El panadero de Viena 6 Chana
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6 Chana

CHANA

C uando Meyer regresó, ya era de noche y eran más de las ocho. Chana, su madre y Aron se reunieron con él en el callejón y la chica se volvió a atar el pañuelo sobre el pelo.

—Buen trabajo hablando alemán —dijo Meyer en yidis—. Has impresionado a Herr Heiss. No es algo fácil de conseguir.

—Me alegro de que nos haya contratado —respondió Chana también en yidis, el idioma que había hablado durante la mayor parte de su vida—. Mi padre era panadero. ¿Habrá alguna posibilidad de que pueda ayudar al chef repostero?

—¡Ja! —se burló Meyer—. Intenté que Trolfe contratara al hijo de un amigo como aprendiz. Tenían una panadería en Hamburgo. El chico habría sido un buen ayudante, pero Trolfe no es como Heiss. Tolera que los judíos trabajen en el hotel, pero nunca contrataría a uno.

Chana recordó la expresión de asco en el rostro del hombre cuando la miró. Se puso a comprobar el nudo del pañuelo para ocultar la decepción.

—Una pena cubrir un cabello tan bonito —dijo Meyer.

Chana captó la curva de triunfo en la boca de su madre.

—Mi hija es una belleza y era el ojito derecho de su padre.

Chana no discutió el comentario y no fue por vanidad. Había crecido sabiendo que, como judía, su cabello rubio ondulado y sus ojos dorados la hacían destacar.

—Gracias por ayudarnos, Herr Suconick —dijo su madre—. Trabajaremos duro hasta que nos marchemos a los Estados Unidos.

—Por favor, llámame Meyer. —Le echó una mirada a Chana—. Tienes mucho descaro.

Tampoco era la primera vez que le decían eso, pero, viniendo de él, un hombre que parecía la propia encarnación de la palabra, despertó su interés.

—¿Por qué lo dices?

—No te acobardaste al enfrentarte a Kirill en la estación de tren. Heiss es duro y también le plantaste cara. —Se pasó la palma de la mano por la barbilla—. Me recuerdas a alguien.

Su tono era a la vez de admiración y melancólico, lo que le indicaba que la persona de la que hablaba le había sido muy querida.

Aunque sentía curiosidad, no insistió; no era asunto suyo.

Sin embargo, le echó otra mirada mientras el hombre observaba la calle.

De perfil era igual de atractivo. Le costaba apartar la vista.

Tras recorrer otra manzana, se le ocurrió preguntarle:

—¿Dónde está Shifra?

—En la lavandería. Por ahora, se aloja en el sótano. También está en el primer distrito, cerca de donde os voy a llevar.

Desde que habían llegado, Meyer los había llevado a los distritos primero, segundo y noveno de Viena; según él, eran las zonas de la ciudad donde la mayoría de los judíos habían vivido y trabajado antes de la guerra y donde algunos se habían reasentado.

Chana se imaginó a Shifra sola en la lavandería y lamentó no haberle sugerido al chef Heiss que contratara a una cuarta trabajadora.

Esperaba que el trabajo allí no fuera demasiado duro.

Conociendo a su amiga, si había alguien capaz de encontrarle el lado positivo a aquel lugar, sería ella.

Se prometió que iría a verla en los próximos días.

Quince minutos más tarde, los condujeron a sus habitaciones en la pensión de Nachmann.

—Esta es la suya —dijo Herr Nachmann, un hombre de mediana edad con una sonrisa desdentada, mientras cojeaba hacia la puerta del tercer piso del edificio de cuatro plantas.

La puerta se abrió de par en par. La habitación tenía una cama a un lado, dos colchones finos en el suelo, una mesa con sillas y una cómoda—.

Hay un baño compartido al final del pasillo.

La cocina y la sala de estar de la primera planta son para todos los inquilinos.

—Gracias —dijo la madre.

Chana miró alrededor. El espacio era pequeño, pero era suyo. Por primera vez desde la guerra, vivirían solos como una familia. Se abrazó a sí misma. Era maravilloso, pero cómo echaba de menos a su padre.

Meyer se quedó fuera con su nuevo casero y su madre aprovechó para decirle:

—Está claro que Meyer es un hombre importante con contactos por toda la ciudad. Podría ayudarnos. —Echó un vistazo hacia el pasillo y luego volvió a mirar a Chana—. ¿Has visto cómo te mira? Sé amable.

Aron pasó un dedo por una mella en la mesa de madera, fingiendo no oír lo que había dicho su madre.

—Por favor, mamá. Vamos a centrarnos en instalarnos.

—¿No oíste la advertencia? En Viena, las mujeres ni siquiera podemos caminar solas. Aquí hay peligro, como en el gueto. Necesitamos… —Buscó la palabra adecuada—. La protección de un hombre.

—Yo os protegeré —dijo Aron.

Ruth lo miró con cariño.

—Eres un buen chico.

Él frunció el ceño.

—Tengo quince años, mamá. No soy un bebé.

—No soportaría que os pasara nada. —Su madre se volvió hacia Chana—. Todavía estoy de luto por vuestro padre. —Le tembló la voz—. De lo contrario, consideraría volver a casarme para ahorrarte el sufrimiento.

¿Todavía estaba de luto? Chana tenía trece años cuando empezó la guerra, pero ya había notado cosas sobre sus padres y su matrimonio; su relación siempre la había confundido.

Los dos discutían con frecuencia sobre el trabajo de él.

Ruth pensaba que trabajaba demasiado y no estaba de acuerdo con las ideas que le inculcaba a su hija sobre los estudios y la panadería.

Sin embargo, de vez en cuando, sus padres se daban la mano mientras volvían a casa después del servicio del sabbat .

A veces, su padre le robaba un beso a su madre cuando creía que Chana y Aron no miraban.

Ruth consideraba que la panadería era el dominio de él y que el piso donde vivían era el de ella.

Se quejaba de que Chana no la ayudaba lo suficiente en casa y había momentos en los que sospechaba que su madre sentía celos de las largas horas que pasaba con su padre en la panadería.

—Por favor, mamá, papá y yo teníamos planes. Lo recuerdas, ¿verdad?

La pregunta alivió la tensión en el rostro de Ruth.

—Sí, lo recuerdo.

En 1933, cuando Chana tenía seis años, su padre consiguió ahorrar lo suficiente para abrir su pequeño negocio, e incluso contrató a otro hombre para que lo ayudara.

Dos años más tarde, se corrió la voz de que Jacob Rosenzweig preparaba el mejor pan y los mejores pasteles de Vilna.

Incluso las familias gentiles le compraban.

A Chana le encantaba ayudar a su padre y él le enseñó a mezclar y sobar la masa, así como muchas de sus recetas.

—Tienes un talento natural —le decía.

Era cierto. Chana sabía instintivamente las proporciones correctas de harina, levadura, agua y sal.

Sabía cuándo la masa había subido lo suficiente y cómo los distintos tipos de clima afectaban a esa subida.

Siempre sabía cuándo era el momento de sacar el pan del horno.

Pero, cuando tenía once años, el vandalismo y el creciente antisemitismo acabaron con el negocio de Jacob.

Tenía doce años cuando empezó la guerra y catorce cuando los nazis entraron en Vilna y su padre tuvo que cerrar.

Ruth tomó las manos de Chana entre las suyas.

—Quería a tu padre, pero ahora lo más importante es nuestra seguridad.

Hertzeleh , tu deber para con esta familia es casarte.

—No era habitual que su madre utilizara aquel término cariñoso—.

No digo que tengas que casarte con Meyer Suconick, pero sé amable.

Sonríe. Un hombre con contactos podría ayudarnos.

La mirada suplicante de su madre la entristeció. El sudor le perlaba el cuello y la habitación empezó a sofocarla de manera insoportable. Por supuesto que quería mantener a su familia a salvo y llegar a Estados Unidos.

—Seré amable.

Su madre le besó los nudillos.

—Aquí hay ropa —dijo Aron.

Había abierto un cajón de la cómoda y sostenía un abrigo de hombre.

Ruth se acercó y rebuscó entre varias prendas.

—Quienquiera que viviera aquí debió de marcharse con prisas.

—Deberíamos quedárnoslas —dijo Aron.

—Sí, ¿por qué no? —Su madre cerró el cajón.

Unos pasos se acercaron por el pasillo. Chana se desabrochó los dos botones superiores de la blusa.

—¿Qué haces? —preguntó su madre y la miró consternada.

—Hace mucho calor. —Chana se abrió el cuello de la camisa, dejando al descubierto tres quemaduras circulares debajo de la garganta.

—Tápate —insistió Ruth—. Aron, abre la ventana.

Su hermano intentó abrirla.

—No se mueve. Creo que está clavada.

Chana se frotó la nariz. Las fosas nasales empezaron a picarle al recordar el aliento agrio del soldado nazi mezclado con el olor a piel quemada. Aquel salvaje había querido dejarla marcada para siempre. En Foehrenwald, se lo había mostrado a Zvi poco después de que le propusiera matrimonio.

Repugnado, apartó la mirada y le dijo:

—Te cubrirás eso en mi presencia.

Su reacción la había herido profundamente.

Mientras la cortejaba, había llegado a depender de él.

La mayoría de las noches, acompañaba a su familia al comedor y presumía de ella con orgullo ante los soldados y otros policías.

Chana temió que rompiera el compromiso. Sin embargo, una semana después, le dijo:

—No quiero ir a Estados Unidos. Planeo volver a Bélgica.

—¿Es por…? —Se llevó una mano al pecho.

—Por supuesto que no —respondió con brusquedad—.

No voy a eludir mi compromiso contigo. Los visados para Estados Unidos son casi imposibles de conseguir.

No tendremos ningún problema para obtener los documentos para ir a Bélgica.

El director del campo nos ha instado a todos a regresar a nuestro país de origen.

Cuando Chana le contó a su madre los planes de Zvi, Ruth maldijo y gritó. Fue entonces cuando se puso en contacto con la Brihah.

En la habitación de la pensión, su madre le susurró:

—Abróchate.

Chana no tuvo oportunidad de hacerlo antes de que entrara Meyer.

—La pensión no es ningún lujo, pero es un sitio mejor que la mayoría. —Se acercó a la ventana, que daba a una pared de ladrillos desmoronada—. Es la única del distrito con cristales.

Chana sintió la presión de la mirada de su madre.

—Gracias, Herr Suconick —dijo Chana—. Estamos muy agradecidos.

—Me alegro. —La miró y su mirada se desvió hacia su cuello expuesto.

Chana se quedó de piedra, aunque por dentro temblaba.

Nunca le resultaba fácil exponerse de aquella manera.

Sin embargo, después de lo que había pasado con Zvi, se había prometido no volver a esconderse.

No necesitaba un espejo para saber qué aspecto tenían las tres marcas rojas e hinchadas.

Había otras cinco que ocultaba la blusa.

Cuando Meyer apartó la vista, buscó en su expresión algún atisbo de asco o lástima.

No lo encontró y se sorprendió por el calor que eso le hizo sentir.

—Nos veremos pronto. Me paso a menudo por el Empress —dijo Meyer y les dedicó una sonrisa digna de un pirata, una sonrisa que, sin duda, había conquistado el corazón de muchas damas.

Chana se tocó la garganta y sintió que se le enrojecían las mejillas.

El hombre se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo—.

No sé cuánto tiempo pasará hasta que los puertos vuelvan a ser seguros, pero si es cierto que tenéis familia en Estados Unidos, hay otras personas que podrían ayudaros.

—¿Quiénes? —preguntó la madre.

Meyer se sacó un cuaderno y un lápiz y escribió mientras hablaba.

—La Sociedad Hebrea de Ayuda al Inmigrante, tal vez. También el consulado estadounidense y el Comité Judío Estadounidense de Distribución Conjunta [1] . —Arrancó el papel y se lo entregó a Ruth—. Aquí tiene las direcciones. Por supuesto, también está la Cruz Roja.

—La Cruz Roja lo intentó, pero no logró dar con nuestra familia mientras estábamos en Foehrenwald —dijo Ruth con tristeza.

Meyer señaló la lista.

—Los otros grupos deberían ser de más ayuda.

—Echó un vistazo hacia la puerta—. Un consejo amistoso —dijo en voz baja—.

Nachmann es un tipo bastante decente, por eso os he traído aquí.

Tuvo suerte de recuperar su edificio después de la guerra.

Si hubiera sido judío, las cosas habrían sido distintas.

Sin embargo… —Hizo una pausa—. Le alquilaría a cualquiera con dinero. No le importan las creencias políticas.

Su mirada les transmitió todo lo que necesitaban saber; allí se alojaban antiguos nazis. A Chana se le revolvió el estómago.

—Gracias por contárnoslo —dijo su madre.

Meyer le dio una palmadita en el brazo.

—Chana, cuando te hayas instalado, tomemos el té en una de las cafeterías.

Ladeó la cabeza con cierto nerviosismo. Resultó a la vez juvenil y entrañable y la invitación la agradó.

Hasta que miró la lista que su madre sostenía en la mano.

Meyer Suconick les había proporcionado contactos y tal vez esperase algo a cambio.

Como el sargento y su chocolatina. Si lo rechazaba, ¿habría consecuencias?

A menudo así funcionaban los hombres poderosos.

Si dañabas su orgullo, ellos te dañaban a ti.

Sin embargo, cuando buscó su mirada y vio su sonrisa vacilante, no quiso rechazarlo.

Su madre creía que Meyer podría serles útil.

¿Por qué no hacerse su amiga? Nunca se tienen suficientes amigos.

—Me encantaría —dijo.

—Entonces nos veremos pronto.

Le dio una palmada en el hombro a Aron y se marchó.