16 Zoe
ZOE
A la mañana siguiente Zoe se levantó al amanecer, tras haberse quedado dormida poco después de recoger la llave de su habitación. Desde el momento en que abrió los ojos, estuvo pensando en Henri y en todo lo que había averiguado sobre su tía abuela y el abuelo Aron.
Abrió el portátil y revisó el correo electrónico. El primer mensaje era de Wes:
La foto que sacaste ha conseguido más de un millón de visitas a la web de Savouries .
Después volvió a leer las breves notas que había escrito sobre las historias que Henri le había contado antes de quedarse dormida; pensaba desarrollarlas más tarde ese mismo día.
Abrió una pestaña para entrar en la web de la revista y encontró la foto de Henri en la página de inicio, con su nombre como autora, aunque Wes aún no había añadido el texto que le había enviado.
Varias redes sociales también mostraban la foto en tendencia, junto con otros vídeos e imágenes del discurso.
Zoe se convenció de que Henri no tendría motivos para enfadarse.
La suya era solo una más entre un mar de fotos.
Cerró el ordenador y miró por la ventana. El cielo azul cerúleo la invitaba a salir, pero solo tenía una hora antes de desayunar con Henri y necesitaba desesperadamente quitarse de encima el cansancio del viaje del día anterior con una ducha caliente. Explorar Viena tendría que esperar.
Tal y como habían acordado, Zoe se reunió con Henri en el comedor.
Se saludaron mientras una camarera los acompañaba a su mesa y les servía un expreso humeante en delicadas tazas de porcelana.
Zoe dio un sorbo reconfortante a la bebida oscura y amarga y luego jugueteó con su pulsera por debajo la mesa, temiendo una reprimenda de Henri por la foto de la web de Savouries .
En cambio, el anciano sonrió.
—Me alegro de que mis historias no te hayan asustado.
Estaban solos en una mesa separada del resto del comedor por varios metros y escondida detrás de una amplia mesa de bufé. Las arrugas alrededor de los ojos de Henri le recordaban al abuelo Aron y la tranquilizaban.
—No, para nada. —Decidió ser sincera y aclarar el tema de la foto—.
Quiero dejar las cartas sobre la mesa: ayer te saqué una foto antes del discurso.
Mi editor la publicó en la web de nuestra revista.
Se sacaron muchas vídeos y fotos. Estábamos en un lugar público y…
—Dudó—. El acuerdo de confidencialidad no especificaba las situaciones públicas.
—No añadió que una estipulación así jamás se sostendría en un tribunal.
Aunque, por supuesto, Henri ya lo sabría.
Aun así, su rígido silencio la inquietó—.
Con todo respeto, señor, me he mantenido dentro de los límites del acuerdo.
Savouries me ha pagado el viaje. Es mi trabajo.
—Creía que habías venido para conocer a tu familia —dijo con voz ronca.
—Es la razón principal.
Henri recolocó los cubiertos.
—No he visto ninguna foto. Liam se encarga de la prensa y las redes sociales de la empresa. —La miró a los ojos—. Puedo vivir con una foto. ¿Has revelado algo de lo que hablamos ayer o por teléfono?
—No. —Se quedó mirando el café. Ojalá no le hubiera contado a Wes nada de la conversación telefónica con Henri, pero sin esos detalles, quizás no estaría allí sentada.
Aquella conversación tenía que quedar entre Wes y ella y, mientras así fuera, no habría ningún problema.
Miró a Henri a los ojos y esperó a ver cuál sería su siguiente movimiento.
—Vamos a comer algo —dijo.
Zoe destensó los hombros y lo siguió al bufé.
Con un plato en la mano, se dio cuenta de que la gigantesca mesa estaba reservada solo para ellos.
Exhibía una cantidad exuberante de comida: bandejas repletas de embutidos, quesos y pescado ahumado, así como cuencos de fruta junto a verduras asadas, patatas al horno y platos calientes con salchichas y beicon.
Había cestas con brillantes productos de repostería y una placa del tamaño de una caja de zapatos con un panal de miel.
Un camarero se ocupaba de su bufé privado.
Cuando volvieron a sentarse con los platos llenos, Henri le insistió para que untara de miel su cruasán.
Zoe lo hizo y el primer bocado resultó crujiente por fuera, mientras que la tierna masa interior se le derretía en la boca.
La mantequilla horneada se equilibraba con el dulce sabor de la miel y se le escapó un auténtico gemido. Avergonzada, se tapó la boca.
—Lo siento mucho, pero es el mejor que he probado nunca.
Henri sonrió, satisfecho, y mordió el suyo, masticando pensativo.
—Está bueno, pero debería haber dejado que la masa reposara un poco más.
—Un segundo. —Señaló el plato—. ¿Acaso usted…?
—Sí.
El cruasán sabía a recién horneado.
—¿Cuándo?
—Esta mañana temprano. —Dio un sorbo al café—. Los últimos días he tenido problemas para dormir. Cuando no concilio el sueño, deambulo. Acabé cerca de las cocinas.
—¿Y el hotel lo dejó cocinar?
Se encogió de hombros.
—Por unas horas. Hice la masa la noche anterior.
La idea de que el Empress, o cualquier hotel, en realidad, fuese a dejar entrar a un huésped cualquiera en sus cocinas le resultaba inconcebible.
Sin embargo, cuando el huésped era Henri Martin, una persona con dinero e influencia, además de propietario de una famosa empresa de repostería, supuso que estarían dispuestos a hacer una excepción.
Comieron y luego Henri volvió a acercarse al bufé.
—Deberíamos probar la tarta Esterházy. También es obra mía.
Sirvió dos porciones y le puso una delante a Zoe. Era una tarta de capas, cubierta de glaseado blanco con distintivas rayas de chocolate en la parte superior.
—Nunca la he probado.
Cuando levantó la vista, se fijó en las miradas inquisitivas de los demás comensales del comedor principal.
Oyó el flash de una cámara, pero no vio quién había tomado la foto.
Tenía la sospecha de que se la habían sacado a ella.
La incomodaba, pero era normal que la gente sintiera curiosidad.
Si ella misma hubiera estado del otro lado del salón, también habría querido saber quién estaba desayunando con Henri Martin.
Y se habría sentido muy celosa. Henri levantó el tenedor.
—Esta tarta lleva el nombre de un diplomático que trabajó en el Imperio Austriaco en el siglo XIX .
La crema de mantequilla se unta entre finas capas de merengue con sabor a avellana.
Algunos prefieren usar almendras. Mi esposa, Eveline, creía que el ligero amargor de la avellana atenuaba el dulzor de la tarta.
Las rayas son de fondant con una pizca de chocolate.
—Apretó el índice y el pulgar—. Es una combinación perfecta de sabores. Una asociación simbiótica.
Desvió la mirada. Zoe se preguntó en qué o en quién estaría pensando.
—A mi abuelo le gustaba bromear diciendo que nunca había probado una tarta que no le gustara.
—A Aron le gustaban los dulces. Los chocolates belgas eran su debilidad.
Zoe recordó las cajas de trufas Belvas que su abuelo escondía detrás de los archivos de su escritorio. Se le llenaron los ojos de lágrimas y parpadeó para contenerlas, temiendo parecer poco profesional.
—Perder a tu abuelo ha debido de ser muy duro —dijo Henri.
Como perder un brazo .
—Siempre estuvimos muy unidos, pero después de la muerte de mis padres nuestra relación se estrechó aún más.
—Cierto. —La compasión se reflejó en sus ojos—. Eras muy joven cuando tus padres fallecieron.
Zoe se sorprendió, aunque luego le pareció lógico que hubiera investigado su pasado.
—Tenía once años.
—Yo también era joven cuando murieron mis padres.
—Lo siento.
Henri asintió con la cabeza y se levantó de la mesa para rellenarse la taza de café.
Zoe le echó un vistazo al teléfono por si tenía algún mensaje de texto o algún correo para olvidar la melancolía.
—¿Todo bien?
Henri dejó la taza sobre la mesa.
—Sí. —Guardó el móvil en el bolso y se dispuso a comer la tarta. El primer bocado le proporcionó una explosión de sabor cremoso, con un toque de avellana, tal y como Henri había dicho—. Vaya. A mi abuelo le habría encantado.
—Estoy de acuerdo.
Imaginó el increíble artículo que podría escribir sobre aquel hombre.
Su relación familiar con él le daría un enfoque único.
Además, era mucho más que la figura representativa de una gran corporación.
Todo aquello, el hecho de que se pusiera a cocinar en mitad de la noche y le ofreciera un trozo de tarta casera, lo humanizaría ante los lectores.
Si conseguía convencerlo para publicarlo.
Antes o después, tendría que intentarlo.
—¿Empezamos? Podemos picotear mientras hablamos.
Señaló los platos con un gesto.
Zoe sonrió al recordar las infinitas veces que el abuelo Aron le había dicho con los ojos brillantes: No hace falta tener hambre para picotear .
—Cuando quiera.
Zoe se acercó el trozo de tarta.