El panadero de Viena 10 Chana #2
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10 Chana #2

Su imaginación se disparó. Cocinaría con Elias, perfeccionando sus habilidades y absorbiendo las lecciones que él aprendía de Trolfe.

Aunque habían acordado mantenerlo en secreto, esperaba que, con el tiempo, pudieran contarle al chef repostero que estaba ayudando a su aprendiz.

Trolfe era un tirano, pero si sus habilidades lo convencían, tal vez también la dejaría aprender con él.

Pero si no la aceptaba, como había insinuado Meyer, se llevaría lo aprendido a Estados Unidos.

Allí encontraría trabajo en una panadería y les daría uso a las habilidades que había heredado de su padre.

Hacer buchteln aquella noche la había hecho sentir como si todavía estuviera con ella.

La guerra y los nazis no habían matado esa parte vital de su alma.

En Stutthof, por las noches, había adoptado la costumbre de repetir de memoria las recetas de su padre; a pesar del hambre, era un ritual que la ayudaba a mantenerse cuerda.

De regreso a la pensión, se puso a recordar los ingredientes de la cremeschnitte de Jacob para que le hiciera compañía en las oscuras calles.

Huevos, leche, azúcar, mantequilla, harina, vainilla y varias láminas de masa de hojaldre para crear rebanadas de crema pastelera celestial entre las capas.

Un poco de azúcar glas por encima para que quede bonito , le decía.

Se subió el cuello del abrigo, agradecida por tener la ropa de hombre para camuflarse.

A mitad de camino, vio a una mujer que andaba sola, entorpecida por un fardo que cargaba.

Unos pasos más adelante, oyó voces. Las alarmas se le dispararon cuando varios soldados aparecieron por la esquina.

Incluso en la oscuridad, distinguió los altos sombreros de piel de oveja y los uniformes de ángulos marcados que pertenecían al Ejército Rojo.

Chana se refugió en un edificio bombardeado y se agachó detrás de una pared derruida.

Ya había cruzado Innere Stadt y aquellos soldados estaban fuera de su sección, aunque no había nadie que los expulsara.

Un soldado gritó algo, pero lo único que Chana entendió fue Fräulein .

Se le helaron las venas. Se asomó con cuidado y un soldado soviético señaló a la mujer del fardo, que se había detenido como un conejo frente a un cazador.

Agazapada en las sombras, Chana quería hacer algo. Pero ¿qué? Se bajó el ala del sombrero. Estaba oscuro. Si andaba deprisa, rezó para que los soldados la confundieran con un hombre flacucho.

Aceleró el paso y los adelantó para llegar antes que ellos hasta la mujer.

— Der Schatz —dijo Chana y agravó la voz todo lo que pudo mientras la agarraba del brazo.

La mujer se sobresaltó ante el término cariñoso.

—No se alarme —susurró Chana, mientras le quitaba el voluminoso fardo y le rodeaba la cintura con el brazo con aire protector—. No pretendo hacerle daño. Pero no puedo decir lo mismo de ellos. —Señaló con la cabeza a los soldados que se acercaban.

La mirada de la mujer pasó rápidamente de Chana a los hombres, que dudaban.

— Ja, mein Liebling —dijo con los ojos muy abiertos y asustados.

—Por aquí. —Chana tiró de la mujer para alejarla de los soldados. Después giraron a la izquierda y de nuevo a la derecha por un callejón, antes de agacharse detrás de un muro derruido. La mujer jadeaba.

— Ich…

Pero Chana se llevó un dedo a los labios.

Oyeron pasos que se acercaban, seguidos de voces que hablaban en ruso. No necesitaba un traductor para saber que los soldados soviéticos las estaban maldiciendo. El sudor le empapaba las axilas.

Se hizo el silencio. Chana y la mujer no se movieron.

Contó hasta cien antes de asomarse desde su escondite. Los soldados se habían ido. Le temblaban las piernas al levantarse.

— Danke —dijo la mujer, secándose los ojos.

—De nada. No debería caminar sola por la noche. —Chana mantuvo la voz grave.

—No tenía otra opción. Había quedado con alguien para conseguir comida y medicinas para mis padres.

La mujer tenía el rostro angosto y el abrigo raído le quedaba holgado. Chana sabía que la persona a la que se refería era sin duda un traficante del mercado negro.

—¿Dónde vive? —preguntó.

—A tres manzanas en esa dirección. —Señaló con el brazo hacia la pensión de Nachmann.

—La acompaño. —Levantó el fardo más alto. Pesaba, pero podía cargarlo con más facilidad que la otra mujer. Sería mejor que se dieran prisa.

Caminaron juntas y hablaron lo suficiente para que Chana descubriera que se llamaba Louisa, que era austriaca y que su casa era la misma en la que había crecido y había pasado la guerra.

—Aquí es. —Louisa señaló una casa de piedra oscura y lúgubre.

Chana le devolvió el fardo. Louisa rebuscó en la bolsa y le entregó una lata de carne.

—Por las molestias. Es todo lo que tengo.

—No le he pedido nada.

—Eres un chico muy amable, pero esos pómulos me dicen que la carne te hace tanta falta como a mí. No dejes que el orgullo se interponga.

Chana se guardó la lata en el bolsillo.

—Gracias.

Louisa miró hacia la calle, donde el nivel de daños variaba entre los edificios.

—Es terrible lo que los soviéticos le hicieron a nuestra ciudad cuando derrotaron a los alemanes. —Se acercó tanto que Chana captó su aliento rancio—. Son casi tan malos como los judíos.

Se quedó paralizada. ¿Qué parte de su interacción le había hecho creer que era una persona adecuada con la que compartir su odio?

—Debería entrar.

Louisa subió los escalones de un salto y la puerta se cerró de golpe tras ella.

La ira le ardió en el pecho y Chana arrojó la lata de carne contra la puerta, donde chocó con la madera y rebotó hasta caer de vuelta a sus pies. En su cabeza, le gritó para que volviera a salir. Deseaba escupirle a la cara que era judía. Que supiera quién le había salvado la vida aquella noche.

Pero nadie salió.

Un coche pasó a toda velocidad y Chana imaginó el rostro de Meyer, recordó su intensidad y sus consejos al salir de la estación de tren.

Reconstruid vuestras vidas. Esa será la dulce venganza .

Chana se guardó la lata abollada en el bolsillo. La comida la ayudaría a hacerse más fuerte.