El panadero de Viena 3 Chana #3
13%

3 Chana #3

—Con el tiempo, los puertos volverán a abrir. Hay miembros de la Brihah trabajando por toda Europa para restablecer las rutas. En cuanto se pongan en contacto conmigo, seguiréis vuestro camino. Así que decidid qué queréis hacer.

Chana y su familia no tenían suficiente dinero para comprar un billete de tren; dudaba que ninguno de los presentes lo tuviera. Además, volver a Foehrenwald era impensable. No volvería nunca. Se giró hacia Aron y su madre.

—No confío del todo en él —dijo—. Pero no veo otra salida.

Su madre la atravesó con la mirada.

—Deberíamos habernos quedado en Foehrenwald.

—Mamá, tú misma has dicho que quieres conservar los documentos —dijo Aron.

—¿De qué nos sirven si ningún país está dispuesto a acogernos? Esto fue idea de tu hermana.

Chana se tensó ante la reprimenda.

—Estuviste de acuerdo en que teníamos que tomar cartas en el asunto.

—No deberíamos haber dejado a Zvi —dijo su madre mientras se retorcía las manos—. Habría sido un buen marido y quería cuidar de nosotros.

Todo el mundo en el campo de refugiados estaba al tanto de que Ruth Rosenzweig quería encontrarle marido a su hija.

Sonreían y guiñaban el ojo ante los intentos de Ruth de emparejar a Chana con cualquier hombre judío soltero con ganas de colocarse bajo la jupá, como si fuera lo que su hija deseaba.

Si el joven tenía algo de influencia, aún mejor.

Chana no quería casarse todavía, pero había accedido a los deseos de su madre, porque estaba desesperada por reunirlos con la familia de su padre en Estados Unidos.

Cuando estaban en el gueto de Vilna, su padre le había hablado de sus padres y su hermano y la tienda de alimentación que tenían en un lugar llamado Nueva Jersey.

Cuando Chana los imaginaba, veía interminables estantes repletos de comida y se visualizaba a sí misma allí con su familia, bien alimentada y a salvo.

Su madre había arreglado el matrimonio de Chana con Zvi Baitman, el recién nombrado capitán de la policía judía en Foehrenwald, un hombre tan mayor como su padre.

Su madre estaba convencida de que la posición de Zvi y su proximidad a los soldados estadounidenses a cargo del campo les ayudaría a obtener visados para viajar a América.

Chana había considerado a Zvi un hombre educado y con un sentido del humor decente; en poco tiempo, a pesar de su renuencia a casarse tan pronto después de la liberación, le tomó cariño. Sin embargo, una semana después de que aceptara su propuesta de matrimonio, él cambió sus planes de emigración.

En la estación, Chana le recordó a su madre:

—Quieres ir a Estados Unidos, ¿no? Zvi solo nos quería con él si aceptábamos su deseo de establecernos en Bélgica.

Cuando Zvi se lo dijo, Chana se puso en contacto con los agentes de la Brihah, viendo una oportunidad de escapar por partida doble.

Una fría mañana de invierno, antes del amanecer, Chana escapó de Foehrenwald y caminó tres kilómetros hasta el edificio amarillo donde se rumoreaba que se alojaban los hombres de la Brihah.

El corazón le latía con fuerza mientras avanzaba.

No tenía documentos de identidad ni permiso para salir del campo.

Encontró el edificio y llamó a la puerta. Cuando se abrió, el aire viciado le invadió las fosas nasales y, antes de que le diera tiempo siquiera a distinguir los rasgos del hombre corpulento y sombrío que tenía delante, la empujó dentro.

Se halló en una habitación oscura, esforzándose por distinguir la silueta del hombre que le agarraba los brazos. Le clavó los dedos en la piel y gritó. Cuando la vista se le acostumbró a la oscuridad, lo vio mirándola con el ceño fruncido, el pelo castaño revuelto y despeinado.

—¿Quién eres? —preguntó en alemán y la sacudió con tanta fuerza que se le cayó el pañuelo—. ¿Cómo nos has encontrado?

Se esforzó por hablar. Como había oído en boca de otros que aquellos hombres eran judíos, respondió en yidis.

—Dicen que ayudáis a los judíos a salir de Europa. —El hombre dejó de sacudirla—. Estamos en Foehrenwald. Mi familia y yo tenemos que salir.

La abofeteó. Fuerte. Le palpitaba la mejilla. Si no fuera porque la sujetaba por los brazos, le habrían fallado las piernas, débiles como el caucho.

—Dime quién te ha enviado. —El hombre también había cambiado al yidis, pero no por ello resultaba menos amenazador. Le tiró del pelo—. Rubia. No eres judía y yo no soy tonto. ¿Trabajas para los británicos?

Otros dos hombres aparecieron en la puerta al fondo de la sala; no dijeron nada, pero sentía cómo la observaban.

—Nadie me ha enviado. Soy judía y quiero salir del campo de refugiados.

—Eres una espía. Quieres acabar con nosotros.

Volvió a golpearla y Chana sintió como si le explotase un ojo.

Su mente le gritó que no flaquease, igual que cuando estaba en el patio del campo de concentración de Stutthof con los demás prisioneros.

No importaba la temperatura ni cuánto tiempo los obligaran los guardias a seguir de pie.

Si no te mantenías erguido, te azotaban hasta matarte y luego dejaban que los perros acabaran con tus restos.

—No soy una espía. Me llamo Chana Rosenzweig y lo único que quiero es la libertad.

Oyó una respiración entrecortada desde la puerta.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz ronca.

Antes de que Chana viera cuál de los hombres había hablado, el bruto que la sujetaba volvió a sacudirla.

—Ha estado llamando a nuestra puerta. Trabaja con los británicos.

Uno de los otros hombres salió de entre las sombras. Era corpulento y una cicatriz blanca le atravesaba una ceja.

Chana se quedó sin aliento.

—¿Herr Schumacher? ¿Es usted?

—Chana, no puedo creerlo —dijo él—. Suéltala —ordenó.

El hombre la soltó con un empujón. Chana se contuvo para no acariciarse la mejilla; no le daría la satisfacción.

—Niña, me cuesta creer que estés viva —dijo Schumacher.

Niña . La palabra era al mismo tiempo un elogio a su juventud y un panegírico a quien había sido una vez.

Herr Schumacher le acarició la cabeza.

—Tu pelo…

—Está volviendo a crecer.

Era un avance respecto a cuando el guardia del campo de concentración se lo había rapado al cero, dejándole además varios cortes profundos.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó Schumacher.