El panadero de Viena 19 Chana
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19 Chana

CHANA

T al y como habían acordado, a la mañana siguiente Chana y Elias se vieron con un traficante del mercado negro en un callejón cerca de Karlsplatz.

Estaban solos y prácticamente fuera de la vista desde la plaza.

El sitio perfecto para que les robasen. Chana respiraba con calma para ocultar el miedo, pero Elias se mostraba imperturbable mientras inspeccionaba las bolsas de harina y azúcar que le había entregado el traficante.

—Haces bien en comprobarlo —dijo el hombre. Se llamaba Hershel y era la primera vez que el chico le compraba—. Las bolsas podrían estar llenas de arena.

El hombre se rio. Tenía el pelo oscuro y unas profundas arrugas alrededor de los ojos, aunque en general su actitud era alegre.

Sin embargo, a Chana no le hizo gracia. A la gente la estafaban constantemente, al comprar latas de carne medio vacías o cartones de cigarrillos que contenían palillos.

—Mi jefe es amigo de tu chef. Te haré un buen precio. Medio kilo de harina y medio kilo de azúcar por un chelín.

Elias tosió.

—Es demasiado. Normalmente pago la mitad, cincuenta groschen .

Chana había accedido a aportar veinte groschen . No tenía más. Hershel levantó las manos.

—Entonces cómprale a tu otro contacto.

—Ahora no vende —dijo Elias.

El traficante levantó las cejas y miró a Chana.

La joven se tensó, esperando que sugiriera un pago alternativo desagradable. Miró hacia Karlsplatz, lamentando haber aceptado reunirse en esa calle vacía.

—Pagaremos cincuenta groschen o nada —dijo con firmeza. Hershel no respondió de inmediato y miró detrás de ella.

—Preguntemos a mi jefe.

Hizo un gesto con la mano mientras unos pasos se acercaban detrás de Chana.

Ella se dio la vuelta y Meyer se les unió.

—Estos dos ofrecen cincuenta groschen . —Hershel señaló con la mano a Elias y a Chana.

Meyer alternó la mirada entre los tres y apretó la mandíbula como si masticara algo desagradable.

—¿Trabajas para él? —preguntó Elias a Hershel.

—Sí —respondió Meyer—. ¿Estás comprando para Heiss o para Trolfe?

Elias soltó una risa seca.

—Compramos para nosotros mismos.

—¿Para qué? —preguntó Meyer con voz cortante.

—Para practicar repostería —respondió Chana.

Meyer se quedó en silencio unos segundos antes de hablar.

—Como tu padre. —Parecía de mal humor—. ¿Lo sabe Frau Rosenzweig?

—Por supuesto —respondió Chana, forzando un tono alegre. Los ojos de Meyer se oscurecieron, como si viera la mentira. No aprobaba que estuviera con Elias. Como si lo que ella hiciera en su tiempo libre fuera asunto suyo. Se cruzó los brazos sobre el pecho, sintiéndose expuesta.

Meyer se volvió hacia Elias.

—Cómo se te ocurre traerla aquí. —Su voz se llenó de ira—. Hay traficantes que esperarían que una mujer pagara la diferencia con su cuerpo. Y no siempre aceptan un «no» por respuesta.

—Yo la protegería. —El chico cuadró los hombros.

—¿Tú? —Se acercó más. El aire crepitaba de tensión—. Lo dudo mucho.

—Ponme a prueba. —Elias levantó la barbilla.

Ambos hombres apretaron los puños a los costados.

Chana no tenía intención de dejar que se pelearan, sobre todo por ella. Le puso una mano en el brazo a Elias.

—Solo hemos venido a comprar ingredientes.

La mirada pensativa de Meyer navegó hasta su mano.

—¿Qué quieres que haga, jefe? —preguntó Hershel.

—Baja el precio. Cincuenta groschen .

Chana estaba a punto de darle las gracias, cuando Elias dijo:

—En realidad, no lo necesitamos.

Ella lo miró anonadada.

—¿Elias? ¿Qué…?

—Deberíamos irnos. —La miró con expresión suplicante—. Tenemos que ir a trabajar.

Chana apretó los labios y sintió la mirada escrutadora de Meyer. No era propio de ella quedarse callada, sobre todo porque creía que Elias estaba actuando por orgullo. Sin embargo, tampoco iba a permitir que el traficante provocara una discusión con su amigo.

—No compraremos nada —dijo para Hershel antes de darse la vuelta y marcharse.

Cuando estuvieron fuera del alcance del oído y se mezclaron entre los viandantes de Karlsplatz, dijo:

—Necesitábamos esos ingredientes y el precio era justo.

—¿Quieres estar en deuda con Meyer Suconick? Yo no.

—No creo que lo estuviéramos.

—Tengo otro contacto.

—Eh… —Chana balbuceó. Entonces vio al hombre que vendía el cañamazo para bordar que quería para su madre—. De acuerdo —claudicó—. Tengo que hablar con él.

—Voy contigo.

Cuando llegaron junto al hombre con el carrito repleto, Chana le dio un golpecito en el brazo.

—Disculpe, hace unas semanas tenía un cañamazo para bordar flores. Quisiera comprarlo.

El vendedor se rascó el cuello.

—Te recuerdo. Deberías haberlo comprado entonces. Ya no lo tengo. —Empezó a alejarse con su carrito.

—¡No! —protestó Chana. Lo siguió y se tropezó con una grieta en la acera—. Seguro que tiene otro… —El hombre siguió caminando—. ¡Por favor, espere! —Se detuvo—. ¿Tiene otro? Es para mi madre.

—Déjame ver. —Rebuscó en el carrito y sacó ollas, tazas, trozos de madera, una cámara y, por último, un jarrón astillado—. Dale esto. Son treinta groschen . Más barato que el cañamazo.

—No. —Chana negó con la cabeza—. ¿Puede conseguir otro?

—No.

Una pareja se acercó al hombre y él se alejó.

Elias y Chana volvieron caminando hacia el hotel. Ojalá hubiera tenido el dinero para comprar el cañamazo antes.

—Lo siento —dijo Elias.

—Gracias.

Chana miró al suelo.

—Mañana tendré los ingredientes. —Elias le tomó la mano—. Sé que estás decepcionada y no puedo conseguirte un cañamazo para bordar, pero me aseguraré de que cocinemos. Espero que eso te sirva.

—Sí —dijo, reconfortada por su roce y por la promesa.

Ninguno de los dos se soltó y caminaron hacia el hotel de la mano.

Chana observó de reojo su rostro alegre y sintió que el cariño le calentaba el pecho.

A pocos pasos del hotel, se separó a regañadientes, temiendo que alguien los viera y se lo contara a su madre.

El chico asintió con la cabeza, como si lo entendiera.

Eran muy parecidos. La idea la hizo sonreír.

A la noche siguiente, Chana salió para ir al hotel.

A pesar de los peligros siempre presentes en la ciudad, disfrutaba de sus paseos nocturnos para encontrarse con Elias.

Volvía a ir disfrazada con ropa de hombre, con la trenza escondida bajo el sombrero.

Disfrutaba de la soledad y de la libertad de elegir el camino.

Ningún soldado armado dictaba su vida ni su madre vigilaba cada uno de sus movimientos.

A punto de girar hacia el callejón del hotel, oyó una voz familiar hablando en ruso y se detuvo. Cuando se asomó por la esquina, vio a Elias en la puerta de la cocina hablando con Kirill Volkov.

Volkov le entregó un saco y Elias le puso unas cuantas monedas en la mano.

Le dio un vuelco el corazón. Elias había decidido hacer negocios con Kirill Volkov.

Aunque el chico no sabía nada de sus encontronazos con el traficante, lo sintió como una traición.

Se encogió y se escondió detrás de una pila de ladrillos.

Los pasos se alejaron y el soviético salió a la calle, con un abrigo oscuro ondeando tras él como las alas de un murciélago.

Cuando Chana entró en la cocina, Elias tenía el saco sobre la encimera.

—Bien, ya estás aquí —dijo y sonrió.

Se le acercó, furiosa.

—¿Cómo has podido hacer negocios con ese animal? —El chico dio un paso atrás y se puso rígido, pero no dijo nada—. ¡Kirill Volkov es el peor de los traficantes del mercado negro!

—Pero… cobra menos que nadie. —Elias parpadeó varias veces—. Necesitamos que el dinero nos rinda lo máximo posible.

—Es brutal y cruel. Nunca habría aceptado comprarle.

Le contó cómo el hermano de Kirill la había atacado y la oferta que el traficante le había hecho a Shifra.

Elias se cruzó de brazos.

—No tengo otra opción. Trolfe me prohíbe tratar con hombres como Meyer Suconick.

—Hombres como… —Chana había creído que había rechazado a Meyer y a Hershel por celos. De pronto comprendió la gran diferencia entre Meyer y Kirill. Meyer era judío—. ¿Por qué?

El cuello del chico se puso rojo.

—¡Dilo! —Pensaba obligarlo a decírselo a la cara.

Elias apartó la mirada.

—Si Trolfe descubriera que mis ingredientes provienen de un judío, ni siquiera consideraría servir lo que preparo.

—Mírame. —Lo hizo—. Me dejas cocinar contigo. ¡Actúas como si fuéramos amigos! —El disgusto la sacudió por dentro—. Sin embargo, tomas mis ideas y las haces pasar por tuyas. ¡Las ideas de una judía! —Se golpeó el pecho. El chico no respondió—. Me voy.

—¡No! —La agarró del brazo—. Por favor, déjame que te lo explique.

Chana se soltó.

—No hay nada que explicar. Eres tan horrible como los demás.

—No lo soy. Verás… —Se le quebró la voz—. Soy judío.

Se quedó mirándolo, tratando de asimilar lo que acababa de decir.

—No lo entiendo.

—Soy como tú —susurró Elias—. Soy judío.

—A toda prisa, se lo contó todo—: Johan y Ursula eran amigos íntimos de mis padres.

Mi padre tenía una tienda de violines y, cuando los nazis llegaron al poder, no quiso dejar su negocio.

Los Bohm, mamá Ursula y papá Johan… no eran judíos, pero vieron lo que se avecinaba y se mudaron a una granja en Dürnstein para esperar a que pasara la guerra.

—Elias se humedeció los labios y miró alrededor, como si temiera que los cuencos y las ollas tuvieran oídos—.

Le rogaron a mi familia que nos fuéramos con ellos.

Mi padre se negó, pero mi madre insistió en que yo me marchara.

El día que llegamos a la granja, mamá Ursula me dijo que tenía que cambiarme el nombre por el de Elias y adoptar su apellido.

Tenía que fingir que era cristiano. Hubo semanas en las que tuve que esconderme en un búnker detrás del granero por miedo a que alguien descubriera la verdad sobre mí.

La confesión le cayó como un jarro de agua fría.

En ningún momento había tenido ni la más mínima sospecha de que Elias fuera judío.

No era de extrañar que apenas hablara de su pasado y se dedicara a consumir el de ella.

Chana había dado por sentado que el chico había pasado la guerra tranquilamente en la campiña austriaca.

Se sintió aliviada y un poco desconcertada a la vez.

Un amigo de la resistencia de Vilna le había sugerido en una ocasión que se mudara con una familia de gentiles comprensivos.

Se negó. Para ella, lo más importante había sido quedarse con su familia.

Tampoco quería ser otra persona. En aquella época, Elias era solo un niño.

No iba a juzgarlo a él ni a sus padres por la decisión que lo había salvado.

—¿Cuál era tu nombre y cómo se llamaban tus padres? —preguntó.

—Chaim Lieb. Ellos eran Dov y Rivka Lieb.

Le contó que antes de la guerra los Lieb y los Bohm habían vivido en el mismo edificio del noveno distrito, en Alsergrund.

—Johan era profesor de música en la universidad.

Mi padre era violinista y regentaba la tienda de instrumentos de cuerda familiar.

Los dos eran amigos desde niños. —Elias tragó saliva y su nuez se desplazó arriba y abajo—.

Mi padre decía que era judío, pero también austriaco.

No era religioso. Le dijo a mi madre que los nazis no lo molestarían.

Chana descubrió que, antes de que Elias se marchara con los Bohm, su madre le prometió que los problemas no durarían para siempre y que pronto volverían a estar juntos.

—¿Qué… qué les pasó a tus padres?

—En 1938, mi padre se vio forzado a vender la tienda. —Se frotó el dorso de una mano—. Como a muchos otros, los nazis lo obligaron a fregar la acera delante del local con un cepillo de dientes, mientras otros comerciantes se burlaban y lo escupían.

Le contó que, después, Dov Lieb se marchó a casa y se ahorcó. A Rivka la mataron en un campo de concentración.

Chana se tapó la boca con la mano.

—Estás llorando —dijo Elias.

Se tocó la mejilla. Era cierto. En cambio él, sorprendentemente, tenía los ojos secos. Se limpió la cara con un trapo.

—Siento mucho lo de tus padres.

—Gracias. —Apartó la mirada.

Le costó encontrar las palabras para expresar lo que quería decir. Con delicadeza, le tomó la mano y atrajo también su mirada.

—La guerra ha terminado. Sé que eso no te devolverá a tus padres. —Hizo una pausa al percibir que el chico contenía la respiración—. Pero ¿no lo ves? Podrías recuperar tu antiguo nombre.

—No. No puedo. —Se soltó—. Trolfe es hermano de una amiga de mamá Ursula. Así entré a trabajar aquí. Ser aprendiz del chef Trolfe es un buen trabajo para Elias Bohm. —Miró al suelo—. Sería imposible para Chaim Lieb.

Era cierto, por supuesto; si Trolfe supiera que Elias era judío, lo despediría al instante.

—No lo apruebas —dijo el chico, interpretando su silencio.

—No es eso. Entiendo lo que me dices. Es que no creo que yo pudiera hacerlo.

Abrió los ojos alarmado.

—Por favor, Chana… —Le apretó las manos—. Si te importo lo más mínimo, te ruego que me guardes el secreto.

Percibió la preocupación en su rostro.

—Te aprecio mucho. No se lo contaré a nadie.

Elias tomó una bocanada de aire que le sacudió todo el cuerpo y se inclinó como si fuera a besarla. A Chana se le aceleró el corazón. En cambio, le preguntó:

—¿Te quedas a cocinar conmigo esta noche? Por favor.

Chana hizo lo posible por encontrar su voz.

—Sí —dijo por fin.

—Gracias.

El chico le dedicó una sonrisa que le acentuó los pómulos y ella imaginó cómo sería de mayor; sería muy guapo.

Elias le había preguntado si le importaba. ¿Se refería solo como amigo? La soltó y Chana se centró en los ingredientes, nerviosa por a dónde la llevaban sus pensamientos.

—Vamos a hacer una tarta Sacher.

—Sí —confirmó él—. Así es.

Chana se relajó un poco.

—Enséñame qué más has comprado.

El aprendiz vació la bolsa de productos.

—¿Qué te parece?

La joven ordenó los ingredientes, agradecida por la distracción.

—Los huevos son lo más importante. Tienes seis, pero son pequeños. Dos más serían perfectos.

En su mente, imaginó a su padre asintiendo con la cabeza.

Elias sacó dos huevos más de la bolsa, orgulloso como si los hubiera puesto él mismo.

—Supongo que no los guardaré para otro día.

—Ayudarán a la textura. —Levantó un huevo y disfrutó de la sensación de la cáscara fría y rugosa en la mano—. La clave es la humedad.

—Ah —dijo Elias—. Trolfe bate la mantequilla antes de añadir el azúcar. ¿Te parece bien?

—Sí —respondió Chana y se tocó los labios—. Hay quienes mezclan el ron con la mermelada de albaricoque, pero a mi padre le gustaba untarlo en la tarta.

—No podemos permitirnos el licor, pero un almíbar de agua, azúcar y una gota de vainilla servirá.

—Buena idea.

Elias se rascó la mejilla, como si hubiera descubierto algo. Quizá fuera que sabían confiar el uno en el otro.

Se pusieron manos a la obra.