9 Chana #2
Sonye la arrastró al interior y cerró la puerta. Tres hombres entraron desde otra habitación. Chana reconoció al de barba espesa. Era un partisano de alto rango de Vilna que casi siempre hablaba en las reuniones. Chana se sacó el libro de una abertura dentro del abrigo.
—Natan me pidió que entregara esto.
El hombre aceptó el libro y le entregó un folleto que se guardó en la misma abertura. Los hombres se marcharon por una ventana en la parte de atrás del pasillo. Ella también estaba a punto de irse, pero alguien llamó a la puerta con fuerza.
— Aufmachen! —gritó una voz masculina.
Chana dio un respingo.
Sonye abrió mucho los ojos y le susurró:
—Ponte detrás de mí.
Lo hizo y la mujer agarró una larga capa del perchero.
—Rodéame la cintura con los brazos.
La abrazó por detrás. Sonye extendió la capa sobre las dos y envolvió a Chana en una nube de perfume intenso y humo de cigarrillo rancio.
—No digas nada —susurró—. Muévete a la vez que yo y trata de no respirar.
Por los movimientos de Sonye, estaba claro que estaba sujetando la prenda para cerrarla.
Es imposible que funcione . El sudor le empapaba el cuello.
Si los nazis la descubrían con el panfleto y el mensaje que contenía, la llevarían a Ponary y la fusilarían.
Después, probablemente matarían a su familia y a todos los demás que vivían en su piso.
A veces, los nazis mataban a todos los habitantes del edificio para que el mensaje calara.
La puerta se abrió.
—¿En qué puedo ayudarlo esta noche? —preguntó Sonye.
Se oyeron pasos que se acercaban y se alejaban y la mujer ajustó la postura.
Por suerte, la capa le cubría los pies a Chana.
Los minutos se alargaron hasta convertirse en una eternidad mientras Chana se esforzaba por mantenerse completamente inmóvil. Los pasos se acercaron de nuevo.
—Estoy buscando a unos hombres —dijo la misma voz en alemán—. ¿Está aquí sola?
—Por desgracia, sí —respondió Sonye.
Chana contuvo la respiración.
—¿Va a salir? —preguntó el alemán.
Por favor, Dios, que no la obliguen a quitarse la capa .
—No. Acabo de llegar. Hace algo de frío aquí. No tengo a nadie que me mantenga caliente.
La sensual voz vibró contra el pecho de Chana.
—Ajá —dijo el alemán—. ¿Es usted la mujer que cantó en el concierto la semana pasada?
— Ja —respondió ella.
—Tiene una voz preciosa.
—Gracias —dijo con una risita.
—Siento haberla molestado.
—No es molestia. —Su voz se convirtió en un ronroneo.
Los hombres se marcharon y ni Chana ni Sonye se movieron. Se quedaron donde estaban durante varios minutos, con Chana abrazando el suave abdomen de Sonye. Por fin, la mujer se quitó la capa y Chana respiró hondo, como si acabara de salir de una cueva oscura y mal ventilada.
—Tenemos que sacarte de aquí. Podrían volver.
—Pero es tarde.
Chana tendría que haber vuelto de inmediato y haber atravesado la ciudad antes del toque de queda. Ya no estaba segura de si podría conseguirlo. ¿Y si los soldados seguían vigilando el edificio?
—No te preocupes —dijo Sonye al ver la inquietud de Chana—.
Con ese pelo, pasaremos delante de las narices de los nazis como si nada.
—Le colocó la capa sobre los hombros y le ahuecó el cabello—.
Deja que el oro de tu melena brille bajo las estrellas.
Eres demasiado glamurosa para que los nazis te detengan.
El valor de Sonye era contagioso y las manos de Chana dejaron de temblar.
La cantante se echó una estola de piel sobre los hombros y la guio hasta la misma ventana que habían utilizado los hombres.
Bajaron por una estrecha escalera metálica fijada a la pared de ladrillo y aterrizaron en un callejón.
Sonye parecía saber a dónde tenían que ir y rodearon la manzana a paso ligero en dirección al corte en la verja de alambre.
La mujer se sacó una petaca plateada del bolsillo, bebió y se la pasó a Chana.
Ella dio un sorbo y descubrió que estaba llena de agua. Sonye se tropezó, fingiendo estar borracha, y empezó a cantar en voz baja. Chana se unió a ella. Pasaron junto a una patrulla nazi, que les sonrió con soma, pero no las detuvo. Llegaron a la alambrada.
Sonye la besó en las mejillas.
—Me encantaba la tarta de tu padre. Espero que esté bien.
—Lo está —dijo Chana, aunque se le quebró la voz al pensar en las recetas de Jacob.
—Debes irte.
Con las manos enguantadas, la mujer levantó la verja, que emitió un chirrido quejumbroso. Chana se deslizó por debajo y se alejó rápidamente sin mirar atrás.
Imaginó que los movimientos de la capa de Sonye eran las alas de un pájaro, transformándola en su nombre en clave y llevándola a un lugar seguro.
Consiguió volver al piso. Dos días después, Natan le informó de que, aquella misma noche, después de que Chana escapara, la Gestapo había arrestado a Sonye y la habían enviado a la prisión de Luki š k ė s. Nadie volvió a verla nunca.
En el cuarto de baño de la pensión de Nachmann, Chana se echó agua en la cara y se puso el abrigo de hombre.
Se quedó de piedra. En la solapa había un pin con la insignia nazi.
Quienquiera que hubiera dejado allí aquella ropa había sido miembro del partido.
Quiso quitarse la prenda y hacerlas trizas.
¡No! Se tragó la repulsión. Eran un medio para un fin, una forma de alimentar su amor por la repostería, aunque solo fuera observando desde la distancia.
—Dios, perdóname —susurró y se guardó el pin en el bolsillo.
Metió las manos dentro de las mangas para dejar de temblar y se recordó a sí misma que moverse por Viena como un hombre de complexión delgada era mucho mejor que caminar sola como mujer.