El panadero de Viena 4 Chana #2
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4 Chana #2

Su padre retrocedió varios pasos desde el hueco de la puerta.

Se oyeron disparos en la calle, seguidos de gritos y alaridos.

Se desplomó en el suelo. Chana se sintió entumecida.

Su padre estaba boca abajo en la calle, su cabeza rodeada por un charco de sangre.

La gente pasaba a su lado sin mirarlo siquiera.

La puerta se cerró de golpe tras ellos.

—Papá —susurró Chana.

La habitación estaba demasiado oscura para ver nada.

—Silencio —espetó el hombre.

Aron la agarró del brazo y su madre gimió. Chana quería gritar. ¿Su padre estaba sangrando? Lo necesitaban. Se suponía que debían permanecer juntos.

Un hombre la empujó dentro de un estrecho armario de techo alto que se extendía por toda una pared. Había al menos diez personas apiñadas en el interior. Olía a sudor y a miedo. Tenía un sabor metálico en la boca.

—No hables —dijo el hombre—. Ni una palabra.

Chana temblaba, incapaz de hablar. No sabía si su madre y Aron habían visto lo que le había pasado a su padre. En silencio, lloró y se quedó quieta entre los demás.

La Gestapo los capturó unos días después y los subió a un tren con destino a los campos de concentración.

El petardeo de un camión la trajo de vuelta a Viena.

Tenía el cuerpo empapado en sudor y la blusa se le pegaba a la piel bajo el abrigo.

Su padre los había salvado. Le debía la vida.

Sin embargo, lamentaba haberle contado lo de la sastrería.

Si no lo hubiera hecho, quizá seguiría con ellos.

Nunca lo sabría. Lo único que podía hacer ahora era cumplir la promesa de cuidar de su madre y su hermano.

Tenía suerte de haber sobrevivido y de estar en aquella calle; con el tiempo esperaba retomar la repostería y usar su talento para honrar a su padre.

Meyer llevó a otro hombre del grupo a la sastrería. Después de un par de minutos, volvió solo a la calle y el sastre le entregó un sobre. Chana vio que había dinero dentro antes de que se lo guardara en el bolsillo de la chaqueta. No sabía qué significaba, pero sabía que no le gustaba.

—¿Para qué es eso? —preguntó.

El grupo se quedó en silencio. Meyer la miró durante un largo minuto, dejándole claro que no le gustaba que lo cuestionaran.

—El pago por una entrega previa y una comisión por encontrar a un buen trabajador —dijo—. No me juego el cuello por nada.

Ella le sostuvo la mirada, sin estar dispuesta a ceder.

—¿Pagarán a las personas a las que les has conseguido trabajos?

—Lo que quieres saber es si te pagarán a ti —replicó él con una sonrisa burlona. Antes de que Chana pudiera protestar, añadió—: Si te consigo empleo, ganarás un salario justo.

Se suponía que debía creer en su palabra, pero, si la guerra le había enseñado algo, era a ser cautelosa y a no creer todo lo que le decían.

A última hora de la tarde, los refugiados a cargo de Meyer se habían reducido a cinco: Chana y su familia, Shifra y uno de los hombres mayores.

Caminaban con dificultad, agotados y hambrientos.

La ya conocida sensación de vacío en el estómago le provocó acidez en la garganta y deseó que el día terminara.

Meyer los condujo a un callejón junto al Hotel Empress. Era un lugar grandioso, un edificio alto de color crema que parecía un palacio y que no mostraba daños aparentes a causa de la guerra. Chana dedujo que solo el favor de los nazis había permitido que un edificio tan grande saliera ileso.

—Quien trabaje aquí será afortunado —dijo Meyer—.

El príncipe Philipp von Württemberg construyó este palacio para su esposa, la archiduquesa María Teresa, a mediados del siglo XIX .

Unos años más tarde, lo vendió y se convirtió en el Empress.

Más tarde, pasó a ser propiedad de un judío.

—Una nube ocultó el sol y los ojos de Meyer se ensombrecieron tanto como el callejón—.

Durante la guerra, este lugar fue muy popular entre los nazis de alto rango.

Meyer les contó que aquella zona de Viena, Innere Stadt, pertenecía al primer distrito y era una zona internacional, controlada por la Interpol.

—El hotel está lleno de soldados y oficiales estadounidenses.

El chef necesita a dos personas. Herr Heiss dirige la cocina y es un hombre decente.

Comeréis más que meras raciones. El resto trabajaréis en la lavandería.

Pero si os eligen aquí, recordad tener cuidado; algunos de los empleados colaboraron con los nazis.

Meyer llamó a una puerta y su madre le susurró a Chana:

—La lavandería será un trabajo agotador. Quítate el pañuelo.

—No quiero —dijo Chana.

Shifra se desabrochó el abrigo y dejó al descubierto la blusa, que se le tensaba sobre el pecho.

—Hazme caso —insistió su madre—. Enseña el pelo.

Chana negó con la cabeza y sintió una punzada de culpa por desobedecer.

Conseguir trabajo por su aspecto o por su pelo rubio solo le traería problemas.

Agachó la mirada. En el pasado, los hombres se habían referido a su tono dorado como un detalle encantador y seductor.

Una voz áspera atravesó sus pensamientos.

Tienes los ojos de un demonio , le había dicho el soldado nazi, cuyo aliento a alcohol le provocó náuseas mientras le acercaba amenazadoramente el cigarrillo encendido a la piel. Debería arrancártelos .

Apretó los ojos con fuerza. Ese hombre está muerto , se recordó a sí misma.

¡Tú eres la que ha sobrevivido! Dos piernas robustas la mantenían de pie en el callejón y su cuerpo estaba prácticamente intacto.

Chana tenía suerte de seguir viva. Todos se lo decían.

Los demás supervivientes. Los soldados del Ejército Rojo que las habían liberado a su madre y a ella de su escondite en Stutthof.

Los funcionarios estadounidenses que dirigían Foehrenwald.

Los profesores del campo de refugiados que le habían enseñado inglés.

Un cocinero de rostro enjuto abrió la puerta que daba al callejón.

—¿Qué quieres? —preguntó a Meyer en alemán. Tenía las mejillas manchadas de harina y, detrás de él, la cocina bullía de actividad.

—El chef Heiss me está esperando —dijo Meyer en alemán con un ligero acento.

El cocinero se secó las manos en el delantal y Chana se fijó en que era un poco más joven que Meyer; aunque tenía la misma estatura que el traficante del mercado negro, su complexión era más delgada.

—¿Es Meyer? —preguntó una voz grave desde el interior.

—Sí, Herr Heiss. —El joven cocinero se recolocó el gorro blanco de chef y algunos mechones sueltos de color castaño claro le cayeron sobre la frente.

—Déjalo entrar —dijo el chef, seguido del violento golpe de algo que estaba cortando.

Chana se estremeció.

El chico se apartó a regañadientes y Meyer lo empujó, indicando al resto que esperaran en el callejón.

Era evidente que aquel joven y Meyer no se caían bien.

La puerta abierta le permitió ver el interior de la cocina y a un fornido chef junto a una encimera sobre la que yacía el cadáver parcialmente descuartizado de una cabra.

Era un hombre grande, de pecho ancho, y en una mano carnosa sostenía un cuchillo ensangrentado.

Detrás de él había otro hombre glaseando un pastel. El chef repostero.