4 Chana
CHANA
M eyer recorría las calles como si le pertenecieran y la gente se apartaba para dejarlo pasar.
Dos de los refugiados mayores caminaban a su lado y, desde su posición al borde del heterogéneo grupo, Chana oyó cómo lo acribillaban a preguntas.
El hombre apenas los miraba al responder; no sería la primera vez que oía los mismos interrogantes.
¿Dónde viviremos? ¿Se nos pagará por trabajar?
¿Habrás más judíos cerca? ¿Habrá comida?
Y la pregunta más apremiante de todas: ¿Estamos a salvo?
Chana contempló la ciudad; a pesar de que sus planes se habían frustrado, se aferró a la esperanza de que vendrían días mejores.
Intentó imaginar qué pensaría su padre de la Viena de la posguerra.
Al igual que en otras partes de Europa, la guerra había asolado duramente la ciudad.
Las bombas habían destrozado los edificios.
El fuego había calcinado innumerables paredes.
Los escombros cubrían las aceras y las calles.
Una muñeca sucia sobresalía en una pila de ladrillos.
Sin embargo, en los restos esqueléticos de la urbe, entrevió unos huesos fuertes.
Con el tiempo, los edificios y la ciudad volverían a estar completos.
En un momento dado, pasaron por delante de unas jardineras con flores frescas, debajo de unas ventanas tapiadas con madera.
Una repentina ráfaga de viento acarició los pétalos rosas y morados, irradiando esperanza.
Su padre le había contado una vez que, cuando una persona olía algo dulce, su cuerpo se sentía atraído como si ansiara comer el aire.
Chana había comprobado que era cierto en repetidas ocasiones cuando los clientes entraban en la panadería.
Se llenó los pulmones con el aire perfumado e intentó saborear la esperanza.
Vio una panadería cerrada, con el letrero desgastado, y se preguntó si aún quedaría algún vestigio de la tienda de su padre en Vilna. Cuando cumplas los veinte, nos dedicaremos a la repostería a tiempo completo , le decía siempre su padre. Serás mi soda. Una auténtica empresaria .
El grupo giró por Argentinierstrasse, una de las pocas calles con señalización real. Meyer señaló una catedral de ladrillo rojo con un reloj en el campanario.
—Es la parroquia de Santa Isabel. Si necesitáis saber la hora, mirad el reloj. Siempre la da exacta.
Dio unos toquecitos al cristal de su reloj de pulsera y esbozó una sonrisa.
Incluso desde varias manzanas de distancia, Chana distinguió la hora sin problemas: el mediodía del primer día de su nueva vida.
Un hombre canoso con una barba rala los llamó en yidis desde el centro de la manzana.
—Suconick, tengo que hablar contigo. —Sonaba como si se hubiera tragado un puñado de piedras.
Meyer les hizo una señal para que esperaran mientras le decía al hombre:
—Feingord, estoy ocupado.
—Será solo un minuto… Te eché en falta en Karlsplatz esta mañana.
—¿Qué pasa? —Su impaciencia reflejaba la de un profesor con un alumno pesado, pero favorito.
—Necesito un cartón de Chesterfield y dos latas de carne.
—¿Y qué tienes para mí?
El hombre sostenía una linterna en una mano a la que le faltaban tres dedos.
Chana se tocó los botones superiores de la blusa, cuyo algodón blanco ocultaba las quemaduras de cigarrillos.
El soldado nazi había utilizado una linterna idéntica para encontrarla en el barracón del campo aquella noche.
El odio reverberó en su interior con tal insistencia que temió estallar.
Meyer comprobó la linterna, que no encendía.
—No funciona.
—Necesita pilas nuevas. —Feingord soltó una risita inocente—. Si alguien puede arreglarla, eres tú, Meyer Suconick.
Meyer se guardó la linterna en el bolsillo y le dio una palmada en la espalda al hombre.
—Ve a ver a Vlad. Dile que yo he dicho que te diera los cigarrillos y la carne. No le cuentes a nadie que he cedido con el precio.
—Ni a un alma. —El hombre se llevó un dedo a los labios.
—¿Has ido al comedor judío en Kleine Pfarrgasse como te dije?
—Ha sido una bendición.
Meyer asintió con satisfacción y luego se dirigió al resto:
—Seguidme.
Volvieron a ponerse en marcha y Feingord les habló mientras pasaban:
—Estáis en buenas manos.
Chana se repitió el nombre de la calle donde estaba el comedor social, por si su familia y ella lo necesitaban más adelante.
Después de unas cuantas manzanas, Shifra volvió a ponerse a su lado.
—Es maravilloso, ¿no crees?
Desvió la vista hacia Meyer.
Chana se encogió de hombros.
—No me lo parece y a ti tampoco debería. No sabemos prácticamente nada de él.
Aun así, se iba formando una imagen más clara de Meyer. Era un traficante del mercado negro, como el hombre que la había abordado en la estación de tren.
—Eres demasiado seria y reservada. Así no hay quien viva. —Shifra le dio un toquecito cariñoso a su pañuelo—. ¿Tu madre ha dejado de buscarte marido?
Chana sonrió ante la broma de su amiga.
—Las dos sabemos que tiene buenas intenciones.
—Yo solo espero que, para cuando nos envíen a Italia, me marche con un flamante marido del brazo. —Shifra se agarró a ella—. ¿Qué tendría de malo que fuera alguien poderoso, como Meyer?
—Y me alegraré mucho por ti —dijo Chana—. En cuanto a mí, mi objetivo es llegar a Estados Unidos, no al altar.
Los nazis le habían robado la juventud; no permitiría que ningún hombre dictara el resto de su vida.
Había visto a suficientes mujeres casarse antes de la guerra, dejando atrás el trabajo y las ambiciones tras el matrimonio.
Chana tenía otros planes, los que su padre y ella habían alimentado durante años. Su seriedad sería una ventaja.
Unas cuantas calles más adelante, se detuvieron frente a una cafetería con el toldo parcialmente arrancado.
—Aquí necesitan camareros y lavaplatos —dijo Meyer. Seleccionó a varios hombres del grupo y los llevó al interior.
Durante las siguientes horas, Meyer los condujo por las calles y se fue deteniendo en varios otros lugares, en su mayoría cafeterías en ruinas, donde algunos obtuvieron un trabajo. Los que iban consiguiendo un empleo decidían alojarse encima de los negocios o en pensiones.
Chana se quedó de piedra cuando llegaron ante una sastrería con las ventanas cubiertas de papel.
Le recordó al escaparate de una sastrería del gueto de Kovno, cuyo descolorido letrero anunciaba en polaco: WYKONANY R Ę CZNIE .
El de allí decía: HANDGEMACHTE . Ambos significaban «hecho a mano». Meyer llamó con fuerza a la puerta.
Un recuerdo le vino a la mente.
—Hecho a mano, como nuestro pan y nuestros pasteles —le susurró su padre cuando vieron el letrero de Kovno—. Un buen presagio.
—Sí —había respondido Chana y no necesitó leer la mente de su padre para saber que estaba pensando en su panadería.
De pie en las calle de Viena, cerró los ojos con fuerza e intentó apartar cualquier pensamiento sobre los últimos días en el gueto de Kovno, el lugar al que los habían enviado tras pasar dos años en el brutal gueto de Vilna.
Habían tenido que vivir hacinados en un piso con otras diez personas.
Aun así, las condiciones habían sido mejores en Kovno que en Vilna.
Los gentiles de Kovno intentaban ayudar en secreto a sus vecinos encarcelados, pasándoles comida a escondidas y, a veces, incluso medicinas.
La familia de Chana se había aferrado a la esperanza de permanecer juntos en Kovno hasta que terminara la guerra.
Por desgracia, no fue así. La noche antes de la Aktion final con la que se liquidó el gueto de Kovno, Chana le había contado a su padre que había una sastrería cerrada donde los partisanos escondían a la gente.
Su madre se oponía.
—Nos matarán —dijo.
—Ya están matando a gente —replicó Chana.
—Deberíamos hacerle caso a la niña —dijo su padre—. Podríamos morir o podría ser nuestra salvación.
Era 1944 y se creían los horrores que se susurraban sobre las personas a las que se llevaban. Torturas. Ejecuciones en el bosque. Campos de concentración, donde se asesinaba a un gran número de judíos.
Por la mañana, avanzaron por calles abarrotadas junto a cientos de judíos.
Decenas de soldados de las SS y del Einsatzgruppen apuntaban con ametralladoras a la multitud y apenas lograban retener a sus agresivos pastores alemanes mientras conducían a todos hacia la puerta del gueto. Su padre le susurró mientras caminaban:
—Si nos separamos, si me pasa algo, cuida de mamá y de Aron. Mamá necesitará tu ayuda.
—Lo dudo mucho —respondió Chana.
—No es tan dura como parece. Y una última cosa… —Le acarició el pelo con cariño—. Recuerda todo lo que te he enseñado y todos tus dones. Vivirás una vida gloriosa, shayna maidel . Prométemelo.
—Lo prometo… pero nada nos va a separar. La guerra terminará y abrirás una panadería nueva. Una mejor. Lo haremos juntos.
Le apretó la mano con tanta fuerza que le dolió.
—Sí, lo haremos.
Cuando llegaron a la calle donde estaba la sastrería, tiró de la manga de su padre y él agarró con fuerza a su madre y a Aron. Se apartaron de la multitud sin que nadie se diera cuenta.
Las ventanas de la tienda estaban cubiertas con papel. Su padre asintió y Chana llamó a la puerta. Se abrió y asomó el rostro de un hombre.
—Déjenos entrar. Somos mis padres, mi hermano y yo.
—No hay sitio —replicó el hombre.
—Por favor, tiene que dejarnos entrar.
Chana mantuvo la mano apoyada en la madera rugosa. El hombre empujó la puerta, pero su padre se colocó detrás de ella e interpuso la pierna en el estrecho espacio.
—Por favor, se lo ruego —dijo.
Los segundos pasaban, pero la puerta no se cerraba. Por fin, el hombre dijo:
—Nos llevaremos a su esposa y sus hijos.
Su padre se estremeció y le dio las gracias. La puerta se abrió de un tirón y el hombre los arrastró dentro.
—Papá, no —dijo Chana.