20 Chana
CHANA
A la mañana siguiente, Chana estaba impaciente por llegar a la cocina, deseosa de ver la reacción de Trolfe ante la tarta Sacher.
Cuando llegó a su puesto, encontró una nota de Heiss en la que le indicaba que se encargara de dirigir al personal en las tareas matutinas, ¡tanto a las mujeres como a los pinches!
Una responsabilidad que hasta entonces el propio chef había asumido.
Heiss le enumeró las comidas del día y añadió que, si lo hacía bien, la tarea continuaría y recibiría un pago extra por el trabajo adicional.
Su madre leyó la nota por encima del hombro.
—El dinero extra nos vendrá bien. Lo has hecho genial. Estoy orgullosa de ti.
Le dio un beso en la mejilla.
Chana respiró hondo con satisfacción.
—Gracias, mamá.
—Al menos no pasaremos hambre mientras esperamos a irnos a Estados Unidos. Voy a preparar las patatas.
Dejó que su madre se encargara de la tarea y le recordó:
—Córtalas en dados. Así les será más fácil a los cocineros.
Su madre agarró un cuchillo.
—Sé lo que hay que hacer. Antes me encargaba de nuestra casa y era bastante capaz.
Las palabras calaron hondo en ella. La guerra los había degradado a todos y, aunque la liberación había sido dulce, no había devuelto a Ruth Rosenzweig al lugar que una vez había ocupado en su comunidad de Vilna.
La madre de Chana era una mujer respetada, a veces incluso temida, entre las otras esposas judías.
A menudo acudían a ella en busca de consejo y, debido a su lengua afilada, nadie se atrevía a contrariarla.
—Lo recuerdo, mamá —dijo Chana y la abrazó un segundo.
Su madre sonrió mientras cortaba una patata.
Ella también sonrió y, a medida que iban llegando los demás, les asignó sus tareas. Nadie la cuestionó, aunque dos de los pinches la miraron con recelo, como si temieran que les quitara el trabajo. No . Echó un vistazo a la zona de repostería de la cocina. Sus trabajos no eran lo que quería.
Recordó a todas las mujeres que racionaran los ingredientes y le pidió a Gita que comprobara los suministros y las especias de la cocina y la despensa.
Trolfe y Elias salieron de la despensa de repostería. El chef repostero estaba exultante.
Gita regresó del armario de las especias.
—Queda poco romero.
Chana supuso que Heiss la enviaría a Karlsplatz al día siguiente para comprar más.
—¿Algo más?
—Varios quesos. —Entonces Gita miró hacia la parte de repostería de la cocina—. ¿Has visto a esos dos? Trolfe hoy está muy contento con su aprendiz.
—Ah, ¿sí?
Chana se mordió el interior de las mejillas para contener una sonrisa y absorbió el cumplido como si fuera propio.
Mientras cortaba el tocino en lonchas muy finas para los desayunos, Trolfe gritó:
—¡Elias, muchacho, eres un genio!
El chef repostero llenó una bandeja con porciones de tarta Sacher.
Cuando Heiss llegó, observó el orden y la calma que reinaban en la cocina y le hizo un gesto con la cabeza a Chana en señal de aprobación.
—¿Qué pasa? —preguntó a Trolfe.
—Mi aprendiz. ¡Tienes que probar esta tarta!
Bajo la lluvia de elogios de su mentor, Elias brillaba más que las luces de la cocina.
—¿De verdad? —Heiss aceptó un trozo que le ofreció el pastelero—. ¿Qué tiene de especial?
—Ha usado ocho huevos y la textura es extraordinaria. ¡Mi alumno llegará lejos y todos dirán que aprendió del chef Trolfe en el Hotel Empress! Y que sepas que los huevos se los compró a Kirill Volkov, no a Suconick, que te vende productos de mala calidad. Tenemos que cambiar de proveedor.
Heiss probó unos bocados de tarta.
—Está buena, pero no voy a cambiar de proveedor.
Chana suspiró aliviada, muy consciente de que estaría en peligro si Kirill empezara a pasearse por la cocina.
Trolfe le entregó la tarta a un camarero.
Al principio, Chana se sintió muy orgullosa de que el postre que había preparado con Elias fuera a servirse en el comedor del Empress.
Sin embargo, los sentimientos no tardaron en desvanecerse.
Trolfe se había jactado de una tarta creada a partir de muchas de sus ideas.
Y Elias había aceptado los elogios de buena gana, sin un guiño de reconocimiento hacia ella o un gesto cómplice.
¡No seas tonta! Elias no podía arriesgarse a poner en evidencia su contribución.
Trolfe lo despediría. Heiss probablemente la despediría a ella.
Aun así, le dolió sentirse ignorada. Terminó de cortar el tocino y pasó a picar una montaña de cebollas.
Las lágrimas le regaron el rostro. Por la cebolla, solo es por la cebolla .
Horas más tarde, Chana estaba fregando una olla cuando se oyeron gritos en el callejón. Cerró el grifo.
—¡Eres un ladrón! Le estás robando a la persona equivocada —gritó un hombre en un alemán torpe. Le pareció que era el sargento McManus.
— Nein, aber ich bin es nicht!
Aron. Su voz sonaba angustiada.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué le gritaba el sargento a su hermano?
Chana dejó caer la olla con un estruendo y corrió hacia la puerta.
Pero Elias le cortó el paso y la adelantó al salir al callejón.
El sargento tenía a Aron acorralado contra la pared, con un brazo en su garganta y un tubo de metal en la mano.
—Mentiroso —dijo—. Te he descubierto llevándote las cajas.
—¡No! —gritó Chana.
McManus la miró con los ojos entrecerrados, pero no soltó a Aron.
Elias intervino:
—Hace recados para Meyer Suconick. Las cajas las dejó para él, ¿no es cierto?
McManus miró a Elias de arriba abajo.
—¿Y a ti qué te importa?
—Vamos justos de personal en la cocina y en el hotel. —Elias levantó las manos—. Necesitamos a todos los trabajadores que tenemos.
—¿Por qué no has dicho nada?
Chana dio un paso adelante.
—No habla muy bien alemán. Tampoco inglés.
El sargento soltó el tubo y le preguntó a Aron:
—¿Trabajas con Meyer?
Aron asintió enérgicamente con la cabeza.
El sargento lo soltó y el chico se tambaleó hasta Chana, que lo abrazó, pero al cabo de un segundo Aron se apartó y se enderezó.
—Intenté decírselo —dijo, frustrado.
McManus los fulminó con la mirada antes de volverse para darle una palmada en el hombro a Elias.
—¿Qué hay de postre hoy, chico?
—Venga, se lo mostraré. —Avanzó un paso por detrás del sargento y le hizo un gesto tranquilizador a Chana con la cabeza.
Ella le dio las gracias en silencio.
Cuando se hubieron marchado, agarró a Aron por los brazos.
—¡No trabajes para Meyer Suconick!
Aron se soltó.
—¿Qué tiene de malo mover unas cuantas cajas? Estoy ganando el dinero extra que necesitamos.
—¿Por qué quiere Meyer que las muevan?
El chico frunció los labios, probablemente intuyendo que a su hermana no le gustaría la respuesta.
—Le preocupa que alguno de los otros comerciantes las robe.
¿Se refería a Kirill Volkov? El encontronazo de Aron con el sargento ya había sido bastante malo, pero si el asunto podía implicar que el traficante soviético apareciera por el callejón… Se estremeció solo de pensar en lo que le podría haber pasado a su hermano.
—¿A dónde llevabas las cajas? —preguntó.
—A un camión aparcado delante del hotel.
Chana miró hacia la calle.
—Te ayudaré, pero no vuelvas a aceptar algo así nunca más. El mundo de Meyer es peligroso. —Le levantó la barbilla—. ¿Entendido?
—Lo entiendo. —Aron puso los ojos en blanco, pero no discutió. Levantó una caja—. Ah, casi se me olvida. —Sacó un paquete pequeño—. Meyer te dejó esto.
Chana desenvolvió el paquete y se quedó sin aliento. Era el cañamazo para bordar que había pensado comprarle al comerciante de Karlsplatz. Acarició la rígida tela con el dedo, que representaba varias flores con los colores de los hilos que ya había comprado.
—Era lo que querías para mamá, ¿no? —dijo Aron.
—Sí. —Se lo había mencionado a Meyer en el Café Victoria, pero jamás imaginó que buscaría al vendedor por ella. A menos que…—. ¿Cuánto quiere por ello?
El paquete le pareció más pesado en la mano.
—Nada, me dijo que te lo diera sin más.
Era un gesto amable y sabía que Meyer sabía ser gentil. Sin embargo, no supo qué pensar del regalo ni qué significaba para ellos dos.
Enrolló la tela de treinta centímetros, la volvió a envolver y se guardó el paquete en el bolsillo del delantal.
—Vamos, movamos las cajas. Los dos tenemos que regresar al trabajo.
Esa noche, Chana envolvió el hilo y el cañamazo juntos en el papel del paquete que Meyer había utilizado.
Su madre trabajaba hasta más tarde que ellos y un camarero del comedor que también vivía en la pensión había prometido acompañarla a casa.
Una vez envuelto, Chana y Aron dejaron el regalo en la cama, apagaron las luces y se metieron en sus colchones, ansiosos por darle una sorpresa.
—Meyer me pregunta por ti —dijo Aron mientras yacían en la oscuridad, uno al lado del otro.
Se volvió a mirarlo.
—¿Qué te pregunta?
Aron se apoyó en un codo.
—Sobre las cosas que te gustan. Quiénes son tus amigos.
—¿Qué le dices?
—La verdad. Te encanta la repostería. Te encantaba bailar. Las películas estadounidenses y las orquestas de jazz te ponen de buen humor. Y Shifra y Gita son tus amigas. Pero, por supuesto, yo soy tu mejor amigo.
—Lo eres. —Una extraña energía le recorrió el cuerpo al saber que Meyer había preguntado por ella. Pensativa, le echó un vistazo al paquete que había sobre la cama de su madre. Era un detalle muy considerado. Aunque había puesto a Aron en peligro con el sargento, le costó seguir enfadada con Meyer.
Las llaves tintinearon en el pasillo y Chana y Aron se tumbaron, fingiendo dormir.
Su madre entró en silencio y se metió al baño. Cuando regresó, se puso el camisón.
El papel del paquete crujió.
—¿Qué es esto? —preguntó Ruth.
Chana no soportó más el suspense y se levantó de un salto. Encendió la lámpara. Su madre tenía el paquete en las manos. Aron se incorporó y se echó a reír.
—Es para ti, mamá.
—Chana te lo ha comprado —dijo Aron.
Se sentaron todos en la pequeña cama y el colchón se hundió bajo el peso de los tres. Las manos de su madre temblaban mientras retiraba con cuidado el papel y desplegaba la tela. Miró a Chana.
—¿Lo has hecho por mí?
—Sí. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Sé lo mucho que te gustaba bordar. Cuando lo termines, lo colgaremos aquí. —Miró alrededor, a su lúgubre habitación—. Y cuando nos vayamos, nos lo llevaremos con nosotros a Estados Unidos.
Las lágrimas salpicaban las mejillas de la mujer. Abrazó a Chana y a Aron.
—Es el mejor regalo que he recibido nunca.
Cuando Chana estaba en el campo de concentración, soñaba despierta con momentos como el que estaba viviendo entonces.
Ver la alegría en el rostro de su madre.
Saber que su hermano estaba a salvo y bien alimentado.
A veces, soñar con tiempos mejores no bastaba y tenía que ordenarse a sí misma: Hoy no morirás .
Había días en los que su obstinación era lo único que le impedía arrojarse contra la valla electrificada.
Las lágrimas de Chana empaparon el camisón de su madre.
—Mis hijos.
Besó a Chana y luego a Aron.
Esa noche, antes de que el sueño la venciera, Chana se juró que haría lo que hiciera falta para sacar a su familia de Europa.