4 Chana #3
El joven que había abierto la puerta fue a su lado y metió las manos en un montón de masa. Una sonrisa le iluminó el rostro de rasgos suaves y, mientras amasaba, lucía una expresión de pura alegría. Chana deseó acercarse.
—¿Me has traído el vino? —preguntó el corpulento chef y se manchó de sangre el delantal al limpiarse las manos.
—La semana que viene, Herr Heiss. Va a llegar un envío —Meyer señaló—. ¿De dónde has sacado la cabra?
—De Kirill —respondió Heiss—. No eres el único que vende carne. ¿Celoso?
Meyer esbozó una sonrisa, aunque Chana detectó que apretaba la mandíbula. No era diferente de lo que ocurría en Foehrenwald, donde varios comerciantes competían entre sí. Había habido peleas y, como voluntaria en el hospital, había visto muchos ojos morados y huesos rotos.
—Kirill Volkov vende productos de mala calidad —dijo Meyer—. Ese animal es poco más que un esqueleto. Espero que no hayas pagado mucho por él.
Heiss miró con recelo el cadáver.
—¿A qué has venido hoy?
Meyer se alisó las solapas.
—Traigo trabajadores. Dijiste que necesitabas dos.
—Ah, sí. —Agarró a un cocinero flacucho con un parche en el ojo—. Termina la cabra.
Aron se acercó a Chana.
—Espero que trabajemos en el mismo sitio. No quiero que nos separen.
Tenía las mejillas sonrosadas y no sabía si se debía a la ciudad en sí o al paseo al aire libre, pero se alegró de ver que había recuperado un poco de color.
—Siempre estaremos juntos.
Sonó más segura de lo que se sentía. Su destino escapaba a su control y la indignación la ponía nerviosa. Tenía que asumir el mando de la situación.
Entretanto, el joven que les había abierto la puerta cruzó la cocina y chocó con Heiss.
—Elias, mira por dónde vas. —Señaló con el dedo al chef repostero—. ¡Trolfe, mantón al inútil de tu aprendiz fuera de mi camino!
El bigote gris del chef pastelero se crispó y rechazó la orden con un gesto.
Heiss salió al callejón para observar al grupo de posibles trabajadores.
Apoyado en la pared, Meyer se encendió un cigarrillo.
Shifra se pellizcó las mejillas y sonrió. Heiss posó la mirada brevemente en el pecho de la chica, antes de dirigirse con paso firme hacia el hombre del grupo. En alemán, le preguntó si había trabajado alguna vez en una cocina. El hombre se esforzó por responder, destrozando el idioma.
Su madre se acarició el cabello castaño, aplastado por el pañuelo y con algunas zonas despobladas. Heiss se apartó del hombre y su madre la miró con ojos suplicantes. Chana exhaló y cedió. Se quitó el pañuelo. Tenían que seguir juntos por encima de todo.
—Buena chica —susurró su madre.
La grava crujió bajo los zapatos del chef mientras los observaba y la barriga le sobresalía por encima del delantal.
—Me has traído a un hombre que no sabe hablar alemán. Necesito trabajadores que no me den más faena.
Meyer aplastó el cigarrillo con el talón y luego apartó de una patada una tubería metálica que le estorbaba el paso.
—No tendré a nadie más hasta dentro de unas semanas.
Las puntas del cabello de Chana le rozaron la barbilla y se las alisó hacia atrás.
— Ich spreche Deutsch —dijo.
El chef se enganchó los pulgares en los cordones del delantal.
—Eres guapa, pero estás en los huesos. —Miró a Meyer—. Una ráfaga de viento la derribaría.
Chana no soportaba la indiferencia del hombre.
— Ich bin stark .
Meyer se quedó en silencio, pero la miró con una mezcla de curiosidad y… admiración.
—¿Fuerte? ¿Es eso lo que has dicho? —preguntó Heiss y la atravesó con la mirada.
— Ja .
—¿Lo ves? —dijo Meyer más animado—. Su alemán es excelente. Deberías contratarla.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Heiss.
Meyer se acercó, como si tuviera intención de responder por ella, pero Chana negó con la cabeza y él esbozó una media sonrisa intrigada. Era un hombre poco acostumbrado a que lo callaran.
Hizo una pausa para ganar un poco de tiempo y preparar las respuestas en alemán.
—Herr Heiss, soy Chana Rosenzweig. —Señaló a su madre—. Esta es mi madre, Ruth. Quisiera que los contratase a mi hermano Aron y a ella también. Somos buenos trabajadores.
Separó los pies, demostrando al chef que haría falta mucho más que un poco de viento para derribarla.
—Ah —dijo Heiss con una sonrisa de admiración—. De acuerdo. Os contrataré a los tres. —Se volvió hacia Meyer—. Nos falta personal para el servicio de cenas. Pueden empezar ya mismo. Vuelve a buscarlos dentro de unas horas.
Buscó a Shifra con la mirada y le pidió perdón en silencio. Sintió una punzada de culpa porque los hubieran contratado a su familia y a ella en vez de a su amiga. La joven asintió con la cabeza para indicarle que la perdonaba.
—Como quieras —dijo Meyer y se abrochó la chaqueta del traje. Después se dirigió a ellos—: Cuando vuelva, os llevaré a la pensión.
Su mirada se detuvo en Chana. Ella asintió, disfrutando de haberlo sorprendido.
—Bien. Todos adentro —ordenó Heiss.
— Gehen —dijo Chana y guio a su madre y a Aron hacia la puerta.
Gracias a su padre, el trabajo en una cocina les era familiar a todos. Le demostrarían al chef Heiss que había elegido bien.