El panadero de Viena 7 Zoe
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7 Zoe

ZOE

Raleigh (Carolina del Norte)

—¿ L a he convencido para venir a Viena? —preguntó Henri Martin con seguridad.

—Sí, diría que sí. —Zoe guardó el documento de notas.

—Cuando tenga el itinerario, envíeselo a Liam por correo.

—Así lo haré —respondió ella y, antes de que el hombre colgara, añadió—: Disculpe, señor Martin…

—¿Qué pasa?

—¿Cómo voy a reconocerlo? —No añadió: No sé qué aspecto tiene, porque nadie sabe qué aspecto tiene .

Se rio como si hubiera oído sus pensamientos.

—Yo la encontraré —dijo y colgó.

Zoe cruzó la oficina de Savouries a paso ligero, pasó por delante del departamento de publicidad y entró en la fosa, el laberinto de cubículos donde trabajaban los redactores. En su mesa, encontró una nota adhesiva de Wes pegada a la silla.

Necesito el artículo de la barbacoa antes de la una .

Se sentó con el portátil, dio los últimos retoques al artículo y lo envió.

Mientras esperaba a que su jefe le indicara si el texto aún debía ser editado, abrió la página web de la conferencia de la Fundación Boucher y pulsó el enlace del hotel.

Reconoció de inmediato la majestuosa fachada.

El Empress. El mismo lugar con el que había contactado después de haber descubierto la llamada entrante en el teléfono de su abuelo.

Zoe tenía que ir a Viena. No había otra opción. El problema estaba en conseguir el dinero para el viaje.

Según SonicTravel.com, el coste del billete de avión y la habitación más barata en el Empress le saldría por casi tres mil dólares, lo que le dejaría la cuenta corriente en números rojos.

Se vería obligada a echar mano del dinero que había heredado, los fondos destinados a la hipoteca de su abuelo.

Alquilar un piso para una semana también era caro.

La inscripción a la conferencia suponía otros mil dólares.

Pero si iba, querría ver el discurso inaugural de Henri Martin.

Tenía que encontrar la forma de solucionarlo.

Consultó Secret Scribblers, un grupo privado de Facebook para periodistas.

La comunidad en línea ofrecía información sobre todo tipo de temas, desde contactos de relaciones públicas de famosos hasta el editor adecuado al que presentarle cualquier tema imaginable.

Escribió «Henri Martin» en el cuadro de búsqueda del grupo y aparecieron publicaciones con el tema común de periodistas que buscaban entrevistar a Eveline o a Henri.

Esfuerzos que habían resultado vanos. A lo largo de los años, los periodistas habían perseguido los rumores de que los Martin tenían previsto asistir a diversas conferencias o eventos, pero al final nunca aparecían.

Una oleada ansiosa le revolvió las tripas. Aunque fuera a Viena, nada le garantizaba que Henri Martin estaría allí. Un comentario sobre un evento benéfico de hacía dos años le llamó la atención.

Gus Varhy: ¡Eveline y Henri Martin no aparecerán! Sería más fácil inmortalizar a un unicornio comiéndose un Big Mac que conseguir una foto o una entrevista con esos dos.

Sin embargo, el propio Henri le había pedido que acudiera. Le había prometido que hablaría con ella y había insistido en que siempre cumplía sus promesas. Por alguna extraña razón, le creía. Lo que ya le había contado sobre su familia era muy profundo.

Zoe se quedó mirando la pantalla. Otros periodistas perderían la cabeza si se enteraran de que había hablado por teléfono.

Se le ocurrió una idea. Si hablaba con Henri Martin, podría escribir un artículo.

La conexión con su familia era también parte de la historia del hombre.

Hechos sobre los que nadie había escrito porque nunca concedía entrevistas.

Podría escribir sobre él para Savouries .

¡Eso era! Convencería a Wes para que la enviara a la conferencia en representación de la revista. Su bandeja de entrada pitó con un correo electrónico del editor.

WES : Buen trabajo con el artículo de la barbacoa, sobre todo al darle protagonismo a la naturaleza competitiva del festival.

ZOE : Gracias. ¿Tienes un minuto?

WES : Mañana me voy de viaje y tengo la agenda muy apretada. ¿De qué se trata?

ZOE : Una idea para un artículo. Será rápido.

Deslizó la silla hacia el pasillo y atisbo la pared de cristal que daba al despacho de Wes. Estaba concentrado en la pantalla del ordenador. ¿Parecía interesado o molesto? No sabría decirlo. La miró y le hizo un gesto para que se acercara.

Zoe se levantó de un salto. Wes no concedía reuniones de última hora a menudo, así que se lo tomó como una buena señal. Le llegó una alerta de Google al móvil justo cuando salía del cubículo. Era un comunicado de prensa de la Fundación Boucher. Leyó mientras caminaba.

Para publicación inmediata.

La Fundación Boucher rendirá homenaje a la Martin Baking Company

(París, Francia)

La Conferencia de la Fundación Boucher de este año marcará el vigésimo aniversario de la organización, que rinde homenaje a las contribuciones destacadas al mundo de la alimentación.

El Premio a la Trayectoria Profesional de 2018 se entregará a Eveline y Henri Martin, de la Martin Baking Company.

La Martin Baking comenzó como una simple panadería en Sídney, Australia, en 1950. Hoy en día, las ventas mundiales de sus populares Fudgies ascienden a miles de millones.

La Martin Baking Company es una ferviente defensora de las mujeres, lo cual demuestra invirtiendo en formación y educación para conducir a sus empleadas a puestos de gestión y dirección.

Su filantropía incluye el apoyo a organizaciones benéficas para mujeres en todo el mundo, así como la investigación médica y donaciones para acabar con la inseguridad alimentaria.

Eveline Martin recibirá el premio a título póstumo.

Henri Martin, por su parte, ha aceptado asistir a la conferencia de abril en Viena, Austria, y pronunciará el discurso de apertura.

Pasé una temporada en Viena cuando era joven, después de la guerra, de modo que será un honor aceptar este premio en persona en nombre de Eveline y en el mío propio , afirmó.

Henri Martín había pasado un tiempo en Viena después de la guerra, al igual que el abuelo Aron y la tía abuela Chana. Zoe se preguntó cómo encajaría aquel hombre en las historias que ya le había contado sobre su familia.

—Dame un segundo —dijo Wes cuando se acomodó en la silla frente a su mesa.

—Claro.

Terminó de escribir y luego se peinó con los dedos el pelo rubio, en el cual las canas de las sienes destacaban más de lo habitual.

Wes era diez años mayor que Zoe y aquel día las arrugas que le enmarcaban los ojos y la boca parecían más pronunciadas.

Se recostó en la silla, bebió un sorbo de café y devoró la mitad de un bagel de sésamo relleno de queso crema y salmón ahumado.

La bolsa era de Bagel’ish, un restaurante en la misma manzana que la revista y un antiguo cliente del abuelo Aron.

El dueño también había sido un superviviente y los dos hombres habían sido amigos.

Zoe inhaló la mezcla de aromas de la masa horneada y el pescado ahumado salado y le calmó los nervios.

Su abuelo y ella habían pasado muchas mañanas de domingo en Bagel’ish, mientras su abuela asistía a sus clases de baile.

Mientras desayunaban bagels, hablaban de todo.

Ella le contaba cosas del colegio y los dramas con sus amigas.

Si tenía algún examen importante, se llevaban fichas de estudio o los libros de texto y su abuelo le hacía preguntas.

El abuelo Aron era su persona favorita y aquellos desayunos habían sido sagrados.

Wes dejó el café en la mesa.

—Tú me has pedido la reunión. ¿Qué pasa?

Zoe se inclinó hacia delante.

—Es sobre la conferencia de la Fundación Boucher.

—He visto el comunicado de prensa —dijo Wes y se recostó—. La gente se está volviendo loca. Los Martin son como el Pie Grande y el monstruo del lago Ness del mundo culinario, todo en uno. Todos los periodistas que asistan a la conferencia intentarán conseguir una entrevista.

—Por eso he venido. Quiero que me envíes en representación de Savouries . Voy a entrevistar a Henri Martin.

La petición quedó suspendida en el aire durante un tenso minuto.

—Venga ya, Zoe —dijo Wes—. Henri Martin es la captura de la década.

Zoe se inclinó hacia delante.

—No lo entiendes. Tengo un punto de entrada. Henri Martin conocía a mi abuelo. Acabo de enterarme. Me llamó por teléfono esta mañana. Por eso he llegado tarde. Me contó un montón de cosas sobre mi familia.

Se quedó mirándola.

—¿Por qué las sabe?

Ojalá Henri se lo hubiera contado.

—Aún no lo sé, pero lo averiguaré y podré escribir la historia de Henri. Quiere hablar conmigo en Viena.

Wes arqueó las cejas. La idea le intrigaba. Hasta que frunció el ceño. O bien no le creía o no la creía capaz de manejar una entrevista tan importante. Era una persona fácil de leer.

La desilusión la hizo encogerse en la silla.

Hora de retirarse , le reprendió su mente.

Entonces, desde lo más profundo de su ser, otra voz gritó: ¡No!

La niña que Zoe había sido antes de perder a sus padres nunca se habría rendido.

Su abuelo siempre decía: Mi Zoe tiene mucha garra .

Había enterrado esa parte de sí misma, pero estaba resurgiendo. Se sentó más erguida.

—Dame una oportunidad, Wes.

El editor juntó los dedos.

—¿Martin conocía a tu abuelo y te ha llamado por teléfono? Explícame cómo ha sido, por favor.

Le habló del sobre que había encontrado, los artículos, los documentos de viaje, la vieja fotografía y la llamada de Henri. Le entregó el teléfono, le mostró el correo electrónico que le había enviado a Liam Martin-Eastman y la llamada internacional de esa mañana, y luego le dejó ver las fotos.

Wes le devolvió el móvil.

—Las fotos están borrosas. No hay forma de asegurar que Henri Martin esté emparentado con ese tal Meyer.

—Aunque no sea así, me ha prometido que, si voy a Viena, me contará de qué conocía a mi familia y muchas más cosas. Ahí hay una historia, la historia de Henri Martin, algo sobre lo que nadie ha escrito nunca. —Se llevó una mano al pecho—. Estoy segura.

Wes se miró el reloj.

—Tengo otra reunión en unos minutos. —Se terminó el café mientras en la mente de Zoe resonaba una y otra vez por favor, por favor, por favor —.

Me has presentado un caso convincente, pero este trimestre tenemos mucha presión para aumentar el número de lectores y las ventas de anuncios.

Si existe la posibilidad de sacar un artículo sobre Henri Martin, Savouries lo necesita.

Por lo tanto, tengo que enviar a mi mejor reportero, que es Virgil.

Su artículo del año pasado sobre cómo los restaurantes orientados a turistas se están cargando los pueblos europeos fue brillante.

El artículo de Virgil había sido finalista del premio Pulitzer. Eso acabó con sus esperanzas.

Wes siguió hablando, pero Zoe ya no le escuchaba. La derrota acaparaba toda su atención. Era su historia, no la de Virgil. No podía dejar que acabara así. Tenía que ir a Viena.

—Wes, por favor, mándame a mí. —Tragó saliva—.

Hay una conexión entre Henri Martin y mi familia, lo que significa que aportaré un punto de vista a la historia que ningún otro periodista podría aportar.

—La convicción la envalentonó—. Henri Martin me dijo que mi familia quería irse a Estados Unidos, pero acabaron en Viena.

Según el comunicado de prensa, Martin también pasó un tiempo allí después de la guerra.

Era una ciudad peligrosa, había traficantes del mercado negro y todo parecía…

sombrío. Mi tía abuela trabajó de repostera.

¡Repostera! —Fuera lo que fuere lo que el contenido del sobre hubiera significado para su abuelo, necesitaba averiguarlo—.

Esto es personal para mí, lo que hará que escriba la mejor historia posible.

Wes se quedó mirándola un largo rato.

—No quiero arrepentirme de esto.

Zoe se animó.

—Te prometo que no lo harás.

Un golpe en la puerta les hizo levantar la vista. Se asomó un chico de contabilidad.

—¿Ya estás?

Wes levantó un dedo.

—Danos un minuto.

Era el momento. O Zoe lo había convencido de enviarla a Austria o le iba a asignar un reportaje sobre la mejor tarta de melocotón o la mejor tarta colibrí del sur.

Wes se levantó.

—Necesito una historia que pueda publicar.

Zoe se levantó de un salto mientras una emoción vertiginosa le cosquilleaba en el pecho.

—Lo entiendo.

El editor la señaló con el dedo, un gesto familiar cuando hablaba en serio.

—Si no consigues la entrevista, no te cubriré los gastos.

Haría la entrevista a como diera lugar.

—Lo más conveniente es que te quedes en el hotel donde se celebra la conferencia —siguió dando instrucciones—. Reserva la habitación más barata. Estamos recortando gastos.

Zoe supuso que esos recortes eran la razón por la que el contable tamborileaba el pie con impaciencia.

—La habitación más barata. Hecho.

—Una cosa más. —Wes hizo una pausa—. En cuanto se publicó el comunicado de prensa, se corrió la voz de que otras revistas están ofreciendo tres dólares por palabra a los autónomos por un artículo sobre Martin.

Se le abrió la boca, pero la cerró de inmediato.

—¿Cuántas palabras quieres? —preguntó.

—Cinco mil como máximo.

Zoe carraspeó. Qué pena no ser autónoma .

Solo unas pocas entrevistas hechas por periodistas de primer nivel se pagaban a dos con cincuenta por palabra.

Hizo los cálculos mentales y llegó a la conclusión de que un artículo sobre Henri Martin podría reportarle al escritor una ganancia de hasta quince mil dólares.

Wes se dirigió a la puerta.

—Por eso estoy dispuesto a ofrecerte, como redactara en plantilla, una bonificación de cinco mil dólares si lo consigues. Y te ascenderé a editora.

La cantidad la sorprendió. Se apresuró a calcular lo que le supondría. Cinco mil dólares, más un aumento de casi quince mil gracias al salario de un editor. Podría conservar la casa de su abuelo. La invitación de Henri Martin estaba resultando un auténtico billete dorado.

Wes añadió:

—Ten en cuenta que, como has contactado con él para hablar de tu familia, es posible que dé por sentado que vuestra conversación será extraoficial. Identifícate como periodista y consigue una entrevista publicable.

—Lo haré. —La duda le revolvió las tripas. Henri Martin podría renunciar a asistir a la conferencia. O cambiar de opinión sobre hablar con ella. Paso a paso , se dijo a sí misma, mientras recordaba que ya le había confiado algunas cosas.

—Gracias, Wes. Será un gran artículo —dijo con más convicción de la que sentía.

—Más vale. Ahora, sal de mi despacho. —Señaló la puerta.

—Claro.

Zoe se apresuró a volver a su cubículo con todo el cuerpo en tensión, consciente de lo que se sentía al saltar desde una gran altura hacia lo desconocido.