El panadero de Viena 18 Chana
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18 Chana

CHANA

D e vuelta en la cocina, Chana percibió una energía renovada entre el personal. La sala bullía de actividad y las mujeres no dejaban de mirar hacia la puerta del callejón.

—¿Qué pasa? —preguntó a su madre, que había llegado para su turno mientras ella estaba en la azotea con Elias.

—Herr Heiss ha dicho que Meyer va a venir con productos frescos —respondió.

—Cualquiera diría que esperan a un príncipe.

Su madre limpiaba una remolacha, con las manos manchadas de rojo por el esfuerzo.

—Meyer se ha ganado el respeto.

Su madre sonaba igual que Shifra. Chana agarró una remolacha y se puso a limpiarla mientras se fijaba en cómo las otras mujeres se habían arreglado de repente, pintándose los labios y pellizcándose las mejillas.

Se esforzó por contener las emociones y el atisbo de envidia.

—Las remolachas ya están. —Las echó en un cuenco y lo dejó en el borde de la mesa para los cocineros—. El chef necesita más cebollas.

Su madre apretó la mandíbula. No le gustaba recibir órdenes de Chana, pero Heiss la había designado para dirigir a las otras mujeres.

Había sido la semana anterior, al final de la jornada, cuando se ocupó de rellenar los cuencos de especias del chef.

Una tarea que había hecho para su padre en el pasado. A la mañana siguiente, Heiss gritó:

—¿Quién ha hecho esto con mis hierbas?

Temía que la despidiera. Aun así, se atrevió a hablar.

—Yo.

—Ajá. Gut . —Le dio una palmada en el hombro—. Hazlo todos los días.

— Ja . —Respiró, aliviada.

Su madre cortó una cebolla con un cuchillo y salpicó el jugo sobre la encimera. A Chana se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mamá, ¿cómo te ha ido en el consulado esta mañana? —preguntó con cautela.

—Que les den —maldijo mientras cortaba una segunda cebolla—. Cuotas. Hoy, ese hombre… Abernathy no, el otro, el del cuello fino. Ha tenido el descaro de decirme que si la familia de tu padre hubiera querido encontramos, lo habría hecho.

Chana miró a Aron de reojo, que estaba sentado en un cajón junto a la puerta del callejón. Estaba ayudando en la cocina hasta que le asignaran su próxima tarea. Su hermano frunció el ceño al oír las quejas de su madre.

—Todo saldrá bien —dijo Chana—. Iré a las oficinas en mi próximo día libre; tú descansa.

Ruth resopló, con un humor tan malo como el repollo podrido.

—Ese Schumacher nos vendió un cuento de hadas. ¡Menos mal que era amigo de tu padre!

Chana agarró una cebolla y cruzó una mirada con Elias. Su madre dejó el cuchillo.

—¿Por qué te mira?

Chana empezó a cortar.

—¿Quién? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—El chico repostero —espetó.

Antes de que Chana respondiera, Trolfe salió de la despensa con el chef Heiss pisándole los talones.

—No me des la espalda —dijo Heiss.

—¡No pienso hacerlo! —gritó Trolfe—. ¿Desde cuándo mi strudel de manzana no es lo bastante bueno para los estadounidenses?

—Los soldados son nuestros clientes y quieren tarta de manzana. El sargento McManus la ha pedido para sus hombres. Dales lo que quieren —dijo Heiss—. Además, la tarta es más fácil de preparar que el strudel .

Chana asintió en silencio. Había visto a Trolfe y Elias prepararlo; requería dos pares de manos para alargar y estirar la masa hasta que quedara fina como el papel sin romperse.

Pero se guardó su opinión. Todos en la cocina se concentraron en sus tareas. Nadie quería interponerse entre los chefs cuando discutían.

—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó Trolfe y señaló a Heiss con el dedo—. Al menos cuando los nazis se alojaban aquí, se comían mi strudel .

Heiss parpadeó, nervioso.

—Quítame el dedo de la cara y baja la voz. ¿Quieres que te oiga el general estadounidense? Está tomando el café en el comedor. Pensará que eres un colaborador.

Trolfe se llevó la mano al pecho.

—¡Eso es mentira! Los nazis destruyeron mi hermosa ciudad. Son unos bárbaros. ¡Incluso intentaron incendiar la San Esteban!

—¡Esta es mi cocina! —Tronó Heiss—. ¡Yo estoy al mando, no tú!

— Ach —dijo Trolfe.

—Una última cosa. El general quiere que usemos la levadura de su cantina.

El chef repostero hizo una mueca.

—¿Qué tiene de malo la levadura que nos suministra la cervecera?

—Me han dicho que es una nueva fórmula. La masa subirá más rápido y producirá panes más grandes.

—Más grandes. Más rápido. —Trolfe frunció el ceño—. ¡La levadura austriaca no tiene nada de malo!

Pero Trolfe obedecería a Heiss y todos sabían que, más tarde aquel mismo día, usaría la levadura estadounidense y la cocina serviría tarta de manzana en vez de strudel .

Se oyó un fuerte golpe en la puerta del callejón.

Heiss le indicó a Aron que abriera y Meyer Suconick entró con aire arrogante.

—Mírate, Aron Rosenzweig. —Le dio una palmada al chico en el hombro—. Tienes buen aspecto. Has crecido.

El ambiente en la cocina cambió. Las mujeres sonrieron. Dos cocineros se quedaron mirando. Chana echó un breve vistazo antes de seguir cortando una cebolla.

Meyer le entregó a Aron el abrigo que llevaba colgado del brazo.

—Toma. Tu madre mencionó que el que tenías te quedaba pequeño. Pruébatelo.

Aron miró a su madre.

—No tenemos dinero —dijo Ruth.

—Lo he encontrado por ahí tirado. Considérelo un regalo.

—Está bien —claudicó y Aron se puso el abrigo con alegría.

El que se había llevado de Foehrenwald se le había quedado pequeño y estrecho gracias a la comida constante en la cocina de Heiss.

El nuevo le quedaba grande y, aunque Chana agradecía la amabilidad con su hermano, también la hacía desconfiar.

¿A quién le habría robado el abrigo? ¿Aron le debería un favor a Meyer?

—Meyer, dame un momento —dijo Heiss. Luego se acercó a Chana y le dijo—: Déjale las cebollas a tu madre. Necesito que cortes más patatas. Así… —Le enseñó cómo y ella entendió que las quería en cubitos.

— Ja —dijo y bajó una cesta llena de una estantería.

El chef le dio la mano a Meyer mientras Chana se sentaba junto a su madre para limpiar y cortar las patatas.

El traficante del mercado negro se adentró en la cocina y se quedó a un palmo de ella.

El traje oscuro y la impecable camisa blanca relucían bajo las luces del techo.

Elias también lo observaba, con una expresión que era una mezcla de admiración y desdén.

Incluso celos. ¿Envidiaría la ropa, el poder o la confianza de Meyer? Quizás una combinación de las tres.

El hombre de Meyer, Vlad, se quedó en la puerta.

—¿Qué me traes hoy? —preguntó Heiss.

—Todo lo que podrías desear. —Meyer le hizo una señal a Vlad, que le trajo dos cajas de madera y las dejó en el suelo.

Meyer sacó una botella de vino oscuro de la caja de arriba y se la entregó al chef.

—Ah. —Heiss limpió el polvo de la etiqueta con el pulgar—. Château Haut-Michel. ¿Cuántas botellas?

—Tres docenas, directamente de Francia. Por lo visto, los nazis se las dejaron atrás cuando se retiraron. Tengo otra caja en el camión.

—Las quiero todas. —El chef sacudió un dedo—. No le vendas ni una sola botella a nadie más. Esto hará que nuestro hotel sea la comidilla de Viena.

Le entregó a Meyer un sobre muy grueso.

El traficante miró a Chana de reojo un segundo mientras se guardaba el sobre en la chaqueta.

Ella clavó el cuchillo en una patata.

—Es incapaz de no mirarte —susurró su madre mientras se acercaba al fregadero—. Le ha traído un abrigo nuevo a tu hermano. ¿Te morirías por sonreír un poco?

—Déjame en paz, mamá —dijo Chana—. Por favor.

Sin embargo, ella tampoco se resistía a mirar a Meyer de reojo.

Recordó la electricidad que la había recorrido cuando le tocó la mejilla.

La sorpresa en sus ojos. Sin embargo, la había dejado marchar.

Sus pensamientos le gritaban que se centrara.

No era el momento de ponerse a analizar lo que sentía.

Vlad le pasó un saco a Meyer y él se lo llevó a Trolfe.

—¿Todavía necesitas chocolate?

El chef repostero levantó la cabeza.

—¿Qué tienes?

Meyer le puso un disco oscuro del tamaño de una moneda en la mano.

—Pruébalo.

Trolfe miró el chocolate con recelo antes de olerlo y luego se lo llevó a la lengua. Parecía como si fuera a desmayarse.

Meyer le sonrió a Elias.

—Tu jefe sabe reconocer el buen chocolate cuando lo prueba. —Se volvió hacia Trolfe y Elias hizo una mueca mientras mezclaba manzanas cortadas con canela y azúcar—. Es el mejor chocolate belga que hay —dijo—. Casi imposible de conseguir.

—Está delicioso —reconoció Trolfe con voz ronca.

Chana no se creía la mirada embelesada del chef repostero.

—¿Lo vas a comprar? —preguntó Meyer.

—No —replicó con voz entrecortada. Volvió a trabajar la masa.

Meyer apretó la mandíbula. No estaba acostumbrado a que rechazaran sus productos.

—Me alegro de verte, Meyer —dijo Heiss, luego agarró una caja de vino y le indicó a Aron que levantara la segunda. Juntos, se dirigieron con dificultad hacia la bodega.

Chana esperaba que Meyer se marchara, pero, en vez de eso, su madre lo llamó.

—Gracias por el abrigo de Aron —dijo.

—Encantado de ayudar —respondió él, pasando del alemán al yidis.

Su proximidad hizo que a Chana le sudaran las manos y apretó con fuerza el cuchillo.

—¿Cómo va todo? —preguntó Meyer—. ¿Hay novedades del consulado?

—Herr Abernathy se está esforzando mucho y el tipo de la Conjunta está haciendo todo lo posible —respondió Ruth—. Gracias por eso.

Meyer se dirigió a Chana:

—¿Recibisteis las mantas que os dejé?

Gita removía verduras en una sartén y los miró de reojo.

Nachmann les había entregado unas mantas para la habitación unos días atrás.

—No sabía que eran tuyas. —Lo miró a los ojos—. ¿Por qué no te pasaste a saludar?

—Tenía asuntos que atender, pero Nachmann debería habéroslo dicho. —Su tono era suave, incluso de disculpa.

Al otro lado de la sala, Elias los observaba.

Chana se quedó en silencio. Meyer la miró expectante, de una forma que le recordó a su padre cuando le pedía que probara la masa. Siempre se había sentido importante en esos momentos, consciente de que su opinión significaba mucho para él. Se le aceleró el pulso.

—Gracias por las mantas y el abrigo para Aron —dijo con sinceridad.

Sus miradas se cruzaron y ninguno se movió hasta que Elias, que llevaba un cuenco de harina, chocó con Meyer. Cuando el traficante se giró, el cuenco se le resbaló al chico y la harina le salpicó el traje.

—Lo siento mucho —dijo Elias.

Chana notó un destello en los ojos del joven aprendiz. Lo había hecho a propósito. Le entregó a Meyer un trapo húmedo y él intentó limpiarse el desaguisado de la chaqueta y los pantalones.

—Deberías mirar por dónde vas —dijo.

—Sí, aunque yo tengo que estar en esta cocina.

Después Elias se llevó el cuenco al fregadero antes de que Meyer pudiera responder.

—No me gusta —dijo Ruth.

—A mí tampoco. Trolfe habría hecho mejor en contratar al hijo de mi amigo —afirmó Meyer.

Por mucho que frotara, una capa de polvo blanco le seguía cubriendo el traje.

El aprendiz había vuelto con un recogedor y se agachó para limpiar.

—Pero no lo hizo —murmuró.

Cuando se enderezó, los dos hombres se miraron con ira.

¿Cómo había terminado en medio de aquel enfrentamiento? Se volvió hacia Meyer.

—Deberías irte. —Chana volvió a agarrar el cuchillo—. Tengo que seguir trabajando. Es lo que Heiss espera.

—Claro —dijo él y entrecerró los ojos—. Te dejo con tus patatas.

Se marchó rápidamente.

Chana sintió una punzada de pesar por su partida.

Su madre le tiró de la muñeca.

—¿Cómo se te ocurre echarlo?

—Estoy trabajando, mamá. Necesitamos este trabajo. No una pelea.

—Lo sé. —Ruth la soltó y se le empañaron los ojos—. Pero ¿no te das cuenta de lo bien que nos trata Meyer? Fue él quien nos encontró estos empleos. La semana pasada nos trajo latas de carne extra. Hoy le ha dado un abrigo a tu hermano. Lo necesitamos.

La fragilidad en la voz de su madre le estrujó el corazón.

—Lo siento. Sé que ha sido de gran ayuda.

Si había herido los sentimientos de Meyer, no había sido su intención, aunque no por los regalos, el trabajo o su deseo de irse a Estados Unidos.

Su madre le dio una palmadita en el brazo y luego entrecerró los ojos. Estaba mirando a Elias, que había vuelto al otro lado de la cocina.

—Más vale que ese deje de mirarte. Meyer es de los que dejan ciego a cualquiera que se atreva a echarle el ojo a lo que es suyo.

Chana volvió a cortar patatas, deseando cruzar una mirada con el joven aprendiz, pero, en vez de eso, canalizó sus emociones en los golpes del cuchillo.

—Solo me pertenezco a mí misma —dijo—. A nadie más.

Ignoró las miradas furtivas de los demás trabajadores de la cocina, pero no fue capaz de ignorar la molesta sensación de que acababa de comenzar algo entre Elias, Meyer y ella. Algo ineludible.