8 Zoe
ZOE
Viena (Austria)
E l lunes, diez días después de la reunión con Wes, Zoe contempló el Hotel Empress, un edificio de siete pisos con la fachada de color crema y arquitectura barroca.
—Guau —susurró.
Según lo que había investigado antes del viaje, el edificio había sido el hogar de un príncipe y una archiduquesa en el siglo XIX .
Aunque lo que más le interesaba era el incendio que se había producido en julio de 1946.
Allí había trabajado su tía abuela. ¿Habría muerto entre aquellas paredes? Sintió un escalofrío.
En cuanto atravesó la gran puerta de cristal con marco dorado, se quedó boquiabierta al ver el interior.
El opulento vestíbulo ostentaba un techo cavernoso cubierto de murales, paneles espejados con vetas doradas y cristal en abundancia.
Por todas partes se movían hombres elegantemente vestidos con pantalón y chaqueta y mujeres con trajes de pantalón o vestidos, complementados con fulares y joyas llamativas.
Casi todos llevaban colgado al cuello un cordón identificativo de color verde neón.
La fila para registrarse en recepción serpenteaba entre cuerdas de terciopelo.
Zoe echó un vistazo al teléfono. No tenía ningún correo nuevo, ni mensajes ni llamadas.
La semana anterior le había enviado el itinerario a Liam, el director de comunicaciones de la Martin Baking Company.
El hombre le había respondido con un lacónico: Me pondré en contacto cuando llegue .
Zoe pasó de largo de la fila de recepción, reflejo de su poca paciencia, y se dirigió primero al mostrador de conserjería, donde dejó la maleta para registrarse más tarde. Después se acercó a la mesa de inscripción de la conferencia para recoger su paquete de bienvenida.
Mientras se colgaba la identificación al cuello, alguien a su lado le habló:
—¿Zoe Rosenzweig?
Levantó la vista y se encontró con un hombre rubio vestido con un traje azul marino.
—Sí —respondió.
El recién llegado apretó los labios.
—Soy Liam Martin-Eastman —dijo y le ofreció la mano.
Se la estrechó con firmeza.
—No bromeó al decir que se pondría en contacto cuando llegara.
Liam respondió con un rostro impasible y le soltó la mano.
—Quisiera que me acompañara —dijo con un marcado acento australiano.
Se alejó a toda velocidad y Zoe lo siguió.
¿Iba a llevarla ya a conocer a Henri Martin?
Se vio reflejada en el pasillo acristalado.
Se la notaba un poco cansada por el viaje, con el pelo encrespado y ojeras, pero en general estaba presentable.
Se alegró de haber viajado con pantalones negros y chaqueta en lugar de con un chándal o en vaqueros.
—¿A dónde vamos? —preguntó cuando Liam pulsó el botón de llamada de un ascensor privado.
—A ver a mi abuelo, Henri Martin.
Su abuelo. Pues claro. Liam tenía un Martin en el apellido. Debería haber deducido que eran familia.
El ascensor los llevó hasta el ático, donde Zoe siguió a Liam hasta un lujoso salón.
Molduras doradas, sofás de chintz, jarrones ornamentados y abundantes flores convertían el espacio en un auténtico palacio.
Nunca había visto una habitación de hotel tan solemne, aunque ni siquiera estaba segura de que aquello calificara como habitación de hotel.
Paseó la mirada por el esplendor de la sala hasta llegar a una pared con ventanales del suelo al techo, donde un anciano de cabello plateado contemplaba las impresionantes vistas de la ciudad y la catedral de San Esteban.
Se dio la vuelta. Vestía unos pantalones casuales de color canela y una camisa Oxford azul claro.
Tenía el rostro arrugado y curtido, era de estatura media y complexión robusta, incluso con algo de barriga, donde los botones de la camisa le tiraban ligeramente.
—Bienvenida, Zoe Rosenzweig. Soy Henri Martin. —Su voz y su acento coincidían con lo que recordaba de la llamada.
—Es un placer conocerlo, señor Martin.
Se adelantó y le tendió la mano. Se saludaron y, cuando la soltó, Zoe sintió una oleada de emoción.
Allí, en persona, estaba el mismísimo Henri Martin.
Aquel encuentro podría ser la clave de todo lo que deseaba.
Información sobre la historia de su familia.
Un artículo importante. Una bonificación.
Un ascenso. Y la posibilidad de quedarse con la casa de su abuelo.
Su futuro brillaba más que la elaborada lámpara de cristal con múltiples brazos que colgaba del techo.
—Llámeme Henri —dijo mientras se acomodaba en un sillón—. Adelante. —Le indicó que se sentara en el sofá.
Zoe se sentó y Liam dejó una carpeta sobre la mesita de centro. Los dos hombres intercambiaron una mirada y Zoe detectó cierta tensión en la comunicación silenciosa.
—Abuelo, ¿seguro que no necesitas descansar? La conferencia empieza en dos horas.
—Estoy bien. —Henri hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—De acuerdo —dijo Liam y le tembló un poco la mandíbula—. Volveré pronto.
La actitud seca del hombre la inquietó.
Cuando se cerraron las puertas del ascensor y se quedaron solos, Henri se volvió hacia ella.
—Me alegro de que haya venido.
—Gracias por recibirme, señor Martin. Como puede imaginar, estoy deseando saber más sobre mi abuelo y mi tía abuela. ¿Va a contarme cuándo los conoció?
Quería averiguar cuanto antes si había estado con ellos en Viena o si los conocía de antes de su llegada a la ciudad.
—Aron era un adolescente cuando nos conocimos. Un buen chico. Hacía recados por el hotel.
Señaló la habitación y esbozó una sonrisa de medio lado.
Zoe contempló las ventanas y las puertas como si su abuelo adolescente fuera a aparecer mágicamente en la habitación. Cómo echaba de menos al abuelo Aron.
—¿Y mi tía abuela Chana? ¿Cuándo la conoció?
—Su tía abuela era… —Su voz se volvió distante—. Chana Rosenzweig era extraordinaria. Inolvidable.
Un sentimiento encantador, pero no respondía a la pregunta.
—Me pusieron su nombre —dijo Zoe, en un intento de abordar la conversación desde otro ángulo—. Mi segundo nombre es Chana.
Los padres de Zoe habían seguido la tradición judía de nombrar a los bebés en honor a familiares fallecidos.
Henri cruzó los brazos sobre el pecho y asintió despacio, con el aspecto de un titán de los negocios. Tras una pausa, deslizó la carpeta hacia ella.
—Para usted.
—¿Qué es esto?
La levantó, esperando que contuviera información.
—Un acuerdo de confidencialidad.
Zoe se llevó una mano al cuello.
—¿Eh?
Si Henri se percató de su sorpresa, no lo demostró.
—Es algo habitual para mí. No le contaré nada a menos que lo firme.
—Dejó un bolígrafo sobre la mesita—. Corre el rumor de que pretendo conceder una entrevista.
Hay dinero en juego. Una fortuna por palabra.
No me gusta que le pongan precio a mi cabeza.
—La miró a los ojos—. Me complació comprobar que no escribió sobre el premio antes de que la Fundación Boucher lo anunciara.
Como periodista, imagino que iría en contra de su naturaleza.
Zoe se esforzó por mantener la calma al hablar:
—Con el debido respeto, señor, no me pidió que nuestra conversación fuera extraoficial cuando hablamos por teléfono.
—Es cierto.
Intuyó que había sido una prueba. Una prueba que había superado solo porque Henri no sabía que había aprovechado fragmentos de su historia para convencer a Wes.
Dio unos golpecitos en la carpeta.
—Eche un vistazo a los papeles y decida.
Su intuición le decía que debía aproximarse a Henri con la misma precaución con la que lidiaría con un animal salvaje, por miedo a que saliera corriendo. Sin embargo, no pudo evitar la pregunta:
—¿Qué ocurrirá si no firmo?
—Bajará en el ascensor y yo me quedaré a practicar mi discurso.
Lo más prudente sería llevarse el documento a su habitación y revisarlo detenidamente.
Quizá consultarlo con Wes, quien le había dado instrucciones explícitas de identificarse como periodista y manifestar su intención de publicar una entrevista.
Pero ¿y si era su única oportunidad para hablar con Henri?
Tal y como lo veía, sus objetivos coincidían en parte: la conversación sobre su familia era un asunto personal.
En cuanto al artículo, tal vez hubiera alguna forma de eludir el acuerdo de confidencialidad. Wes sabría qué hacer.
La advertencia de su jefe se repitió en su mente. Si no consigues la entrevista, no te cubriré los gastos .
El párpado derecho empezó a temblarle a causa del estrés mientras leía el texto estandarizado del documento. Establecía que todo lo que hablaran sería extraoficial. Lo firmó de todos modos.
Henri guardó los papeles en un cajón de una mesita auxiliar.
—Ahora que hemos terminado con el papeleo, no me decepcione.
Otra advertencia. Se le secó la boca mientras se sacaba la foto antigua y el artículo de la revista Life del bolso.
—Como sabe por lo que le escribí por correo, mi abuelo falleció en febrero.
Encontré esto entre sus cosas. —Se sintió aliviada cuando las palabras le salieron con más firmeza de la que sentía—.
Indicó que estos documentos eran importantes para mi futuro, pero no tengo ni idea de a qué se refería. ¿Se le ocurre a usted?
Henri entrecerró los ojos al mencionar el fallecimiento de Aron. Le pareció ver tristeza en él, pero se puso las gafas de lectura para mirar las fotos y no pudo asegurarlo.
Dio unos golpecitos a la foto junto al camión de reparto.
—La sacaron sin mi conocimiento —dijo, ignorando la pregunta—. Fue la última vez que concedimos una entrevista a nadie.
A continuación, le entregó el documento de viaje de su tía abuela.
—También estaba esto. Meyer Suconick figura como el marido de Chana. Mi abuelo nunca mencionó que su hermana estuviera casada.
Henri se quedó mirando el papel.
—Chana y Meyer nunca se casaron.
—Pero ¿tenían intención de hacerlo?
—Sí. —Se inclinó hacia delante—. ¿En dónde nos quedamos la última vez que hablamos?
No supo decir si no lo recordaba o si la estaba poniendo a prueba.
—Contrataron a mi familia en la cocina del hotel y Meyer les buscó una habitación en una pensión.
—Cierto… La de Nachmann.
Zoe sacó un bolígrafo y una libreta, después abrió una aplicación de grabación en el móvil y lo dejó sobre la mesa.
—Nada de grabaciones. —Henri señaló la libreta—. Ni notas.
No era ideal, pero no discutió. Lo guardó todo en el bolso, consciente de que tendría que transcribir la conversación más tarde.
Henri desvió la vista hacia los ventanales y Zoe siguió su mirada.
Los edificios más cercanos eran de color beige, con tejados de terracota con picos dorados y algunas cúpulas con pátina verde.
La catedral de San Esteban se alzaba en la distancia con su tejado de tejas vidriadas que creaba un patrón en forma de «W» invertida.
Le costaba imaginar la ciudad bombardeada que Henri le había descrito cuando hablaron por teléfono.
Incluso en sus ruinas de posguerra, el tamaño y la escala debían de haber abrumado al abuelo Aron y a Chana tras años de escondites y huidas.
Henri Martin se volvió hacia ella.
—Empecemos.
El viento sacudía los altos ventanales, como si el pasado quisiera irrumpir en la habitación.