14 Chana
CHANA
E ra la primera vez que Chana iba al Café Victoria, un local en Innere Stadt muy popular entre los vieneses que regresaban a la ciudad, los refugiados y los soldados estadounidenses.
Durante el día servían té aguado, café de achicoria, limonada y heisstrunk , un agua caliente con especias amargas.
Por la noche, el café se transformaba con cantantes, cómicos y bandas que actuaban en un escenario improvisado.
Dos camareros saludaron a Meyer con una inclinación de cabeza y los acompañaron al instante hasta una mesa situada en el centro de la sala.
El local distaba mucho de ser elegante; al suelo de madera le faltaban algunas tablas y en los huecos se veía la tierra de debajo.
En una de las paredes había un agujero irregular del tamaño de una rueda de carro por el que asomaba el edificio de piedra contiguo.
Meyer siguió su mirada.
—Es como nosotros. Sigue avanzando a pesar de las partes que le faltan.
Su voz transmitía dolor. Chana se preguntó qué partes de él se habría llevado la guerra.
El camarero les trajo dos tazas de té que emanaban vapor. Chana acunó la suya entre las palmas de las manos, agradeciendo el calor, porque, aunque el hambre en su estómago había disminuido, a menudo sentía un frío que le calaba hasta los huesos.
—Hay sitios mejores a los que podríamos ir, pero se me ocurrió empezar por aquí —dijo Meyer.
La presunción hizo que Chana se detuviera con la taza cerca de los labios. Las flores y el té no iban a convencerla de convertirse en otra más de las mujeres que lo rodeaban como si estuviera jugando a las sillas musicales.
—Acabamos de llegar y ya das por hecho que quedaremos una segunda vez.
Meyer se rio, hasta que se dio cuenta de que no bromeaba.
—¿Siempre dices exactamente lo que piensas?
—Ahora sí.
Se había mordido la lengua muchas veces durante la guerra.
Como aquel día en el gueto, cuando un soldado nazi golpeó a un niño mucho más pequeño que ella con un garrote.
El niño cayó al suelo, escupiendo sangre.
Cada Aktion en el gueto, cuando los soldados sacaban a la gente de sus casas.
Las innumerables veces que había oído disparos seguidos de gritos.
En Stutthof, cuando otro prisionero intentó robar un plato extra de sopa por la mañana y fue azotado hasta la muerte.
Chana nunca se atrevió a decir nada, ni una sola vez.
Si lo hubiera hecho, solo habría conseguido una porra en la espalda, una bota en las costillas o una bala en la cabeza.
Sin embargo, el silencio también le pasó factura. La culpa la aplastaba incluso entonces, mientras sorbía el té aguado. El líquido caliente le quemó la lengua.
—Dime —dijo Meyer, recostándose en la silla—. ¿Era el aprendiz de Trolfe el que te siguió al salir del Café Trinken?
—Se llama Elias. Y no me siguió.
—¿Es tu novio? —Las patas de la silla golpearon el suelo con un ligero ruido sordo.
—Es mi amigo. —Chana levantó la barbilla—. Como nosotros.
Meyer se rio entre dientes.
—¿Eso es lo que somos?
Chana se encogió de hombros y sonrió mientras daba un sorbo al té.
—Eso creo.
—De acuerdo. —Él también bebió—. ¿Así que invitas a todos tus amigos a tomar el té?
—Supongo que sí. ¿Y tú? ¿Alguna de las mujeres que estaban contigo en la cafetería era alguien especial?
Se le humedecieron las manos, pero lo miró a los ojos y percibió una chispa de diversión en ellos.
—Nadie especial —dijo con despreocupación.
En una mesa cercana, dos hombres se dieron la mano. Meyer los observó y luego se inclinó para decirle:
—Cuando era niño y salía con mi familia, mi hermana y yo jugábamos a adivinar qué estaba pasando en las otras mesas. —Miró de reojo a los hombres que se habían dado la mano—. Apuesto a que han acordado dejar a un lado un rencor que guardaban desde hacía mucho tiempo.
—¿Los conoces?
—¿Qué gracia tendría eso? —Señaló con un gesto a los clientes sentados en otras mesas—. ¿Te apetece jugar?
Chana miró alrededor. Hacía años que no jugaba a nada. Se fijó en dos hombres en otra mesa, uno al menos diez años mayor que el otro. El mayor vestía mejor y sus modales eran más refinados. El más joven hablaba sin parar y gesticulaba mucho con las manos.
—Creo que el mayor ha aceptado ser mentor del más joven.
—¿Mentor? —preguntó Meyer—. ¿En qué?
El hombre mayor levantó su copa y Chana dijo lo primero que le vino a la mente.
—Astronomía.
Meyer se quedó mirándola.
—Interesante. No te tenía por alguien que se pasara el día mirando las estrellas.
—Tengo sueños, como todo el mundo. —Esperó a que le preguntara y, como no lo hizo, añadió—: Había noches en el campo en las que se veían las estrellas e imaginaba que estaba en un lugar diferente, donde brillaban las mismas estrellas, pero yo las contemplaba bajo una manta gruesa y cálida, en una cama mullida y con el estómago lleno.
El gélido invierno en Stutthof había sido brutal.
Cuando llegaron, los guardias le dieron a cada prisionero unos pantalones a rayas, una camiseta y una manta fina.
Para sobrevivir al frío intenso, Chana y su madre habían rasgado trozos de la manta para hacer zapatos, bufandas e incluso gorros y guantes, de modo que después no les había quedado mucha tela.
La mirada de Meyer se enturbió.
—¿Seguimos jugando?
—Claro —respondió Chana.
Durante varios minutos, se turnaron para hablar de los demás clientes del café y sus predicciones se fueron volvieron más descabelladas, incluyendo a un cartero que proponía reconstruir el Prater y a un mago que intentaba sacar un pájaro del bolso de la mujer que estaba a su lado.
Después de esa última deducción, Meyer soltó una carcajada. Era contagiosa y Chana también se rio.
Cuando se calmaron, él le preguntó:
—Dime, Chana, ¿cómo te trata el chef Heiss?
—Trabajamos duro y nos da de comer, tal como prometiste. Mi madre, mi hermano y yo comemos mejor que la mayoría de los habitantes de la ciudad.
—Tienes buen aspecto.
—Gracias —respondió, complacida.
El comentario de Meyer no sonó como un cumplido exagerado ni como una valoración grosera. Al contrario, parecía apreciar de verdad su buena salud.
Era cierto que se sentía más fuerte que en años. En las semanas transcurridas desde la llegada a Viena, había engordado. La ropa le quedaba mejor y los pómulos de Aron ya no daban la impresión de poder cortar el papel.
—Estoy acostumbrada a trabajar en una cocina, aunque no tan espléndida como la del Empress.
Su mente viajó a las cuatro noches que había pasado probando recetas con Elias.
Aunque el racionamiento vigente en la ciudad dificultaba la repostería, su ingenio para estirar y sustituir ingredientes les había permitido hacer cruasanes, vanillekipferl, strudel de queso y tarta Linzer.
Había sido la primera vez que preparaba la tarta y Elias le había explicado cómo usar diez tiras idénticas de masa para la rejilla superior, cortándolas con una regla, tal y como le había enseñado Trolfe.
Mientras trabajaban, al chico le gustaba preguntarle por su vida en Vilna, aunque él seguía sin hablar de su infancia antes de la guerra.
Aun así, Chana encontró otras formas de conocerlo.
Ya sabía reconocer cómo se mordía el labio cuando una receta se le resistía.
O cómo, cuando resolvía un problema, se rascaba la mejilla, dejándose manchas de harina o mermelada.
Eso la hacía reír, sobre todo porque él ni siquiera se daba cuenta.
Ella le pasaba un trapo y el aprendiz se encogía de hombros y se limpiaba la cara.
Era apasionado y honesto, cualidades que admiraba.
—Ah, sí, tu padre era panadero —dijo Meyer.
Chana arqueó una ceja al ver que recordaba ese detalle sobre su padre.
—Estuve hablando con Aron el otro día. Algunos soldados estadounidenses me dejan mercancías en el callejón del hotel y tu hermano me ayudó a trasladarlas al camión.
—Aron no lo mencionó —dijo Chana con tono severo. No aprobaba que su hermano trabajara en el mercado negro. Era peligroso.
Meyer sonrió con aire burlón.
—No te preocupes, le di una buena propina por las molestias.
—¿De verdad?
—Me dijo que vuestra madre se queda con casi todo lo que ganáis. Le aconsejé que se guardara lo que le di.
—Nuestra madre nos da una asignación y se asegura de que tengamos suficiente para pagar lo que necesitamos y ahorrar —dijo Chana en defensa de su madre.
—¿Qué quieres comprar?
El otro día se había fijado en unos pintalabios rojos en Karlsplatz.
—Estoy ahorrando para algo.
—¿Para…?
—Antes a mi madre le gustaba bordar. Encontré una caja de hilos finos en una tienda y un hombre en el mercado que vendía un cañamazo. Es caro, así que estoy ahorrando.
—Qué detalle. —Apretó la mandíbula—. ¿Quién era el vendedor?
—No le pregunté el nombre, pero está todos los jueves.
Meyer bebió un poco de té.
—Mi madre también bordaba. Le encantaba el arte. Le gustaba llevarnos a mi hermana y a mí a los museos.
—¿A ti te gustaba?
Esbozó una sonrisa.
—De niño, no mucho. Pero ahora lo agradezco.
Le gustó imaginar a Meyer como un niño travieso con una madre que intentaba domesticarlo y convertirlo en un amante del arte. Descubrió también que le gustaba hablar con él.
—A mi hermana le encantaban los museos. En ese sentido, me recuerda a tu hermano.
—¿A qué te refieres? —preguntó Chana.
—Siente predilección por las artes. Aron me contó que le encanta leer.
—Así es.
La sed por los libros de su hermano había crecido en el gueto de Vilna.
El Judenrat, que supervisaba el gueto para los nazis, había exigido a los niños judíos que asistieran a una escuela clandestina.
A medida que los compañeros de clase de Aron desaparecían, él tomaba prestados más y más libros de la biblioteca secreta de una casa de oración cerrada.
—Tu hermano es un buen chico. Me cae bien. Le prometí que le traería algunos libros nuevos. —Meyer acarició el asa de la taza con el dedo—. Dice que te encanta bailar.
A Chana le extrañó que Meyer y su hermano hubieran hablado de ella.
—Me gustó durante un tiempo —respondió.