía verlo, aunque sabía que no debía tomárselo como algo personal.

—¿Qué quieres que compre? —preguntó su madre.

El mercado estaba abarrotado. La lista de Heiss incluía quesos, ciruelas y albaricoques, además de varias especias.

Chana se tocó el bolsillo, donde había guardado el dinero de la cocina.

Aquel día solo tratarían con granjeros. Incluso cuando no tenía más remedio que comprar a los comerciantes del mercado negro, buscaba a los más pequeños y se había acostumbrado a algunos.

—Ve al vendedor de especias —indicó y le pasó con disimulo algo de dinero—. Nos vemos en esa esquina en unos treinta minutos.

No le preocupaba tanto su seguridad en el concurrido mercado.

Chana caminó entre los puestos y se detuvo ante las cestas de fruta de Goran, donde compró ciruelas y albaricoques.

Heiss le había dicho que si el vendedor tenía bayas, comprara algunas para que él las probara.

Las moras, aunque pequeñas, llenaban varios cuencos, así que compró un puñado.

El carro de quesos de Otto era la siguiente parada.

Probó trocitos de cuatro quesos duros, mientras el vendedor alababa las virtudes de cada uno.

Era un hombre corpulento, calvo por la coronilla y con una mata de pelo negro que le rodeaba la cabeza de una oreja a otra.

Afirmaba que era un milagro que hubiera conservado su vaca durante la guerra.

Ahora cobraba unos precios exorbitantes. Chana solo compró dos.

—A Herr Heiss le gustan las gangas —le recordó al hombre, sabiendo que la misma escena se repetiría en su próximo encuentro.

Con el queso en la cesta, estaba a punto de marcharse cuando, al otro lado de dos filas de puestos, vio a su madre hablando con Meyer, que llevaba el brazo en cabestrillo.

Chana se abrió paso entre la gente hasta que estuvo lo bastante cerca y se escondió detrás de una cortina que separaba dos carros con mercancías. Se acercó con sigilo hasta que reconoció la voz de su madre.

—Nadie los encuentra. Por favor, necesito que haga algo —suplicó su madre—. Dijo que tenía contactos.

—Quizá podría hacer más —respondió Meyer—. Aunque no hay garantía de que encuentren a esos familiares suyos.

—¿Me está llamando «mentirosa»? ¡Como si la familia de mi marido no existiera!

—siseó Ruth—. Si no fuera por una marca de nacimiento en el iris de Jacob, el médico de emigración habría aprobado nuestra salida mucho antes de la guerra.

Ese médico buscaba cualquier excusa para denegar los visados.

Ahora estaríamos en Estados Unidos y mi marido estaría vivo.

En su mente, Chana visualizó la marca blanca que atravesaba el iris marrón de su padre.

—No pretendía ofenderla —dijo Meyer—. Debe comprender que Estados Unidos y Nueva Jersey son lugares muy extensos. Encontrar a su familia será increíblemente difícil. Habrá que intercambiar bienes.

—No tenemos mucho; apenas ganamos lo suficiente para sobrevivir.

—No sé qué más puedo hacer por usted.

Sonaba arrepentido.

Chana notó que Meyer quería marcharse. La tensión se alivió en su pecho.

—Tengo algo más que quizá le interese —dijo su madre.

—¿Qué?

—Veo su interés por mi hija. Se siente atraído por ella como si fuera su beshert . Lo sé. Cualquier hombre sería afortunado si la tuviera como esposa.

A Chana se le aceleró la respiración; de no haber sido por el bullicio del mercado, estaba segura de que la habrían oído.

Su madre estaba desesperada por llevarlos a Estados Unidos y ella quería lo mismo.

Pero ¿cuánto debía sacrificar para poder llegar hasta la familia de su padre?

Algunos considerarían espantoso que una madre vendiera a su única hija como si fuera un cartón de cigarrillos.

Ojalá al menos lo hubiera hablado con ella, sobre todo después de lo que había pasado con Aron en el callejón.

—Yo no soy como los demás hombres. —La voz de Meyer se había vuelto un gruñido—. ¿Eso es lo que me ofrece? ¿A su hija?

—No se atreva a juzgarme. No soy diferente de las demás madres de esta ciudad.

Hago lo que debo por mí y por mis hijos.

Viena es peligrosa. La semana pasada atacaron a dos mujeres en la pensión de Nachmann.

Las mancillaron. Un soldado soviético dejó embarazada a otra.

Su familia la ha repudiado y el soldado ha regresado a su país.

—Chana no necesitaba ver a su madre para saber que estaba temblando de rabia—.

Somos dos mujeres y un adolescente completamente solos. Necesitamos ayuda.

—Otras madres me han ofrecido a sus hijas. No ha funcionado.

Como ella misma había presenciado, Meyer tenía muchas mujeres disponibles entre las que elegir.

—Mi Chana es especial —dijo su madre—. Los hombres no le quitan los ojos de encima. A los nazis también les gustaba mirarla. Si no fuera por su cabello y sus ojos dorados, yo estaría muerta.

—¿De qué está hablando?

Chana se tensó. No, mamá, no lo hagas . No quería la compasión de Meyer Suconick.

Su madre carraspeó.

—Cuando estábamos en Stutthof, nadie sabía que éramos madre e hija. Chana había colaborado con la resistencia en Vilna y le habían dicho que, si alguna vez nos capturaban y nos enviaban a un campo, entrásemos con apellidos diferentes.

—Un consejo muy sensato —dijo Meyer—. Otros de los que estuvieron en el bosque daban instrucciones similares. Los pocos que escaparon de los campos contaban que los soldados alemanes separaban a las familias o, peor aún, mataban a uno delante del otro.

—También había celos entre los prisioneros.

Algunos resentirían a una madre y una hija que hubieran sobrevivido juntas.

Demasiada pérdida. Por casualidad, los nazis nos pusieron a Chana y a mí en el mismo grupo de trabajo para cavar las trincheras de sus soldados.

Estábamos cerca del frente y oíamos las bombas y los disparos no muy lejos.

Había días en los que deseábamos que una bomba nos cayera encima y nos matara.

Sería una forma mejor de morir que una paliza o la cámara de gas.

A Chana le temblaban las piernas; aún sentía el horror semanal de esperar en fila mientras los nazis seleccionaban a los prisioneros y los enviaban al trabajo o a la muerte, dependiendo de lo fuertes o débiles que parecieran.

Se daba palmadas en las mejillas para intentar lucir sana, mientras la invadía el terror de que algún día a su madre o a ella las enviaran a la fila de ejecución.

A lo largo de los meses, las crecientes pilas de zapatos y gafas desechados junto a las puertas del crematorio daban cuenta de las vidas perdidas.

De vuelta en Karlsplatz, su madre continuó hablando:

—Día tras día, cavábamos trincheras. Un soldado consideró que yo no cavaba lo bastante rápido.

Macht schnell , me gritaba. —Tosió—. Macht schnell .

Oiré esas palabras en sueños hasta el día en que me muera.

Me golpeó con el rifle. Por eso tengo esta cicatriz en la ceja.

Tengo suerte de no haber perdido la vista.

—Lo siento.

— Ech . —A su madre no le servía de nada la compasión de nadie—. Me habría matado. Pero su superior, un capitán, se había encaprichado de Chana. Adela, la llamaba.

Chana recordaba perfectamente al capitán, con la tez pálida, la nariz fina y el cabello del mismo color que la paja que cubría el suelo del barracón. Adela era el nombre de su hija, que había muerto a los doce años de neumonía. Era rubia y tenía los ojos de color ámbar.

—Mi hija aceptaba sus cumplidos. No es tonta —dijo su madre con decisión—.

Durante meses, el capitán le pasó a escondidas su almuerzo.

Era un regalo para todo el barracón, aunque él no lo supiera.

—Rio entre dientes—. Los nazis les daban más de comer a los perros que a nosotros.

Chana compartía la comida extra conmigo y con algunas de las otras mujeres del campo.

El capitán siempre se aseguraba de que ninguno de los soldados estuviera mirando antes de pasarle la comida.

A menudo le acariciaba el pelo corto con la mano.

A ella no le importaba; cerraba los ojos e imaginaba que era su padre.

Chana nunca se hizo ilusiones con el capitán nazi.

Estaba lejos de ser inocente. En su grupo de trabajo, si un prisionero estaba demasiado débil para cavar, ordenaba que lo fusilaran o lo enviaba sin dudarlo ni mostrar emoción alguna a la cámara de gas o al hospital. Nunca regresaban.

Su madre siguió:

—Aquel día, cuando el guardia me golpeó, mi hija rompió a llorar. El capitán le preguntó: ¿Quién es esta mujer para ti? ¿Por qué lloras?

Chana no quería escuchar a su madre contar el resto de la historia. Aún era capaz de verlo y sentirlo, la opresión en el pecho mientras Ruth gritaba y la sangre salpicaba el suelo. Es mi madre , le había dicho al capitán.

La ira había contorsionado el rostro del hombre y Chana se había preparado para recibir una paliza como la que estaba sufriendo Ruth.

El capitán sacó una pistola. Se le aceleró el corazón.

Le dispararía por mentir. Moriría haciendo lo que su padre le había pedido que hiciera, cuidar de su madre.

En cambio, el capitán apartó al soldado.

Le puso la pistola en la frente y le dijo: Si vuelves a ponerle la mano encima a esa mujer, te mataré .

El petardeo de un camión devolvió a Chana a Karlsplatz y a la conversación de su madre, que estaba diciendo:

—Sobreviví gracias a mi hija. Volví al trabajo porque el capitán me dijo que más me valía cumplir con la cuota. Mi niña cavó lo suficiente por las dos ese día. Así es mi Chana. Es una joya única.

Su madre terminó la historia ahí. Omitió la parte en la que el soldado nazi que había recibido la reprimenda la había sacado del barracón unas noches más tarde y la había arrojado al suelo frío detrás del edificio.

La había obligado a levantarse, le había echado el aliento a cerveza en la cara y la había empujado contra la pared, donde la madera áspera le había arañado la espalda a través del fino pijama a rayas que llevaba puesto.

—Frau Rosenzweig —dijo Meyer—. Lamento mucho lo que usted y su familia han pasado. —Sonaba sincero—. Chana es muy especial. Es hermosa. Despampanante. —Su tono se había vuelto más grave, como si su belleza lo incomodara.

—Cualquier hombre sería afortunado si la tuviera como esposa —insistió su madre.

—¿Y ese hombre afortunado los acompañaría a Estados Unidos? —preguntó Meyer.

—Por supuesto, sería de la familia.

—Tenía una hermana mayor —dijo el traficante muy despacio—.

Era muy guapa, como Chana. Lo que más deseaba en el mundo era ser maestra, pero nuestro padre no lo aprobaba.

Para él, su único deber era ser una buena esposa.

Un amigo de mi padre quería que mi hermana se casara con su hijo y le preguntó por sus habilidades en la cocina.

Quería saber si Dora estaría dispuesta a tener al menos seis hijos, porque quería una familia numerosa para ellos.

—No veo nada malo en eso.

—No, supongo que no. Mi hermana lloró cuando nuestro padre le dijo que tendría que casarse con aquel chico.

Tiene razón; esta ciudad se vuelve más peligrosa cada día.

He pagado multas elevadas, me han arrestado dos veces y a otros incluso más.

Se acerca el momento de marcharme. Pero…

—Su tono se volvió sombrío—. He perdido a toda mi familia y no insultaré la memoria de mi hermana.

Si aceptara, no sería mejor que mi padre, que en paz descanse.

Nunca me casaría con su hija como soborno.

Dos camiones cargados de soldados estadounidenses pasaron por delante del mercado montando un gran estruendo y Meyer se alejó de la madre de Chana.

—Cambiará de opinión —gritó ella.

Chana se alejó a trompicones, sin que ninguno de los dos la viera.

Debería sentirse aliviada. Sin embargo, se le llenaron los ojos de lágrimas y el mercado se volvió borroso.

Respiró hondo varias veces para recuperar la compostura.

Era hora de volver al hotel; Heiss la estaría esperando.

Se secó los ojos y se dio la vuelta, pero chocó de frente con el pecho de un hombre.

Cuando levantó la vista, su cabeza le tapaba el sol.

—Bonitos, ¿verdad? —preguntó en un alemán fluido y señaló una caja de pañuelos que había cerca.

Kirill Volkov.

Chana apretó con fuerza su cesta.

—Déjame pasar, me esperan en el trabajo.

El traficante no se movió.

—Deberías probarte uno. Si no tienes dinero, mi amigo y yo ya pensaremos en algo.

Miró al hombre de cara redonda que estaba junto a la caja, que sonreía tanto que sus ojos desaparecieron en sus mejillas regordetas.

—No quiero un pañuelo.

Intentó moverse hacia la derecha, pero Kirill le bloqueó el paso.

Le acercó una prenda azul a la cara.

—Este color es bonito. Pagar por algo tan bonito te sería fácil.

Quería empujarlo, pero era mucho más grande que ella. Vio a Meyer a varios metros de distancia y él abrió mucho los ojos al reconocerla. Cuando echó a andar en su dirección, Chana negó con la cabeza y le dijo a Kirill:

—Tengo que volver al hotel. Herr Heiss me está esperando.

Lo apartó para pasar y, aunque sentía su mirada en la espalda, no se atrevió a darse la vuelta. Cuando llegó al otro extremo del mercado, estaba temblando.

—¿Qué quería Kirill de ti?

Chana se volvió para mirar a Meyer.

—Nada. —Cuadró los hombros y agradeció que la voz no le temblara y delatara los sentimientos encontrados que le había provocado lo que había oído.

Meyer se le acercó.

—¿Seguro que estás bien?

—Por supuesto. —Había tenido intención de darle las gracias a Meyer por el bordado de su madre la próxima vez que se vieran. También había querido decirle que Aron ya no le haría más recados. Pero estaba demasiado agotada y confundida—. Debería buscar a mi madre y volver al hotel.

Meyer no la detuvo cuando se marchó.

Fue directamente al puesto del hombre que vendía cuchillos y compró uno pequeño con su asignación. Con la compra en el bolsillo, no soltó la empuñadura en ningún momento mientras buscaba a su madre.