10 Chana
CHANA
U na vez fuera, Chana avanzó deprisa y con determinación.
Después de dos semanas en Viena, ya estaba familiarizada con las calles entre la pensión y el hotel. Si oía pasos o voces masculinas fuertes, se escondería detrás de alguna montaña de escombros o correría hacia los edificios abandonados.
A una manzana del Empress, encontró una alcantarilla. Se sacó la insignia nazi del bolsillo, la escupió y la dejó caer entre las rejillas.
—Mierda entre mierda —susurró.
Se metió por el ya familiar callejón que daba a la cocina del hotel.
La luz se filtraba por las altas ventanas rectangulares.
Trepó sin hacer ruido sobre una pila de cajas de madera y echó un vistazo dentro a través de una ventana rota.
Un aroma a masa dulce disipó el hedor pútrido del callejón y se le hizo la boca agua. El hambre la debilitaba.
Elias apareció en su campo de visión. Había una bola de masa sobre la encimera y una olla hirviendo a fuego lento en los fogones.
¿Qué está preparando?
Se puso de puntillas para ver mejor.
El joven aprendiz metió una cuchara en la olla y probó un líquido oscuro. Puso cara de asco y tiró la cuchara al fregadero con un ruido metálico.
Chana inhaló y percibió un ligero olor a fruta cocida. ¿Uvas o ciruelas? No estaba segura.
El claxon de un coche la sobresaltó y las cajas se tambalearon. Se agarró al alféizar de la ventana. Cuando volvió a asomarse dentro de la cocina, Elias la fulminaba con la mirada.
Saltó de las cajas, lista para huir, pero el chico salió y le bloqueó el paso.
—¿Quién eres y por qué me espías?
Chana levantó la vista y el reconocimiento se reflejó en su rostro.
—¿Chana? ¿Por qué vas vestida de hombre?
—Es más seguro así si tengo que moverme sola.
—¿Qué haces aquí?
—Quería verte cocinar.
En lugar de sentirse halagado, frunció los labios.
—¡Eres una espía! Herr Trolfe me advirtió de que otros chefs andaban tras sus recetas. ¿Para quién trabajas?
Ella se apartó, ofendida.
—Trabajo para Herr Heiss en la misma cocina que tú. Viste cómo me contrataron. Meyer Suconick nos trajo aquí.
—Como si ese fuera digno de confianza. —Su voz se había vuelto áspera por el desprecio. Era posible que lo hubiera juzgado mal. Pero ya había llegado hasta allí y las ganas de hundir los dedos en la masa que había en la cocina le cosquilleaban la piel. Se le ocurrió una idea.
—Te conté que mi padre era panadero y que lo echaba de menos. He notado que lo que hay en el fuego no te convence.
Elias entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi padre… Cuando una receta no le salía perfecta, se atormentaba hasta que conseguía hacerlo bien. Se te nota aquí. —Con las puntas de los dedos, le rozó las comisuras de sus suaves ojos marrones—. Quizá pueda ayudarte.
El chico se humedeció los labios. La oferta lo tentaba.
—¿Cómo?
—Deja que lo pruebe.
—¿Cómo sé que no quieres sabotearme?
—Tendrás que confiar en mí.
La duda se interponía entre ellos. Al cabo de un rato, dijo:
—Entra, pero si revelas algo de lo que estoy haciendo, te echarán a patadas. Me aseguraré de ello.
—De acuerdo.
Una vez dentro, Chana fue directamente a la olla. El aroma de las ciruelas (sin duda eran ciruelas) la atrajo. Buscó una cuchara y probó la mermelada oscura. Frunció los labios y le picaron las fosas nasales. Estaba amarga. Ácida.
—¿Tienes miel?
Se quitó el sombrero y el abrigo y se puso un delantal.
—Un tarro. —Lo sacó de su caja—. No uses demasiado. Estos ingredientes los pago yo.
—Solo hace falta un poco.
Comprendía la necesidad de ser frugal, así que fue añadiendo la miel en incrementos de media cucharadita. Después de dos enteras, la mermelada de ciruelas ya estaba lo bastante dulce.
Elias probó un bocado y abrió la boca con sorpresa.
—Está mejor.
—Lo sé. —La miel era el ingrediente favorito de su padre para contrarrestar el amargor.
—No está perfecta.
Chana se mordió el interior de las mejillas para no responder. Era mucho más apetecible que el intento del chico.
—¿Estás haciendo buchteln ? —preguntó en cambio.
—Sí, buen ojo. —Los suyos brillaron mientras la sospecha se desvanecía—. Compré las ciruelas yo mismo en Karlsplatz. Mis padres me enviaron un chelín por mi cumpleaños. La semana pasada cumplí los dieciocho.
—Feliz cumpleaños.
El chico sonrió y Chana desvió la mirada hacia la masa.
Su padre también preparaba los tradicionales bollos dulces vieneses; había aprendido la receta por su cuenta tras un breve viaje a la ciudad cuando era más joven. Antes de que tu madre, Aron y tú fuerais siquiera una idea en mi mente , le había contado.
—¿Me dejas ayudarte? —le preguntó a Elias.
El chico miró la masa y la olla.
—De acuerdo.
Fue incapaz de contener la sonrisa que se le dibujó en el rostro. Elias no entendía lo importante que era para ella. Sería la primera vez que preparaba algo desde que los alemanes habían invadido Vilna.
Pasaron la siguiente hora extendiendo la masa, cortando círculos de unos ocho centímetros, untando mermelada en cada uno y dándoles forma de bolas. Cada respiración le llenaba los pulmones de una embriagadora mezcla de harina y azúcar y Chana la saboreaba. Desearía pasar todos los días así.
Elias le dio un golpecito en el brazo y miró hacia donde el chico había escrito un «lo siento» en una fina capa de harina sobre la encimera. Chana se sonrojó y el color se le extendió hasta las puntas de las orejas. El aprendiz pellizcó los bordes de la masa y evitó mirarla mientras decía:
—No debería haberte acusado de espiar. No quería meterme en problemas con Herr Trolfe.
Chana le agradeció la disculpa y aplastó la harina. Hizo dos puntos para los ojos y dibujó una sonrisa.
—No debería haberte sorprendido así.
Elias sonrió.
—¿Hemos tenido nuestra primera pelea?
Chana se rio y él también. Hacía tiempo que nadie la hacía reír. Era maravilloso. Lo miró.
—¿Esperas que discutamos a menudo?
—A los dos nos apasiona esto. —Señaló la masa y la mermelada—. Las personas apasionadas a veces discuten, pero eso no significa que no sean amigos.
Cierto, había habido momentos en los que incluso había discutido con su padre. Elias le gustaba.
Una vez aclarado el tema, ambos empezaron a mostrarse más tímidos y se concentraron en llenar cuatro bandejas con bollos.
Elias le explicó cómo utilizar un cucharón pequeño engrasado para crear tapas redondas uniformes, una lección que le había enseñado Trolfe.
Chana le indicó cómo apretar bien la masa alrededor de la mermelada para que no se saliera.
Después, untaron los panecillos con mantequilla derretida y los metieron en el horno.
Chana miró el reloj. Era casi medianoche.
Quería quedarse hasta que los bollos estuvieran listos, pero tenía que irse.
Si su madre se despertaba y descubría que no estaba… No quería ni pensar en lo que pasaría.
—¿Cuándo crees que estarán listos? —preguntó Elias.
Chana y el resto del personal de cocina habían sido testigos de cómo el chico cocinaba demasiado las cosas.
—Veinte minutos. —Colgó el delantal y se puso el abrigo y el gorro—. No pierdas de vista el reloj.
—¿No vas a esperar?
—Tengo que volver. —Se abrochó el abrigo—. ¿Vives cerca del hotel?
—Me alojo aquí, en el sótano, junto con los demás aprendices. —Tosió—. Gracias por tu ayuda. Quedarán mejor gracias a ti.
El orgullo y la gratitud le calentaron el pecho. Sus habilidades seguían formando parte de ella, incluso después de los años horribles que había pasado.
—Yo también he aprendido de ti. —Era cierto. Siendo el aprendiz de Trolfe, Elias tenía mucho que enseñarle. Tenía una pregunta y, aunque sabía que debía contenerse, no pudo evitarlo—. Si volviera a encontrarte aquí alguna noche mientras practicas, ¿me dejarías ayudarte?
El rostro del chico se iluminó como si le hubiera dado alas que le permitieran volar.
—Iba a preguntarte lo mismo. —Curvó los labios en una sonrisa y Chana no necesitó un espejo para saber que era un reflejo de la suya propia.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Dentro de cuatro noches. Tengo que reponer ingredientes. ¿Te viene bien a las diez?
Podría escaparse de nuevo después de que su madre y Aron se hubieran dormido.
—Claro. —Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo—. Por favor, no se lo cuentes a nadie.
—Lo mismo te digo. Si Herr Trolfe se enterara, no le gustaría. Ya me sorprende que me permita estar aquí.
Se dieron la mano para sellar el trato, con las mismas quemaduras y rasguños en los nudillos; cicatrices de la cocina de su padre junto a otras más recientes.
—Eres una repostera de mucho talento —dijo Elias, sin soltarle la mano.
—Gracias.
La estancia se iluminó y una agradable sensación se deslizó bajo su piel. Haber acabado en aquella cocina con Elias equivalía a ser rescatada de un mar embravecido por un velero. Se sentía viva y afortunada.
El chico sonrió. ¿Le había leído el pensamiento? El tictac del reloj retumbaba con una fuerza excesiva y, a regañadientes, Chana lo soltó.
—Saca los panecillos del horno en dieciséis minutos —dijo y se quitó el sombrero a modo de despedida.
Chana regresó a toda prisa a la pensión de Nachmann, más feliz de lo que se había sentido en años.
Las dos horas con Elias se le habían pasado demasiado rápido, en parte gracias a la repostería, pero también gracias al chico.
Compartían el mismo entusiasmo y le resultaba fácil estar con él.
Contuvo una risita al recordar la disculpa escrita con harina.