12 Chana
CHANA
C hana y Shifra salieron del cine muy animadas después de ver la película estadounidense State Fair .
Era una agradable tarde de finales de abril, un mes después de su llegada a Viena.
La película estaba en inglés y se sentía orgullosa de haber entendido la historia.
Incluso le susurró algunos fragmentos del diálogo a Shifra para que su amiga también los entendiera.
—¿Quieres saber cuál ha sido mi parte favorita? —preguntó Shifra.
Chana lo había disfrutado todo: los romances y el espectáculo de una gran feria con atracciones y concursos.
—Claro.
—Que un desconocido pueda sentarse a tu lado en una atracción y convertirse en el amor de tu vida.
Chana sonrió.
—¿Deberíamos ir al Prater y subirnos a la noria para que encontrases marido?
—Ojalá… —suspiró Shifra—. Pero le prometimos a tu amiga del trabajo que nos veríamos en el Café Trinken, así que mi marido tendrá que esperar.
Se rieron.
Llegaron a la cafetería a la vez que Gita.
Tras una breve presentación, las tres consiguieron una mesa en la sala abarrotada.
La estrecha cafetería, con las paredes agrietadas, solo servía té y limonada, pero atraía a una clientela constante cada día.
Gita charlaba animadamente sobre una prometedora cita que había tenido dos noches antes con un soldado estadounidense que se alojaba en el Empress.
Shifra escuchaba con atención cada palabra.
—¿Quién? —preguntó Chana.
—El cabo Nance. Se llama Jeb. Es de Carolina del Norte. ¿Es de allí la familia de tu padre? —respondió Gita.
—No. Son de Nueva Jersey.
Chana repasó mentalmente las veces que había recogido platos en el comedor e intentó recordar al cabo.
Le vino a la memoria un soldado que le había arrojado un pañuelo a un compañero que no paraba de estornudar.
Suénate la nariz, Jeb . El soldado le había dado una palmada en el pecho al hombre que estaba a su lado.
Cuando este haragán come bien, estornuda siete veces .
Los soldados que lo rodeaban contaban mientras el pobre seguía estornudando.
—¿Tiene el pelo oscuro y rizado? —preguntó Chana—. Estornuda después de una buena comida, ¿verdad?
—¡Ese es! —gritó Gita con alegría—. Comer bien no es lo único que lo hace estornudar. —Le guiñó un ojo y Chana sintió que se sonrojaba.
—Suena como un sueño —dijo Shifra.
—Su familia vive en una granja —añadió Gita—. Cultivan tabaco.
Shifra apoyó los codos en la mesa.
—Si te casas con él, te llevará a Estados Unidos.
—¿No sería maravilloso? —preguntó Gita con el rostro radiante.
Después de semanas de descansos compartidos y comidas apresuradas en la cocina del hotel, Chana había aprendido que Gita era de Viena y que su madre era gentil y su padre judío, lo que la convertía en lo que los nazis habían declarado una Mischling de primer grado.
El padre de Gita había sido profesor de medicina en la Universidad de Viena.
Cuando comenzó el Anschluss , las autoridades le prohibieron ejercer la docencia y posteriormente lo arrestaron y lo enviaron a Dachau.
Gita, su madre y sus dos hermanas sobrevivieron a la guerra mudándose con los padres de su madre a Linz.
Nunca volvieron a ver a su padre y, cuando terminó la guerra, se enteraron de que, de camino al campo de concentración, lo habían matado a tiros por saltar del tren para intentar escapar.
—He quedado con Jeb aquí —dijo Gita mirando hacia la puerta.
—Me encantaría conocerlo —dijo Shifra—. Quizá tenga un amigo que presentarme, aunque por aquí ya veo a unos cuantos buenos candidatos.
—¿De verdad? ¿Como quién? —preguntó Chana.
Shifra se inclinó con una sonrisa cautivadora y le susurró algo sobre los otros clientes de la cafetería, frecuentada por traficantes del mercado negro y soldados de las cuatro potencias aliadas.
Chana se mareaba de tener que seguir todos los detalles.
Shifra dio un sorbo al té y se puso seria.
—De todos modos, debemos andarnos con ojo —dijo y señaló a dos hombres sentados en un rincón—. Esos son Kirill Volkov y su hermano Grigory.
Chana los reconoció de inmediato como los hombres que la habían abordado en la estación.
—Hay dos traficantes que controlan la ciudad y Kirill es uno de ellos —explicó Shifra—.
Volkov es soviético, no judío. Se dice que vende artículos a crédito, pero si un cliente no paga a tiempo, le propina una paliza tan fuerte que le será imposible saldar la deuda.
—Señaló con cuidado—. ¿Veis el anillo de oro enorme que lleva en el dedo?
He oído que se lo pone porque deja cicatriz.
—Qué horror —dijo Chana.
—Es peligroso —dijo Shifra con total naturalidad.
La guerra les había proporcionado demasiados encuentros con hombres peligrosos.
Shifra le tocó el brazo a Chana.
—Por ahí dicen que estuvo en un gulag soviético antes de la guerra y que, cuando comenzó el conflicto, se alistó en el Ejército Rojo.
Dicen que desertó. Algunos cuentan que estuvo en uno de los campos de concentración como kapo .
¿Quién sabe qué es cierto? Pero ten cuidado con su hermano, Grigory; es el calvo, y el más cruel de los dos.
Chana se estremeció. Había habido un kapo particularmente cruel en Stutthof.
Un prisionero al que los nazis habían encargado hacer cumplir las normas del campo y que robaba la escasa sopa y el pan de los demás hasta que morían de hambre.
Chana y su madre habían tenido suerte de que nunca les hubiera echado el ojo. Le preguntó a Shifra:
—¿Cómo sabes todo esto?
—Las mujeres de la lavandería hablan. Mucho.
—¿Quién es el otro traficante? —preguntó Gita.
—Meyer Suconick, por supuesto. —La admiración se reflejó en la voz de la joven.
Les señaló con disimulo a un hombre larguirucho y pálido que estaba apoyado en una pared al fondo de la sala—.
Ese es Vlad. Es soviético y trabaja con Meyer.
Actúa como su guardaespaldas. —Estiró el cuello para mirar—.
Si Vlad está aquí, Meyer no debe de andar lejos.
Shifra señaló a varios otros hombres que trabajaban con Meyer y luego le dio un sorbo al té.
—Meyer y Kirill compran mercancías por toda Europa y cruzan las fronteras como fantasmas.
—A continuación, señaló a un grupo de soldados estadounidenses—.
Esa pandilla… también venden mercancías en el mercado negro.
Vienen a la lavandería a vender cigarrillos y latas de comida.
Ese tipo… —Señaló al sargento McManus, el mismo soldado que le había dado a Chana una chocolatina en su primer día en el hotel.
Estaba rodeado por un puñado de soldados—. Es el cabecilla. O eso me han dicho.
Según Shifra, el sargento y otros cuantos soldados estadounidenses habían estado vendiendo productos del economato del ejército, comprados a bajo precio y revendidos por más dinero, pero la noticia de sus negocios había llegado a oídos del Congreso de su país y la desaprobación del gobierno había provocado una campaña de represión.
La mayoría lo había dejado, pero unos pocos, como McManus, habían seguido adelante, utilizando a traficantes del mercado negro como intermediarios para vender cajas de cigarrillos, chocolatinas, caramelos, linternas y conservas.
Gita miró por encima del hombro hacia ambos lados antes de susurrar:
—Es verdad. Jeb me lo contó, pero él no está involucrado.
—Parece un buen hombre. —Chana le apretó la mano a su amiga.
Siguieron tomando el té y escuchando los chismes de Shifra hasta que Meyer entró por la puerta de atrás de la cafetería.
Miró alrededor y le hizo un gesto a Vlad, que se le acercó.
Meyer recorrió la estancia con la mirada y se detuvo en Chana.
Ella pensó en las flores en el jarrón desconchado sobre la mesa de su habitación de la pensión.
Sus miradas se cruzaron y sintió un escalofrío.
Levantó la mano para saludar, justo cuando una mujer gritaba por encima del ruido:
—¿Meyer?
El hombre se dio la vuelta y Chana bajó la mano.
Una morena guapa con una boina verde le hizo señas para que se sentara a su mesa.
Parecía tener más o menos la misma edad que Chana.
Meyer la abrazó antes de sentarse. ¿Le habría regalado flores también?
Volvió a mirar, pero no vio nada. Se entretuvo con sus amigas y se esforzó por ignorar la piedra que se le había atascado en el pecho.
No tenía ningún deseo de verlo tomando el té con otra.
¿Su invitación inicial habría sido solo una forma educada de no herir sus sentimientos después de que ella le hubiera mostrado sus cicatrices? Se arrepintió de haber aceptado.
Shifra se inclinó hacia ella.
—No es su novia.
Chana se atrevió a echar otro vistazo.
—¿Cómo lo sabes?
La mujer echó la cabeza hacia atrás y se rio de algo que Meyer acababa de decir. Incluso se agarró la boina, como si fuera a caérsele. Toda una actuación.
—Presto atención cuando la gente habla. Meyer no tiene pareja, aunque a muchas les gustaría que les diera la oportunidad. —El tono de Shifra se volvió molesto.
—¿Te interesa? —Chana contuvo la respiración. No deseaba verse enfrentada a su amiga.
—Es un hombre, ¿no? —Se rio—. Pero no, en verdad no. Estoy centrada en otros candidatos.
—Ay, Shifra —Chana rio y le apretó la mano. En ese momento, deseó que todas las esperanzas matrimoniales de su amiga se hicieran realidad—. Tenemos cosas mejores que hacer que mirar a Meyer Suconick.
Sin embargo, cuando volvió a girarse, otra mujer se le acercó con paso tranquilo.
Una atractiva pelirroja. Le puso la mano en el hombro a Meyer, que levantó la vista y sonrió.
La morena puso mala cara. Chana volvió a mirar de reojo y se fijó en que la expresión del hombre no se correspondía en absoluto con la ingenuidad que había detectado en él cuando la miró en la pensión de Nachmann.
—Me alegro de que sigas aquí —dijo una voz detrás de ella.
Chana levantó la vista y se encontró con Elias, que le dedicaba una sonrisa torcida. Su estado de ánimo mejoró como un globo llevado por el viento.
—¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí?
—Gita mencionó que había quedado contigo y se me ocurrió pasarme antes del turno de la cena. ¿Puedo sentarme con vosotras?
—Por supuesto. —Se apartó un poco. Elias acercó una silla vacía y se sentó entre Gita y ella.
Gita se levantó de un salto.
—¡Ha venido! ¡Jeb!
—Quizá deberías hacerte un poco la difícil —dijo Shifra.
Pero Gita ya había salido volando hacia la entrada de la cafetería, donde su novio estadounidense la levantó en volandas y le dio un beso en los labios.
—Qué más da —dijo Shifra y bebió un sorbo de té.
—Trabajas esta noche, ¿verdad? —preguntó Elias.
—Sí. Mi madre y Aron vendrán ahora para que vayamos juntos.
—Ah… bien. ¿Te parece bien si os acompaño?
—Por supuesto.
Chana levantó la vista y descubrió que Meyer la observaba. Le ardieron las mejillas. La mujer que estaba con él, la pelirroja, le tocó el brazo y él le dedicó una sonrisa forzada.
Gita volvió a por su abrigo.
—Jeb y yo nos vamos. —Después se alejó otra vez, flotando en una nube.
Chana miró el reloj de la pared. Su madre y Aron llegarían en cualquier momento.
—Yo también tengo que irme. Vamos, Shifra, te acompañaremos a la lavandería.
Chana y Elias se levantaron.
—Yo no voy —dijo su amiga.
—Pero no deberías andar por ahí sola.
—Tal vez no lo haga. —Echó los hombros hacia atrás, resaltando cómo el escote de la blusa le favorecía el busto—. No te preocupes tanto. Esa chica trabaja conmigo. —Señaló con la barbilla a una mujer que estaba dos mesas más allá—. No me iré sola. Te lo prometo.
Cuando Chana y Elias se acercaban a la puerta, vio a su madre y a Aron fuera.
Su madre frunció el ceño al verla con el aprendiz.
Chana miró atrás, hacia Shifra, que se había acercado a un soldado cerca de la mesa de Meyer.
Su amiga se rio por algo que le dijo. Miró a Meyer, que le devolvió la mirada, justo cuando otra mujer se unía a su mesa.
Frunció los labios cuando Elias le tocó el codo.
Como si tuviera algún derecho sobre ella después de haberse pasado la tarde en compañía de tantas mujeres.
Sin embargo, al darse la vuelta, Chana sonrió.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Elias.
Se embriagó con sus amables ojos marrones y su robusta presencia, incluso cuando su madre se negó a saludarlo.
—Tú, en el buen sentido.
Y lo decía en serio.
—Me alegro.
Se dirigieron hacia el hotel, caminando al mismo ritmo.