14 Chana #2
Se le calentó el pecho al recordar a su padre encendiendo la radio para sintonizar un programa de música y llenar su casa en Vilna de dulces melodías.
Toda la familia se ponía a bailar hasta que terminaban empapados de sudor, les dolían las piernas y la habitación olía a pan tostado.
Su madre estaba feliz y bromeaba con su padre diciéndole que la harina y el azúcar se le habían metido bajo la piel y que, cuando sudaba, perfumaba el aire.
—En los cafés se baila por las noches —dijo Meyer—. Quizá te gustaría venir alguna vez.
La invitación la emocionó, hasta que se dio cuenta de que en realidad no era una invitación.
No le había pedido si le gustaría ir juntos.
Era obvio que invitaba a muchas mujeres a tomar el té y no dudaba de que también invitaba a muchas a bailar.
A pesar de la agradable sensación, su orgullo la obligaba a mantenerse ambivalente.
—Lo pensaré.
Meyer mantuvo la mirada fija en su taza.
—Eres diferente a las otras mujeres que he conocido.
—¿Supongo que la hermana que te acompañó a los museos era más reservada?
—No, no tenía pelos en la lengua. Solo tenía una hermana.
Tenía . Chana bajó la voz:
—¿Qué le ocurrió?
Meyer se pasó la mano por el pelo y apretó la mandíbula.
—Lo siento, no debí preguntar.
—No, tranquila —respondió con voz entrecortada—. Deberías. Deberíamos hablar de aquellos a los que hemos perdido. Los nazis la mataron a ella y a mis padres tras una Aktion en el gueto de Riga. El dolor en su voz le trajo a la mente imágenes horribles.
—¿Cómo era? ¿Tu hermana?
—Era rubia. —Señaló el cabello de Chana—. Pero tenía los ojos verdes, brillantes como esmeraldas. Estábamos muy unidos, como tu hermano y tú. Y era testaruda.
Chana recordó que Meyer le había dicho que su descaro le recordaba a alguien. Se refería a su hermana . Le dolió el pecho.
—Dora tenía un sentido del humor bastante retorcido. —Una sonrisa afectuosa borró los años de su rostro—. Nuestro padre era severo y mi pobre hermana pasaba mucho tiempo encerrada en su habitación.
A Chana siempre le sorprendía oír hablar de padres severos. Su padre había sido el hombre más bondadoso que había conocido. El camarero le rellenó la taza y, cuando se marchó, Meyer se perdió en sus pensamientos.
—¿Cómo entraste a formar parte de la red de Herr Schumacher? —preguntó Chana.
La miró como si regresara de un lugar muy lejano.
—Lo conocí hace seis meses a las afueras de Foehrenwald. Había estado buscando a mi familia, con la esperanza de que, de alguna manera, hubieran escapado de las matanzas…
Chana se inclinó hacia él. Entendía lo que sentía.
Desde la liberación, había intentado convencerse a sí misma de que había sido otra persona la que había recibido un disparo en la calle en Kovno.
No su amado padre. Con la multitud que había aquel día, podría haberse equivocado.
La duda o la esperanza era la razón por la que se había dedicado a analizar los rostros de todos los hombres que llegaban a Foehrenwald.
—En respuesta a tu pregunta —dijo Meyer con sencillez—, Schumacher es un hombre muy persuasivo.
—Lo sé bien. Mi padre y él eran amigos.
Meyer se terminó el té de dos grandes tragos.
—Me convenció para recibir a los refugiados aquí en Viena y acompañarlos a los camiones al día siguiente.
—A cambio de algo, imagino.
—Siempre hay un precio. —Meyer sonrió.
Sus miradas se cruzaron y la picardía en la de él la hizo reír.
Unas voces fuertes procedentes de la entrada del café llamaron su atención.
Kirill ocupaba toda la puerta, con su hermano Grigory, más bajo y calvo, a su lado.
Cuando Chana volvió a mirar a Meyer, el hombre seguía concentrado en la entrada.
Se desabrochó la chaqueta, dejando al descubierto una pistola enfundada que llevaba al costado.
—Mis disculpas —dijo—. La semana pasada, Kirill robó a uno de mis hombres.
Meyer se acercó al soviético junto a la puerta y sus rostros pasaron rápidamente de la tensión a la rabia. No fue un intercambio amistoso.
Chana no quería formar parte de aquella disputa.
Sus pensamientos le gritaban que se marchara.
Miró hacia la puerta de atrás. Podría escabullirse por el callejón y desaparecer.
Cuando estaba a punto de levantarse, una mano se le posó sobre el hombro.
Alzó la vista, esperando ver a Meyer. En cambio, Grigory se cernía sobre ella.
—Hola, preciosa —dijo con un tono que le sonó amenazador. La empujó hacia el asiento.
Chana se apartó de la mesa y el hombre la agarró por la muñeca. Se acercó lo suficiente como para oler su aliento agrio y ver el odio en sus ojos. No era el mismo odio que había visto en los guardias nazis, pero fue una mirada que le heló los huesos de todos modos.
—Suéltame.
Grigory ensanchó la sonrisa.
—Qué peleona.
Aunque había otras personas sentadas en las mesas cercanas, todas apartaron la mirada. Nadie hizo nada por ayudarla.
Grigory le olisqueó el pelo.
—Chica de cabellos dorados, veamos cuánto peleas cuando te lleve al callejón.
Antes tendría que matarla. Le escupió en la cara. El hombre abrió mucho los ojos y le dio una bofetada en la mejilla. Fuerte. Le ardía la piel.
De repente, Meyer lo arrastró por la camisa y lo obligó a soltarla.
—No vuelvas a tocarla —espetó.
Chana se puso de pie y retrocedió, chocando con Kirill, que le bloqueó la salida.
—No hay necesidad de armar un escándalo —dijo el traficante soviético—. Grigory, esta no vale la pena. —La fulminó con la mirada—. Mi hermano nunca ha sabido reconocer a los judíos.
Grigory se soltó de Meyer, que tenía la otra mano apoyada en la pistola.
—Tu hermano y tú deberíais quedaros en vuestra zona —advirtió.
Kirill resopló.
—Innere Stadt es de todos. Iré donde me dé la gana. Y si quieres conservar las manos, no las acerques a mi hermano.
Cuando se marcharon, Meyer tomó la mano de Chana.
—¿Estás bien?
Ella se apartó.
—He pasado por cosas peores.
Él le miró la blusa abotonada.
—Lo sé.
¿Detectó lástima en su tono? ¿O algo peor, como con Zvi?
—No sabes nada. —Agarró el bolso y se marchó.
Una vez en la calle, Chana se tocó la mejilla. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se negó a llorar. Entonces Meyer salió tras ella, que bajó la mano.
—No debes volver a casa sola.
—Sé cuidar de mí misma.
—No lo dudo, pero aun así… las calles son peligrosas.
—Los cafés también. — Y tú, pensó. Su madre creía que Meyer las protegería. Chana empezaba a dudarlo. Se alejó con paso firme, contando con que él volviera a entrar en el local, donde alguna otra joven le haría sitio en su mesa.
Una manzana más adelante, cruzó la calle y vio que Meyer la seguía a unos metros de distancia.
Era un gesto amable y, a pesar de lo que había pasado, no pudo evitar reducir el paso y dejar que la alcanzara.
Caminaron uno al lado del otro, pero sin hablar.
Chana se concentró en el dolor de la mejilla para recordarse el peligro que acechaba junto a aquel hombre, algo de lo que prefería mantenerse alejada.
Cuando llegaron a la pensión, le tocó la manga.
—Ponte un paño frío en la mejilla. Es lo que hacía mi madre cuando me metía en líos en el colegio.
Chana supuso que se habría metido en muchos.
—Lo haré. —Cuando estaba a punto de irse, Meyer la retuvo por la muñeca, pero le costó hablar—. ¿Qué?
—Siento lo que ha pasado. —Su expresión era sincera—. ¿Seguimos siendo… amigos?
Antes de pensárselo dos veces, Chana colocó la palma en la cálida mejilla de Meyer. La sorpresa se reflejó en sus ojos y a ella la recorrió una descarga eléctrica desde el brazo. Meyer dio un paso atrás.
—Buenas noches, Chana.
Le brillaban los ojos, aunque tenía la voz ronca.
—Sí, buenas noches.
Subió corriendo los escalones del edificio, deseando en parte que él la llamara. No lo hizo. Desconcertada por lo que había sentido al tocarlo, no se atrevió a mirar atrás. La pesada puerta de madera se cerró de golpe tras ella, acentuando su ambivalencia por el hecho de que la dejara marchar.