El panadero de Viena 13 Chana
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13 Chana

CHANA

Viena (Austria)

E l calendario pasó de abril a mayo, aunque a Chana le costara creerlo; su estancia en Viena estaba pasando a toda prisa.

Esa primera semana de mayo, tras un desayuno y un almuerzo agotadores en el hotel, esperaba impaciente junto a su madre en la oficina del consulado estadounidense.

Estaba acostumbrada a hacer colas, pero no por eso tenían que gustarle.

Aquella era especialmente deprimente. Su madre y ella eran invisibles, ahogadas en un mar de refugiados que también buscaban la ayuda de burócratas abrumados.

Se presionó la parte baja de la espalda, tratando de aliviar un dolor constante. Habían estado faltos de personal, de modo que, además de preparar la comida, Chana se había pasado gran parte del tumo limpiando mesas y cargando pesadas bandejas de platos sucios.

En lo que iba de semana, Chana y Ruth ya habían visitado la oficina del Comité Judío Estadounidense de Distribución Conjunta, la Sociedad Hebrea de Ayuda al Inmigrante y la Cruz Roja.

En todos y cada uno de esos lugares se habían encontrado con funcionarios agobiados y ojos enrojecidos que, con diversos grados de compasión, les habían dicho lo mismo: Les damos el pésame por sus problemas y su pérdida.

Estados Unidos está expidiendo pocos visados. Hay unas cuotas que respetar .

El mensaje subyacente estaba claro: ¡Estados Unidos no os quiere!

Chana se alegró de que Aron siguiera en el trabajo y se librara de la tarea de ir al consulado.

Una mujer con una impecable chaqueta militar y falda las condujo hasta un mostrador atendido por un hombre, que gruñó cuando se acercaron.

—Frau Rosenzweig… Chana… La última vez les dije que tardaría un tiempo en tener noticias. —El hombre revolvió una pila de carpetas y sacó una.

Chana vio el nombre «Rosenzweig» en la etiqueta.

—Herr Abernathy, ya ha pasado una semana —dijo su madre.

El hombre se ajustó las gafas, lo que hizo que sus ojos parecieran los de un insecto.

—No me refería a una semana.

—Tiene nuestros documentos —dijo Chana—. ¿Qué más necesita?

En su habitación en la pensión, Chana había ayudado a su madre a rellenar un sinfín de formularios que requerían infinitas variaciones de la misma información: sus nombres, fechas de nacimiento, país de origen, empleo actual y cualquier dato que tuvieran sobre sus parientes estadounidenses, aparte de sus nombres.

—¿Han encontrado la dirección de sus familiares en Estados Unidos? —preguntó Abernathy.

—¿Cómo voy a encontrarla? —dijo Ruth.

—¿Quizás en una carta?

La madre se inclinó sobre el mostrador.

—¿Cree que cuando los nazis nos arrastraron a mi hija y a mí a un campo de concentración nos dejaron llevarnos un puñado de cartas de nuestra familia?

—Algunos prisioneros recibían y enviaban correo. —Lo dijo como si fuera culpa de Ruth Rosenzweig que los nazis no le hubieran permitido mantener una correspondencia regular en su campo de exterminio.

—¿Eran judíos esos prisioneros? —espetó ella.

—No lo sé.

El rostro de Ruth se puso rojo como un tomate.

—Ya le he dicho que la familia de mi marido vive en Nueva Jersey.

—Nueva Jersey es muy grande. No hemos encontrado a nadie con el apellido Rosenzweig que sea pariente suyo.

—¿Acaso los están buscando? —preguntó la mujer con una voz temblorosa en la que se le notaba la desesperación.

Chana captó las miradas de desaprobación de quienes estaban en las mesas cercanas. Un hombre puso los ojos en blanco. Chana se mantuvo estoica. Unas pocas miradas de burla no eran nada comparadas con nazis armados.

Abernathy se secó la frente brillante con un pañuelo.

—No tengo motivos para mentirles. ¿Por qué no vuelven a Vilna? A lo mejor su familia está buscándolos allí.

—Jamás viviré con los vecinos que intentaron matamos.

—Seguro que no todos querían hacerles daño.

—Es muy fácil decirlo, ahí sentado con sus formularios y sus carpetas. No le importamos.

—Señora, mire esta cola —dijo, señalando la fila que se extendía desde el mostrador, pasando por un laberinto de escritorios y saliendo por la puerta hasta el pasillo—. Tengo que ayudarlos a todos, no solo a usted —dijo con tono derrotado—. Si pudiera hacer más, lo haría.

Chana sintió una oleada de compasión por Abernathy al darse cuenta de cómo las cuotas de inmigración le ataban las manos. Al observar la tila de refugiados, personas exactamente iguales a Chana y su madre, la idea de llegar a Estados Unidos le parecía tan inalcanzable como volar a la Lima.

—¿Ve esto? —La madre se tocó el moretón que empezaba a desvanecerse debajo del ojo. En las semanas transcurridas desde el altercado con los Gruber, la lesión había pasado de un color púrpura intenso a un amarillo pálido. Pronto desaparecería, aunque el recuerdo no se borraría tan fácilmente.

Chana le puso una mano tranquilizadora en el brazo.

—Le contamos que nuestro vecino le hizo esto a mi madre. Son nazis. ¿Han hecho algo al respecto?

—Hemos interrogado a los Gruber. —Abernathy se limpió las gafas antes de volver a ponérselas—. Se les ha declarado inocentes de colaborar con los nazis. No hay nada más que se pueda hacer.

Ruth ensanchó las fosas nasales.

—Volveremos.

—No me cabe duda.

Herr Abernathy colocó su expediente en la parte inferior de la pila.

Pasaron junto a la fila de refugiados que seguían esperando. Hombres y mujeres de rostros cetrinos, todos con historias de pérdida y desesperación. Abernathy tenía razón. La triste historia de su familia no era única, pero ¿no hacía eso que la situación fuera aún más trágica?

Cuando salieron a la calle, se toparon con Meyer, que se les acercó, seguido de cerca por Vlad. Chana se fijó en que volvía a ir elegantemente vestido con un traje bien confeccionado. El mercado negro era un negocio lucrativo.

Meyer se alegró de verlas. Chana lo saludó con una inclinación de cabeza y mantuvo las emociones a raya. Decidió que, si alguna vez iban a tomar el té, sería él quien tendría que invitarla.

—Qué agradable sorpresa. Yo también tengo asuntos que tratar en el consulado.

La madre frunció el ceño.

—Herr Suconick, ¿se ha sabido algo de Herr Schumacher? ¿Cuándo podremos ir a los puertos?

Él miró alrededor antes de decirle a Ruth:

—Baje la voz, a menos que quiera que arresten al resto de la Brihah.

—Quiero lo que nos prometieron. Quiero ir a Estados Unidos.

—Mamá —apremió Chana—. Iremos. Debemos ser pacientes.

—He sido paciente. Quiero que alguien haga algo.

—Haga caso a su hija. —Meyer señaló el edificio—. ¿Ha habido suerte dentro?

—No. También hemos estado en la Conjunta y en la HIAS ; nadie tiene nada que ofrecernos. Gomischt! ¿Sabe lo que me dijo una mujer? Al menos ahora son libres . Quiero ir a Estados Unidos, pero no me dejan. —La madre hizo una pausa—. ¿Qué tiene eso de libertad?

Las puertas del consulado se abrieron de golpe y una maraña de refugiados salieron a la calle.

Dos policías se acercaron a disolver la trifulca y se llevaron a dos de los hombres.

Chana había visto escenas similares otros días, discusiones acaloradas por los visados o las raciones frente a otras oficinas de Viena.

Todas las veces, recordaba a los padres, maridos y hermanos que se habían enfrentado en el gueto de Vilna la noche que se repartió el Schein amarillo, los documentos que entregaba el comandante nazi que permitirían a quienes tuvieran un oficio mantener a tres miembros de su familia con ellos en el gueto.

Los hombres se habían destrozado unos a otros en el patio, porque se llevarían a las personas sin Schein y a sus familias.

Todo el mundo sabía que los nazis matarían a los que expulsaran.

—Conozco a alguien que trabaja aquí —dijo Meyer—. Hablaré con él y veré qué puedo averiguar. Deme un momento.

Chana agradeció su disposición a intervenir en su favor y su madre se apaciguó un poco.

Meyer agarró el pomo, pero se dio la vuelta antes de abrir.

—Chana, llevo tiempo queriendo tomar el té. Quizá podamos ir hoy. No tardaré mucho.

A pesar de las mujeres que lo habían rodeado aquel día en la cafetería, Chana estaba dispuesta a aceptar. Sin embargo, antes de que le diera tiempo a responder, su madre intervino:

—Le encantaría.

Meyer se marchó y Chana le espetó a su madre:

—Sé hablar por mí misma.

—Me preocupaba que dijeras que no.

—Iba a decir que sí. —Ruth sonrió—. Mamá, no te emociones. En todo caso, solo somos amigos. Meyer Suconick se relaciona con muchas mujeres. Lo vi en la cafetería. No está buscando ser el novio ni el marido de nadie.

Su madre rechazó sus palabras.

—Las otras mujeres no son como tú. No son Golda-lox —dijo, destrozando el apodo que le había puesto a Chana el amable soldado estadounidense que enseñaba inglés en Foehrenwald. Le alisó el pelo con cariño—. Bubbeleh , se quedará maravillado contigo.

—Se pronuncia Goldilocks . «Ricitos de Oro» —dijo Chana, recordando cómo terminaba el cuento, con los osos persiguiendo a la niña para comérsela—. Solo vamos a tomar el té, mamá.

Aun así, tenía que admitir que estaba deseando que llegara el momento; tenía curiosidad por saber quién era Meyer debajo de toda la bravuconería.