El panadero de Viena 9 Chana
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9 Chana

CHANA

Viena (Austria)

L a primera semana en Viena pasó en un abrir y cerrar de ojos, mientras Chana y su familia se acostumbraban a la ciudad.

Su nueva vida le resultaba emocionante y aterradora a partes iguales.

Los días seguían un ritmo concreto, los tres trabajaban en el hotel y pasaban las tardes en la pensión de Nachmann.

Allí casi siempre se quedaban en la habitación, donde su madre les remendaba las ropas gastadas y Chana y su hermano leían.

Ella prefería las revistas y los periódicos que los soldados se dejaban en el hotel, mientras que Aron tomaba prestados libros de la biblioteca del Comité Judío Estadounidense de Distribución Conjunta.

Una organización a la que todos se referían como «la Conjunta».

En algunas ocasiones, bajaban al salón comunitario con los otros huéspedes para escuchar discos de música estadounidense en un fonógrafo antiguo.

Benny Goodman era su favorito. Las melodías swing del músico siempre la hacían mover los pies.

Sin embargo, no todo en Viena era de color de rosa.

Las historias de delitos por toda la ciudad corrían como la pólvora.

En las colas de emigración con su madre, oía hablar de refugiados a los que los traficantes del mercado negro les robaban la ropa a plena luz del día.

Peor aún eran las historias de mujeres, tanto gentiles como judías, atacadas y violadas por soldados soviéticos, tal y como Meyer les había advertido.

Chana se mantenía alerta. Si le dieran un groschen por cada vez que miraba por encima del hombro mientras iba y volvía del trabajo, sería rica.

Comprender cómo los aliados se habían repartido la ciudad aliviaba parte de su ansiedad.

Austria era igual que Alemania en ese sentido, ya que Estados Unidos, Inglaterra, Francia y la Unión Soviética gobernaban cada uno una parte del país.

Viena se dividía en cinco secciones, una zona para cada país aliado y una quinta, Innere Stadt, el centro de la ciudad, que estaba supervisada por el Consejo de Control Aliado, formado por ciudadanos de las cuatro potencias.

El Hotel Empress se erigía en Innere Stadt, mientras que la pensión de Nachmann estaba fuera del centro, pero aún dentro del primer distrito de Viena.

La presencia constante de soldados estadounidenses en ambos lugares la reconfortaba, aunque ninguna parte de la ciudad era totalmente segura.

En el hotel, se comunicaba con Aron cada pocas horas para calmar su preocupación por él. La mayoría de los días, su hermano trabajaba con el conserje, un joven de personalidad bulliciosa que lo mandaba a hacer recados por todo el hotel. Era un buen jefe.

Lo mismo podía decirse del chef Heiss. Meyer les había prometido que era un hombre justo y no había mentido.

El hotel estaba lleno de soldados hambrientos y el trabajo en la cocina no dejaba tiempo para descansar.

Los días en que Chana recogía las mesas del comedor o salía al vestíbulo a recibir algún pedido, apenas le quedaba tiempo para fijarse en los suelos de mármol, el papel pintado texturizado y las molduras cubiertas de pan de oro.

Trabajaba duro y de forma eficiente. Las órdenes del chef eran concisas.

Si las seguías, repartía elogios. Si alguien cometía un error o se mostraba perezoso, recibía gritos.

Chana nunca holgazaneaba y tenía mucho cuidado de no cometer errores.

Tanto ella como su madre pasaban casi toda la jornada pelando, cortando y troceando ingredientes para las comidas del día.

Aunque Heiss les hacía trabajar duro, también alimentaba a su personal a diario y les preparaba guisos y sopas con las sobras de verduras y carne.

En el campo de concentración de Stutthof, los nazis solo les daban de comer una vez al día, por la mañana.

Una sopa aguada hecha con cáscaras de patata sucias, aderezada con arena y gravilla en cada bocado, y una fina rebanada de pan.

Los soldados de las SS, vestidos con uniformes verdes, empuñaban látigos y flanqueaban la puerta del barracón.

Para conseguir la sopa, los prisioneros salían en fila de a uno y los soldados los azotaban con el látigo al pasar.

Todos los días comenzaban igual: ¡Látigo! ¡Sopa!

Al cabo de un mes, los soldados ya la habían azotado en la espalda, las nalgas y las piernas, dejándole marcas por todo el cuerpo. En comparación, las comidas de las que disfrutaban los empleados del chef Heiss en Viena eran un auténtico festín.

Al final de la segunda semana, Chana se desplomó en el fino colchón del suelo tras otro largo día.

Escuchó la respiración rítmica de su madre y su hermano, que dormían profundamente.

Sus pensamientos volaron hacia Meyer. Habían pasado catorce días desde que le había propuesto tomar el té.

Aunque el traficante se había pasado una vez por la cocina para entregar un jabalí despiezado y una caja de platos para el chef, a ella ni siquiera la había mirado.

Se tumbó de lado y se subió la manta hasta la barbilla. Se quedó mirando la pintura descascarillada de la pared, iluminada por la luz de la luna que se colaba por la ventana. La falta de atención de Meyer debería suponerle un alivio, teniendo en cuenta el deseo de su madre de casarla.

Sin embargo, la forma en que el hombre aceptó sus cicatrices y la mirada juvenil en su rostro cuando le propuso salir…

Meyer Suconick ocupaba sus pensamientos como ningún otro hombre había hecho antes.

Tumbada en la oscuridad, la curiosidad le cosquilleaba bajo el esternón.

El descaro de Chana le había recordado a alguien.

¿A quién? ¿Una novia? ¿Una esposa? ¿Su madre?

Ruth quería que pasara más tiempo con él. Si iban a ser amigos y nada más, entonces, la próxima vez que se vieran, Chana lo invitaría a tomar el té. ¡Sí! Era una idea espléndida.

Se dio la vuelta hacia el otro lado. El cuerpo le pesaba por el cansancio, pero no conseguía conciliar el sueño.

Pensó en Elias. Aquella noche volvería a quedarse en la cocina hasta tarde; le había oído pedirle permiso a Trolfe.

Le encantaría cocinar con él. Había estado tan ocupada en el trabajo que no había tenido oportunidad de volver a hablar con el chico.

Sin embargo, de vez en cuando, levantaba la vista y sus miradas se cruzaban.

Él le sonreía. Entonces ella también sonreía.

Esos intercambios le hacían sentir cierta conexión y se preguntaba si el aprendiz también lo percibiría así.

Se había fijado en que fruncía el ceño cuando se concentraba y tamborileaba los dedos mientras recibía instrucciones.

Exhumaba calma y seguridad. La próxima vez lo haré bien , le había dicho el primer día.

A menudo, sus segundos intentos salían perfectos. Igual que Chana, aprendía rápido.

Una idea la empujó a incorporarse. No podía cocinar con Elias, pero al menos podía mirar.

La habitación estaba en silencio, salvo por los ligeros ronquidos de su madre. Sería capaz de dormir incluso con bombas explotando; alguna vez lo había hecho. Su hermano yacía inmóvil.

Chana se acercó de puntillas al armario y sacó algunas de las prendas que habían quedado allí, luego buscó sus botas y salió sin hacer ruido.

En el baño común, un espacio reducido con un inodoro, un lavabo, un espejo roto y una bañera, se vistió con unos pantalones de hombre y una camisa encima del camisón.

Le quedaban grandes, pero servirían. Después se recogió el pelo bajo un sombrero de ala ancha, como los que llevaban los hombres de la ciudad.

En el espejo agrietado, examinó su reflejo.

Cualquiera que la mirase vería a un adolescente. El disfraz le gustaba.

Cuando ayudaba a la resistencia en Vilna, su único disfraz había sido su cabello rubio, una actitud segura y un buen abrigo; tres cosas que le permitían moverse por el gueto y la parte gentil de la ciudad.

Por supuesto, en aquellas escapadas nunca llevaba el parche amarillo en el pecho y la espalda que la identificarían como judía (un delito castigado con la muerte).

Natan le dio el abrigo después de varias semanas pasando mensajes clandestinos dentro y fuera del gueto.

El contrabando de todo tipo era algo cotidiano para los judíos de Vilna.

Algunos, como Chana, traficaban con información.

Los trabajadores judíos, incluido su padre, se ataban harina, azúcar, huevos y carne al cuerpo cuando regresaban al gueto por la noche después de las jornadas agotadoras en las fábricas nazis.

En los ataúdes introducían suministros hospitalarios.

Algunos gentiles compasivos lanzaban sacos de patatas desde los tejados junto a la valla de alambre de espino del gueto.

En un momento dado, algunos partisanos que Chana conocía metieron a escondidas unos cuantos instrumentos musicales y los enterraron en un patio.

Un tiempo después, los músicos judíos recuperaron los instrumentos y organizaron un concierto secreto para levantar los ánimos en el gueto.

Durante una hora, la música la transportó lejos de su infierno cotidiano.

En una misión en la zona gentil de Vilna, logró salir del gueto arrastrándose por debajo de una sección cortada en la alambrada.

En cuanto pudo, se mezcló con la multitud en la calle.

Cuatro manzanas y diez minutos más tarde, encontró el edificio de viviendas correcto, subió las estrechas escaleras hasta el segundo piso y llamó a la quinta puerta.

Una mujer abrió y Chana la reconoció de inmediato; era una cantante que antes frecuentaba la panadería de su padre.

Era una mujer alta, treinta centímetros más que ella.

Sonye. Así se llamaba y le encantaba la tarta Napoleón de su padre, una tarta de capas rellena de crema pastelera.

Chana habría jurado que la mujer también la reconoció.