El panadero de Viena 11 Chana
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11 Chana

CHANA

U na mañana de domingo, tres semanas después de haber llegado a Viena, Chana se despertó temprano.

Era el primer día libre completo que compartía con su madre desde que trabajaban en la cocina y, aunque solo tenían pensado hacer recados, estaba deseando pasar el día juntas.

El conserje del hotel esperaba a Aron a las nueve, así que primero lo acompañarían hasta allí.

Se levantó del fino colchón del suelo, con cuidado de no despertar a su hermano, que prefería dormir todo lo que le era posible.

Su madre roncaba ligeramente en la cama y Chana le dio un toquecito en el brazo.

Ruth abrió los ojos de par en par, sobresaltada, pero se tranquilizó en cuanto reconoció el entorno.

—Te veo en el baño —susurró Chana.

Su madre masculló una respuesta, se dio la vuelta y se tumbó boca arriba.

Chana se puso el abrigo encima del camisón para usarlo como bata, agarró una toalla áspera y fina y se dirigió al baño al final del pasillo. Estaba cepillándose los dientes cuando entró Ruth.

—He despertado a Aron. Estará listo enseguida —dijo.

Después de lavarse, Chana y su madre salieron del baño y estuvieron a punto de chocarse con Frau Gruber, que vivía al otro lado del pasillo.

—No debería tener que ir detrás de vosotras —dijo Frau Gruber—. La próxima vez, sed más rápidas.

—Solo hemos tardado unos minutos —replicó su madre.

La mujer frunció la nariz con disgusto, como si no fueran más que un par de arañas que hubieran salido arrastrándose por debajo de la puerta del baño.

—No deberíais estar aquí. —Le dio un golpe con la toalla a la madre de Chana—. Volved a vuestro país.

Ruth empujó a la mujer.

—Pago el alquiler y no pienso irme.

Frau Gruber gritó:

—¡Cómo te atreves a tocarme!

La madre se mantuvo firme.

—No te tengo miedo.

—Mamá, vámonos. —Chana la agarró del brazo, pero Ruth la apartó bruscamente.

Al final del pasillo, Aron salió de la habitación con el pelo revuelto por el sueño. Herr Gruber también salió de su habitación y se acercó furioso.

—¿Qué está pasando aquí?

Su esposa las miró con desprecio.

—Me ha puesto las manos encima.

—Es mentira —dijo Chana.

Herr Gruber se encaró con su madre.

—Ni se te ocurra tocar a mi esposa con tus sucias manos o lo lamentarás.

Chana vio que se avecinaba peligro e intentó alejar a su madre.

—Vamos.

Pero Ruth se soltó y se encaró con Herr Gruber.

—¿Qué piensas hacer?

El hombre le dio un puñetazo en el ojo y su madre cayó hacia atrás, en brazos de Chana. La joven perdió el equilibrio y tuvo que esforzarse para evitar que Ruth cayera al suelo.

—Te tengo —susurró. Aunque la ayudó a incorporarse, su madre se desplomó contra su costado, tapándose el ojo con la mano.

—¡Mamá! —gritó Aron y corrió junto a ellas. La sostuvo por el otro lado con las mejillas húmedas.

Herr Nachmann apareció corriendo por las escaleras.

—¿Qué ocurre aquí? Se oyen los gritos desde la planta baja.

La ira asesina distorsionó los rasgos de Ruth.

—¡Ese animal me ha pegado!

Nachmann se colocó entre ella y los Gruber, que las miraban con satisfacción.

—No toleraré esta clase de problemas en mi casa. —La mirada de advertencia los acobardó a todos. Se dirigió a Chana y a Aron—: Llevad a vuestra madre a su habitación.

¡No iría a culparlos por aquello!

—Nosotros no hemos empezado. —A Chana le temblaba la voz.

—Id —ordenó Nachmann.

Guiaron con cuidado a su madre por el pasillo hasta la habitación y la sentaron en una silla.

Aron la abrazó.

—Mamá, ¿estarás bien?

—Estaré bien —dijo y le dio unas palmaditas en la espalda.

El ojo ya estaba rojo e hinchado y Chana quería volver al baño para prepararle una compresa fría, pero no se atrevió, por miedo a que surgieran más problemas en su ausencia.

Unos minutos más tarde, llamaron a la puerta y entró Herr Nachmann.

—Los Gruber son despreciables —dijo—. Siempre lo han sido.

Su madre se sintió reivindicada.

—¿Va a echarlos?

—No. Tampoco a usted —respondió el casero—. Este edificio se beneficia de conservar el favor de Meyer Suconick. Pero no toleraré peleas bajo mi techo. Esta vez haré la vista gorda, pero será la única.

—Gracias, Herr Nachmann —dijo Chana, aliviada.

Otra emoción aleteó en su pecho. También se sentía agradecida con Meyer. Su madre tenía razón; podía serles de ayuda.

Nachmann se marchó y su madre se levantó, apoyándose en la mesa.

—Preparémonos.

—Deberías descansar —dijo Aron—. Iré al hotel solo.

— Narishkeit . Es demasiado peligroso.

—Tiene razón —añadió Chana.

La mirada de Aron se endureció.

—¿Por qué la gente sigue odiándonos?

Chana miró a su madre, porque no tenía respuesta.

Finalmente, Ruth frunció el ceño y dijo:

—No lo sé, boychik . —Después se volvió hacia Chana—. Si tuvieras marido, ese hombre no se habría atrevido a tocarme. ¿Entiendes ya a qué me refiero?

Chana respiró hondo. Por supuesto que la entendía y lo último que quería era que les hicieran daño. Le acarició la espalda a su madre.

—Encontraremos una solución. Esta semana te acompañaré otra vez a las oficinas de emigración.

Habían estado haciendo buen uso de la lista de instituciones que les había dado Meyer. Su madre, sobre todo, que acudía cada vez que tenía un rato libre en el trabajo.

Ruth no respondió. En cambio, cortó tres rebanadas gruesas de pan de la media barra que habían comprado con las raciones asignadas, las untó con un poco de mantequilla y se las entregó.

—Come y termina de vestirte. —Se tocó la piel debajo del ojo y puso una mueca de dolor—. Sí, iremos a las oficinas juntas esta semana.

Aron se calzó los zapatos despacio. Chana se comió el pan, agradecida por haber dejado a un lado el tema del matrimonio por el momento.

Después de acompañar a Aron al hotel, Chana y su madre se agarraron del brazo y pasearon un rato para familiarizarse con Viena.

Era una mañana de domingo clara y fresca y las campanas de la iglesia repicaban a intervalos variables.

Chana encontró reconfortante el eco del repique; significaba que la gente había salido a la iglesia y que tal vez las calles serían seguras gracias al gran número de personas que las transitaban.

El paseo las llevó por el Stadtpark, sobre el Donaukanal y cerca del Prater en Leopoldstadt, donde se detuvieron un rato.

Se veían las ruinas del parque de atracciones, escombros y metal doblado que llenaban gran parte del terreno, salvo la noria, que seguía intacta.

La gente se arremolinaba para mirar hacia arriba, a la gigantesca atracción.

—He leído que el emperador construyó la noria en 1850 —dijo Chana.

—Tienes una capacidad asombrosa para recordar datos. —Su madre parecía más impresionada por la inteligencia de su hija que por el espectáculo que tenían delante.

—Así recuerdo las recetas de papá.

—Aunque ahora eso no nos sirva de nada.

—Algún día lo hará.

—Ay, Chana, tu padre también era un soñador. —Por primera vez en mucho tiempo, su madre no hizo que la comparación sonara como una maldición. Era como si estuviera hipnotizada por el paseo—. Es como si el mismo Dios la hubiera protegido.

Como a nosotros . Chana ladeó el rostro hacia el cielo y disfrutó de la caricia del sol en las mejillas.

—Deberíamos irnos —dijo su madre—. No es prudente que nos quedemos aquí.

Primero pasaron por el comedor social judío que Meyer les había mencionado mientras los guiaba por Viena y allí devoraron dos grandes cuencos de un sustancioso guiso de pollo.

No era tan sabroso como lo que les daba de comer el chef Heiss, pero en los días libres, el comedor les ayudaba a llenar el estómago y a estirar el dinero y las raciones.

De regreso a la pensión, se detuvieron para que su madre comprara hilo para remendar en una de las pocas tiendas abiertas en Innere Stadt.

—Antes era una tienda excelente —dijo el hombre corpulento de detrás del mostrador a otro cliente mientras miraba con tristeza los estantes apenas surtidos—. Hasta el Anschluss . Entonces los nazis la cerraron.

Chana sabía que el Anschluss había tenido lugar en marzo de 1938, cuando Alemania había tomado el poder en Austria y las nuevas leyes habían despojado a muchos judíos austriacos de la ciudadanía.

Se vieron obligados a vender sus negocios y sus tierras por una miseria a cualquier gentil que los quisiera.

El pasado la abrumaba mientras inspeccionaba una cesta con retales de tela. A unos pasos de distancia, su madre agarró una lata de carne. Chana se fijó en una caja de hilos finos, del tipo que se usaban para bordar. Antes de la guerra, el bordado había sido el pasatiempo favorito de Ruth.

La recordó por las tardes, sentada en la mecedora del salón, con un cañamazo sobre el regazo y los dedos sujetando una aguja y cosiendo flores con destreza. La última vez que Chana había visto el ramillete bordado había sido en 1941 y era un recuerdo que le partía el corazón.

Su padre había irrumpido en casa sin aliento.

—Nos vamos —había dicho—. Meted en una maleta lo que podáis.

Había acudido a una reunión con otros empresarios judíos de la ciudad. Allí se había enterado de que el ejército alemán avanzaba hacia Vilna. Alemania estaba invadiendo Polonia.

Su padre quería que se marcharan al este y cruzaran a la Unión Soviética antes de que fuera demasiado tarde.

—Mejor arriesgarnos con los soldados soviéticos que con los nazis —murmuró su madre con voz temblorosa.

El aire en el piso se tintó de miedo mientras Chana abría los cajones.

No sabía por dónde empezar. Metió ropa, ropa interior y calcetines en una bolsa, pero entonces se detuvo.

Pasó junto a las muñecas con las que ya no jugaba y agarró el cuaderno donde había escrito las recetas de su padre.

El único otro objeto que se llevó fue un libro, Mujercitas , que su prima le había enviado desde Estados Unidos.

Estaba en inglés, pero su tío se lo había anotado en yidis para que pudiera aprender el idioma.