El panadero de Viena 11 Chana #2
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11 Chana #2

Partieron en una carreta tirada por caballos.

Una vez en camino, parecía como si todos los judíos de Vilna estuvieran abandonando la ciudad.

Algunos iban a pie, otros empujaban carretillas o, como ellos, viajaban en carretas.

Unos pocos conducían coches. Más tarde, decenas de automóviles abandonados salpicaban la carretera, ya fuera por averías o por falta de combustible.

La primera noche, Chana y su familia se detuvieron en un bosque. Su madre había llevado comida: pan, agua, manzanas y un trozo de queso. Comieron un poco y luego durmieron juntos sobre una manta, agarrando con fuerza sus pertenencias para evitar que se las robaran.

Al día siguiente, de vuelta en la carretera, los aviones de la Luftwaffe los sobrevolaban a toda velocidad, cubriendo el cielo en su oscuro y siniestro enjambre.

Cayeron bombas y hubo explosiones, primero en la distancia y luego más cerca.

La carreta se sacudió violentamente mientras columnas negras de tierra y humo se elevaban sobre los campos vacíos.

Otra explosión hizo que el caballo se encabritara, pero su padre logró sostener las riendas.

A Chana le castañeteaban los dientes. Estaba segura de que era el fin del mundo.

Continuaron avanzando hacia la frontera soviética. Una hora después de que los aviones desaparecieran, empezaron a aparecer personas, solo que venían en dirección contraria. Les siguieron otras.

Su padre detuvo a un hombre que empujaba un carro.

—¿A dónde se dirigen? —preguntó.

El hombre negó con la cabeza.

—Los nazis han bloqueado los caminos hacia la frontera. Están marchando en esta dirección. ¿No han visto los aviones?

—Sí —respondió el padre.

El hombre se encogió de hombros, como si eso respondiera a todo.

—Vamos a volver a Vilna. Si siguen avanzando, se encontrarán con los alemanes.

El padre saltó del carro y se quedó en medio de la carretera.

—¿Jacob? —preguntó la madre—. ¿Qué hacemos?

Él no respondió. Miró hacia el este, como si deseara que el hombre se hubiera equivocado. Pasó más gente: mujeres encorvadas, como si el cielo se hubiera derrumbado sobre sus espaldas, y hombres adultos sollozando.

Volvió a subirse al carro. Condujo al caballo para que diera la vuelta y, mientras recorrían el camino de regreso a Vilna, Chana vio muchos cadáveres en los campos y las cunetas. No sabía si habían muerto por las bombas o por las balas. Vomitó dos veces y lloró durante casi todo el trayecto.

Cuando por fin se acercaban a la ciudad, se encontraron con un puesto de control nazi custodiado por soldados armados con rifles y sus perros.

Los soldados los obligaron a entregar la carreta y la mayoría de sus pertenencias.

Su madre se había llevado consigo el ramillete bordado.

Un soldado alemán lo estrelló contra el suelo, rompiendo el marco de madera.

Ruth dio un grito ahogado y Chana sintió que algo se le partía en el pecho.

—Mira, mamá —dijo, de vuelta en la tienda de Viena, y señaló la cesta de hilos.

Una sonrisa se dibujó en los labios de su madre. Agarró un paquete de color azul real, pero lo soltó al instante, como si estuviera obligada a comprarlo por haberlo tocado.

—¿Lo echas de menos? —preguntó Chana.

—Echo de menos muchas cosas.

—Podríamos comprar algo de hilo y buscarte un cañamazo.

—Ahora no. Los billetes de barco y de tren no son gratis. —Se detuvo junto a la cesta. Un pálido moratón empezaba a tomar forma bajo su ojo—. Tenemos que ahorrar.

Aunque Chana lo entendía, la entristecía.

—¿Has encontrado el hilo que buscabas?

—Cuesta demasiado. Tendremos que ir a Karlsplatz.

Chana tocó una cesta con retales de tela.

—También… necesito trapos.

Agachó la mirada, avergonzada. Esa mañana le había bajado el periodo y necesitaba suministros.

Su madre le levantó la barbilla.

—Es maravilloso. Significa que estás creciendo y estás más sana. No te avergüences. —Le dio un beso en la mejilla—. Vamos.

Chana estaba agradecida de que en los últimos meses le hubiera vuelto la menstruación.

Cuando estaban en Stutthof, ella y muchas otras mujeres habían dejado de tenerla.

Algunas creían que la causa era que los nazis les echaban algo en la comida.

Una mujer que había sido enfermera lo atribuyó al hambre.

Fuera cual fuere la razón, entre conversaciones susurradas, las prisioneras lloraban porque ya no se sentían mujeres, ni siquiera humanas.

Chana tenía diecisiete años y también lloraba, aunque no sabía cuándo querría tener hijos.

Tras un breve paseo, Chana y Ruth llegaron cerca de la parte de atrás del Empress, en el límite de la Karlsplatz, donde el mercado negro operaba a diario.

Varios cientos de personas ya pululaban por el gran espacio abierto, regateando con comerciantes y granjeros por comida y pagando con cualquier objeto que les cupiera en los bolsillos.

Hasta una chocolatina servía como moneda de cambio.

También los cigarrillos. La gente intentaba no llamar la atención con sus transacciones, aunque la Interpol hacía la vista gorda.

Su madre no tardó mucho en comprar hilo para zurcir y una bolsa de trapos.

Caminaron entre filas de todo tipo de artículos, desde comida hasta muebles y partes de edificios bombardeados; había puertas y persianas a la venta, que a menudo se compraban para usar como leña debido a la continua escasez de carbón en la ciudad.

Encontraron a un hombre que vendía ropa y seleccionaron varias faldas oscuras y blusas blancas para que Chana y su madre las compartieran, así como dos camisas y dos pantalones para su hermano, que serían sus uniformes de trabajo.

A Chana le incomodaba comprar en el mercado negro, pues no había forma de saber si el vendedor había robado la ropa a personas inocentes. Cuando protestó, su madre le dijo:

—No puedo zurcir tela que está a punto de desintegrarse. Con unas pocas prendas más, no tendremos que lavar tanto para ir a trabajar.

Se alejó y dejó que Ruth regateara con el hombre.

—¿Qué vas a comprar? —preguntó una voz a su espalda.

—Nada —respondió, pensando que se trataba de otro vendedor ambulante. Cuando se dio la vuelta, se encontró con Meyer, que sostenía un ramo de flores envuelto en una hoja de papel de periódico arrugado.

El hombre sonrió ante su evidente sorpresa.

—¿Le ha ofrecido un buen precio a tu madre?

—Creo que sí.

—Ya veremos. —Meyer se acercó al vendedor y le susurró algo al oído. El hombre se rascó el cuello y lo escuchó. Cuando terminaron, se dieron la mano.

Chana le agradeció la ayuda y le sonrió cuando regresó a su lado mientras su madre le pagaba al vendedor.

—Tengo que irme —dijo Meyer—, pero esto es para ti.

Le entregó las flores.

El estómago le dio un vuelco.

—Gracias.

La única persona que le había regalado flores era su padre.

Estaban en el gueto de Vilna y trabajaba en la panadería clandestina.

Le hizo una florecilla con masa estropeada, dejó que se endureciera y se la regaló.

La Gestapo había prohibido los juguetes y las baratijas en el gueto, así que Chana guardó el regalo debajo de una tabla del suelo de la casa donde vivían y solo lo sacaba cuando estaba sola.

—Son preciosas.

—Me alegro de que te gusten. —Su tono calmado era difícil de interpretar.

Chana lo miró.

—En cuanto a la invitación para tomar el té… —Los nervios la detuvieron, pero los ojos grandes y curiosos de Meyer la empujaron a seguir—. ¿Qué tal esta semana?

El hombre arqueó las cejas. Le gustaba sorprenderlo.

—Esta semana estoy muy ocupado —dijo.

—Sí, claro, yo también —respondió Chana, dándose una exagerada importancia—. Muy ocupada.

Él sonrió ante la burla.

—¿El chef Heiss no te deja respirar?

—Siempre lo he preferido a estar ociosa.

Meyer se rio, un sonido cálido y cordial que la animó a reírse también.

Varios hombres cercanos se pusieron a gritar. Meyer miró en su dirección y su buen humor se transformó en un ceño fruncido.

—Disculpa. —Se dispuso a marcharse, pero se detuvo un segundo—. Iremos a tomar el té pronto.

Se marchó en dirección al alboroto.

Su madre se le acercó con una sonrisa radiante.

—Meyer te ha regalado flores. Alegrarán la habitación. —Levantó la ropa que cargaba en brazos—. Nos ha conseguido un buen precio.

Chana miró hacia donde Meyer hablaba con varios hombres después de que el alboroto se hubiera calmado. Deseó que la mirara. Tras unos segundos, se giró y le dedicó una sonrisa encantadora, antes de volver a centrar su atención en el círculo de hombres.

Salió de Karlsplatz junto a su madre, inhalando el fragante ramo para disipar una pizca de pesar por tener que seguir esperando a que llegara la salida con Meyer.