5 Chana
CHANA
L a confianza de Chana se tambaleó en cuanto se ató el delantal, a pesar de haber pasado la infancia en la cocina de su padre. La panadería era minúscula en comparación con el tamaño de aquel lugar.
Más de diez personas iban de un lado a otro, cortando, salteando y corriendo del horno a los fogones.
Olía a cebollas cocidas, mantequilla derretida y carnes asadas.
Se le hizo la boca agua y estaba segura de que los demás debían oír cómo le rugía el estómago incluso por encima del ruido de los camareros que entraban y salían por las puertas dobles que conducían al comedor.
Heiss las llevó a su madre y a ella hasta dos grandes fregaderos.
—Meted los platos en la máquina. Lavad las ollas y las sartenes a mano. ¿Entendido?
Chana miró el lavavajillas; ya había visto uno antes, cuando repartía pan con su padre en un restaurante de Vilna. ¡La máquina lavaba cincuenta platos a la vez!
—Entendido —respondió, aunque nunca había manejado un artilugio así.
—Bien. —Heiss le entregó a Aron una gran bandeja negra—. Tú recoge los platos sucios de las mesas tan rápido como puedas.
Aron apretó los labios y Chana le guiñó un ojo a espaldas del chef para demostrarle que confiaba en su capacidad.
Su hermano acababa de recuperar la salud.
En Foehrenwald, temían que hubiera contraído el tifus.
Por fortuna, no había sido así. Ya no tosía por las noches, aunque todavía le costaba un poco respirar.
Necesitaría de todas sus fuerzas para llevar una bandeja cargada de platos.
Cuando Heiss se marchó, le susurró a su hermano:
—No apiles demasiados. Mantenlos en una capa uniforme. Te será más fácil de llevar. —Él se rascó la nuca—. Es nuestro primer día —añadió en un intento de aliviar su preocupación.
—Si se me caen los platos, podría ser el último —dijo Aron.
No podía discutírselo.
—Puedes hacerlo. —El chef los observaba—. Adelante.
Su madre y ella estuvieron tan ocupadas que Chana habría jurado que solo habían pasado unos minutos cuando miró el reloj y vio que habían transcurrido dos horas.
Cargaron el lavavajillas y, cuando terminó el ciclo de lavado, sacaron los platos y tazas ardiendo, que volvieron a usarse de inmediato.
Chana lavó y su madre secó la pila cada vez más alta de ollas y sartenes que se acumulaba en el fregadero.
Aron parecía montado en un tiovivo dadas las muchas veces que había dado vueltas por el comedor y la cocina con la bandeja llena o vacía.
Cuando los camareros irrumpían por las puertas, Chana atisbaba a ver sobre todo a soldados estadounidenses con uniformes de color verde oliva comiendo en el restaurante.
También vio a un puñado de soldados británicos con los característicos uniformes caqui más claros.
Desde su puesto junto al fregadero, disfrutaba también de una vista clara del otro lado de la cocina, donde el chef repostero, Herr Trolfe, un hombre mayor con un largo bigote gris y un carácter agrio, preparaba la masa con su aprendiz, Elias, el joven de las mejillas manchadas de harina que les había abierto la puerta.
Se humedeció los labios cuando el chico sacó unos panecillos del horno.
Trolfe la sorprendió mirando y gruñó con disgusto.
Después escupió en un fregadero y volvió a mirarla con odio, entrecerrando los ojos.
Chana se concentró en la sartén cubierta de agua jabonosa y recordó la advertencia de Meyer de que algunos empleados del hotel habían atendido a los nazis de buena gana.
Limpió la suciedad del borde de la sartén mientras seguía observando a los reposteros con disimulo.
Estaban haciendo striezel . Chana pensó que el pan dulce austriaco se parecía al challah .
Observó la técnica de amasado de Trolfe, la forma en que doblaba la masa y concentraba el peso en las palmas de las manos para aplanarla.
Otros menos hábiles se mostrarían indecisos al enfrentarse a un montón de masa.
Herr Trolfe no. Era agresivo y gruñía mientras trabajaba.
Elias echó unas cuantas pasas en un cuenco con ron diluido en agua y luego se puso a cortar almendras.
Chana ya sabía que añadirían las pasas cuando acabasen de amasar y espolvorearían las almendras laminadas por encima después de trenzar la masa.
Al menos así era como su padre y ella preparaban el striezel .
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Estar así de cerca de algo que amaba, sin poder cruzar la habitación y meter las manos en el dulce montículo de masa, era casi una tortura. Sin embargo, la mirada fulminante de Trolfe le había dejado bien claro que le convenía quedarse en su lado de la cocina.
Eran casi las siete cuando el barullo se calmó. Heiss ordenó a cuatro mujeres que fueran a cenar.
—Vosotras dos, turnaos —dijo y señaló con la cabeza a su madre y a ella.
—Ve tú primero —dijo Ruth mientras abría el grifo para fregar la siguiente olla.
A Chana le rugían las tripas, así que le agradeció que la dejara comer primero. Siguió a otra mujer tras hacerse con un cuenco de una de las encimeras y lo llenó con el guiso que se cocía a fuego lento en un fogón. Después, se sirvió un panecillo ligeramente quemado de una cesta.
La otra mujer le susurró:
—El aprendiz los ha dejado demasiado tiempo en el horno. Ellos pierden y nosotras ganamos. Soy Gita.
Aparentaba unos veintitantos. A primera vista, lucía un aspecto severo, con el cabello rojo recogido en un moño apretado y la raya al medio perfectamente recta. Entonces Chana se fijó en las pecas que le salpicaban la nariz, así como en la bonita sonrisa que suavizaba sus rasgos.
—Chana.
—Encantada de conocerte.
Chana siguió a las mujeres hasta un banco largo junto a la pared. Comió con avidez, sin apenas saborear la comida, y se terminó la mitad del panecillo y el estofado mientras Gita apenas había comido unas cucharadas. El estómago le rugió aún más fuerte que antes.
Las otras se rieron, excepto Gita, que las miró con el ceño fruncido.
Chana sintió vergüenza, pero la ignoró. Estaban delgadas, pero nada que ver con los ojos hundidos que veía en su propio reflejo o en las personas con las que había recorrido las calles mientras Meyer los guiaba por Viena.
La mayor parte de Europa sobrevivía a base de raciones insuficientes, pero las mujeres de aquella cocina estaban mejor alimentadas que la mayoría.
Chana miró al otro lado de la habitación cuando Trolfe le dio una colleja a Elias. Jadeó, pero el aprendiz recibió el golpe sin quejarse, como si estuviera acostumbrado.
—Cuando vengas esta noche, no te atrevas a usar ninguno de mis ingredientes —dijo el chef.
—He comprado los míos, señor —dijo Elias.
—Bien. Y más te vale dejarlo todo impecable. No quiero que se note ni que has respirado aquí dentro.
—Lo haré. Lo prometo.
—Intenta poner en práctica lo que te he enseñado. —El rostro del hombre se suavizó un poco y le dio una palmadita en la mejilla al chico—. Ve a comer.
Elias terminó sentándose en el banco junto a Chana con un plato de estofado. Ella le dio un mordisco al panecillo.
—¿Qué tal está? —preguntó el chico mirando el pan.
La corteza tenía un color marrón oscuro con manchas negras, pero el interior era suave como el algodón.
—Está rico.
—Me alegro.
El aprendiz llevaba un medallón colgado del cuello y lo apretó durante un segundo.
—¿Qué es? —preguntó Chana señalando el collar.
—San Honorato, el santo patrón de los panaderos —dijo con una sonrisa y se lo guardó bajo la camisa—. Mi… mi madre me lo dio después de que el chef Trolfe me contratara.
Chana mojó el resto del panecillo en el guiso y se lo terminó. Luego él le ofreció el suyo.
—¿No lo quieres?
—No. No me han salido bien.
Elias removió el guiso, pero no comió.
Ah . Le recordaba a Aron. Cuando su hermano estaba triste, perdía el apetito. Hasta la guerra, claro, cuando aprendió a comer cada vez que tenía oportunidad, ya que los nazis casi nunca se las ofrecían. Aquel chico gentil no había aprendido la misma lección.
—Sigue siendo comida.
Chana le dio un mordisco al panecillo.
—Supongo. —Elias tragó una cucharada de estofado—. La próxima vez me saldrán bien —dijo con determinación.
—¿Te gusta la repostería?
Al oírla, los ojos del chico se iluminaron del color de la canela.
—Me encanta.
Su estado de ánimo mejoró.
—Mi padre era panadero. Me enseñó a hacer muchas cosas. —Le vino a la mente la medaus tortas . Aquella tarta de miel de varias capas con crema de limón era su favorita y el dulce que su padre siempre le preparaba por su cumpleaños—. A menudo lo ayudaba en su panadería.
El joven la miró como si la viera por primera vez.
—Eras aprendiza, como yo.
Ella sonrió, agradecida por que la describiera como a una igual.
—Sí, supongo que sí.
—Soy Elias. Elias Bohm.
La presentación formal le resultó adorable y divertida, porque llevaban varias horas trabajando en la misma cocina y Trolfe lo había llamado por el nombre varias veces.
—Chana Rosenzweig. —Hizo una pausa—. ¿El chef repostero te pide a menudo que trabajes hasta tarde por la noche?
—A veces. —Rápidamente añadió—: No me importa. Pero hoy voy a quedarme a practicar después de que cierre la cocina. La tendré entera para mí, con el permiso de Herr Trolfe, por supuesto.
Chana sintió una punzada de envidia en el pecho. Envidiaba a aquel joven, que tendría una magnífica cocina a su total disposición para preparar lo que quisiera. Lo que ella daría por una oportunidad así.
Unos aplausos le llamaron la atención. Un soldado estadounidense había entrado en la cocina dando palmas.
—¡Nos ha vuelto a deleitar con una estupenda cena, chef Heiss!
—dijo el militar, alto como un tronco, en un alemán entrecortado.
Las tres rayas de su uniforme indicaban que era sargento.
Tenía el pelo aún más claro que Chana y un bigote frondoso que le cubría el labio superior.
Se acercó al cocinero con paso tranquilo—.
El guiso de esta noche estaba delicioso.
Se besó los dedos para mostrar su satisfacción.
—Es usted demasiado amable, sargento McManus. —El chef sonrió de oreja a oreja—. Aunque no rechazaré un cumplido. —Hizo un gesto con la mano hacia la cocina—. Es bueno para la moral.
El sargento recorrió el lugar con la mirada hasta que encontró a Chana y a las demás mujeres sentadas en el banco.
—Uf, ahí viene —dijo Gita y se tensó cuando el sargento se les acercó con aire arrogante.
— Fräuleins —saludó y extendió los brazos. Gita esbozó una sonrisa forzada, igual que el resto. La mirada del sargento McManus se posó en Chana—. Hay una cara nueva entre nuestras filas. ¿Cómo te llamas, rubia?
—Chana. —Siguió el ejemplo de las otras y también sonrió.
El soldado se sacó una chocolatina del bolsillo con el gesto teatral de un mago.
—Bienvenida al Empress. —Le entregó la chocolatina y, después de que le diera las gracias, le guiñó un ojo como si el intercambio significara algo más. El sargento se inclinó para situarse a la altura de sus ojos—. Si necesitas algo, cariño, ven a buscarme.
—Sargento —dijo Elias al tiempo que se levantaba—. Herr Trolfe y yo hemos preparado una tarta nueva que nos gustaría que probase. —Dejó el estofado en el banco—. Venga, es una delicia.
McManus se quedó pensativo unos segundos antes de incorporarse.
—No sé qué podría haber más dulce que esta jovencita, pero como quieras, chico, guíame.
Las demás mujeres del banco se relajaron en cuanto el sargento se marchó con Elias.
Gita se inclinó hacia Chana.
—Te ha hecho un favor. Ese tipo siempre espera algo a cambio de sus chocolatinas. —La forma en que la miró le dejó bien claro a qué se refería—. Da mala fama al resto de los soldados. No todos son así.
Chana asintió sin dudarlo; había conocido a muchos soldados amables y generosos desde que el Ejército Rojo las había liberado a su madre y a ella en Stutthof.
Fueron los soldados estadounidenses quienes las condujeron hasta la Cruz Roja, antes de que las trasladaran a Foehrenwald.
Las dos estuvieron en el hospital del campo de refugiados durante varias semanas y los soldados estadounidenses las visitaban a menudo.
Le preguntaban por su vida antes y durante la guerra y, cuando hablaba, era frecuente que se les llenaran los ojos de lágrimas.
Cuando se reencontraron con Aron entre abrazos y sollozos delante del comedor del campo de refugiados, un grupo de soldados los vitoreó.
En Foehrenwald, también los escuchó hablar sobre la liberación de los campos de concentración y su consternación por las condiciones en las que se encontraban los prisioneros.
Hablaban en voz baja sobre las pesadillas que los atormentaban desde entonces.
Chana consideraba a aquel sargento una manzana podrida entre un enorme montón de héroes.
Elias recuperó su guiso y se sentó de nuevo a su lado.
—Creo que me corresponde darte las gracias —dijo Chana.
El chico se encogió de hombros.
—Ojalá el chef Heiss no permitiera que entraran extraños en la cocina. —La miró y sus miradas chocaron—. ¿De qué color tienes los ojos?
—¿Perdón? —replicó ella, fingiendo no haber entendido la pregunta.
—Son como los de un tigre.
Se comió lo que le quedaba del guiso, sin saber muy bien cómo responder. La descripción era más amable que otras que había oído.
—Mi padre los llamaba «ambarinos».
—Son extraordinarios. —Cruzaron una mirada y dos círculos rosados se manifestaron en las mejillas del joven—. Cuando era niño, mi padre me leía un libro sobre un tigre. Tenía ilustraciones.
—Mi padre también nos leía. Sobre todo tipo de temas… historia, misterios e historias de amor.
—Chana —llamó su madre con voz aguda, cortando el ruido de la cocina como un cuchillo caliente que atraviesa la mantequilla blanda.
Levantó la vista hacia el rostro severo de su madre, que seguía junto al fregadero.
—Ya he terminado de comer —dijo y se levantó como un resorte.
—Encantado de conocerte, Chana Rosenzweig —dijo Elias.
La joven contuvo una sonrisa. Había disfrutado de la agradable conversación. Fue como si se conocieran desde hacía tiempo, en lugar de por primera vez. Cuando llegó hasta el fregadero, Chana le entregó a su madre la mitad del panecillo extra y la barrita de chocolate.
—Te los he guardado.
Su madre partió la chocolatina en tres trozos y le dio uno.
—Le guardaremos su parte a Aron. —Después, señaló a Elias con la cabeza—. Ese chico gentil no tiene motivos para hablar contigo.
—Trabajamos en la misma cocina, mamá.
Su madre se marchó a comer, pero no sin antes pellizcarla en el brazo con tanta fuerza que supo que por la mañana le saldría un moratón.