17 Chana
CHANA
Viena (Austria)
U na semana después de haber tomado el té con Meyer, Chana paseaba con Shifra hacia el Hotel Empress.
La mañana era cálida y Chana disfrutaba de la caricia del sol en el rostro mientras se ajustaba la suave cinta azul al final de su trenza.
Desde que el cabello le había crecido lo suficiente para peinarlo así, lo prefería para trabajar.
Cuando la punta de la trenza le rozaba el cuello, le recordaba lo lejos que había llegado desde la guerra.
Shifra le había estado rogando que le consiguiera un trabajo en la cocina y durante semanas el chef Heiss se había estado quejando de la falta de personal. Aquel día tenía previsto presentarlos. Consideró que el luminoso día de primavera era un buen presagio de que todo saldría bien.
Las chicas se movían con cautela y se limitaban a usar las calles más vigiladas de Innere Stadt.
Días antes, alguien le había robado los pantalones, los zapatos, la camisa y el abrigo a un botones de hotel mientras salía a fumarse un cigarrillo y lo había dejado en mitad de la calle en ropa interior.
Nadie dudaba de que el ladrón habría vendido las pertenencias casi de inmediato en el mercado negro.
Shifra le amenizó el paseo contándole sus coqueteos más recientes con hombres que consideraba buenos candidatos a marido. Chana dejó que la conversación fluyera mientras observaba los tulipanes que florecían en más de una jardinera entre los edificios derruidos. Joyas entre las ruinas.
A varias manzanas del hotel, pasaron junto a varias montañas de escombros que antes habían sido casas. La gente deambulaba entre ellas, buscando en los escombros cualquier residuo que pudieran usar o vender.
—La semana pasada me encontré un mechero en un montón similar —dijo Shifra—. Lo cambié por una loncha extra de carne. ¿Paramos?
Era tentador.
—No, no podemos llegar tarde.
Shifra miró los montones con nostalgia.
Cuando se acercaban al borde de la concurrida Karlsplatz, Shifra estiró el cuello.
—¿Qué haces? —preguntó Chana.
—Miro a ver quién está.
Chana dedujo que su amiga se refería a Meyer, pero no dijo nada. No le había contado nada sobre su cita, porque al fin y al cabo no había nada que contar. Meyer y ella no habían hecho planes para volver a verse.
Caminaron en silencio y Chana se debatió sobre contarle a su amiga lo de cocinar con Elias hasta altas horas de la noche, ansiosa por compartirlo con alguien. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Shifra se le adelantó:
—Kirill Volkov me ha preguntado si quería trabajar para él.
Chana se detuvo.
—¿Haciendo qué?
Recordó cómo le había hecho una oferta similar en la estación de tren.
—Pasar el rato con algunos soldados.
Chana agarró a su amiga por el brazo.
—Shifra, ¿sabes siquiera de lo que estás hablando? —El pánico le agudizó la voz.
—¡Ay! Me estás apretando.
Chana la soltó.
—Lo siento.
Shifra se alisó la manga.
—Hace que las mujeres ganen algo de dinero extra entreteniendo a los soldados soviéticos.
—¿Entretener? ¿Eres consciente de lo que eso significa?
Aparecieron unos círculos rosados en el rostro demacrado de Shifra.
—No me mires así. Tengo que sobrevivir.
Chana se fijó en las ojeras que rodeaban los ojos hundidos de su amiga y en cómo la ropa le colgaba holgada del cuerpo esquelético.
Shifra sobrevivía con las escasas raciones diarias de los trabajadores: trescientos gramos de pan, treinta y cinco gramos de carne, un poco de aceite para cocinar, sesenta gramos de alubias y una pizca de azúcar.
No era suficiente. Cada semana, Chana le llevaba a escondidas las sobras del hotel.
El panecillo que no se había comido un soldado.
Una tira de tocino a medio comer. Un bocado de huevos revueltos.
Recoger los platos sucios tenía sus ventajas.
—Por favor, no lo hagas. —Le tomó la mano con delicadeza—. Volkov es peligroso. Tú misma lo dijiste en la cafetería. No querrás…
—No lo haré.
Shifra se apartó.
Caminaron en silencio.
Al cabo de un rato, su amiga dijo:
—Yo no conseguí trabajo fácil en una cocina. —Apretó y aflojó las manos, con los dedos enrojecidos e irritados debido a los días que pasaban sumergidos en las aguas jabonosas de la lavandería—. Apenas sobrevivo.
Chana enlazó el brazo con el de su amiga.
—Herr Heiss te contratará. Recuerda que somos libres y que este trabajo no es para siempre.
—No vamos a marcharnos tan rápido. Además, yo no tengo parientes en Estados Unidos ni una Ruth Rosenzweig que se ocupe de mí. —Shifra se secó los ojos—. Ojalá Meyer me mirara como te mira a ti.
Chana sintió que se le encendían las mejillas. Sus pensamientos le gritaron: ¡Dile la verdad!
—La semana pasada fuimos a tomar el té.
Shifra la miró, sorprendida.
—¿Qué pasó?
—Fue agradable, hasta que dejó de serlo. — Y luego volvió a serlo, pensó.
—¿Vas a volver a verlo? —preguntó Shifra.
Durante los días posteriores a la cita, Chana se había preguntado si Meyer volvería a buscarla. A veces, no soportaba la idea de que no lo hiciera, mientras que un segundo después se consideraba afortunada de que no lo hubiera hecho. Aquel hombre era un enigma que no sabía descifrar.
—No creo —respondió.
Shifra chasqueó la lengua.
—La misma Chana de siempre. Si alguien guapo y poderoso me invitara a tomar el té, me aferraría a él y no lo dejaría escapar. —La miró—. Tú, amiga mía, no ves que Meyer es uno de los hombres más codiciados de Viena.
Chana se quedó callada. Veía y sentía mucho más de lo que quería dejar entrever.
El chef Heiss se llevó a Shifra a un rincón de la cocina para hablar con ella.
Chana esperó; le costaba respirar y ya ni hablar de lavar y pelar la cesta de zanahorias que había sobre la encimera.
Heiss habló y Shifra respondió con una sonrisa seductora.
El chef se rio. Por supuesto, el contagioso buen humor de su amiga sin duda lo conquistaría.
Después de varios minutos, Chana los miró y vio que Heiss asentía con la cabeza.
Sus esperanzas se dispararon, hasta que Shifra se dio la vuelta con el rostro mojado.
Chana se reunió con ella en la puerta del callejón.
—¿Qué ha pasado?
—El presupuesto no le permite contratar a nadie. Me ha dicho que quizás en unos meses.
Su amiga se secó las mejillas con la manga.
—Lo siento. —La abrazó con fuerza, conteniendo sus propias lágrimas.
Shifra se apartó y dijo:
—No pasa nada. Aún tengo la lavandería.
Tras echar una última mirada hambrienta a las encimeras repletas de comida, se marchó.
Chana pasó gran parte de la mañana pelando una montaña interminable de zanahorias y tratando de no preocuparse por Shifra.
Por el rabillo del ojo, observaba a Trolfe y a Elias.
Estaban preparando un streusel de ciruelas llamado zwetschgenkuchen y agradecía la distracción.
El aprendiz partió y deshuesó la fruta y luego Trolfe alineó las ciruelas cortadas por la mitad en una bandeja llena de masa.
Cada columna precisa parecía dibujada con regla.
Añadimos azúcar con canela sobre las ciruelas para endulzar la fruta , le había enseñado su padre una vez mientras preparaba la misma tarta.
Tras espolvorearlo ligeramente, Chana sabía que el zwetschgenkuchen de Trolfe estaría delicioso.
Pero el chef repostero no añadía azúcar ni canela.
Chana se moría de ganas de cruzar la cocina.
Cuando terminó el ajetreo de la comida y antes de comenzar a preparar la cena, Heiss abrió un azucarero y gritó:
— Verdammt! Chana, tráeme media taza de azúcar de la despensa de repostería.
— Ja .
Se limpió las manos y corrió a la gran despensa situada al otro lado de la sala. Llenó media taza, con cuidado de no perder ni un solo grano. El azúcar, como todo lo demás, estaba racionado y escaseaba.
—¿Qué crees que estás haciendo? —gritó Trolfe, entrando en la despensa.
Chana dio un respingo y derramó azúcar por el suelo.
—Herr Heiss necesita azúcar —dijo cuando recuperó la voz.
—Tiene el suyo. —El hombre dio una patada en el suelo—. ¿Te crees que puedes entrar aquí y robar mis ingredientes?
El olor a aguardiente se le pegaba al cuerpo y Chana dio un paso atrás.
—Me dijo que viniera a por ello. El azúcar es de la cocina, ¿no?
Trolfe aplastó los granos con el zapato.
—Estúpida, se te ha caído un poco.
—Me ha asustado.
—A lo mejor eres una judía ladrona y lo estás robando para ti misma.
Chana cuadró los hombros.
—Si no me cree, pregúntele a Herr Heiss.
—Chef Trolfe. —Elias se asomó por la puerta y se enderezó hasta alcanzar toda su altura; Chana se dio cuenta por primera vez de que era unos centímetros más alto que el chef repostero—. He oído a Heiss ordenárselo —dijo con voz firme.
Trolfe fulminó a su aprendiz con la mirada, pero él no se achantó. Entonces gritó:
—¡Largo! Y no vuelvas a menos que tengas mi permiso.
Chana se marchó, rozando el corpulento cuerpo del hombre y despreciándolo tanto como él la despreciaba a ella.
Le dio las gracias a Elias en silencio y el chico le guiñó un ojo con disimulo, lo que alivió un poco la tensión en el ambiente.
Sintió una oleada de afecto por Elias que le calentó la piel y le dio ganas de abrazarlo.
Más tarde, Chana se tomó el descanso para comer en la azotea del hotel, como le gustaba hacer cuando no compartía el turno con su madre.
Fuera soplaba una brisa fresca. No le importaba el ligero frío del aire; la refrescaba después de pasar horas en la asfixiante cocina.
Se sentó sobre una pila de ladrillos, disfrutando de la soledad y agradecida por el humeante plato de sopa de jabalí y verduras que tenía en el regazo.
Durante la guerra, casi nunca había estado sola.
En los guetos, vivían apiñados en pisos pequeños con cuatro o cinco familias más, o lo que quedaba de ellas.
En Stutthof, la habían recluido en barracones llenos de literas de madera dura apiladas en tres niveles y abarrotados de cientos de mujeres.
Solo había dos lavabos y dos retretes para todas.
Casi nunca le tocaba su turno y a menudo usaba el café aguado que les daban para lavarse la cara y las manos.
Chana mojó el pan en el guiso y comió, disfrutando del crujido satisfactorio de la corteza mientras la sopa le goteaba por la barbilla. Al otro lado del tejado, vio a Elias fumando. Se limpió la barbilla a toda prisa con el dorso de la mano.
Como atraído por sus pensamientos, levantó la vista y le sonrió.
Había pasado una semana desde la última vez que habían cocinado juntos.
Le estaba costando comprar los ingredientes.
Caminó hasta ella con una expresión ansiosa.
A Chana no le importó que la acompañara; al contrario, estaba deseando charlar con el chico.
—Esperaba que vinieras aquí —dijo Elias—. Quizá tenga suficiente para comprar azúcar y harina. ¿Podrías escaparte mañana por la noche a las diez?
—Sí, mi madre y mi hermano ya estarán durmiendo a esa hora.
—Se le ocurrió una idea—. Elias, mi madre me da una pequeña asignación.
No puedo gastar mucho… —Ya había comprado varios carretes de hilo de bordar para su madre en colores burdeos, verde, violeta y dorado, y por fin había ahorrado lo suficiente para el cañamazo.
Mañana era jueves y tenía pensado buscar al comerciante en Karlsplatz—.
¿Sería más fácil si yo también contribuyera?
—Sí. —La miró durante un largo rato—. ¿Puedes?
—Un poco. Incluso podría acompañarte a comprar.
—De acuerdo. Mañana por la mañana, antes de que empiece el tumo. ¿Te importa venir al hotel temprano? He quedado con el tipo cerca de Karlsplatz.
—Está bien.
Tendría que decirle a su madre que Heiss la necesitaba antes y que iría andando al hotel con Gita, que vivía a solo unas manzanas.
Elias dio una última calada al cigarrillo, tiró la colilla y la aplastó con el zapato.
—La repostería es buena para el alma, ¿eh?
—Sin duda.
—Cuando tengo las manos en la masa, todo lo demás se desvanece. —Miró la catedral de San Esteban—. Suena absurdo, ¿verdad?
—En absoluto. Creo que si mi padre no nos hubiera tenido a mi madre y a nosotros, habría trabajado día y noche. Se habría perdido en el trabajo.
—Sí, lo entiendo.
Chana comió más estofado.
—¿Aprendiste a cocinar aquí, en Viena? ¿Te enseñó tu madre?
Su expresión se ensombreció.
—Mamá Ursula me enseñó a cocinar. De niño vivía aquí, en el noveno distrito. Después nos mudamos al campo. —Tragó saliva—. La familia de papá Johan tenía una granja en Dürnstein. Pasamos allí la guerra. Ellos siguen allí.
Le resultó extraño que se refiriera a sus padres por sus nombres de pila. Tal vez fuera una costumbre austriaca.
Elias la miró con curiosidad.
—¿Qué pasa? —Chana se limpió la boca y la barbilla, creyendo que se le había quedado comida pegada.
—Eres la chica más guapa que he visto nunca.
—Ah. Gracias.
Se le encendieron las mejillas y un torbellino de emociones se apoderó de ella. Elias tenía un rostro agradable, que no le recordaba a los héroes apuestos y misteriosos de las películas americanas que había visto en Foehrenwald, sino a un personaje secundario más amable y de mirada clara.
Como Paul Henreid frente a Humphrey Bogart en Casablanca .
También tenían mucho en común. Disfrutaba del tiempo que pasaban cocinando juntos y lo cierto era que le había tomado cariño.
Pero no quería un novio ni un marido, no en aquel momento de su vida.
¿O sí? Elias no era judío, una pareja que su madre prohibiría.
Se puso nerviosa y se apresuró a terminar los últimos sorbos de sopa.
—Tengo que volver.
—Claro. —El chico se sentó en la pila de ladrillos—. Iré en un minuto.
Chana bajó las escaleras a toda prisa con el corazón acelerado.