El panadero de Viena 3 Chana #4
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3 Chana #4

—No… —Chana negó con la cabeza—. Lo mataron en Kovno.

Herr Schumacher agachó la mirada.

—Lo siento mucho. —Ella contuvo las lágrimas—. Chana es la hija de un buen amigo mío —explicó Schumacher a los otros. Se rascó la mejilla—. ¿Qué te ha traído hasta aquí?

A toda prisa, le contó que su madre quería que se fueran a Estados Unidos, con la familia de su padre.

—Hemos intentado encontrar a nuestros familiares a través de la Cruz Roja y otras agencias, para que puedan patrocinamos. No hemos tenido suerte. Hay tanta gente en nuestra misma situación que me temo que nuestras solicitudes se pierdan entre todas las demás. ¿Puede ayudarnos?

Schumacher se acercó a las ventanas cubiertas con papel que daban a la calle, mientras los otros hombres salían de la habitación.

—Sé que las condiciones en el campo son duras y, poco a poco, hemos ido sacando a gente. —Se volvió a mirarla—. Pero, Chana, nos estamos centrando en Aliyah Bet.

Estaban ayudando a la gente a emigrar a Palestina.

—He leído que los británicos no dejan entrar a los judíos.

—Así es, ya han interceptado seis de nuestros barcos. Por eso mi compañero ha sido tan duro contigo.

Se llevó los dedos a la cara; le ardía la mejilla.

—¿Y Estados Unidos? ¿Tienen barcos que vayan allí?

—Algunos. Pero es igual de arriesgado.

Chana le agarró las manos.

—Por favor, se lo ruego, ayúdenos.

Schumacher le dio la vuelta a sus manos entre las suyas. Los callos y las cicatrices de ambos coincidían, lo que hacía difícil distinguir cuáles eran las manos de un anciano y cuáles las de una joven. Suspiró.

—De acuerdo. Hay un barco que zarpa en dos semanas. Debería poder incluir a tu familia. Me pondré en contacto contigo para darte instrucciones.

Chana lo abrazó.

—Gracias.

No se entretuvo y, una vez de regreso en Foehrenwald, convenció a su madre de que sería la oportunidad más rápida para llegar a América.

De vuelta en la estación de Viena, su madre sollozaba.

—Bélgica. ¡Zvi debería haber sabido que no saldría bien!

Chana le apretó la mano y la piel áspera de Ruth le raspó la palma.

Antes de la guerra, las manos de su madre habían sido suaves como la mantequilla.

—Sé que quieres lo mejor para nosotros, mamá. Estamos más cerca de llegar a Estados Unidos que antes. —Señaló a Meyer—. ¿Has oído lo que ha dicho? Todavía estamos de camino.

—Eso espero.

Su madre le apretó la mano.

Durante los siguientes minutos, Meyer les preguntó de dónde eran y dónde habían estado durante la guerra. La gente respondía en voz baja sobre los campos, los guetos y los seres queridos asesinados.

Cuando se centró en Chana y su familia, un nudo de emoción le cerró la garganta. Los horrores de los últimos seis años pasaron por su mente cuando su madre dio un paso al frente.

—Somos de Vilna —dijo—. Soy Ruth Rosenzweig y estos son mis hijos, Aron y Chana. Los nazis mataron a mi marido cuando liquidaron el gueto de Kovno.

Chana se clavó las uñas en la palma y parpadeó para contener las lágrimas, agradecida por la fuerza de su madre para alzar la voz.

La mujer miró a los demás antes de continuar.

—A mi hija y a mí nos enviaron a Stutthof; mi hijo fue a Dachau.

—¿Y os reencontrasteis? —preguntó Meyer.

—Sí. En Foehrenwald. —Levantó la barbilla—. Mi marido tiene familia en Estados Unidos. Sus padres y un hermano. Ahí es donde queremos ir. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que los puertos sean seguros?

—Si pudiera predecir el futuro, sería un hombre rico. ¿Cuántas veces os habéis preguntado cuándo terminaría la guerra? —dijo Meyer.

—Tiene que haber otros puertos —dijo su madre.

Meyer la evaluó detenidamente.

—¿Otros puertos? ¿Se cree que caen de los árboles?

—¡Por supuesto que no! ¡No soy una niña! —replicó Ruth con las fosas nasales dilatadas—. Aun así, ¿no hay otra manera? ¿Otra ruta?

Meyer se acercó tanto que Chana sintió el calor que irradiaba su cuerpo.

—Es demasiado peligroso. Habrá que esperar.

La madre apretó los labios formando una fina línea, pero se quedó callada.

Meyer se volvió hacia Shifra y Chana lo miró con nuevos ojos, al hombre que se había mantenido firme ante su madre. Iba bien vestido y era guapo, eso era innegable. También apreciaba su confianza y su franqueza, cualidades que valoraba en sí misma.

—Europa se ha convertido en un continente en duelo.

No sois especiales. Todos han perdido a familiares, incluido yo.

—Cuadró los hombros—. Soy judío letón, de Riga.

Me alisté en el ejército soviético cuando tenía dieciséis años, creyendo que así mantendría a salvo a mi familia.

Mi familia murió de todos modos. Después de que los alemanes tendieran una emboscada a mi batallón, viví en el bosque durante el resto de la guerra.

Se oyeron murmullos de condolencia.

—No busco compasión —espetó Meyer—. Reconstruid vuestras vidas. Esa será la dulce venganza. —Luego dio una palmada—. Vamos.

Meyer salió con paso firme de la estación y todos lo siguieron desordenadamente.

Chana se colocó entre Aron y su madre y se repitió las palabras de Meyer.

Reconstruid vuestras vidas. Esa será la dulce venganza .

No podía estar más de acuerdo.